Venía caminando de facultad y me desbordaban las ganas de verte. Las posibilidades eran ínfimas, ni vos ni yo teníamos teléfono, no eran épocas de teléfonos. La calle con el gran cantero en el medio me provocaba una enorme nostalgia, era donde te había visto por primera vez. La ansiedad y el calor aumentaban a medida que pasaban las cuadras. Sólo había una chance: encontrarte en alguna parte. Una parte de mi cuerpo sabía que era posible, pero mi cerebro lo negaba. “Es estadísticamente imposible” -mi cerebro-, “El amor no es asunto de estadísticas” - mi cuerpo-. Y así estaba.
¿Existe algún plan maestro que pauta nuestras vivencias? ¿Hay algo que entrelaza los momentos y las personas que encontramos a nuestro paso? No es posible saberlo con certeza. Imaginamos que lo entendemos cuando hay una causa aparentemente lógica que cierra bien la hipótesis, una especie de factor común entre los hechos, o cuando lo sucedido se parece a lo imaginado de antemano. Pero eso es sólo una construcción nuestra, no podemos asegurar que sea la causa verdadera de las cosas. Hay otros factores que intervienen, factores que no dependen de nosotros o que incluso desconocemos completamente.
No sé por qué se produjo aquel accidente que pudo ser fatal pero no lo fue. Mi hijo lloraba como un niño en el teléfono y yo me desesperaba porque no podía ir en su auxilio. La imagen del cuchillo clavado a centímetros de su cabeza se instaló en mi mente. Nadie entendía lo que había pasado, la conciencia parecía haberse retirado antes de la cuenta y sólo había quedado la posibilidad de entregarse, de hacer lo menos posible y confiar en que simplemente no era el momento. La policía técnica seguro que hubiera tenido buenas pistas para explicarlo, pero las pistas son sólo eso, pistas, apenas hilos conductores entre los hechos, y no pueden explicar la causa del accidente que pudo ser fatal pero no lo fue.
Tampoco sé por qué aquel día te encontré sentado en la puerta del bar con la cortina baja -verificando la hipótesis de mi cuerpo-. Habías empezado a mirarme desde lejos, como sabiendo que iba a aparecer por la calle empedrada, lidiando con la subida, al calor del mediodía y del comienzo del amor. ¿Por qué el amor resiste aunque hagamos todo lo posible por destruirlo, o no resiste aunque hagamos todos los esfuerzos por sostenerlo? A simple vista parece que es el calor, o la alegría, o la empatía, o tantas otras cosas, pero todo eso parece accesorio frente al milagro del encuentro en la puerta del bar y al tamaño del corazón que late dentro del pecho en un espacio que excede la dimensión del latido, y lo obliga a subir hacia la garganta en busca del exterior, en busca de un lugar donde pueda expandirse a sus anchas.
No sé si será el destino, lo inevitable, lo que dicen que tenemos que aprender. No sé si será la vida que nos tocó, lo que elegimos en algún momento y ya no recordamos; no sé si será el karma. No sé si es posible encontrar las causas para explicar las cosas que nos pasan. No sé si el suceder del tiempo y sus acontecimientos tienen realmente una explicación, o si será Marte en retrógrado.