Bajé del ómnibus en la parada de Agraciada y Gil pasado el mediodía. Tenía puesto el nuevo equipo adidas que mi madre me había traído del Chuy. Recuerdo muy bien la primera vez que me lo probé, parada frente al espejo de la vieja ropería, y descubrí que el pantalón tenía cintura y cadera, marcadas por sus tres rayas blancas a los costados que bajaban en rectas perfectas hacia los pies, para terminar en unas cintas elásticas que se pasaban por debajo de las plantas de los pies, y quedaban metidas dentro de los championes. Cuando me lo puse por primera vez, lo amé. Sin embargo, pasadas unas pocas semanas, ya no logré disociarlo del todo del día en que un hombre me siguió por la calle por primera vez.
Era viernes, volvía de la escuela. El camino desde la parada a la casa de mi abuela era por una calle ancha, de doble vía, con un gran cantero con palmeras al medio. Sólo tenía que caminar tres cuadras, pero antes de llegar a la segunda esquina, me pareció que un hombre me seguía. Primero pensé que era impresión mía. Crucé la calle para comprobar que era mi imaginación, pero él cruzó atrás de mí. Apuré el paso para volver a comprobar que era mi imaginación, pero él también apuró el paso. Así que al llegar a la parte de los pastos altos y los arbustos, empecé a correr. Ya no volví a mirar para atrás. No era necesario.
Corrí rápido. No sabía que podía correr tan rápido. Estaba segura de que el hombre corría atrás de mí. Era apremiante que corriera más rápido que nunca. Mi mayor terror era que cuando al fin llegara a la casa de mi abuela, no hubiera nadie. No pensaba en otra cosa. Corría como una posesa y rezaba para que hubiera alguien. No recuerdo quién estaba cuando finalmente llegué a la casa de mi abuela. No recuerdo si le conté lo que me había pasado a la persona que estaba en la casa. No recuerdo si lloré. No recuerdo nada de lo que pasó cuando la tensión cesó.
Miles de veces soñé con la casa de mi abuela. Muchas veces estoy con una llave intentando abrir la puerta del frente. Cuando fui más grande, me dieron la llave de la puerta del garaje; sin embargo, en los sueños siempre entro por la otra puerta. No sé por qué, pero sé que esos sueños están asociados con ese día. La sensación de no saber si la llave va a abrir la puerta se parece mucho a lo que sentí aquel día mientras corría. Por eso lo sé.
Hace un par de días volví a soñar con aquella casa. Una casa grande, de dos pisos, con un gran living con estufa a leña, un piano de cola; un comedor grande; y lo mejor, una biblioteca con dos escritorios, una máquina de escribir y una enciclopedia Espasa-Calpe, que contenía todo lo que existía en aquel mundo. Un mundo acotado, finito, que entraba entero en una biblioteca. En mi último sueño, alguien se había llevado las arañas del living y del comedor, y en su lugar había colgado unas lámparas vulgares, comunes, como las que yo tengo en mi casa. Me desperté con un sentimiento de pérdida.
A pesar de la asociación ineludible entre aquel episodio y mi pantalón adidas, lo seguí usando durante mucho tiempo, aunque seguramente en algún momento lo empecé a acompañar de buzos grandes, de punto inglés, que taparan el cuerpo adolescente que su entallado dejaba en evidencia. Mi intuición aún infantil de una época en que las cosas eran como eran, hacía asomar desde el fondo de mis pensamientos la idea de que el responsable de lo que pasó aquel día era el pantalón; o sea, yo. Un día lo vi en el fondo del cajón del ropero del cuarto de mi abuela, el cajón que nos había dejado para que guardáramos nuestra ropa. Le gustaba que tuviéramos ropa en su casa.
Hoy es el cumpleaños de mi abuela, que murió cuando yo tenía sólo dieciséis años y mi madre sólo cuarenta y cuatro. Hace más de treinta años de eso, pero aún la extraño mucho. Tal vez por eso volví a soñar con su casa.
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ResponderEliminarGracias x leer y compartir :)
Un relato entrañable, intenso, melancólico y a la vez muy cotidiano, precioso
ResponderEliminarMe encantó.
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