A veces parece que las cosas pasaran por azar, como si algunos hechos casuales se fueran encadenando en el momento y el lugar precisos hasta llegar a un destino fortuito. Otras veces, al pasar el tiempo y las circunstancias, y mirar hacia atrás, veo como las situaciones se dieron demasiado bien entrelazadas y tuvieron consecuencias demasiado determinantes como para ser únicamente producto de las casualidades. Entonces, una certeza se instala en mi pensamiento.
Había un plan. La salida de una larga dictadura auguraba tiempos mejores, por eso había un plan. Iríamos de vacaciones en familia por primera vez. Yo nunca había oído hablar de aquel lugar lejano y desconocido. Habían conseguido dos carpas, una para los padres y otra para los hijos. Tampoco había acampado antes. Todo era nuevo, como una aventura.
Esa tarde nos fuimos a la casa de mi abuela a esperar la hora de tomar el tren, y al llegar el momento, mi tío nos llevó en su camioneta Peugeot hasta la estación Yatay. Estaba ya entrada la noche cuando salimos hacia la estación, que también era desconocida para mí. Recuerdo la sorpresa que me causó el edificio: era hermoso, de ladrillos a la vista, oscurecidos y carcomidos por los años, con algunos parches de musgo y un techo de chapa herrumbrado. Mi tío se quedó con nosotros hasta que finalmente se asomó el tren, detrás del sonido de la campana y el silbato del maquinista y la luz mortecina de la locomotora. Tuve una sensación rara, creo que prefería quedarme.
Cargamos todo nuestro equipaje y el tren volvió a ponerse en marcha, lentamente, chirriando en las vías como si agonizara. No había subido nadie más en la oscuridad de la noche. Todo era un tanto desolador. Volví a sentir que prefería quedarme.
Los cuatro hermanos nos sentamos en uno de aquellos asientos enfrentados con una mesa en el medio, mientras mi madre y su marido se acomodaban en otro, con el equipaje de mano y la comida para el viaje sobre su mesa. Pasamos por paisajes de a rato urbanos, de a rato rurales; el tren hacía sus sonidos habituales al acercarse a cada estación, parando en algunas, siguiendo de largo en la mayoría. Recién habíamos salido y el aburrimiento ya era feroz. Ya habíamos jugado a las cartas, al veo veo, incluso ya habíamos peleado, y aún no habíamos salido de Montevideo. Rápidamente supe que el viaje iba a ser muy largo.
De a ratos comíamos algo, tomábamos agua, mientras mirábamos pasar los postes por la ventana, lentos, cansinos, delante de los pastizales y las matas que se asomaban entre las enredaderas de campanitas violetas que se encaramaban sobre los tejidos, venciéndolos por completo. Los parches de ciudad que antes eran más frecuentes, empezaron a espaciarse. Los tejidos fueron sustituidos por alambrados desvencijados, también vencidos por la enredadera de campanitas violetas. Entendí que ella lo alcanzaba todo, aplastándolo ineludiblemente, como una maldición. El baño era como de una película: un espacio donde apenas abría la puerta con un lugar donde apoyar los pies y un agujero en el piso donde veías pasar los durmientes. Por alguna extraña razón, viendo pasar los durmientes por el agujero, parecía que el tren iba rápido. Pero al volver al asiento, todo volvía a su letanía habitual.
Un rato después de salir, me di cuenta de que cada vez que le preguntaba a mi madre si faltaba mucho, respondía que sí, así que dejé de preguntar. Mi hermana mayor leía, mi hermana menor esperaba con unas expectativas algo desmedidas que pasara algo; mi hermano planificaba con mi madre dónde acamparíamos, qué habíamos llevado, se cercioraba de que no hubiera fallado ningún detalle. Volvía a aparecer la pascualina. Ya nadie tenía hambre; parecía que hacía una vida que estábamos en aquel vagón. El malhumor empezaba a merodear, agazapado, buscando un adolescente para poseer, como el diablo mismo. Alguien volvía a preguntar si faltaba mucho. Sí.
Tras una vida entera arriba del tren, finalmente llegamos a Rocha. Los adultos lo remarcaron, como si fuera algo importante, y yo me encaramé en el asiento, del cual me escurría como una masa viscosa desde hacía rato. Parecía una buena noticia. Parecía que llegábamos a algún lado. Todos erguimos la espalda, estiramos el cuello y miramos atentos por las ventanas polvorientas. Pero en seguida me di cuenta de que no tenía sentido tanta emoción, mi madre seguía con su mirada serena, sentada en la misma posición, cebando un mate cada tanto. No entendí por qué habían dicho que llegamos a Rocha como si fuera algo importante, si todo iba a seguir igual que antes. El tren retomó su marcha lenta, exasperante, por los mismos lugares que parecía que habíamos pasado infinitas veces.
Al fin, cuando ya me había hecho a la idea de quedarme a vivir en el tren, de que no era tan malo a fin de cuentas, de que con un poco de acondicionamiento podía ser una casa hermosa, vi que mi madre guardaba el mate, metía la asadera de la pascualina en una bolsa de nylon, vaciaba los restos de agua de los vasos desparramados por las mesas de los asientos vacíos del tren, juntaba las cartas que habían ido cayendo al piso de tablas construido hacía tantos años, y al fin nos dijo que juntáramos nuestras cosas y ordenáramos el equipaje. Estábamos llegando al destino del tren: La Paloma.
Bajamos en la pequeña estación de La Paloma. Pensé que habíamos terminado el viaje. Recordé que mi prima estaba allí, me alegré. No sabía que vendríamos al mismo lugar donde estaba ella... ¿Cómo era posible que no me lo hubieran dicho? Mi interior empezó a rememorar los momentos vividos con ella, a fantasear con planes en conjunto, pero al bajar en la estación, empezaron a hablar del horario del ómnibus. Era de mañana, el sol ya estaba alto. No nos quedábamos en La Paloma. Adiós planes con mi prima. Había que caminar hasta la ruta y esperar el ómnibus que nos llevaría a nuestro destino final. Acarreamos nuestros bártulos hasta la ruta, no muy lejos de la estación, y esperamos lo que a mí me pareció otra eternidad hasta que al fin llegó el ómnibus. Yo no entendía mucho, pero de todos modos subí al ómnibus. Vuelta a acomodarnos nosotros y nuestro abundante equipaje.
Cuando llegáramos, teníamos que ir a hablar con la señora de Arrospide, de parte de alguien, para que nos dejara acampar en unos terrenos de su familia. Anduvimos una media hora en el ómnibus hasta que al fin dejó la ruta para entrar por una calle polvorienta y detenerse en un caserío, anunciando su destino. Caminamos unos metros y llegamos a una casa simple con una ventana a la vereda, donde mi madre y su marido entraron a hablar con la señora. Ya teníamos el sitio donde íbamos a montar el campamento, pero antes teníamos que conocer algo. Caminamos dos cuadras por la calle sobre la que parecía que estuviera todo lo que existía en aquel lugar, pero al final del camino, se abrió ante nosotros una imagen de otro mundo. Jamás olvidé el instante en que mis ojos miraron por primera vez aquel paisaje que no conocía. Me pregunté de dónde diablos había salido aquello, cómo era posible que en el país donde yo vivía existiera aquel lugar y no estuviera en las revistas y en la tele. Pensé que era un sueño. Caí sentada en un banco detrás de la baranda de madera con postes blancos y sentí que no era posible. Seguramente era un sueño, seguramente aún estaba en el tren, porque lo que estaba viendo no encajaba en ninguna imagen que mi joven memoria hubiera visto antes.
Un enorme acantilado de roca bajaba vertical, como un abismo, para enterrarse en la arena blanca que se extendía un poco hasta encontrarse con las rocas que emergían imponentes, en las que golpeaban violentamente las olas de un mar verde grisáceo e infinito. Desde mi banco, miraba para los dos lados y me perdía en dos playas abiertas que se extendían hasta donde mi vista alcanzaba a ver. En ese banco, en ese momento, sentí por primera vez que pertenecía a algún lado. Tuve la certeza de que volvería, de que un hilo invisible pero increíblemente fuerte me ataba a ese sitio. El lazo era tan fuerte que supe de inmediato que no podía hacer nada para disolverlo. No dependía de mí. Sentí cómo aquel hilo salía de mis ojos y se anclaba en el fondo del mar; se extendía desde la punta de los diez dedos de mis manos y se agarraba al banco; fluía desde las plantas de mis pies para arraigarse para siempre en aquella tierra.
Había encontrado un lugar en el mundo.