Cuando uno piensa que realmente ha logrado solucionar un asunto, cuando ya logra transitar sus episodios sin sobresaltos, sin sudores fríos, sin grandes angustias, incluso con alegría y alivio, el asunto vuelve bajo una nueva forma para mostrarnos que no lo teníamos tan resuelto. Porque las cosas nunca son exactamente como nosotros pensábamos, aunque se le parezcan bastante.
Cuando ya fui lo suficientemente mayor, descubrí que desde bastante pequeña había sufrido pequeños episodios parecidos a ataques de pánico. Los identifiqué cuando tuve de los verdaderos, dándome cuenta de que eran iguales a aquellos pero más grandes. Buceando en mis recuerdos, encontré inmediatamente la causa de aquellos picos de ansiedad: el error. Los errores -tan humanos, tan inevitables como frecuentes- eran para mí asuntos muy reprochables, incluso merecedores de castigo; fundamentalmente por parte de mí misma. Crecí con ese entendimiento y se instaló en mí de tal forma que viví durante años en consecuencia, castigándome casi a diario, en mayor o menor medida, en función del tamaño del “error”.
Mi profesión no ayudó, claro, porque uno se las ingenia para para que la vida encaje perfectamente con lo que más sufrimiento nos causa. Así la vida nos trae circunstancias, compañías, hasta profesiones que sirven a la causa. Tuve muchas pesadillas, noches enteras sin dormir por asuntos como que una ventana estaba a seis centímetros de donde debería estar. Ahora miro la ventana y ni siquiera puedo identificar hacia qué lado están los seis centímetros de más. O sobresaltos en la respiración y el ritmo cardíaco en cualquier momento del día o de la noche, convencida de haber puesto mal el hierro de aquella losa o de aquel pilar. O, simplemente, solo el miedo de haber cometido algún error no identificado, llegando hasta a buscarlo en cada cosa que hice.
Esos momentos se fueron agigantando con el paso del tiempo, todos somos más inconscientes de jóvenes pero con los años tendemos a preocuparnos cada vez más. Finalmente, ese tumulto de sufrimientos me llevaron a abandonar parcialmente el ejercicio liberal de mi profesión, eligiendo el trabajo dependiente por mi salud y la de mi familia. Ahora me entretengo diseñando algo pequeño para algún familiar o amigo, enfrentándome a la duda sobre mi opción laboral al comprobar que adoro el proyecto arquitectónico, que es un trabajo hermoso.
El trabajo que elegí para ganarme la vida sin demasiados sobresaltos, aunque no en ausencia de compromiso y responsabilidades, me ha permitido hacer un proceso valioso de incorporar el error hasta llegar a convivir con él de una forma casi amistosa, haciéndome cargo de él y reconociendo que simplemente me equivoqué. No es que niegue mis errores, todo lo contrario: los acepto, los enmiendo y pido las disculpas del caso. Y al hacer ese proceso, algo se va limpiando dentro mío, teniendo como consecuencia que otro también pueda entenderlo y recibirlo con la misma serenidad con que lo recibo yo.
Pero como siempre que uno logra un crecimiento interior, aparece una capa más de entendimiento, una capa que antes, en medio de la incapacidad de ver lo más obvio, no veíamos ni por asomo, inmersos en la ilusión de que con esa superación ya habíamos resuelto el problema. Sin embargo, la vida implacable, severa, conocedora de nuestras capacidades verdaderas, nos trae una nueva versión del problema, una versión más compleja, que surge de una capa subyacente a la que ya resolvimos, mostrándonos otra vez la verdadera dimensión del aprendizaje. Así, sucedió que mi error tuvo consecuencias en otros, consecuencias que al intentar imaginarlas hace volver aquella sensación que parecía superada.
Frente a esta nueva dimensión del error, no tengo idea de cómo enfrentarla, porque en este plano, aceptarla, hacerme cargo y pedir disculpas no sirve para nada. No tiene que ver con recibir el perdón del otro, ni siquiera con perdonarnos a nosotros mismos, sino con llegar al origen del problema. Ya veremos qué tan profundo llego en este proceso, qué tanto logro sintetizar el conflicto. Lo que sí debería tener claro es que, aprenda lo que aprenda, no será definitivo, sino justo lo necesario para avanzar, sin olvidar que, seguramente, un día el tema volverá con otro disfraz, y sería muy bueno que no vuelva a tomarme desprevenida.