Nací una fría noche de julio, mientras mi padre le pedía a mi madre que se apurara para que naciera el mismo día que mi hermano y así ahorrarse un cumpleaños. Será por eso que me gusta el invierno.
Mis padres me pusieron un nombre con una larga tradición en la familia, pero ya en el hospital, cuando mi abuela me fue a conocer, dijo que parecía un gusanito, así fue como me empezaron a decir Gusi. Crecí repitiendo hasta el hartazgo cómo me llamaba.
- ¿Lucy?
- No. Gusi
- ¿Susy?
- ¡No! Gusi
- ¿Cómo?
- ¡Gusi! - ya con algo de rabia
Gusi era una niña algo dispersa que se desplazaba por el mundo casi sin tocar el piso, con la cabeza puesta en lugares que sólo ella conocía. No los compartía con nadie, no era necesario. A veces, cada tanto, sus pequeños pies tocaban la tierra para ver más de cerca algo que le llamaba la atención, una flor de cartucho o las semillas voladoras del diente de león, o para perseguir cascarudos hasta formar una gran montaña. Una vez que la montaña era suficientemente alta, ya podía emprender el vuelo nuevamente. Las cosas mundanas no tenían ninguna relevancia para Gusi, no tenían magia ni hacían ninguna diferencia en el devenir de los días -comer, vestirse con algo nuevo, jugar con otros niños-, eran cosas de otros mundos, de unos mundos que ella no habitaba. Sólo se adentraba en ellos por demandas ajenas, porque su madre la obligaba a comer, porque sus hermanos le imponían la salida a la escuela, o para hacer contacto con sus primas.
Crecí así, en otras dimensiones, unas dimensiones que pude visualizar en una noche de locura. Planos paralelos e infinitos donde todo podía suceder. Mientras vivía ahí adentro, estaba bien, pero cuando lo vi de afuera, me asusté. De a poco empecé a dejar los cascarudos, los dientes de león y el fantástico mundo de las hormigas. Así empecé a ver mi diferencia con los demás y supe que era un tema que debía resolver. Empecé a hacer contacto con los otros niños, a compararme; empecé a hacer lo que los adultos esperaban que hiciera una niña. Empecé a tocar el piano, a dibujar casas y barcos, y a escribir. Mi pasaje por la escuela fue fácil en parte porque me gustaba escribir. En el liceo, los profesores no me mandaban a examen porque tenía esa herramienta mágica que me terminaba salvando el pellejo. Y cuando entré a Facultad de Arquitectura, me gustaba mucho taller, pero también me gustaban las materias teóricas porque me daban la chance de enfrentarme a la hoja en blanco y organizar todo lo que había estudiado y flotaba en mi cabeza en una especie de nube desordenada de conceptos.
En algún momento, en ese proceso con poca reflexión y mucha intuición, supongo que avanzada la adolescencia, vi que mi ser de la infancia era vulnerable, introvertido, hipersensible, y que esas características me dificultaban el contacto con los otros. Así que, sin pensarlo, pegué la vuelta y, parándome arriba de la que me había acompañado hasta ahí, empecé a construir otra persona. Una persona más segura, que, valiéndose de algunas herramientas que había obtenido antes, miraba el mundo con una mirada aguda. Alguien que, por conocer las profundidades de las cosas, podía describir sus formas críticamente, con un lenguaje preciso y cínico, y también con humor. Ese nuevo ser pisoteó al anterior, lo negó. Había que construir algo firme sobre lo que pararse para salir a un mundo hostil. Despejé las dudas, le bajé el volumen a algunas voces interiores que no servían para el nuevo plan y generé una nueva yo que salía disparada alejándose de su yo anterior. Así fue que supe que, para la nueva construcción, debía empezar por resolver el tema del nombre.
Y empecé a probar. Me dí cuenta que si me preguntaban mi nombre sólo debía decir mi nombre, no mi apodo, y así desandaría el camino a la asociación al gusano. Me preguntaban mi nombre y decía mi nombre. Dejar de asociarme con ese bicho era parte fundamental de mi nueva construcción interior-exterior y se presentaba como una solución fácil. Quienes ya me conocían de antes, me seguirían diciendo Gusi, pero no importaba, ya conocían el origen. Pero aquellos que me conocían ahora, podían ir aprendiendo, junto conmigo, mi nombre.
Un día mi madre estaba hablando con mi tío Juan, y -yo sentí que algo ofendida- le dijo: “ella ahora dice que se llama Elina”. Yo le reproché: “¿Cómo que ahora digo que me llamo Elina...? ¡Me llamo Elina! ¿No me pusieron ese nombre al nacer? ¿No es el nombre que dicen mis documentos?”. Ese comentario de mi madre le dio combustible a mi rebeldía respecto al nomenclator generado y fortaleció mi lucha por tener un nombre, con la certeza de que ya no tendría que decir que parecía un gusanito. Y así, en Facultad, en el instituto nuevo donde estudiaba música, en los trabajos que tuve sin conocidos, me empecé a presentar por mi nombre. En algunos lugares funcionaba, aunque había otros lugares en los que había gente que conocía mi anterior identidad, o donde había algunos infiltrados. Pero no importaba, seguiría construyéndome sin respiro, sin concesiones. Eran los tiempos en que, siguiendo los consejos del I-Ching, empezaba a trabajar la perseverancia.
- ¿Cómo es tu nombre?
- Elina
- ¿Celina?
- No. Elina
- ¿Melina?
- No. Eeelina
- ¿Y cómo se escribe?
- Así nomás, como suena: E-L-I-N-A
- Ah. Qué raro nombre...
- Es un nombre familiar
- Ah... Y si te llamás Elina... ¿por qué te dicen Gusi?
buena Busi, aquí Carlos Barcos!
ResponderEliminarMuy lindo Gusi !!! Tambien muy simpatico
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