Me ha costado mucho trabajo; he pagado el alto precio de ser percibida en mi familia como lo que soy en realidad: una controladora, pero he logrado que en mi casa la televisión esté casi siempre apagada, sobre todo durante el día. Y es un trabajo que cumple veintiseis años, la edad de mi hijo mayor. Cuando él era chico, vivíamos en el campo, al lado de la casa de sus primos, que tenían su misma edad, así que la regla era que mientras hubiera luz, había que estar afuera jugando. No se podía prender la tele hasta que se hiciera de noche. Luego nos mudamos a Montevideo, nació mi hija menor y hubo que buscar otras estrategias para hacer cumplir la regla. Pero para entonces ya era un poco más fácil: no teníamos cable y ya no había nada para que los niños vieran en la televisión abierta.
Sin embargo, esa regla tiene sus excepciones: los mundiales de fútbol y los juegos olímpicos. En esos períodos de dos semanas, soy yo -la que creó la regla- quien la rompe. Esos días la tele está prendida casi todo el día, sin volumen. Casi siempre sin volumen, porque de noche -cuando además de estar prendida, la miramos un poco- es indispensable escuchar a los relatores de la empresa que televisa el deporte en Uruguay, que nos comparte por el canal del Estado las partes más intrascendentes de los juegos; y así podemos deleitarnos con los comentarios de Adriana. Muchas veces, es la parte más divertida del día. Ayer, de pronto, nos dimos cuenta de que hacía media hora que estábamos mirando golf.
Hoy me levanté y después de tomar tres mates le dije a mi hija que teníamos que prender la tele. Mañanas de sábado. Puse un lavado rojo, tengo en espera uno oscuro y uno blanco. Refresco la masa madre para hacer pan. Tomo unos mates más. Abro la ventana del cuarto de Manuel, la única que quedaba cerrada. Empujo los postigos de celosía de madera y los pliego sobre la cara exterior de la pared. Nico descansa en el puff; sus horas en el puff aumentan con los años. Ya es un perro con canas en el hocico. Pongo el espatifilo al sol, para que sus flores se alegren. Retiro las sábanas de las camas para que se ventilen al aire limpio de la mañana. Entretanto, la tele muestra unos clavados maravillosos. Cuando vuelvo de poner la ropa a lavar, pasamos a un partido de fútbol: Brasil-España. Me gusta el fútbol, así que me siento en el sillón gris a mirarlo. Parte del asunto de la minimización de la televisión consiste en que el living está armado de forma que la tele queda como un objeto lateral. El sillón gris me obliga a girar al cabeza a la izquierda para mirar la tele.
Me alegro. Un partido de fútbol es mucho mejor que el golf, las marathones, las innumerables carreras de remo, la natación, el tiro al blanco o el lanzamiento de martillo. Me siento en el sillón gris, con el mate en la mesa. Sin embargo, a cada rato me encuentro mirando en la dirección opuesta al partido de fútbol. Porque a mi derecha, enfrentadas con la tele, están las ventanas que dan al fondo de mi casa. A la tercera o cuarta vez que me encuentro, distraídamente, mirando por la ventana, me doy cuenta de que nunca me siento en el sillón negro porque le da la espalda a las ventanas. Todas las mañanas, cuando me levanto, lo primero que hago es levantar las cortinas para dejar que el mundo exterior entre en la casa. Es una necesidad física, biológica, que no sé explicar.
Cuando era adolescente, tenía el escritorio debajo de la ventana del cuarto. Ahí me sentaba a estudiar. Quizás eso explique lo poco que estudiaba. Todo el tiempo me encontraba con el cuaderno abierto, la lapicera en la mano y la mente perdida en el paisaje infinito que me mostraba la ventana. Un enorme eucaliptus al lado del bebedero de revoque gris empezaba el paisaje, que se escurría ladera abajo en el diseño riguroso de los cuadros de viña, cruzaba la ruta y dejaba asomar apenas la casa de la Beba, con su palmera, para finalmente internarse en un espacio infinito de praderas con monte nativo en cuyo horizonte se dibujaba el largo camino de eucaliptus y la hermosa casona de la Estancia San Pedrito. Aquella ventana era un cuadro gigante que ocupaba toda mi visión.
Los paisajes rurales del invierno son mis favoritos. Me encantan los colores de las chircas quemadas por la helada, los troncos negros de los árboles sin hojas, las ramas amarillas y rojas de los mimbres y, a veces, como esta semana, todo eso es magnificado por las nieblas matinales, que hacen que aquel sea un paisaje aún más pictórico. Desde el sillón de mi casa urbana no veo nada tan maravilloso, hoy solo veo una pared blanca al sol sobre la que se asoman apenas las plantas del jardín, atrás del esqueleto de la parra sin hojas. También se cuelan por la izquierda unas hojas de la palma kentia, adelante de la madreselva que al fin logré tener en mi casa. Pero aunque sea solo eso, me hipnotiza de la misma manera que aquella ventana del hermoso paisaje rural. Cuando miro por la ventana, mis sentidos se aquietan, mi cerebro se expande y mis pensamientos fluyen de una forma a la que jamás logré ni acercarme al hacer Savasana, para Iyengar y para mí, la postura más difícil de la práctica de yoga. Tal vez debería pedirle a Miguel que me deje mirar por su maravillosa ventana cuando la haga.