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Ensayos breves sobre el divagar_
textos publicados en 2020. Corrección: Mariana Mendizábal

CV arq Elina Olivera


Proyecto de carpeta, Las Piedras, 2011

Proyecto de carpeta, Las Piedras, 2011
afuera posterior. Render: 3dsc studio
Para el curso de Proyecto, tesis de grado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República, se diseñaron tres edificios para el Parque Artigas de la ciudad de Las Piedras, implantados en el proyecto urbano ganador del 2° Premio del Concurso de la Intendencia de Canelones para dicho parque.
Se desarrolló a nivel de proyecto ejecutivo uno de los tres edificios, llamado Unidad de Gestión (nombre retomado del equipo ganador del 2° premio del Concurso), implantado en el sitio donde está actualmente el mausoleo.
Es un edificio multiprogramático, pensado como parte de un proyecto de equipamiento urbano para la ciudad de Las Piedras y sus conurbanos lindantes.
Contiene una Sala de exposiciones y eventos junto a una cafetería en la planta baja y dos oficinas para la IMC y Administración.
En el Primer nivel, tiene una Biblioteca|Mediateca y cuatro oficinas para Organizaciones Sociales Locales.
En el Segundo nivel, tiene una Sala de conferencias para 110 personas y cuatro oficinas más para Organizaciones Sociales Locales.

Un gran espacio en planta baja con triple altura, que hace de atrio en los tres niveles, es coronado por un techo traslúcido de policarbonato, jerarquizándolo.
El edificio es una caja de vidrio, de planta libre atravesada verticalmente por un cuerpo sólido donde se alojan los servicios y circulaciones verticales.
La envolvente de vidrio es un curtain wall de doble piel, con una cámara ventilada transitable pensada para acondicionar termicamente el edificio de forma natural la mayor parte del tiempo posible, dejando el aire acondicionado para los días con condiciones climáticas extremas.

Proyecto conjunto con Martha Spinoglio


interior planta baja. Render: 3dsc studio

CASAS DE CAMPO

La percepción espacial en el territorio rural es completamente diferente a la del medio urbano. El diálogo adentro-afuera es muy intenso, las percepciones de los espacios interiores están en función de los paisajes que aprecen en las ventanas, como cuadros vivos.
La iluminación natural tiene un rol protagónico en los espacios interiores, que combinada con la espiritualidad de quienes habitan la casa, generan un ambiente muy especial cargado de significados.

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Piqueréz-Eguren. El Colorado. AMPLIACIÓN

Vivienda Piqueréz-Eguren. El Colorado. AMPLIACIÓN
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Tutté-Maldonado. Melilla. REFORMA

Vivienda Tutté-Maldonado. Melilla. REFORMA
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Sanguinetti. El Colorado. OBRA NUEVA

Vivienda Sanguinetti. El Colorado. OBRA NUEVA
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

CASAS URBANAS

Espacios a veces más introvertidos, a veces más abiertos. La ciudad muestra sus escenarios intramuros.

Diseño interior

Diseño interior
cocina montevideana. Vivienda Sanguinetti-Larriera. Foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda. Familia Duarte-Olivera. 2010

Reforma de una vivienda unifamiliar.
La casa se abre francamente hacia el fondo, percibiendo esta apertura desde la entrada. La luz natural que entra en la fachada posterior empuja al visitante hacia el alma de la casa: el estar-cocina-comedor, totalmente abierto hacia el espacio exterior posterior.
La calefacción es enteramente a leña y el agua caliente es generada por un calentador solar, ubicado en el techo de la vivienda.

Vivienda Duarte-Olivera

Vivienda Duarte-Olivera
desde el acceso

parte de fachada posterior

Isla de Flores. 2007

Intervenir sin intervenir

Se buscó una intervención mínima en un sitio muy particular, donde inundan las ganas de no tocar mucho nada. El contacto directo con la historia a través de las ruinas carcomidas por el tiempo es avasallador.
El lugar da y pide paz. Planteamos esta mínima intervención y una agenda de eventos posibles para las distintas épocas del año. Se trató de abordar la gestión, aunque fuera a nivel de intenciones.

Autoras: Elina Olivera y Catalina Colo

Primer premio Concurso de ideas Isla de Flores

Primer premio Concurso de ideas Isla de Flores
Taller Perdomo. Facultad de Arquitectura. UdelaR

sábado, 25 de septiembre de 2021

Un lugar en el mundo

A veces parece que las cosas pasaran por azar, como si algunos hechos casuales se fueran encadenando en el momento y el lugar precisos hasta llegar a un destino fortuito. Otras veces, al pasar el tiempo y las circunstancias, y mirar hacia atrás, veo como las situaciones se dieron demasiado bien entrelazadas y tuvieron consecuencias demasiado determinantes como para ser únicamente producto de las casualidades. Entonces, una certeza se instala en mi pensamiento.

Había un plan. La salida de una larga dictadura auguraba tiempos mejores, por eso había un plan. Iríamos de vacaciones en familia por primera vez. Yo nunca había oído hablar de aquel lugar lejano y desconocido. Habían conseguido dos carpas, una para los padres y otra para los hijos. Tampoco había acampado antes. Todo era nuevo, como una aventura.

Esa tarde nos fuimos a la casa de mi abuela a esperar la hora de tomar el tren, y al llegar el momento, mi tío nos llevó en su camioneta Peugeot hasta la estación Yatay. Estaba ya entrada la noche cuando salimos hacia la estación, que también era desconocida para mí. Recuerdo la sorpresa que me causó el edificio: era hermoso, de ladrillos a la vista, oscurecidos y carcomidos por los años, con algunos parches de musgo y un techo de chapa herrumbrado. Mi tío se quedó con nosotros hasta que finalmente se asomó el tren, detrás del sonido de la campana y el silbato del maquinista y la luz mortecina de la locomotora. Tuve una sensación rara, creo que prefería quedarme.

Cargamos todo nuestro equipaje y el tren volvió a ponerse en marcha, lentamente, chirriando en las vías como si agonizara. No había subido nadie más en la oscuridad de la noche. Todo era un tanto desolador. Volví a sentir que prefería quedarme.

Los cuatro hermanos nos sentamos en uno de aquellos asientos enfrentados con una mesa en el medio, mientras mi madre y su marido se acomodaban en otro, con el equipaje de mano y la comida para el viaje sobre su mesa. Pasamos por paisajes de a rato urbanos, de a rato rurales; el tren hacía sus sonidos habituales al acercarse a cada estación, parando en algunas, siguiendo de largo en la mayoría. Recién habíamos salido y el aburrimiento ya era feroz. Ya habíamos jugado a las cartas, al veo veo, incluso ya habíamos peleado, y aún no habíamos salido de Montevideo. Rápidamente supe que el viaje iba a ser muy largo.

De a ratos comíamos algo, tomábamos agua, mientras mirábamos pasar los postes por la ventana, lentos, cansinos, delante de los pastizales y las matas que se asomaban entre las enredaderas de campanitas violetas que se encaramaban sobre los tejidos, venciéndolos por completo. Los parches de ciudad que antes eran más frecuentes, empezaron a espaciarse. Los tejidos fueron sustituidos por alambrados desvencijados, también vencidos por la enredadera de campanitas violetas. Entendí que ella lo alcanzaba todo, aplastándolo ineludiblemente, como una maldición. El baño era como de una película: un espacio donde apenas abría la puerta con un lugar donde apoyar los pies y un agujero en el piso donde veías pasar los durmientes. Por alguna extraña razón, viendo pasar los durmientes por el agujero, parecía que el tren iba rápido. Pero al volver al asiento, todo volvía a su letanía habitual.

Un rato después de salir, me di cuenta de que cada vez que le preguntaba a mi madre si faltaba mucho, respondía que sí, así que dejé de preguntar. Mi hermana mayor leía, mi hermana menor esperaba con unas expectativas algo desmedidas que pasara algo; mi hermano planificaba con mi madre dónde acamparíamos, qué habíamos llevado, se cercioraba de que no hubiera fallado ningún detalle. Volvía a aparecer la pascualina. Ya nadie tenía hambre; parecía que hacía una vida que estábamos en aquel vagón. El malhumor empezaba a merodear, agazapado, buscando un adolescente para poseer, como el diablo mismo. Alguien volvía a preguntar si faltaba mucho. Sí.

Tras una vida entera arriba del tren, finalmente llegamos a Rocha. Los adultos lo remarcaron, como si fuera algo importante, y yo me encaramé en el asiento, del cual me escurría como una masa viscosa desde hacía rato. Parecía una buena noticia. Parecía que llegábamos a algún lado. Todos erguimos la espalda, estiramos el cuello y miramos atentos por las ventanas polvorientas. Pero en seguida me di cuenta de que no tenía sentido tanta emoción, mi madre seguía con su mirada serena, sentada en la misma posición, cebando un mate cada tanto. No entendí por qué habían dicho que llegamos a Rocha como si fuera algo importante, si todo iba a seguir igual que antes. El tren retomó su marcha lenta, exasperante, por los mismos lugares que parecía que habíamos pasado infinitas veces.

Al fin, cuando ya me había hecho a la idea de quedarme a vivir en el tren, de que no era tan malo a fin de cuentas, de que con un poco de acondicionamiento podía ser una casa hermosa, vi que mi madre guardaba el mate, metía la asadera de la pascualina en una bolsa de nylon, vaciaba los restos de agua de los vasos desparramados por las mesas de los asientos vacíos del tren, juntaba las cartas que habían ido cayendo al piso de tablas construido hacía tantos años, y al fin nos dijo que juntáramos nuestras cosas y ordenáramos el equipaje. Estábamos llegando al destino del tren: La Paloma.

Bajamos en la pequeña estación de La Paloma. Pensé que habíamos terminado el viaje. Recordé que mi prima estaba allí, me alegré. No sabía que vendríamos al mismo lugar donde estaba ella... ¿Cómo era posible que no me lo hubieran dicho? Mi interior empezó a rememorar los momentos vividos con ella, a fantasear con planes en conjunto, pero al bajar en la estación, empezaron a hablar del horario del ómnibus. Era de mañana, el sol ya estaba alto. No nos quedábamos en La Paloma. Adiós planes con mi prima. Había que caminar hasta la ruta y esperar el ómnibus que nos llevaría a nuestro destino final. Acarreamos nuestros bártulos hasta la ruta, no muy lejos de la estación, y esperamos lo que a mí me pareció otra eternidad hasta que al fin llegó el ómnibus. Yo no entendía mucho, pero de todos modos subí al ómnibus. Vuelta a acomodarnos nosotros y nuestro abundante equipaje.

Cuando llegáramos, teníamos que ir a hablar con la señora de Arrospide, de parte de alguien, para que nos dejara acampar en unos terrenos de su familia. Anduvimos una media hora en el ómnibus hasta que al fin dejó la ruta para entrar por una calle polvorienta y detenerse en un caserío, anunciando su destino. Caminamos unos metros y llegamos a una casa simple con una ventana a la vereda, donde mi madre y su marido entraron a hablar con la señora. Ya teníamos el sitio donde íbamos a montar el campamento, pero antes teníamos que conocer algo. Caminamos dos cuadras por la calle sobre la que parecía que estuviera todo lo que existía en aquel lugar, pero al final del camino, se abrió ante nosotros una imagen de otro mundo. Jamás olvidé el instante en que mis ojos miraron por primera vez aquel paisaje que no conocía. Me pregunté de dónde diablos había salido aquello, cómo era posible que en el país donde yo vivía existiera aquel lugar y no estuviera en las revistas y en la tele. Pensé que era un sueño. Caí sentada en un banco detrás de la baranda de madera con postes blancos y sentí que no era posible. Seguramente era un sueño, seguramente aún estaba en el tren, porque lo que estaba viendo no encajaba en ninguna imagen que mi joven memoria hubiera visto antes.

Un enorme acantilado de roca bajaba vertical, como un abismo, para enterrarse en la arena blanca que se extendía un poco hasta encontrarse con las rocas que emergían imponentes, en las que golpeaban violentamente las olas de un mar verde grisáceo e infinito. Desde mi banco, miraba para los dos lados y me perdía en dos playas abiertas que se extendían hasta donde mi vista alcanzaba a ver. En ese banco, en ese momento, sentí por primera vez que pertenecía a algún lado. Tuve la certeza de que volvería, de que un hilo invisible pero increíblemente fuerte me ataba a ese sitio. El lazo era tan fuerte que supe de inmediato que no podía hacer nada para disolverlo. No dependía de mí. Sentí cómo aquel hilo salía de mis ojos y se anclaba en el fondo del mar; se extendía desde la punta de los diez dedos de mis manos y se agarraba al banco; fluía desde las plantas de mis pies para arraigarse para siempre en aquella tierra.

Había encontrado un lugar en el mundo.


domingo, 5 de septiembre de 2021

Ella ahora dice que se llama Elina

Nací una fría noche de julio, mientras mi padre le pedía a mi madre que se apurara para que naciera el mismo día que mi hermano y así ahorrarse un cumpleaños. Será por eso que me gusta el invierno.

Mis padres me pusieron un nombre con una larga tradición en la familia, pero ya en el hospital, cuando mi abuela me fue a conocer, dijo que parecía un gusanito, así fue como me empezaron a decir Gusi. Crecí repitiendo hasta el hartazgo cómo me llamaba.

- ¿Lucy?

- No. Gusi

- ¿Susy?

- ¡No! Gusi

- ¿Cómo?

- ¡Gusi! - ya con algo de rabia

Gusi era una niña algo dispersa que se desplazaba por el mundo casi sin tocar el piso, con la cabeza puesta en lugares que sólo ella conocía. No los compartía con nadie, no era necesario. A veces, cada tanto, sus pequeños pies tocaban la tierra para ver más de cerca algo que le llamaba la atención, una flor de cartucho o las semillas voladoras del diente de león, o para perseguir cascarudos hasta formar una gran montaña. Una vez que la montaña era suficientemente alta, ya podía emprender el vuelo nuevamente. Las cosas mundanas no tenían ninguna relevancia para Gusi, no tenían magia ni hacían ninguna diferencia en el devenir de los días -comer, vestirse con algo nuevo, jugar con otros niños-, eran cosas de otros mundos, de unos mundos que ella no habitaba. Sólo se adentraba en ellos por demandas ajenas, porque su madre la obligaba a comer, porque sus hermanos le imponían la salida a la escuela, o para hacer contacto con sus primas.

Crecí así, en otras dimensiones, unas dimensiones que pude visualizar en una noche de locura. Planos paralelos e infinitos donde todo podía suceder. Mientras vivía ahí adentro, estaba bien, pero cuando lo vi de afuera, me asusté. De a poco empecé a dejar los cascarudos, los dientes de león y el fantástico mundo de las hormigas. Así empecé a ver mi diferencia con los demás y supe que era un tema que debía resolver. Empecé a hacer contacto con los otros niños, a compararme; empecé a hacer lo que los adultos esperaban que hiciera una niña. Empecé a tocar el piano, a dibujar casas y barcos, y a escribir. Mi pasaje por la escuela fue fácil en parte porque me gustaba escribir. En el liceo, los profesores no me mandaban a examen porque tenía esa herramienta mágica que me terminaba salvando el pellejo. Y cuando entré a Facultad de Arquitectura, me gustaba mucho taller, pero también me gustaban las materias teóricas porque me daban la chance de enfrentarme a la hoja en blanco y organizar todo lo que había estudiado y flotaba en mi cabeza en una especie de nube desordenada de conceptos.

En algún momento, en ese proceso con poca reflexión y mucha intuición, supongo que avanzada la adolescencia, vi que mi ser de la infancia era vulnerable, introvertido, hipersensible, y que esas características me dificultaban el contacto con los otros. Así que, sin pensarlo, pegué la vuelta y, parándome arriba de la que me había acompañado hasta ahí, empecé a construir otra persona. Una persona más segura, que, valiéndose de algunas herramientas que había obtenido antes, miraba el mundo con una mirada aguda. Alguien que, por conocer las profundidades de las cosas, podía describir sus formas críticamente, con un lenguaje preciso y cínico, y también con humor. Ese nuevo ser pisoteó al anterior, lo negó. Había que construir algo firme sobre lo que pararse para salir a un mundo hostil. Despejé las dudas, le bajé el volumen a algunas voces interiores que no servían para el nuevo plan y generé una nueva yo que salía disparada alejándose de su yo anterior. Así fue que supe que, para la nueva construcción, debía empezar por resolver el tema del nombre.

Y empecé a probar. Me dí cuenta que si me preguntaban mi nombre sólo debía decir mi nombre, no mi apodo, y así desandaría el camino a la asociación al gusano. Me preguntaban mi nombre y decía mi nombre. Dejar de asociarme con ese bicho era parte fundamental de mi nueva construcción interior-exterior y se presentaba como una solución fácil. Quienes ya me conocían de antes, me seguirían diciendo Gusi, pero no importaba, ya conocían el origen. Pero aquellos que me conocían ahora, podían ir aprendiendo, junto conmigo, mi nombre.

Un día mi madre estaba hablando con mi tío Juan, y -yo sentí que algo ofendida- le dijo: “ella ahora dice que se llama Elina”. Yo le reproché: “¿Cómo que ahora digo que me llamo Elina...? ¡Me llamo Elina! ¿No me pusieron ese nombre al nacer? ¿No es el nombre que dicen mis documentos?”. Ese comentario de mi madre le dio combustible a mi rebeldía respecto al nomenclator generado y fortaleció mi lucha por tener un nombre, con la certeza de que ya no tendría que decir que parecía un gusanito. Y así, en Facultad, en el instituto nuevo donde estudiaba música, en los trabajos que tuve sin conocidos, me empecé a presentar por mi nombre. En algunos lugares funcionaba, aunque había otros lugares en los que había gente que conocía mi anterior identidad, o donde había algunos infiltrados. Pero no importaba, seguiría construyéndome sin respiro, sin concesiones. Eran los tiempos en que, siguiendo los consejos del I-Ching, empezaba a trabajar la perseverancia.

- ¿Cómo es tu nombre?

- Elina

- ¿Celina?

- No. Elina

- ¿Melina?

- No. Eeelina

- ¿Y cómo se escribe?

- Así nomás, como suena: E-L-I-N-A

- Ah. Qué raro nombre...

- Es un nombre familiar

- Ah... Y si te llamás Elina... ¿por qué te dicen Gusi?

 


sábado, 21 de agosto de 2021

Pájaros

Me gustan los pájaros. A los veinte años fui a Buenos Aires en un viaje de estudios con el grupo de taller de Facultad a ver obras importantes de la provincia de Buenos Aires. En un momento, un amigo me pidió que lo acompañara a comprar un libro al centro. Fuimos a una de aquellas librerías maravillosas que aún existían en los ‘90 a buscar un libro que sus padres le habían encargado. En el lapso de tiempo entre que se lo entregaron y le hacían la factura y pagaba, me lo dio para que lo viera. Era un libro increíble, con dibujos en color de miles de pájaros de Argentina y Uruguay, desde los más pequeños hasta los más grandes, los migratorios y los residentes, los de monte, los de bañado, los de costas. Estaban todos los pájaros que yo había visto en la vida y muchísimos más que no había visto nunca. Era la “Guia Narosky”. De inmediato supe que la quería y pregunté cuánto salía. Como no me alcanzaba la plata, compré la edición en blanco y negro, y se la traje a mi madre y mi padrastro de regalo.

En esa época yo vivía en el campo (mi madre sigue viviendo allí), en una zona de quintas, sobre todo de frutales, así que hay mucha comida para los pájaros. Pero eso en realidad era una trampa mortal, los productos para las “plagas” que se aplicaban en ese momento mataban todo: hongos, bacterias, insectos, y pájaros. En esa red que forma la vida en este planeta, al envenenar a los insectos, se envenenan los pájaros que comen esos insectos, y luego los pájaros que comen pájaros. Los pájaros fruteros también morían envenenados.

En un momento, pensamos que sólo sobrevivirían las especies más numerosas. Pero recuerdo cuando empezamos a ver otros pájaros. Empezaron a venir naranjeros, juan chiviros, siete colores, cardenales. Oíamos cantos que no habíamos oído antes. Nos parecía ver colores entre el follaje de los árboles que antes no veíamos. Y también vino un ave de rapiña que durante años, hasta que traje la Narosky, llamábamos “el águila”. Con el nuevo libro, nos enteramos de que era un gavilán.

Ahora vivo en Montevideo, y mi marido es amante y estudioso de los pájaros. Tenemos muchos libros, y desde hace unos cuantos años tenemos la Narosky en color. Ahora vemos muchas aves. Acá, en Montevideo, en el campo donde vive mi madre, y en Rocha, donde tenemos una cabaña en un lugar aún bastante agreste. No sé si vemos más porque estamos más atentos, o porque los venenos que se usan para producir comida no son tan tóxicos, o porque se han corrido hacia el sur por perder sus hábitats con la tala de monte nativo para producción a gran escala. No lo sé. En realidad, no sé si estamos recuperando especies o aumentando la pérdida, pero sé que yo veo más.

Muchas veces me despierta al amanecer el grito del pichón de gavilán que vive en el árbol de la casona frente a mi casa. Grita desde que sus padres salen a buscar comida hasta que vuelven con algo. Las aves de rapiña son especiales para mí. Si uno las ve en su rol en la red trófica con la mirada con la que vemos una película o una historia cualquiera en que hay buenos y malos, ellas serían los fuertes, los malos. Los matones que se aprovechan de los más débiles, matan a los pájaros pequeños, les roban sus crías, sus huevos, para alimentar a sus propias crías. A veces, mientras cuelgo la ropa en la azotea, veo como los pájaros pequeños hacen brigadas para espantarlas. Igual que las brigadas de vecinos contra los ladrones.

Sin embargo, en el complejo entramado de la vida de los pájaros, las aves de rapiña son las más vulnerables. Si ponemos veneno para las ratas, morirán las ratas, pero también morirán las aves carroñeras, del mismo modo que mueren cuando ponemos veneno en la fruta. El veneno se va a acumulando en los tejidos de los que lo van comiendo y también se va magnificando en los que van comiéndose entre sí, al subir en los niveles de las redes tróficas. Así, aquellos que vemos como los malos, los matones, son en realidad los más vulnerables.


viernes, 13 de agosto de 2021

Un día más

El despertador suena tres o cuatro veces. Cada vez, cambio de posición: me pongo de un costado, luego del otro, luego boca arriba, hasta que lo apago definitivamente. Igual sigo un ratito más en la cama. Hace muchos años, cuando tuve que empezar a madrugar, en quinto de escuela, muchos me decían que después de un tiempo me acostumbraría. Pero nunca pasó. Sigue siendo un sacrificio despertarme, decidir a despegarme de las sábanas y arrancar el día.

Todas las mañanas intento prender la estufa. Aunque muchas veces no lo logro, siempre lo intento, sentada en el banquito con una taza de té en la mano y mirando de reojo el fuego agónico, intentando no moverlo y apagarlo. Cuando más o menos estoy en condiciones de salir, me voy. Camino hasta la parada del primer ómnibus. No me gusta el hombre que cuida coches en la esquina del colegio porque tira la yerba a la vereda. Igual le digo buen día e intento no juzgarlo, pero no puedo. Espero en el rellano de la puerta de un edificio, resguardándome un poco del frío helado del inicio de la mañana. Hay una mujer de pelo canoso como el mío que hace años que viaja en el mismo 192 que yo y se baja en la misma parada. Trabaja en el Clínicas.

Otra vez me encuentro esperando el ómnibus, pero ya empezó el programa de radio que escucho. El segundo viaje es más amable, los asientos son reclinables y ahí puedo recuperar el tiempo que me habría quedado en mi casa, escuchando la radio antes de arrancar el día. Cada día se reinicia la fantasía de trabajar más cerca, mido el tiempo cuando paso, hago las cuentas de lo que me ahorraría de viaje. A qué hora entraría, a qué hora estaría volviendo a mi casa. Luego de revivir esos pensamientos, nuevamente recuerdo que todo tiene su precio y no conozco el precio de trabajar más cerca. También pienso que aún me quedan cosas por vivir allá lejos. Introduzco medio de pesado el pensamiento de que si no fuera así, no viajaría cuatro horas por día para ir a trabajar.

El ómnibus llega a la ciudad donde trabajo. Hace más de cinco años que trabajo ahí y aún no he podido encontrar el timing para ponerme la campera y agarrar mis cosas sin correr a la puerta a tocar el timbre. Es un misterio para mí. El guarda me mira porque me río sola parada en la puerta. Espero que se dé cuenta de que estoy escuchando la radio. Le doy las gracias y me bajo, metiendo rápidamente las manos en los bolsillos de la campera. Sólo me queda caminar dos cuadras.

Miro la hora en el reloj cuando marco. Miro mi huella digital y me sorprendo de que, sea cual sea la forma en la que ponga el dedo, el reloj reconoce la huella. Saludo a los inspectores que generalmente andan ahí en la vuelta. Al entrar por la puerta que está al revés, paso por el pasillo al lado de donde trabaja Laurita y le doy los buenos días. Tengo que ir al box de la recepción para que la portera me tome la temperatura. Hacemos bromas, peleamos, reímos, y subo la escalera para llegar al fin al mi oficina. Aprendí a decir buenos días a todos luego de quedar (en evidencia) como una mal educada en otra oficina donde trabajaba hace muchos años. Me impresiona todo lo que he aprendido sobre la vida en este trabajo. Todos me devuelven el saludo amablemente. Si me acuerdo de sacarme la mochila, iré más liviana a lavarme las manos. La pandemia trajo cosas que llegaron para quedarse.

Al fin logro poner el agua para el mate. Voy al último cajón del escritorio; nunca pensé que sería tan igual a La González. Tengo toda una despensa en ese cajón: yerba, malva, cedrón; semillas de lino, semillas de chía, granola; un pote con hojuelas de maíz que cuando lo abra seguro estará horrible; aceite de oliva, aceto balsámico, pasas de ciruela y chocolate con naranja. Los paquetes ocupan todo el cajón. Pero no tengo grisines.

Cuando me siento en el escritorio, ya tengo el mate pronto, la chía remojando y el lino que dejé con agua en la heladera desde el día anterior. Las dos tanjerinas siguen ahí. Me pongo los lentes, ingreso al sistema y empiezo a trabajar.

Ahora empieza lo más difícil: sortear las situaciones que van surgiendo sin hablar de más. Participar en una conversación sin imponer mi punto de vista. Dejar que mi amiga no me hable sin cobrárselo; sin rencor. No intervenir en las conversaciones de los demás sin que me lo pidan. No prestar atención a lo que hacen los otros. Salir de este enojo que me carcome el alma, me tensa los músculos de los hombros y ahonda las arrugas de mis labios. Son muchas tareas que tengo que hacer en el día, metidas disimuladamente entre el tejido de la tarea por la que me pagan cada mes. La tarea paga la hago bien, tal vez demasiado bien. La haré realmente bien cuando deje de pensar en lo bien que la hago. Mientras tanto, en realidad la estoy haciendo mal. El resto de las tareas, las difíciles, las sigo haciendo bastante mal. Los avances son lentos y tortuosos, como escalar un cerro por la ladera empinada, rocosa, que no tiene mucho de dónde agarrarse.

Cuando quiero acordar, otra vez no pude. Ya pasó el momento y volví a hacer lo mismo de siempre. Intento pensar que ahora, al menos, lo veo, pero sé que eso ya no es suficiente.

 

sábado, 7 de agosto de 2021

La ventana

Me ha costado mucho trabajo; he pagado el alto precio de ser percibida en mi familia como lo que soy en realidad: una controladora, pero he logrado que en mi casa la televisión esté casi siempre apagada, sobre todo durante el día. Y es un trabajo que cumple veintiseis años, la edad de mi hijo mayor. Cuando él era chico, vivíamos en el campo, al lado de la casa de sus primos, que tenían su misma edad, así que la regla era que mientras hubiera luz, había que estar afuera jugando. No se podía prender la tele hasta que se hiciera de noche. Luego nos mudamos a Montevideo, nació mi hija menor y hubo que buscar otras estrategias para hacer cumplir la regla. Pero para entonces ya era un poco más fácil: no teníamos cable y ya no había nada para que los niños vieran en la televisión abierta.

Sin embargo, esa regla tiene sus excepciones: los mundiales de fútbol y los juegos olímpicos. En esos períodos de dos semanas, soy yo -la que creó la regla- quien la rompe. Esos días la tele está prendida casi todo el día, sin volumen. Casi siempre sin volumen, porque de noche -cuando además de estar prendida, la miramos un poco- es indispensable escuchar a los relatores de la empresa que televisa el deporte en Uruguay, que nos comparte por el canal del Estado las partes más intrascendentes de los juegos; y así podemos deleitarnos con los comentarios de Adriana. Muchas veces, es la parte más divertida del día. Ayer, de pronto, nos dimos cuenta de que hacía media hora que estábamos mirando golf.

Hoy me levanté y después de tomar tres mates le dije a mi hija que teníamos que prender la tele. Mañanas de sábado. Puse un lavado rojo, tengo en espera uno oscuro y uno blanco. Refresco la masa madre para hacer pan. Tomo unos mates más. Abro la ventana del cuarto de Manuel, la única que quedaba cerrada. Empujo los postigos de celosía de madera y los pliego sobre la cara exterior de la pared. Nico descansa en el puff; sus horas en el puff aumentan con los años. Ya es un perro con canas en el hocico. Pongo el espatifilo al sol, para que sus flores se alegren. Retiro las sábanas de las camas para que se ventilen al aire limpio de la mañana. Entretanto, la tele muestra unos clavados maravillosos. Cuando vuelvo de poner la ropa a lavar, pasamos a un partido de fútbol: Brasil-España. Me gusta el fútbol, así que me siento en el sillón gris a mirarlo. Parte del asunto de la minimización de la televisión consiste en que el living está armado de forma que la tele queda como un objeto lateral. El sillón gris me obliga a girar al cabeza a la izquierda para mirar la tele.

Me alegro. Un partido de fútbol es mucho mejor que el golf, las marathones, las innumerables carreras de remo, la natación, el tiro al blanco o el lanzamiento de martillo. Me siento en el sillón gris, con el mate en la mesa. Sin embargo, a cada rato me encuentro mirando en la dirección opuesta al partido de fútbol. Porque a mi derecha, enfrentadas con la tele, están las ventanas que dan al fondo de mi casa. A la tercera o cuarta vez que me encuentro, distraídamente, mirando por la ventana, me doy cuenta de que nunca me siento en el sillón negro porque le da la espalda a las ventanas. Todas las mañanas, cuando me levanto, lo primero que hago es levantar las cortinas para dejar que el mundo exterior entre en la casa. Es una necesidad física, biológica, que no sé explicar.

Cuando era adolescente, tenía el escritorio debajo de la ventana del cuarto. Ahí me sentaba a estudiar. Quizás eso explique lo poco que estudiaba. Todo el tiempo me encontraba con el cuaderno abierto, la lapicera en la mano y la mente perdida en el paisaje infinito que me mostraba la ventana. Un enorme eucaliptus al lado del bebedero de revoque gris empezaba el paisaje, que se escurría ladera abajo en el diseño riguroso de los cuadros de viña, cruzaba la ruta y dejaba asomar apenas la casa de la Beba, con su palmera, para finalmente internarse en un espacio infinito de praderas con monte nativo en cuyo horizonte se dibujaba el largo camino de eucaliptus y la hermosa casona de la Estancia San Pedrito. Aquella ventana era un cuadro gigante que ocupaba toda mi visión.

Los paisajes rurales del invierno son mis favoritos. Me encantan los colores de las chircas quemadas por la helada, los troncos negros de los árboles sin hojas, las ramas amarillas y rojas de los mimbres y, a veces, como esta semana, todo eso es magnificado por las nieblas matinales, que hacen que aquel sea un paisaje aún más pictórico. Desde el sillón de mi casa urbana no veo nada tan maravilloso, hoy solo veo una pared blanca al sol sobre la que se asoman apenas las plantas del jardín, atrás del esqueleto de la parra sin hojas. También se cuelan por la izquierda unas hojas de la palma kentia, adelante de la madreselva que al fin logré tener en mi casa. Pero aunque sea solo eso, me hipnotiza de la misma manera que aquella ventana del hermoso paisaje rural. Cuando miro por la ventana, mis sentidos se aquietan, mi cerebro se expande y mis pensamientos fluyen de una forma a la que jamás logré ni acercarme al hacer Savasana, para Iyengar y para mí, la postura más difícil de la práctica de yoga. Tal vez debería pedirle a Miguel que me deje mirar por su maravillosa ventana cuando la haga.

 

sábado, 31 de julio de 2021

Mi primer equipo adidas

Bajé del ómnibus en la parada de Agraciada y Gil pasado el mediodía. Tenía puesto el nuevo equipo adidas que mi madre me había traído del Chuy. Recuerdo muy bien la primera vez que me lo probé, parada frente al espejo de la vieja ropería, y descubrí que el pantalón tenía cintura y cadera, marcadas por sus tres rayas blancas a los costados que bajaban en rectas perfectas hacia los pies, para terminar en unas cintas elásticas que se pasaban por debajo de las plantas de los pies, y quedaban metidas dentro de los championes. Cuando me lo puse por primera vez, lo amé. Sin embargo, pasadas unas pocas semanas, ya no logré disociarlo del todo del día en que un hombre me siguió por la calle por primera vez.

Era viernes, volvía de la escuela. El camino desde la parada a la casa de mi abuela era por una calle ancha, de doble vía, con un gran cantero con palmeras al medio. Sólo tenía que caminar tres cuadras, pero antes de llegar a la segunda esquina, me pareció que un hombre me seguía. Primero pensé que era impresión mía. Crucé la calle para comprobar que era mi imaginación, pero él cruzó atrás de mí. Apuré el paso para volver a comprobar que era mi imaginación, pero él también apuró el paso. Así que al llegar a la parte de los pastos altos y los arbustos, empecé a correr. Ya no volví a mirar para atrás. No era necesario.

Corrí rápido. No sabía que podía correr tan rápido. Estaba segura de que el hombre corría atrás de mí. Era apremiante que corriera más rápido que nunca. Mi mayor terror era que cuando al fin llegara a la casa de mi abuela, no hubiera nadie. No pensaba en otra cosa. Corría como una posesa y rezaba para que hubiera alguien. No recuerdo quién estaba cuando finalmente llegué a la casa de mi abuela. No recuerdo si le conté lo que me había pasado a la persona que estaba en la casa. No recuerdo si lloré. No recuerdo nada de lo que pasó cuando la tensión cesó.

Miles de veces soñé con la casa de mi abuela. Muchas veces estoy con una llave intentando abrir la puerta del frente. Cuando fui más grande, me dieron la llave de la puerta del garaje; sin embargo, en los sueños siempre entro por la otra puerta. No sé por qué, pero sé que esos sueños están asociados con ese día. La sensación de no saber si la llave va a abrir la puerta se parece mucho a lo que sentí aquel día mientras corría. Por eso lo sé.

Hace un par de días volví a soñar con aquella casa. Una casa grande, de dos pisos, con un gran living con estufa a leña, un piano de cola; un comedor grande; y lo mejor, una biblioteca con dos escritorios, una máquina de escribir y una enciclopedia Espasa-Calpe, que contenía todo lo que existía en aquel mundo. Un mundo acotado, finito, que entraba entero en una biblioteca. En mi último sueño, alguien se había llevado las arañas del living y del comedor, y en su lugar había colgado unas lámparas vulgares, comunes, como las que yo tengo en mi casa. Me desperté con un sentimiento de pérdida.

A pesar de la asociación ineludible entre aquel episodio y mi pantalón adidas, lo seguí usando durante mucho tiempo, aunque seguramente en algún momento lo empecé a acompañar de buzos grandes, de punto inglés, que taparan el cuerpo adolescente que su entallado dejaba en evidencia. Mi intuición aún infantil de una época en que las cosas eran como eran, hacía asomar desde el fondo de mis pensamientos la idea de que el responsable de lo que pasó aquel día era el pantalón; o sea, yo. Un día lo vi en el fondo del cajón del ropero del cuarto de mi abuela, el cajón que nos había dejado para que guardáramos nuestra ropa. Le gustaba que tuviéramos ropa en su casa.

Hoy es el cumpleaños de mi abuela, que murió cuando yo tenía sólo dieciséis años y mi madre sólo cuarenta y cuatro. Hace más de treinta años de eso, pero aún la extraño mucho. Tal vez por eso volví a soñar con su casa.

 

sábado, 24 de julio de 2021

A mis amigas del trabajo

Era un día como cualquier otro. Llegué a trabajar al viejo local de oficinas, que antes había sido de otro ente público, a media mañana. Era un edificio con un lenguaje totalmente ochentero: una marquesina en la vereda sobre una fachada de ladrillo a la vista, aberturas de aluminio. Adentro, un cielorraso de barras de aluminio pintado color cremita con tubos lux empotrados, instalados en cajones cromados algo oxidados, algunos con tapas de rejilla, otros ya no. En algunos sectores faltaban pedazos de cielorraso, dejando ver el espacio negro, infinito, detrás de los colgajos de nylon sucio. Un aparato de aire acondicionado enorme, con una caja simil madera, estaba instalado en la pared del fondo, a la altura de los escritorios, terminando de cerrar el paisaje y de definir ineludiblemente la época en que aquel local había recibido algo de mantenimiento por última vez.

Lo único bueno que tenía aquel local era el jardín al fondo. Era un jardín lindo, con pasto -siempre alto, selvático-, muros bajos de ladrillo por donde llegaba el sonido del reggaeton del gimnasio de la vuelta, y un parrillero. A menudo nos preguntábamos qué sentido tenía un parrillero en un local de oficinas del Estado. Cuando yo llegué a trabajar ahí, me contaron que alguna vez le habían dado sentido. Pero al parecer ya no estábamos en aquellas buenas épocas. Los cuentos de las buenas épocas guardaban una cuota importante de nostalgia. Había habido una camaradería, y se había perdido.

Cuando llegué por primera vez, al pasar los banners que separaban precariamente la oficina de adelante de la de atrás, lo primero que vi fue a una chica rubia con trajecito azul -¡Oh, Dios! Aquí usan trajecito, pensé-. No demoré mucho en hacerme amiga de la chica de trajecito y en enterarme de que no era un trajecito, sino sólo un vaquero azul y una chaqueta. Había una gran mesa hecha de escritorios de cármica simil madera puestos uno al lado del otro donde se sentaban seis personas, enfrentadas de a tres por lado. Yo llegué un día de otoño, un típico día de media estación. No hacía ni frío ni calor. La ciudad empezaba a recibir las hojas de los plátanos en sus veredas de baldosas grises, comunes.

Me explicaron a grandes rasgos cuál sería mi tarea en aquella oficina. Me gustaba. Mezclaba mi profesión con algo de trabajo social. Era una propuesta estimulante. Me hacía sentir útil. Otra arquitecta entró conmigo al llamado. Las dos estábamos en el mismo puesto de la lista que había resultado del concurso del año anterior. El puesto número siete. Ella llegó al día siguiente. Habíamos obtenido el mismo puntaje en el concurso, así que habíamos quedado en el mismo lugar de la lista y haríamos la misma tarea; las primeras semanas, en la misma computadora. Nos comportábamos como si fuéramos amigas desde hacía años. Todos pensaban que nos conocíamos de antes. No deja de sorprenderme la magia que es capaz de generar el número siete.

En aquella oficina, éramos cuatro arquitectas, una escribana, un arquitecto que era nuestro gerente, un agrimensor y cuatro o cinco funcionarios administrativos. Con una funcionaria en particular generé un vínculo hermoso. A ella le debo mucho. Es una persona especial: un espíritu despierto, una luchadora incansable. Es una de esas personas que generalmente saben lo que tienen que hacer en la vida y simplemente lo hacen. Unos meses después, entró una ayudante de arquitecto, era casi una adolescente. Tímida, apocada, algo infantil. El primer día se sentó a comer en la mesa de la cocina, una mesa triste, que quedaba encajada entre las puertas de los baños. Alguien la vio y le dijo que no comiera allí. Todos comíamos en una mesa grande, en un grupo que iba creciendo a medida que pasaba el tiempo. Demoró unos días en animarse a comer con nosotras, pero se quedó para siempre. Ahora es una mujer de campo.

Una noche estaba en casa, aprontándome. Me puse ropa para salir, me pinté, me perfumé. Pasó mi hijo distraído y se detuvo al llegar a mí. Me miró desconcertado, me inspeccionó de arriba a abajo, con la mirada cada vez más sorprendida. Se detuvo en mi mirada, con esos ojos hermosos que tiene. Y con la mandíbula medio caída, me preguntó adónde iba. Voy a salir con mis amigas del trabajo, le contesté. En ese instante terminó de caer su mandíbula y se abrieron aún más sus grandes ojos verdes. ¿Y vos desde cuándo tenés amigas en el trabajo?

Aquel día, algo cambió para siempre.

 

domingo, 18 de julio de 2021

Ten cuidado con lo que pides

Le he dicho muchas veces a mucha gente una frase que alguien atribuyó a los chinos, y que yo acepté porque tenía sentido: “Ten cuidado con lo que pides”. Uno pide lo que quiere sin saber si eso realmente es lo que quiere. Es lo que quiere en ese momento, y ese querer es un querer sin nada de luz, un querer de un momento, guiado por quién sabe qué capricho. Un deseo desolado, construido sobre miedos de los que desconocemos su entidad y su dimensión; sobre rencores, tristezas y soledades de los que tampoco sabemos mucho. Sobre esa base, uno conscientemente no construiría nada ¿no?, sin embargo sobre eso yo construyo mis deseos, lo más potente que puede crear una persona.

Es que no sabemos, o no terminamos de aceptar, que la vida te da lo que le pedís. Siempre. Una vez que enviamos nuestro pedido, es como cuando llamamos porque demora el delivery, o porque queremos cancelarlo: el hombre al otro lado del teléfono te dirá: su pedido ya está en la calle, señora. Puede que todavía no hayan metido la pizza en el horno, pero igual te van a contestar eso; rara vez te dirán que lo podés cancelar. Del mismo modo funcionan los deseos que alojamos en lo profundo de nuestro corazón humano: una vez que construiste trabajosamente tu deseo, se cumple. Si, además, lo expresás en palabras, se afianzará de un modo que no será posible detener. El deseo está enviado junto con el mensaje de mandar a matar a tus potenciales bendiciones.

Si pasamos por todo este proceso sin entender absolutamente nada, tal vez pasen cosas y no podamos ver qué las originó ni qué consecuencias tuvieron. Supongo que muchas veces vivimos así, tal vez la mayoría del tiempo. Pero hay situaciones que nos dejan en evidencia que algo falló, que algún engranaje en el mecanismo que construye nuestra vida no encajó bien. Eso sentimos, pero los engranajes de la vida no fallan, seguramente encajan a la perfección; es más: son infalibles. Los que fallamos somos nosotros. El problema es el disparador del proceso: nuestro deseo. Tal vez debería empezar de una vez por todas la cruda tarea de disipar los objetos, intentando ir a un despojo de todo lo que inicia esos procesos creativo-destructivos. Ya sé de memoria que la vida sabe más que yo. Entonces ¿qué sentido tienen los deseos? ¿qué sentido tiene intentar controlar lo incontrolable?

Mejor sería intentar conocer y limpiar mis intenciones. Sería sin duda mucho más útil para mí, para mi vida, y ni que hablar para los que me acompañan. Si tan solo lograra desandar el camino del deseo y embellecer mis intenciones, tal vez llegaría a un lugar que no conozco pero que sí conozco. Un lugar que conoce una parte de mí que no es lo que yo creo que soy. Eso sí que me gustaría.

Que te quede de mí la ternura como resolana debajo la piel”

 

viernes, 9 de julio de 2021

Los días del insomnio

La gata me despertó a las tres de la mañana. No se estaba lavando, como hace siempre cuando quiere que me levante, esta vez maullaba desde el recibidor, sentada al lado del piano. Me levanté y caminé dando tumbos hasta que llegué a la ventana. La abrí y caminé hasta ella para pararme atrás, animándola a salir, pero ella no salió; en vez de salir, entró corriendo al cuarto de Martina. No sabía lo que quería, pero de todas formas la agarré y la dejé en la ventana, cerrándola nuevamente cuando saltó al jardín, sabiendo que en un rato volvería, pidiendo para entrar.

Volví a la cama. Intenté volver a dormir, pero no sucedió.

No me gusta desvelarme, claro, como a todo el mundo. Sin embargo, hay recortes en el tiempo en los que no estoy ni dormida ni despierta, en los que mi mente alcanza una lucidez algo mayor a la que tengo en vigilia. En esos estados, vienen a mí pensamientos bien hilvanados, ideas bastante claras y un lenguaje preciso. Al menos eso es lo que parece en el momento. Estiro la mano hacia la mesa de luz, me pongo los lentes y agarro el teléfono. Escribo en el block de notas pequeños pasajes de futuros relatos, frases que podrían ser disparadores de algo, pedazos de poesías. Algunas de las cosas que escribo han salido de esos instantes semi conscientes. A veces eso me sirve para algo y a veces no tengo idea de qué quise poner, por dónde andaba mi mente, qué hilo conecta esos pensamientos que anoté que parecían revelaciones, casi epifanías.

Por alguna razón indescifrable, anoche anoté algunas cosas sobre un libro que leí hace muchos años. A menudo me encuentro frente a la biblioteca mirando qué leer. Es una situación que vivo bastante periódicamente desde la niñez. Lo hice en mi casa, en la casa de mi padre, incluso en la casa de mis tíos, de donde me llevé prestado un libro que nunca devolví. En uno de esos momentos voyerista de bibliotecas, una tarde de fin de semana, me encontré en mi casa con un libro con un nombre que lo hacía ineludible: Creatividad, Sensibilidad y Fantasía. Esas tres cosas, tan poco valiosas en esta tierra, eran las tres características más presentes en mí. Agarré el libro, lo saqué casi con miedo del estante, convencida de que sería otra piedra que el pueblo arrojaría sobre mí. Pero resulta que, lejos de eso, el libro -una edición preciosa, de tapas duras color rojo lacre, con esa terminación de un papel que se asemeja al cuero- me mostró por primera vez que mi mundo interior no era un deshecho absoluto.

Según este manifiesto rescatista, todo aquel trabajo de tantos y tantos años en los que forjé dentro de mí una fantasía interminable, que mutaba conmigo a medida que crecía, era indispensable para la construcción de una vida real. Una mezcla de un poco de alegría con mucho alivio se metió en mi corazón para siempre. Hasta ese momento, había creído que mi actividad, fundamentalmente interior, era un desperdicio absoluto. Creía que había estado perdiendo el tiempo toda mi infancia y toda mi adolescencia. Me abracé a ese libro más que a nada ni a nadie. Fue como cuando el Hada le dio vida a Pinocho. Al fin, todo aquello podía servir para algo. Claro que no estaba segura de que realmente sirviera, pero me aferré a la posibilidad, aunque no conociera ni mínimamente la probabilidad que tenía; por mínima que fuera, era una probabilidad al fin y al cabo. Y eso, en el mundo de acciones no ejecutadas en que yo me desenvolvía, era muchísimo.

La gata arañó la persiana pidiendo para entrar. Le abrí la misma ventana por la que había salido. Apareció con su andar cansino y entró.

Mi memoria no funciona, claro, es una herramienta de un mundo al que no pertenezco. Y nunca más leí el libro en las décadas que siguieron. Sin embargo, no olvidé jamás lo que dice. No olvidé su nombre, ni sus tapas, ni la forma del título, en letras en imprenta doradas sobre un fondo negro enmarcado en líneas también doradas sobre el rojo de las tapas. Tampoco me desprendí más de él. En todas las casas en las que viví, estuvo en mi biblioteca.

Este libro me dio vida por segunda vez, luego de que mi madre me trajera a este mundo una noche de invierno, el mismo día que mi hermano, después de festejar su cumpleaños de dos años y de dejar todo limpio. Mi abuelo le decía que se apurara, pero así es ella. Primero hay que hacer lo que hay que hacer.

Desperté con los maullidos de la gata y me volví a dormir con el canto de los pájaros cuando empezó a clarear este cielo urbano.

Así termina mi día, sobreviviendo a las largas horas de insomnio que me dejó la noche.

Así termina mi día: sin saber -una vez más- qué milagros hacen que uno nazca tantas veces.

 

domingo, 4 de julio de 2021

El mantel de hule

La vieja casa de campo familiar guardaba dentro de cada uno de sus espacios algo de quienes habían habitado en ella. No sé explicarlo, pero uno entraba en algunos de aquellos lugares y parecía que había alguien allí. El poco tiempo que viví en ella, no lo registré. Sin embargo, cuando iba, ya más grande, y la casa estaba vacía, podía sentir claramente algunas presencias. Tal vez fuera la recreación de tantas historias escuchadas...

En el Cuarto de las motas me sentía en casa. Era un cuarto con tres puertas, algo que ya lo hacía único. Una puerta daba al pasillo, por donde se entraba al cuarto, otra daba al que había sido el cuarto de mis abuelos y la otra, la mágica, daba al jardín, justo al costado de un enorme plúmbago celeste: la flor con belcro natural con que nos adornábamos las solapas cuando éramos princesas, incluso reinas. Este cuarto debía su hermoso nombre a sus cortinas y colchas blancas con motas rojas, que hacían juego con las camas blancas, coronadas con pompones rojos en las esquinas de la cabeceras. Era lo máximo. Ése había sido mi cuarto, así que no tenía más que mi espíritu y el de mi hermana.

El cuarto de los varones, el de adelante, a pesar de tener unas camas sin identidad, tenía un enorme ropero con unos espejos gigantes, donde habitaban personas, situaciones, momentos especiales. Allí habían dormido mis tíos en varias épocas, y si te sentabas en el piso, delante de los grandes espejos, tu mente, sola, recreaba la vida de aquellos muchachos de épocas tan remotas, que habían vivido en un mundo tan diferente al mío. A veces abría las puertas del ropero -que eran como las puertas de un castillo- en busca de algo que me acercara un poco más a aquellas épocas, pero adentro no había nada. Eso siempre me llamó la atención, porque, desde afuera, aquel ropero parecía lleno de vida; abrirlo y encontrarlo vacío era desconcertante. Tal vez tuviera algunas cosas, pero no encajaban con lo que mostraban los espejos.

El cuarto de mis abuelos era algo más ambiguo, porque en ese cuarto, después que mi abuelo murió, durmieron muchos matrimonios, y creo que se robaron sus espíritus, porque no estaban allí. No era como los otros cuartos. Salvo por la antigua estufa a carbón; esa estufa era lo único que mantenía un nexo con el pasado. A través del cuarto de mis abuelos, se accedía a una pequeña habitación, donde habían dormido los muchos bebes de la familia. Ése sí era un lugar especial. Parece que los bebes no se sustituían unos a otros. Allí siempre parecía haber un niño durmiendo. Incluso permanecía el olor ácido que guardan los niños pequeños en el cuello, ese olor a leche cuajada y a sudor de lactante. No hay olor más rico en el mundo.

Estaba también el sitio donde se guardaba la comida: una habitación con una enorme heladera de roble, de cuatro puertas con grandes herrajes, y dos cajones de madera con tapa, que, por alguna razón algo inexplicable, llamaban chanchos. Esos cajones fueron la mayor fascinación de mi primera infancia. En ese lugar podía pasar horas, imaginando cómo sería aquel mundo en que era necesario tanto espacio para guardar comida. Cómo sería aquella casa tan grande, ahora vacía, cuando estaba llena de gente. Cómo serían sus rutinas, sus tiempos, sus trajines diarios. Ese era el lugar donde podía imaginar aquella vida que ya no existía.

Un día, ya más grande, entré en el cuarto de los empleados, que estaba entre la habitación de las heladeras y la cocina. Seguramente ya había entrado allí, sin embargo, ese día tuve la certeza de que se podía vivir ahí; solo en ese cuarto con un baño. Ahí perfectamente podía vivir una persona... o una pareja. No sé por qué tenía esa carga de sentido... Tal vez porque quienes dormían ahí también vivían ahí de alguna forma; puede ser que fuera eso. Fue el mayor descubrimiento de la casa. Creo que ese día empezó a pulsar dentro mío el deseo de irme de mi casa cuando fuera algo más que adolescente.

Afuera también había sitios increíbles. Había dos grandes porches en galería, uno adelante y otro atrás, donde pasábamos largas tardes de verano en un tiempo infinito. El de adelante tenía una hamaca de jardín y un juego de sillones de ratán blanco con una mesa donde desfilaban el té, la jarra del café, tal vez un plato con torta o medialunas Royal. Creo que era el lugar favorito de mi abuela, junto con la cocina, porque sólo la recuerdo allí. El otro porche, estaba a la salida del pasillo con el techo más alto que he visto en mi vida, al lado de la cocina; y tenía una larga mesa con bancos, donde comíamos en verano, y donde tomábamos la leche los niños a veces. Ese lugar tenía el objeto más encantador de toda la casa: una especie de campana de vidrio con un plato donde se ponía agua con azúcar para esperar que las moscas, incautas, fueran a ella y quedaran atrapadas volando dentro de la campana para siempre. Se suponía que, según su lógica, debía tener un enjambre de moscas dentro, pero nunca había más de tres o cuatro.

En el jardín había muchos rincones especiales, pero había uno que era mi favorito: la glorieta de hierro con rosales, a la que se accedía por cuatro entradas, dos de ellas techadas con arcos también de hierro y rosas, por donde entrábamos aquellos con espíritu romántico, a ese lugar encantado, lleno de posibilidades, reales y fantásticas. Era hermosa. Estaba bordeada de bancos pintados de blanco, recostados en los rosales, donde uno podía imaginar señoras de vestidos largos y sombrillas de encaje, y hombres con levita, riendo y fumando y tomando sus aperitivos, en busca de una buena chica con quien casarse y tener una vida tranquila. No es que eso hubiera pasado en aquella glorieta -no son cosas que puedan saberse en realidad-, pero esa no era la época en que se había colocado esa estrucutura en ese jardín. Sin embargo, es el tipo de imagen que te viene a la mente cuando entrás en un lugar así.

Todo el lugar era hermoso y provocador, pero de todos los lugares maravillosos que tenía aquella casa y de las infinitas vivencias que a veces incluían viajes espacio-temporales, mi lugar favorito era abajo de la mesa del comedor, con seis años, resguardada por el mantel de hule con dibujos de frutos marrones, ocres, naranjas, donde pasé largos ratos con mi amiga Corina, creyendo que la profesora de inglés no nos veía.

 

viernes, 25 de junio de 2021

Radio con cassettera

Salimos de casa un poco antes de mediodía. Era un día caluroso pero sin sol, de esos en los que el calor húmedo hace que uno sienta que el cielo se apoya todo encima tuyo, obligándote a ir por ahí llevando a rastras la inmensidad de su peso. El cielo gris plomizo empezaba a volverse algo más claro. Y así, en medio de ese día denso, emprendimos el viaje al supermercado. El camino al supermercado es hermoso. Los árboles y las palmeras flanquean la ruta en algunos tramos, mientras en otros, uno transita un paisaje abierto que parece cubierto por una moquette verde infinita sobre la que camina, lento, algún que otro caballo... dos o tres ovejas viejas... una vaca flaca que busca algo para comer en las pasturas ralas. Si tenemos suerte, tal vez en el pantano que hay a la derecha de la ruta 10 podremos ver alguna garza. Si tenemos mucha suerte, tal vez veamos una cigüeña.

El supermercado está en un lugar urbano, pero abierto, espacioso. En el frente hay un sitio reservado para estacionar, pero no hay lugar. Mi marido se baja a hacer las compras y yo me quedo esperando en el auto, mal estacionada. Prendo la radio. Ese supermercado es el más barato, ya sé que la espera será larga. Las emisoras de radio no me proponen nada interesante, así que empujo un cassette que hay puesto, no sé qué es. Empieza a sonar una canción de Chico Buarque por la mitad. Me acomodo en el asiento del conductor, llevando el pubis un poco hacia adelante y recostando la cabeza en el respaldo del asiento. Los apoya cabezas siempre me quedan altos.

En medio de aquel cielo gris, de golpe se abrió un espacio, como pasa a veces en los veranos de Rocha. Cuando parecía imposible, en medio de ese agujero azul, salió el sol. La luminosidad del reflejo de la calle y las veredas de adoquines de hormigón se vuelve insoportable a pesar de los lentes de sol. Cierro los ojos. Ahora ya no sé dónde estoy, la música embriagante de aquel ángel hechizado empieza a ganar los espacios dentro de mí. Ya no estoy en un auto, en una calle semidesierta al calor de un mediodía de verano, escuchando la radio. Ahora estoy en el lugar donde sólo hay música. Ese lugar lo conozco más que ningún otro. Es un lugar-no lugar, un estado donde el cuerpo se desdibuja y los límites que genera la piel se derriten, fluyendo con los dedos que chirrían al desplazarse sobre las cuerdas, entre los trastes de la guitarra que acompaña virtuosamente a Chico mientras canta.

La voz de Chico Buarque es como el terciopelo de los burdeles: roja, intensa, con derecho y revés, con sesgo y biés, para un lado es suave y tersa; para el otro, áspera, incómoda; y también guarda secretos. Sin embargo, uno siempre quiere seguir escuchando, es como una droga. Pasaron las canciones entre los pensamientos entreverados con recuerdos, sensaciones, tardes de fin de semana escudriñando en los cajones de discos hasta haberlos escuchado todos; los de todas sus épocas: desde el Chico joven con camisa de cuello grande y bigotes, mirando tímido desde las tapas con forro de nylon, hasta los discos de los años noventa, cuando todo terminó. De golpe, sentí una enorme presión en medio del pecho y supe que las lágrimas caían por mis mejillas como corren los arroyos en una inundación: imposibles de detener. De todos modos, no quería que pararan, porque en ese momento hice contacto directo. Mi padre había muerto hacía ya varios años, sin embargo, en ese instante estaba ahí conmigo, arropándome con música, como sabía hacer.

Volvió mi marido con las bolsas del supermercado. Se había bajado del auto un día de calor tórrido y había vuelto a un auto inundado, con una mujer intentando no ahogarse en las aguas revueltas de un arroyo crecido. Tuvo miedo. Me pidió que apagara la radio, pero yo no quería, ahora que al fin lo había encontrado. Esperamos un rato que bajara el agua y empezamos a volver a casa, en silencio. En medio del viaje de vuelta, se terminó el cassette. Nadie lo dio vuelta.

A los pocos días, ya en Montevideo, otro día de calor sofocante, estaba haciendo mandados en el centro y quedé atrapada en medio de un embotellamiento de esos que se forman a las cinco de la tarde. Vi venir un ñeri subiendo contra los autos por la calle Río Branco, pidiendo una moneda mientras relojeaba descaradamente el interior de los autos trancados, muchos con la ventana abierta. Al llegar a mí, repitió como en automático el discurso que venía haciendo en los autos de adelante, pero se paró en seco en medio de la frase. Sus ojos se abrieron de golpe, levantando las cejas sobre la frente, y con una cara de asombro como he visto pocas en la vida, me dijo: ¡Paaah! ¡Radio con cassetteeera!¿Te querés matar, no?

 

sábado, 19 de junio de 2021

Hechizo de cuna

A veces me pregunto cómo es posible que las cosas se programen de una forma tan perfecta. Las tazas descansan ahora sobre el mantel a cuadros donde antes tomaron el té. A mí me desvela el té; también me desvela la coca cola, el café y el mate. De tarde sólo tomo té verde, a veces con una mezcla de jengibre, canela, cúrcuma y cardamomo.

La afinidad me maravilla. Es una especie de magia que conecta a las personas; pero también conecta personas y situaciones, lugares y tiempos. Es una fuerza invisible que define inevitablemente nuestras vidas, provocando algunos sufrimientos, pero muchas más alegrías. Cada una tiene una vida bien definida, diferente a la de las otras dos; sin embargo, cada encuentro es igual a todos los otros. No importa si dura varios días o sólo un par de horas; no importa lo que hagan cada día con sus vidas, las rutinas, los trabajos, las personas que las acompañen, o las circunstancias que enfrenten en el día a día. El hechizo de cuna permanece ahí, inmutable.

Algunas cosas parecen casualidad, y uno las tiene tan naturalizadas que le parecen normales. Sin embargo, si alguien que acabas de conocer te cuenta algo así, seguramente te resultaría sorprendente. En una familia de once hijos, en medio de la tanda de los grandes y la tanda de los chicos, nacen tres hermanas mujeres seguidas. Son muy parecidas físicamente y lo comparten todo en la infancia. Aunque las tres se casan con hombres completamente distintos, lo hacen en el correr de poco tiempo y tienen tres hijas el mismo año. Algo pasa ahí: las niñas generan un enlace iónico indestructible. Cada evento familiar estarán juntas: así será desde el día uno. No sé si a alguien le llama la atención, no sé si las madres identifican desde el inicio esa unión indestructible. Sólo sé que hay fotos de todas las épocas, fotos anteriores a los cuatro años, cuando uno se olvida de todo para empezar de nuevo, y ellas ya están juntas. Luego seguirán juntas. A partir de la adolescencia no perderán la oportunidad, en cada evento familiar, de llamar al que tenga una cámara de fotos colgada del cuello para que les saque una foto.

Con los años se percatan de que han sido un tanto crueles, porque resulta que aquel elemento que dio origen a este compuesto unificado sólo permite que se enlacen tres, no admite dos ni cuatro. Por lo tanto, en este sistema cerrado no entra ni sale nadie. Simplemente es así; todos lo saben. Aunque sus madres intenten -muy tarde ya- que incluyan a alguien más en la masa ya definitivamente indivisa, ellas simplemente no lo conciben. Y no es que no quieran, es que no es posible. Algunas veces, como conjunto, comparten con otros un espacio, un tiempo o un reír, pero será siempre sin romper los enlaces entre ellas. Es que realmente es imposible romperlos. No es que ellas no quieran, es que no pueden. Se lo explican a sus madres, pero no lo entienden.

Pensaron que cuando se casaran vivirían las tres juntas en la casa de sus abuelos, el lugar donde todo empezó. Pensaron que no era posible crecer y construir sus vidas por separado. Muchas veces imaginaron cómo sería, qué cuartos ocuparía cada una, cuántos hijos tendrían. Pensaron que repetirían aquellas ceremonias para siempre tal cual las vivieron ellas de niñas. Pensaron que sus familias serían también un sistema indiviso y que simplemente se agrandaría la masa y el volumen del sistema.

Ahora son grandes y cada una vive en su casa. Sus familias no son una extensión de ese compuesto inseparable, pero no importa. Tampoco lo necesitan en realidad. Sólo necesitan verse las caras, buscar sus miradas, decir tres letras, tal vez cuatro. Luego todo vuelve a suceder: el sistema entra en simbiosis una vez más, estrechando aún más los enlaces iónicos, acercando más aún -si acaso es posible- sus almas. Es un extraño proceso infinito.

Sus madres vivieron sus vidas y ahora, que ya son mayores, se juntan cada martes, tal vez repitiendo conversaciones eternas, tal vez recordando sus infancias, su casa natal, sus antiguas vidas. Con el tiempo, el pasado se nos vuelve a venir encima, como una manta suave y tibia que se posa sobre nuestros hombros.

Ellas miran a sus madres y las aman. Ellas se miran y también se aman.

 


sábado, 12 de junio de 2021

Hoja en blanco

Hoy tengo que escribir este ensayo en otra computadora; una que no es la mía. Y en esta computadora hay otro programa para texto, un programa en el que aparece una página totalmente en blanco. No tiene las reglas en los bordes de la hoja, ni las herramientas conocidas, ni las ventanas en cascada a la derecha. Tampoco está el fondo de pantalla que conozco bordeando el programa, porque éste ocupa la pantalla entera. Este paisaje desolador empatiza con mi falta de inspiración. SI antes de sentarme en esta silla, frente a esta computadora desconocida, me sentía un tanto perdida, ahora, frente a la hoja en blanco, me siento sin otra salida que la propia falta de inspiración. Como tantas canciones y poemas que se han escrito.

Al fin saqué la pantalla completa y veo la gran ola turquesa y la playa de arenas blancas en los bordes de la hoja. He creado vida en los alrededores de este ensayo. Si quiero, puedo crear la vasta vida de los océanos sólo en este ensayo: el fondo en permanente expansión, los organismos diminutos pero de una importancia gigantesca para la vida en el planeta, y los organismos gigantescos que se alimentan de aquellos organismos diminutos; el color del agua, los bordes pasivos de la plataforma continental donde se generan estas olas que los intrépidos surfean… Todo está ahora en los bordes de mi hoja en blanco. Todo lo que yo quiera imaginarme en esa ola oceánica.

Si quisiera, también podría mirar a mi derecha y ver el cielo color añil que se recorta en las siluetas negras de los techos de los edificios. El cielo real. Del mundo real. Aquél que percibimos con los sentidos. Tan real como logre captarlo nuestra percepción. No tan real como el mundo verdadero. El mundo verdadero no tengo idea de cómo será ¿Acaso alguien podría saberlo?

Los días se suceden unos sobre otros y a veces no logro descifrar si lo dije o lo pensé; si lo viví o sólo lo escuché tantas veces; si existe la realidad o son sólo pensamientos que rebotan entre sí, hasta llegar a ser convencimiento.

No parece que salga de la hoja en blanco. Mi mente estuvo demasiado ocupada en resolver situaciones esta semana, como para poder encontrar un asunto seductor del cual colgarme hasta llegar a algún descubrimiento interesante sobre la vida o sobre la naturaleza de las cosas: algo que me sorprenda. Y tal vez, sin sorpresa no se dispara el proceso de profundización sobre algún asunto; tal vez no logre adentrarme en las profundidades de las cosas buscando su magia. Tal vez por eso no salga del despojo de esta hoja sin bordes, donde se asienta este relato sin espíritu.

No es fácil encontrar el espíritu de las cosas y, en este caso, peor aún, el concepto de la hoja en blanco es algo que no me agrada. No me gustan las corrientes filosóficas que sostienen que nacemos como una hoja en blanco, no me gusta la sensación de estar intentando crear algo desde una hoja en blanco, ni la propia hoja blanca. Creo que no me gusta porque no creo mucho en un origen definitivo de las cosas. No creo que el acto creativo salga de la nada, de la ausencia total de un precedente. Por eso no creo en la Teoría del Big Bang, porque no me gusta la absoluta falta de existencia que la precede.

Tal vez sea por eso. Sólo por eso.

 

sábado, 5 de junio de 2021

El espejo

Ayer vi un corto sobre la dictadura que hicieron mi hija y una amiga. Están dando gobiernos totalitarios en Historia. Les quedó increíble. Entrevistaron a una periodista con una historia dura, pero también de superación. Me gusta la gente que no aprovecha los lugares que ocupa para arrimar agua para su molino. También nos pidieron a mi marido y a mí que contáramos cómo era vivir en un país en dictadura, cómo era ser niño y cómo era ser adolescente en un país donde se ejerce el terrorismo de Estado; cómo era la cotidianidad, el uso de los espacios públicos; cómo era transitar la infancia con un miedo subyacente constante. Nos sentaron en el sillón del estar de casa y nos hacían preguntas, indagaban en nuestros recuerdos, un tanto lejanos, pero a la vez muy vívidos, como son los recuerdos de infancia, pero diferentes de los recuerdos más anecdóticos; los recuerdos de emociones infantiles son indelebles.

Vi a la periodista desde la cámara de su computadora, linda, con un gesto como de permanente sonrisa, y era igual que cuando sale en la tele. Mi marido estaba sentado en el sillón del estar, en un ángulo trabajado en la improvisada escenografía, al lado de mi hija que le hacía las preguntas, y también era igual a cuando lo veo cotidianamente. Sin embargo, cuando me vi a mí en esa misma escenografía del sillón, no me reconocí del todo. Ya sabía que mi voz no es como yo la escucho cuando hablo, que es un poco gangosa y algo más aguda, pero nunca había percibido tan genuinamente cómo es mi aspecto físico en realidad. Soy completamente diferente a como me veo en el espejo; totalmente. Parezco otra persona.

Cuando me miro al espejo pongo la cara que a mí me gusta de mí. La he ensayado cincuenta años. Hago la mueca en las comisuras de los labios que me gusta, desfrunzo el ceño, suelto la tensión en los bordes de los ojos, inclino un poco la cabeza hacia la derecha, que en el espejo es hacia la izquierda, y para consolidar la farsa, me acomodo el pelo; pongo detrás de las orejas ese mechón rebelde que no se sabe acomodar en el conjunto de rulos, me retiro de la frente el rulito ese para colocarlo falsamente sobre el resto del pelo, aun sabiendo que cuando me dé media vuelta, volverá a caer sobre mi frente. Lo compruebo cada vez que entro al baño, desprevenida, apurada, auténtica, y me doy de frente contra el espejo, pero una vez ahí, vuelvo a construir la imagen de mí que me gusta, vuelvo a edificar minuciosamente mi efímera falsedad.

El golpe de realidad de ese video fue grande, me recordó los días en que decidí dejarme las canas. Aquel también fue un proceso de aceptación de mi realidad, en el que fui, poco a poco, abandonando mi idea de mí, una idea que evidentemente no refleja lo que soy yo, porque no la tiene nadie más que yo, y por lo tanto no es verdadera.

Nunca fui muy prolija con los asuntos del cuidado personal y la belleza, pero cuando uno es joven eso no tiene tanta importancia: uno es joven y lo que en aquel momento te parecía horrible, luego ves que era un detalle insignificante en el conjunto armonioso que te regala la juventud. Y en un momento me empezaron a salir canas, y luego las canas fueron tantas que tuve que empezar a teñirme el pelo. Durante algunos años me teñí el pelo con henna, pero fiel a mi estilo, lo hacía muchísimo menos seguido de lo que debía, por lo que el resultado real era que estaba dos semanas bien y seis, siete, ocho, lo que fuera, con un crecimiento infame. Incluso llegué a comprarme una especie de lápiz de para pintarme el pelo, una barra de algo parecido a pomada de zapatos que me pasaba, a veces, sobre el crecimiento. Un día, cuando ya llevaba varios años en esa situación penosa, acepté mis limitaciones y decidí dejar de teñirme. Entendí que lo que yo veo no tiene nada que ver con lo que ven los demás, y que la idea que yo tengo de mí tampoco tiene nada que ver con la realidad. Yo no era una mujer de pelo castaño, sino una mujer de pelo castaño con una franja gris contra el cráneo. Eso era realmente casi todo el tiempo, salvando un par de semanas cada tanto.

Ahora vuelve a golpearme la realidad, al comprobar que soy otra, que de nada valen mis esfuerzos en el espejo. Eso no existe, es una ilusión que sólo funciona para mí. Nadie más que yo ve mi imagen retocada. Todo el resto de las personas me ven como soy realmente, no como deseo ser. Todos los demás me ven a mí, mientras yo veo a alguien que en realidad no existe. Mientras escribo esto pienso qué debería hacer (además de dejar de retocarme en el espejo de forma momentánea), y se me ocurren algunas cosas. La primera es mirar ese video hasta aceptar esa imagen de mí y ver si la puedo sustituir por la del espejo. La segunda es pensar qué cosas de las que hago frente al espejo podría intentar incorporar a mis gestos habituales, por ejemplo, mover las comisuras de los labios hacia arriba dibujando una sonrisa y aflojar la tensión de los ojos y el entrecejo. Pero sé que eso lo tengo que lograr indirectamente, no será haciéndolo físicamente que se va a instalar en mis gestos. Deberé encontrar los pensamientos que convocan esos gestos que no me gustan, buscar su origen verdadero y trabajar en él hasta sustituirlo por otros que convoquen los gestos que quisiera tener de forma permanente en mi cara, gestos distendidos de alegría y paz.

 

sábado, 29 de mayo de 2021

La vara del buen medir

Hay días fáciles y días difíciles; hay momentos felices y de los otros, espacios de diversión y espacios de rabia, de tristeza, de melancolía. A primera vista, parece que hubiera gente que siempre es feliz, como las parejas de rubios lindos vestidos de blanco y celeste de las propagandas de la tele; mientras que hay otros que parece que siempre fueran desgraciados. Sin embargo, si nos acercamos un poco, rápidamente vemos que esas imágenes estáticas son solo idealizaciones, cosas que la mente fija para tener algo de donde agarrarse, para que no sea todo tan inestable.

De lejos, la vida de mi amiga parecía perfecta y al final era un desastre total. En vez, la mía, que en aquel momento parecía una porquería que nunca iba a acomodarse, terminó siendo hermosa. Yo sentía que nunca jamás mi vida se parecería ni un poco a las novelas de la Globo, o a las biografías de mujeres importantes -suficientemente importantes como para tener una biografía-; ni siquiera se arrimaba a la de alguna prima con una vida un poco más prometedora que la mía. Pero con el paso de los muchos años, uno va viendo que las cosas nunca son como parecen.

El muchacho que viene a barrer el frente de mi casa los viernes, tiene una vida bastante vulnerable, pero sin embargo es feliz. Claro que tiene muchos más problemas y urgencias que yo; claro que sí. Pero aun en esa inestabilidad, es feliz. Cuando se ríe, sus ojos lanzan destellos brillantes y su rostro se ilumina cuando me habla de algo lindo que le pasó.

Es difícil desprenderse de esos conceptos por oposición que uno se creó cuando era niño. Es difícil ver la complejidad de las cosas, los matices, las distintas facetas y los puntos de vista desde donde nos acercamos a ellas. Aunque sabemos que las cosas no son blancas o negras, inevitablemente nuestra primera impresión es una foto quemada en blanco y negro. Y a mí me cuesta mucho desprenderme de las primeras impresiones, incluso me cuesta desprenderme de un juicio que hice en algún momento, por mucho tiempo que haya pasado. Cuando emito un juicio de una persona o un asunto, luego no puedo deshacerme de él tan fácilmente, se queda ahí contaminando todo mi vínculo con esa persona o ese asunto. Tengo que hacer enormes esfuerzos para tratar de apagar esa primera impresión, y ni siquiera así consigo que la original desaparezca del todo. Por debajo del nuevo vínculo que a veces logro establecer a partir de mi nueva impresión, aún sigue aquel primer juicio, latente, casi deseando que pase algo que vuelva a confirmar mi primera impresión, mi prejuicio.

Así voy por la vida, comparando el aspecto, la ideología, las conductas, incluso los comentarios intrascendentes que hacen los demás, con los míos. Los que me parecen mejores, los incorporo, los copio; como una impostora. Los otros, los refuto, los pongo en la tela de mi juicio, pero ahí, (afortunadamente), es donde aparece la contradicción: ¿cómo confío tanto en mi juicio? ¿de dónde salió ese repentino exceso de confianza? No tiene ningún sentido. Es como si, en algún momento, alguien hubiera cambiado los cables que entran y salen de mi entendimiento sin que yo me diera cuenta. Tal vez fue mientras dormía. O tal vez, alguien más astuto que yo lo hizo mientras yo lo juzgaba con mis burdos y patéticos artilugios.

Seguramente haya otras personas que hacen eso mismo conmigo. Seguramente. Sin embargo, tengo la certeza de que hay algunos que me tienen una paciencia infinita, un amor más puro. Me miran equivocarme y no me dicen nada, solo esperan que me dé cuenta sola, porque tienen mucha más confianza en mí de la que me tengo yo. No es que la tengan conmigo particularmente; ellos tienen Fe en la humanidad. Y yo que me creía tan crack.

 

sábado, 22 de mayo de 2021

"El tiempo está después"

Hasta hace poco pensaba que era yo la que estaba confundida, que era sólo yo la que, por alguna circunstancia que no lograba identificar, no podía entender del todo en qué tiempo vivo. A menudo me quedo mirando la inmensidad, con la mente entre inquieta y detenida, buscando en mi memoria defectuosa en qué año estoy. Me ha pasado ya varias veces en el correr de este año, esto de quedarme pensando sin saber si es este año, o el año pasado o el año que viene. Por momentos, tampoco sé cuántos años tengo yo, mis hijos, mi marido, mis hermanos, mi madre. No diría que me preocupa, pero me inquieta un poco.

Hace unas pocas semanas, mi hermana me dijo que le pasaba lo mismo, y hoy de mañana me lo dijo mi hija, generándome sentimientos encontrados: un cierto alivio, pero también una preocupación mayor, porque entonces es un asunto más global, más colectivo. No sé muy bien si será por alguna cuestión astral -el lunes me dijo Kari que ahora Mercurio está en Piscis- o si será parte del proceso evolutivo de la humanidad, o si será lo que me temo: que seguimos tratando de salir de este paréntesis en el que estamos desde hace más de un año, un paréntesis temporal que supuestamente tiene que terminar para que podamos volver a nuestras antiguas vidas.

Porque teníamos unas vidas, todavía lo recordamos bien. Teníamos rutinas, nuestros hijos iban a estudiar, salían con sus amigos, nosotros salíamos con nuestros amigos, nos juntábamos, íbamos a yoga, había cumpleaños, nosotros también cumplíamos años y la gente venía a nuestra casa. Festejábamos la navidad con nuestros familiares, y la vida era un crisol de cosas diferentes que pasaban, algunas de largo, otras no. En vez de eso, hace más de un año que estamos en un mundo unimodal, contando cada día los casos de una sola enfermedad, viendo una curva que sube y no baja, comparándonos con otros países únicamente en eso.

Sin embargo, nuestra vida sigue transcurriendo, no se detuvo en el único tema de hoy. Dentro de nosotros hay procesos de una intensidad enorme, y dentro de nuestro círculo de confianza los procesos también son intensos, dejando todo a la vista. Todo lo que antes quedaba camuflado entre una gran variedad de actividades, ahora queda confinado en un mundo de cuatro paredes, con cuatro personas y un solo tema. Y como éste no es nuestro estado normal, seguimos esperando que termine, igual que el año pasado, que el año que viene, y nos invade una sensación de detención temporal eterna, una atemporalidad. Los fines de semana ya no son tan diferentes de los días de semana, las tardes se parecen a las mañanas, los lunes se parecen a los jueves, y este año se parece al año pasado.

Entonces ¿cómo podría yo diferenciarlo? Mi vida es así, toda igual, toda así. Finalmente, la Teoría de la Relatividad se hace comprensible, inevitablemente, mucho más comprensible de lo que me gustaría; de hecho, me gustaba más cuando no la entendía tanto. Cuando uno comprende cabalmente algo, ya no puede hacerse el distraído, ya no puede volver al estado anterior, al amparo de la no comprensión, a ese estado en el que uno tiene menos responsabilidades. Una vez que comprendemos, tenemos que actuar.

Ahora ya sé que en realidad no hay diferencia entre 2020, 2021 o 2022. Es sólo una convención que generamos para sentir que el continuo es fragmentable, que termina un año y empieza otro, y que con los ciclos de cada año, podemos ponernos metas y comprobar, al final del año, si las cumplimos o no; que podemos acompasarnos con ese ciclo de otoño, invierno, primavera y verano, y montar sobre él nuestra vida, nuestros ciclos interiores y nuestras proyecciones al exterior. Y si bien en este tiempo actual tan raro, los ciclos de la naturaleza se siguen sucediendo, no llegan a manifestarse en los rituales que marcan finales y comienzos, y por lo tanto parece que no existieran.

Estamos en un paréntesis del que supuestamente tenemos que salir para volver a nuestras antiguas vidas. Pero me pregunto si realmente quiero volver a mi antigua vida, si realmente quiero salir de este no-tiempo siendo la misma persona de antes. Puede que sea una ilusión, pero quisiera salir de esto como una versión mejorada de mí misma, más sintonizada con los ciclos naturales de inicio, desarrollo, concentración y conclusión de cada año, en vez de necesitar liturgias paganas para entender cuándo empieza y termina algo.

 

sábado, 15 de mayo de 2021

¿Quién leyó a Lucía Berlín?

Siempre es difícil salir de Montevideo, pero si es viernes de tarde, es todavía más difícil. Terminamos de trabajar a media tarde y mantenemos la ilusión de salir temprano, aun sabiendo que no vamos a salir de casa a la hora pensada. Terminamos saliendo cinco y veinte en lugar de a las cuatro, lo que tampoco está tan mal, sobre todo porque cuando nos proponemos salir temprano por la mañana, digamos a las 8, difícilmente salimos antes de las 12. Dejamos para último momento ir a revisar la rueda que pierde aire, poner nafta, revisar el agua y aceite, comprarle comida a la gata, ir a hacer las compras para llevar, llevarle las llaves de casa a Manuel que se las dejó olvidadas...

Al fin salimos, los lentes de sol con aumento no durarán mucho sobre mi nariz y tendré que cambiarlos por los multifocales, que no me gustan para manejar. Cada vez que tengo que manejar de noche me reprocho no haber ido a hacerme lentes para ver de lejos. No sé si lo haré algún día... Salimos con el mate recién hecho, pero mi gastritis ya había decidido de antemano que ese día no habría mate para mí. Como siempre, pararemos en la estación de servicio de Parque del Plata, porque ahí venden cosas de Baipa. También podré ir al baño. Mientras suena Me darás mil hijos en la radio del auto -el único lugar que nos queda para escuchar CD-, mi mente repasa la lista de todo lo que tenía que traer, un tanto atemorizada de haber olvidado algo importante. Intento dejar de pensar en eso para no preocuparme por algo que ya no tiene arreglo, pero no lo consigo, hasta que al fin recuerdo que me olvidé de la camiseta de dormir, que estaba entre el montón de ropa para doblar que quedó arriba del sillón.

El tráfico está fatal. Odio manejar en ruta cuando hay muchos autos. Pasamos La Floresta y al fin hay espacio entre los autos. Siento aflojar un poco la tensión en los hombros, pero la calma dura poco: pasando Pan de Azúcar empieza a bajar una niebla que se te tira encima como los fantasmas en las malas películas de terror. Ya es de noche y no me gusta manejar en ruta de noche. Los bancos de niebla aparecen y desparecen acompañando los cambios de altura de las sierras, y con ellos, la tensión. Cuando quiero acordar estoy de nuevo encaramada sobre el volante. Las chicas preguntan cuánto falta desde el asiento de atrás. Falta mucho contesto yo. Ahora suena otra cosa en la radio. La gastritis se queja del largo día que le hice pasar, de lo difícil de manejar de noche, en ruta y con niebla.

Llegamos a Rocha. La ciudad luz es una ciudad sombra blanquecina con olor a humo y zorrillo. Al entrar en la ruta 15, la niebla se pone más espesa. Los bajos de los arroyos bordeados de palmeras se hacen eternos. La fila de autos que vienen detrás no se mueve de ahí, no sé si será porque confían en mi sabiduría canaria para manejar en ruta con niebla o porque prefieren que alguien, quien sea, les abra paso en aquel paisaje macabro. No pasamos de 80 kilómetros por hora. Aunque me ronda el arrepentimiento de no haber aplazado la salida hasta la mañana siguiente, consigo neutralizarlo ante la certeza de que no hubiéramos salido antes de las 12. Vengo con expectativas adicionales porque creo que en La Pagoda está ese libro de Lucía Berlín que leí, del que no me acuerdo el nombre, ni de qué se trataba, ni nada. Sólo recuerdo su foto en la contratapa, una mujer hermosa con unos ojos únicos y un cigarro entre los dedos. Mi memoria es tan caprichosa que no lo puedo creer.

Tengo que ir despacio y tranquila, y aprovechar las partes de claridad, cada vez más escasas, para aflojar un poco el estómago crispado, y los hombros y la mandíbula alertas. Amanecer el sábado en La Pagoda vale el sacrificio. Se instala ese pensamiento. Dejo que se instale. Al entrar en la ruta 10, la niebla se poner aun peor. Ahora vamos a 60. Conozco este tipo de rutas, suele haber gente en los bordes, en moto o en bicicleta o caminando. Cada vez se ve menos. Acá vamos a tener que ir más despacio porque es un peligro, pienso. A la altura de Arachania nos cruzamos con dos ambulancias; luego el policía detiene el tránsito. El accidente es grande. La puta madre. La vida es una mierda, como dice el Flaco.

 

sábado, 8 de mayo de 2021

Solsticio de invierno

El otoño es romántico. Mucho más que la primavera. La luz amarillenta del final de la tarde; las hojas secas, retorcidas, en el piso del jardín; las luces y sombras que se forman en el árbol que se ve al fondo, detrás de la enredadera que lo quiere conquistar todo con una voluntad inquebrantable; los tintes rojizos que va tomando el liquidámbar antes de perder su follaje.

La parra ya se deshace en ramas que cuelgan con algunos racimos tardíos, y el aloe está más erguido que nunca, haciendo su máximo esfuerzo por sostener con elegancia los capullos de sus flores rojas. Todo se ve como un telón de fondo mientras suena la púa del tocadiscos arañando los nocturnos de Chopin, interpretados aun más romanticamente por Arthur Rubinstein en un disco de pasta de RCA Victor, un long (33 1/3) play made in USA. Es una edición deliciosa, un disco doble, con una ilustración a pluma en la tapa. Radio Corporation of America.

Martina dice que se siente una hipster porque está acostada sobre un almohadón al lado de la estufa leyendo un libro sobre Shakespeare mientras escucha los nocturnos de Chopin. Yo le pregunto si los hipsters no son unos hombres algo gordos, de barba, con lentes y camisa a cuadros. Ella asiente y agrega que se sientan en Starbucks a tomar un café con su mac. Yo le digo que no es una hipster porque no es un hombre algo gordo de barba y lentes, y que además tengo entendido que los hipsters generalmente son publicistas, y ahí reímos a la vez, al retornar de golpe en un cohete directo al planeta tierra, la información de que ella quiere estudiar comunicación. Y aceptamos que tal vez sea un poco hipster.

Cuando empezamos a prender la estufa, la gata del vecino, que se vino a vivir a casa hace muchos años, se apodera del mejor lugar de la casa: el piso calentito delante de la estufa, donde uno se quiere parar a calentarse el culo. La echo, ella se va al sillón negro, baja el almohadón con la mano y se acuesta arriba, mirándome con recelo, como hacen los gatos. Lo bueno de los días cortos es que generan estos espacios temporales de tardes domésticas, en las que convivimos haciendo distintas cosas, en silencio, unos leyendo, otros escribiendo, otros estudiando, otros por ahí. Son espacios ganados al día, porque en verano uno estaría saliendo a caminar o a darse un baño en La Estacada para aprovechar el resto de tarde que sobró después de terminar de trabajar.

(Este verano, sin embargo, el lugar más visitado fue El Infiernillo. De tarde, el sol da de frente en él, calentando el hormigón corroído por las décadas de abandono, pero firme: muelle y trampolín desde donde los valientes se tiran al río. Yo me tiro de abajo.El agua de Montevideo este verano fue la mejor del mundo. La mejor de este mundo.)

Hoy hice pan, así que cenaremos pan con algo. Podemos quedarnos acá, suspendidos en este tiempo cálido y amarillo. El tiempo de la tarde del viernes es el mejor de los tiempos posibles. El tiempo más prometedor, el que tiene todo por delante, toda la potencia del descanso, de algún paseo en bici, de largos ratos tomando mate en el sillón en la mañana sin importar la hora, del almuerzo a las tres de la tarde, tal vez de alguna torta de manzana, tal vez de panqueques con dulce de leche, o con dulce de manzana o de pera. Promete todo aún. Promete todo y nada: tener todo y hacer nada. Me encantan los viernes de tarde, son como el solsticio de invierno: engendran la esperanza de un tiempo mejor lleno de días más largos. Pero tienen ese dejo de lo que se sabe finito, de la certeza de que volverá el lunes y el solsticio de verano.

iQué ruido hace la púa! No pude encontrar el año de la edición del disco. RCA Victor Division. Camden, N. J., U.S.A. The world’s Greatest Artists. No sé muy bien si sería de mis abuelos paternos, o maternos, o de alguna de mis dos tías abuelas pianistas -las dos apodadas Beba-, o si alguien lo compró en la feria de Tristán Narvaja, pero yo se lo robé a mi madre. Espero que no se dé cuenta, porque no se lo voy a devolver. Está vivo ahora, destruyendo la pastilla del Technics. Está en su lugar ¿Dónde debería estar un disco si no en un tocadiscos? ¿Dónde debería estar yo un viernes de tarde de otoño sino en casa al lado de la estufa escuchando a Chopin?

Tengo que volver a buscar Remedio para melancólicos. No pregunté si lo tenían en Librerías Pocho el otro día. Imperdonable.