Cuando pasa la aplanadora queda todo roto. Todo lo que había ido montando: las casas que construí para refugiarme, los caminos donde parecía que transitaba segura, todo lo que había sembrado, incluso los castillos de naipes que levanté meticulosamente para engañarme; todo queda reducido a una capa de un espesor considerable en la que ahora hay que empezar a organizar, como cuando separamos la ropa para lavar, clasificando la ropa de trabajo por un lado, la ropa clara de la oscura, los distintos tipos de tejidos, para poder elegir el programa que vamos a usar; y una vez lavada, colgada y seca, hacer distintos montones, identificando cuidadosamente qué es de cada uno. Esa tarea taxonómica es imprescindible: sin ella no es posible reiniciar el sistema y ponerlo a funcionar otra vez.
Pero la aplanadora tiene algo bueno: es como una mudanza, una vez que está todo desarmado, a la vista, no podemos hacernos los disimulados y volver a guardar la bolsa de trapos viejos en el ropero... hay que deshacerse de algunas cosas, hay que ver entre la vida desarmada qué es lo que realmente sirve. Y así, uno puede reconstruir desde lo limpio, sin seguir acarreando cosas que hace años que ya no usa, y que además ni son útiles ni son realmente valiosas. Sólo estaban ahí por costumbre, por apego, porque en algún momento pensamos que podían servir o porque otro quiso que estuvieran ahí y en algún momento pensé que debía hacerme cargo.
¿Qué es real en todo aquello que sostenemos? Eso es lo más difícil de encontrar en la montaña de cuerpos y objetos aplastados. De niña siempre me preguntaba si las cosas que veía en el mundo eran realmente así, o si solo era que yo las veía así. O sea, si las cosas existen realmente o si son solo una representación de nuestra mente. Y en el caso de que sean una representación, si para todas las personas esas representaciones de las cosas son iguales o si cada uno las percibe de una forma diferente. También me preguntaba si todos veíamos los colores iguales, o si, al contrario, lo que yo veía blanco otro lo veía negro, lo que yo veía rojo otro lo veía azul... y así. Con el paso del tiempo, me fui inclinando hacia la opción de que las cosas no existen por sí mismas, sino sólo en tanto nosotros las podemos representar en nuestra mente, fantasear con ellas y así construir nuestro entorno como más nos guste.
Así, entonces, dentro de la no existencia material de las cosas, elegiré cuidadosamente qué voy a sacar de la masa informe de cosas rotas; y quiero que sean pocas, sólo las necesarias en extremo, como los ascetas budistas que andaban por el mundo únicamente con sus harapos sobre la piel. Ellos sabían (tenían la certeza) de que la vida les proveería de lo que verdaderamente necesitaban. No tenían casa, ni trabajo, ni comida, ni pertenencias de ningún tipo porque sabían que eso son solo construcciones que los hombres hemos creado para mantenernos distraídos, para no atender a lo verdaderamente importante.
Después de que pasa la aplanadora, nos damos cuenta de que lo que tenemos ahora no es exactamente lo mismo que teníamos antes, así que uno podría hacer de cuenta que ya no tiene nada, podría abandonar lo que antes parecía que tenía -sus costumbres, los objetos que sentía imprescindibles y la forma de vincularse con las personas que ama-, para empezar desde un ascetismo, aunque un tanto impostado, a buscar cómo se debe vincular con los otros: cuál es su montoncito y cuál es el montoncito del otro, y desde los despojos de lo que antes fue, buscar el borde donde ambos montoncitos se tocan para usarlo de canal a través del cual empiecen nuevamente a fluir las cañadas, que luego serán arroyos y luego ríos, y transitar juntos el camino hacia el mar, con la esperanza de no volver a terminar revolcados en una ola enorme e inmanejable.