Una vez
hicimos una gran fiesta en el galpón de nuestra antigua casa. Un
galpón enorme de chapa galvanizada medio oxidada y una imponente
estructura de pinotea con herrajes negros. En ese galpón tuvimos un
tambo, un criadero de gallinas, un taller de estampado. Fue depósito
de fardos de alfalfa, granero de maíz, y el lugar donde amontonamos
todo tipo de porquerías durante décadas. Pero también fue la sede
de una de las fiestas más recordadas por la gente de nuestro semi
destruido entorno, familiares y amigos, todos típicos representantes
de la fauna montevideana de los 90.
Fue una
fiesta increíble. Compramos cerveza a consignación y unas barras
enormes de hielo en un frigorífico de Las Piedras. La fiesta duró
hasta que salió el sol, hasta la hora en que pasaba el primer
ómnibus a Montevideo. Fue memorable. La Espinaca tocó en la caja
sin barandas del camión del padre de unos amigos del
barrio. Eran épocas de rock and roll, de excesos y diversión.
Al pasar
de los días nos dimos cuenta de que sólo Lola había sacado un
rollo de fotos, y cuando quisimos juntarnos con la única prueba
palpable de aquella demencia cuyo éxito nos había sorprendido a
todos, nos enteramos de que se había perdido. Aquella fiesta solo
iba a existir para siempre en las vivencias de todos los que
estuvimos ahí y en el único lugar donde todo pervive: el mito.
Hoy
descubrí, de una forma grotesca, que la soledad puede tener muchas
formas. Hoy caí en la cuenta de que, al igual que las fotos de la
fiesta, los negativos de las fotos que mi padre sacó durante toda
nuestra infancia: de los bichicomes del barrio, de los niños de
mirada desolada, de los desfiles militares de la dictadura, de la
rueda mágica, de la quinta de Santa Lucía, de las navidades
familiares y las largas madrugadas en la calle Paraná con una
pandilla de bandidos encantadores, tampoco existen más.
Cuando
quise acordar estaba dentro del Retrato de un hombre invisible
en el momento que Paul Auster descubre las fotos de la juventud de su
padre, que le permiten reafirmar la presencia física de su padre en el
mundo.
Así,
igual pero por omisión, sufro la ausencia de esas fotos que
testimonian todos aquellos paseos de fin de semana al Mercado del
puerto, al Parque Rodó, al hipódromo de Maroñas, a ver a Defensor
en el ‘76; los días felices con él y con el Rapa y las noches de
música y ajedrez. Todo aquello, sin las fotos, pareciera que nunca
hubiera existido.
Sólo
esas fotos conseguirían revivirlo, a él y a todos los días
maravillosos de cariño y atención, de existencia cómplice entre
nosotros tres y nuestro padre.
Pero una
vez más, sólo quedó lo que vivimos. Fotografías, diapositivas,
negativos... son sólo banalidades efímeras. La procesión va por dentro.
Yo lo sé.
Pero igual duele.