Al final, la respuesta estuvo donde está siempre, y fue tan ambigua como lo es siempre. Sin embargo, me dio algunas pistas para indagar. Solo eso. Al fin y al cabo, uno llega siempre más o menos a la misma conclusión: es más amplia, más interesante y más importante la pregunta que la respuesta. De hecho, la respuesta podría no llegar nunca. Pero esta vez conseguí formular una buena pregunta, una pregunta inquisidora que alcanzó una cierta profundidad y que si llega a completar un proceso de investigación interior y capitalizar las experiencias de los días y las noches podría llegar algún día a tener respuesta.
Sucede que las respuestas son demasiado escasas y a menudo se nos escapan. A veces parece que al fin las tenemos porque asoman a la conciencia sutilmente y como de reojo, pero al intentar asirlas cabalmente vemos que no eran tan reales como imaginábamos, sino apenas un efímero instante de cierta lucidez. Es que al querer atrapar una respuesta en su totalidad, ella se disuelve, se esfuma, convirtiéndose en un nuevo puñado de dudas: una nueva pregunta, más amplia y compleja, más inabarcable. Así de ingratas son las respuestas.
Además, las respuestas están llenas de autoengaños. Están construidas sobre las arenas movedizas de nuestros pensamientos, nuestras creencias y nuestras ilusiones, y como si eso fuera poco, están totalmente teñidas del color del apego. Las construimos en un lugar que no es real, sino solo un espacio interesado y condicional que construimos a la medida de nuestra conveniencia. Es una especie de plasticina color ratón, que resultó de cuando, aún conociendo los riesgos, mezclamos todos los colores. Una masa informe e indescifrable en la que ya no logramos discernir la pureza de los colores originales, los que venían en el paquete que abrimos hace años.
Tal vez si no estuviera tan preocupada por las respuestas, o si les diera a las preguntas el lugar que se merecen, todo sería más fácil. Tal vez debería ser más fiel al “beneficio de la duda”, esa duda que defiendo tanto teóricamente, pero que me cuesta tanto sostener. Y hablo de la duda de mí, no del otro. La duda de mi punto de vista, ese que me tiene agarrada como te agarran los amores inevitables. Y es que, al final, uno es esclavo de sí mismo.
De todos modos, no flaqueo. Me mantengo perseverante en mi esfuerzo por indagar en la pregunta. Porque las respuestas son como un corset, mientras las preguntas son como bañarme desnuda en un mar cálido: son fluidas, infinitas y liberadoras. Por eso deberíamos aprender a abrazarnos a ellas y atesorarlas como lo que son: una oportunidad para ser más libres.