Mi marido dormía a mi lado, como cada noche, gracias a Dios. Iría por la décima página del Retrato de un hombre invisible -o la vigésima, no sé-, cuando mis dos manos cerraron el libro de golpe. Mi mano izquierda lo dejó sobre mi regazo mientras mi mano derecha me sacaba los lentes. Mis ojos quedaron fijos en el paisaje en penumbras del cuarto, mirando sin mirar el ropero de roble que sigue sin la puerta del medio; se desplazaron lentamente hacia la derecha, pasando de largo la puerta y la lámpara desnuda que cuelga del techo, hasta llegar a la cómoda donde penden los collares y se apoyan las fotos de mis hijos bebés y la familia en la playa, y allí se quedaron.
El corazón se me aceleró y sentí que el sudor me mojaba un poco las axilas. La respiración se agitó, o se entrecortó, o tal vez se detuvo un instante; no recuerdo. Lo que recuerdo perfectamente es el pensamiento que se instaló en mi mente en ese momento: si este tipo escribe esto, yo puedo escribir lo que quiera. Abrí de nuevo el libro y seguí leyendo hasta que mis ojos no resistieron más. El pensamiento quedó dando vueltas en mi cabeza después de apagar la luz, primero en la vigilia y, un rato más tarde, en ese estado en el que uno está entre despierto y dormido. Fue entonces cuando alguna parte de mi cerebro que no sé identificar empezó a escribir alguno de estos relatos, o ninguno en particular. Un relato.
Aquel pensamiento quedó merodeando mis días y mis noches durante semanas, hasta que un día vino Sergio y hablamos de libros, como casi siempre. Le conté que el Flaco me había prestado ese libro y él me contó que lo había leído, y claro, tenía una anécdota para contarme, de cómo Paul Auster se había enterado de que su padre había muerto. Una de esas historias que yo jamás podría recordar, pero él sí. Ese día se lo dije por primera vez a alguien, ese día me animé a poner en palabras mi deseo de escribir. Ese día me di cuenta de que para ser escritor, alcanza con escribir.
Pasó un tiempo más, hasta que un viernes de noche me junté con Juan y el Dardo, y les conté lo que me estaba pasando. Ellos me dieron el envión que me faltaba, una vez más me dieron ánimo, creyeron en mí como tantas otras veces en estos treinta años de compañía a veces interrumpida, pero siempre amorosa.
Entonces supe que algo había dado un vuelco en mi interior, que algo había cambiado su rumbo radicalmente, que había sufrido una metamorfosis. O más bien, que había vuelto sobre mis pasos hacia un estado anterior a las ciencias y el pensamiento abstracto en el que me había embarcado en algún momento, para retornar a mis orígenes. Ya sin miedo, ya sin mucho que perder, porque lo que quería ya lo tenía, lo que había proyectado ya lo había concretado, y también porque ahora ya no hay tiempo para proyectar. Ese tiempo pasó. Ahora es el tiempo de hacer.
Este fin de semana, cuando mi hija y mi amiga Celsa revisaban un cuaderno que sobrevivió a la demolición de la vieja Pagoda como sobreviven las cosas que tienen el destino de sobrevivir: solas, sin ayuda, encontraron un cuestionario que habían hecho cuando mi hija tenía siete años; un cuestionario larguísimo en el que una de las preguntas era increíblemente hermosa, mágica, profunda: ¿pájaro o mariposa?
Mariposa.