(Ensayo sobre la superficie)
Si mi mente fuera un bote inflable, podría ir a la deriva sobre la superficie de las cosas. Podría dejar que la sabiduría del agua me lleve a los lugares adonde debo ir, en lugar de luchar con todas mis fuerzas para ir adonde yo quiero. Podría rozar tangencialmente los bordes sinuosos de los ríos que me toque navegar sin empantanarme en cada deposición de arena. Podría ir sobre la superficie como los mosquitos, sin mojarme, sin adentrarme en las profundidades, sin ahogarme.
Me sorprende cada vez que pienso lo poderosa que es la superficie del agua, la fuerza que tiene. Potencialmente puede sostener cualquier cosa, por enorme que sea. Lo único importante es que no abandone la superficie. Yo entiendo el Principio de Arquímedes, entiendo la tensión superficial, entiendo las densidades diferenciales, entiendo el Número de Reynolds. Pero de todos modos, me sorprende.
Si yo pongo cuidadosamente una cortina de baño sobre el agua en la desembocadura del Arroyo Solís Chico, la cortina va a permanecer allí para siempre, mientras no intente adentrarse, mientras no ceda a la tentación de husmear lo que hay abajo, rompiendo con una punta curiosa, aunque sea mínimamente, la superficie que la sostiene. O mientras no pase por ahí cerca una persona o un pato que salpiquen el nylon y provoquen el colapso.
Pero uno tiene sus agujeros por donde entra el agua y, a veces, el achique no es suficiente. Y también tenemos nuestras miserias. Ahí es cuando la puntita de la cortina se hunde en el agua para desafiar al destino o simplemente para ver qué hay ahí abajo y la fuerza empieza a ceder lentamente. En los días más oscuros, incluso forzamos hasta hundir la quilla doliente, a sabiendas, para romper e intentar controlarlo todo.
Y al principio, estar adentro del agua se parece a la superficie, se ve lo que hay afuera, se ven tus manos, tu torso, se siente el agua entibiada por el sol y el leve movimiento que provoca la brisa en la primera capa de agua. Sin embargo, mantenerse ahí arriba no es una opción sostenible por mucho tiempo. Una vez que se atraviesa la superficie sólo queda bajar, y las profundidades son oscuras y frías. Y si bien somos lo suficientemente densos para movernos por nuestros propios medios dentro del agua, nuestro devenir ya no es guiado por la sabiduría del agua, sino que depende de nuestras decisiones, de nuestro punto de vista, de nuestros gustos.
Así que mi lucha es una no lucha. Quisiera trabajar mucho para no trabajar de más, hasta llegar a ser el mosquito cuyas pisadas apenas perturban el piso de agua, y poder ir adonde me lleve la vida, agradeciendo cada puerto. Soltar el control de mi devenir y de las situaciones y las cosas, confiando en la deriva y agarrada con todas mis fuerzas a mi bote inflable.