La gata me despertó a las tres de la mañana. No se estaba lavando, como hace siempre cuando quiere que me levante, esta vez maullaba desde el recibidor, sentada al lado del piano. Me levanté y caminé dando tumbos hasta que llegué a la ventana. La abrí y caminé hasta ella para pararme atrás, animándola a salir, pero ella no salió; en vez de salir, entró corriendo al cuarto de Martina. No sabía lo que quería, pero de todas formas la agarré y la dejé en la ventana, cerrándola nuevamente cuando saltó al jardín, sabiendo que en un rato volvería, pidiendo para entrar.
Volví a la cama. Intenté volver a dormir, pero no sucedió.
No me gusta desvelarme, claro, como a todo el mundo. Sin embargo, hay recortes en el tiempo en los que no estoy ni dormida ni despierta, en los que mi mente alcanza una lucidez algo mayor a la que tengo en vigilia. En esos estados, vienen a mí pensamientos bien hilvanados, ideas bastante claras y un lenguaje preciso. Al menos eso es lo que parece en el momento. Estiro la mano hacia la mesa de luz, me pongo los lentes y agarro el teléfono. Escribo en el block de notas pequeños pasajes de futuros relatos, frases que podrían ser disparadores de algo, pedazos de poesías. Algunas de las cosas que escribo han salido de esos instantes semi conscientes. A veces eso me sirve para algo y a veces no tengo idea de qué quise poner, por dónde andaba mi mente, qué hilo conecta esos pensamientos que anoté que parecían revelaciones, casi epifanías.
Por alguna razón indescifrable, anoche anoté algunas cosas sobre un libro que leí hace muchos años. A menudo me encuentro frente a la biblioteca mirando qué leer. Es una situación que vivo bastante periódicamente desde la niñez. Lo hice en mi casa, en la casa de mi padre, incluso en la casa de mis tíos, de donde me llevé prestado un libro que nunca devolví. En uno de esos momentos voyerista de bibliotecas, una tarde de fin de semana, me encontré en mi casa con un libro con un nombre que lo hacía ineludible: Creatividad, Sensibilidad y Fantasía. Esas tres cosas, tan poco valiosas en esta tierra, eran las tres características más presentes en mí. Agarré el libro, lo saqué casi con miedo del estante, convencida de que sería otra piedra que el pueblo arrojaría sobre mí. Pero resulta que, lejos de eso, el libro -una edición preciosa, de tapas duras color rojo lacre, con esa terminación de un papel que se asemeja al cuero- me mostró por primera vez que mi mundo interior no era un deshecho absoluto.
Según este manifiesto rescatista, todo aquel trabajo de tantos y tantos años en los que forjé dentro de mí una fantasía interminable, que mutaba conmigo a medida que crecía, era indispensable para la construcción de una vida real. Una mezcla de un poco de alegría con mucho alivio se metió en mi corazón para siempre. Hasta ese momento, había creído que mi actividad, fundamentalmente interior, era un desperdicio absoluto. Creía que había estado perdiendo el tiempo toda mi infancia y toda mi adolescencia. Me abracé a ese libro más que a nada ni a nadie. Fue como cuando el Hada le dio vida a Pinocho. Al fin, todo aquello podía servir para algo. Claro que no estaba segura de que realmente sirviera, pero me aferré a la posibilidad, aunque no conociera ni mínimamente la probabilidad que tenía; por mínima que fuera, era una probabilidad al fin y al cabo. Y eso, en el mundo de acciones no ejecutadas en que yo me desenvolvía, era muchísimo.
La gata arañó la persiana pidiendo para entrar. Le abrí la misma ventana por la que había salido. Apareció con su andar cansino y entró.
Mi memoria no funciona, claro, es una herramienta de un mundo al que no pertenezco. Y nunca más leí el libro en las décadas que siguieron. Sin embargo, no olvidé jamás lo que dice. No olvidé su nombre, ni sus tapas, ni la forma del título, en letras en imprenta doradas sobre un fondo negro enmarcado en líneas también doradas sobre el rojo de las tapas. Tampoco me desprendí más de él. En todas las casas en las que viví, estuvo en mi biblioteca.
Este libro me dio vida por segunda vez, luego de que mi madre me trajera a este mundo una noche de invierno, el mismo día que mi hermano, después de festejar su cumpleaños de dos años y de dejar todo limpio. Mi abuelo le decía que se apurara, pero así es ella. Primero hay que hacer lo que hay que hacer.
Desperté con los maullidos de la gata y me volví a dormir con el canto de los pájaros cuando empezó a clarear este cielo urbano.
Así termina mi día, sobreviviendo a las largas horas de insomnio que me dejó la noche.
Así termina mi día: sin saber -una vez más- qué milagros hacen que uno nazca tantas veces.
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ResponderEliminarGracias x leer y compartir :)
Precioso
ResponderEliminarQué privilegio atisbar en tus interiores.
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