Ayer vi un corto sobre la dictadura que hicieron mi hija y una amiga. Están dando gobiernos totalitarios en Historia. Les quedó increíble. Entrevistaron a una periodista con una historia dura, pero también de superación. Me gusta la gente que no aprovecha los lugares que ocupa para arrimar agua para su molino. También nos pidieron a mi marido y a mí que contáramos cómo era vivir en un país en dictadura, cómo era ser niño y cómo era ser adolescente en un país donde se ejerce el terrorismo de Estado; cómo era la cotidianidad, el uso de los espacios públicos; cómo era transitar la infancia con un miedo subyacente constante. Nos sentaron en el sillón del estar de casa y nos hacían preguntas, indagaban en nuestros recuerdos, un tanto lejanos, pero a la vez muy vívidos, como son los recuerdos de infancia, pero diferentes de los recuerdos más anecdóticos; los recuerdos de emociones infantiles son indelebles.
Vi a la periodista desde la cámara de su computadora, linda, con un gesto como de permanente sonrisa, y era igual que cuando sale en la tele. Mi marido estaba sentado en el sillón del estar, en un ángulo trabajado en la improvisada escenografía, al lado de mi hija que le hacía las preguntas, y también era igual a cuando lo veo cotidianamente. Sin embargo, cuando me vi a mí en esa misma escenografía del sillón, no me reconocí del todo. Ya sabía que mi voz no es como yo la escucho cuando hablo, que es un poco gangosa y algo más aguda, pero nunca había percibido tan genuinamente cómo es mi aspecto físico en realidad. Soy completamente diferente a como me veo en el espejo; totalmente. Parezco otra persona.
Cuando me miro al espejo pongo la cara que a mí me gusta de mí. La he ensayado cincuenta años. Hago la mueca en las comisuras de los labios que me gusta, desfrunzo el ceño, suelto la tensión en los bordes de los ojos, inclino un poco la cabeza hacia la derecha, que en el espejo es hacia la izquierda, y para consolidar la farsa, me acomodo el pelo; pongo detrás de las orejas ese mechón rebelde que no se sabe acomodar en el conjunto de rulos, me retiro de la frente el rulito ese para colocarlo falsamente sobre el resto del pelo, aun sabiendo que cuando me dé media vuelta, volverá a caer sobre mi frente. Lo compruebo cada vez que entro al baño, desprevenida, apurada, auténtica, y me doy de frente contra el espejo, pero una vez ahí, vuelvo a construir la imagen de mí que me gusta, vuelvo a edificar minuciosamente mi efímera falsedad.
El golpe de realidad de ese video fue grande, me recordó los días en que decidí dejarme las canas. Aquel también fue un proceso de aceptación de mi realidad, en el que fui, poco a poco, abandonando mi idea de mí, una idea que evidentemente no refleja lo que soy yo, porque no la tiene nadie más que yo, y por lo tanto no es verdadera.
Nunca fui muy prolija con los asuntos del cuidado personal y la belleza, pero cuando uno es joven eso no tiene tanta importancia: uno es joven y lo que en aquel momento te parecía horrible, luego ves que era un detalle insignificante en el conjunto armonioso que te regala la juventud. Y en un momento me empezaron a salir canas, y luego las canas fueron tantas que tuve que empezar a teñirme el pelo. Durante algunos años me teñí el pelo con henna, pero fiel a mi estilo, lo hacía muchísimo menos seguido de lo que debía, por lo que el resultado real era que estaba dos semanas bien y seis, siete, ocho, lo que fuera, con un crecimiento infame. Incluso llegué a comprarme una especie de lápiz de para pintarme el pelo, una barra de algo parecido a pomada de zapatos que me pasaba, a veces, sobre el crecimiento. Un día, cuando ya llevaba varios años en esa situación penosa, acepté mis limitaciones y decidí dejar de teñirme. Entendí que lo que yo veo no tiene nada que ver con lo que ven los demás, y que la idea que yo tengo de mí tampoco tiene nada que ver con la realidad. Yo no era una mujer de pelo castaño, sino una mujer de pelo castaño con una franja gris contra el cráneo. Eso era realmente casi todo el tiempo, salvando un par de semanas cada tanto.
Ahora vuelve a golpearme la realidad, al comprobar que soy otra, que de nada valen mis esfuerzos en el espejo. Eso no existe, es una ilusión que sólo funciona para mí. Nadie más que yo ve mi imagen retocada. Todo el resto de las personas me ven como soy realmente, no como deseo ser. Todos los demás me ven a mí, mientras yo veo a alguien que en realidad no existe. Mientras escribo esto pienso qué debería hacer (además de dejar de retocarme en el espejo de forma momentánea), y se me ocurren algunas cosas. La primera es mirar ese video hasta aceptar esa imagen de mí y ver si la puedo sustituir por la del espejo. La segunda es pensar qué cosas de las que hago frente al espejo podría intentar incorporar a mis gestos habituales, por ejemplo, mover las comisuras de los labios hacia arriba dibujando una sonrisa y aflojar la tensión de los ojos y el entrecejo. Pero sé que eso lo tengo que lograr indirectamente, no será haciéndolo físicamente que se va a instalar en mis gestos. Deberé encontrar los pensamientos que convocan esos gestos que no me gustan, buscar su origen verdadero y trabajar en él hasta sustituirlo por otros que convoquen los gestos que quisiera tener de forma permanente en mi cara, gestos distendidos de alegría y paz.