Algunas personas encauzan sus vidas guiadas por el análisis cauteloso de la conveniencia, por sus gustos, por la posibilidad de obtener el mayor beneficio, por una lucha, por la ambición o por las condiciones que les impone el entorno.
Algunos eligen lo que les queda más cómodo y así van por el mundo, conscientes de las ventajas y desventajas que implica la ley del mínimo esfuerzo, sin sufrir ante la posibilidad de perderse algo por no esforzarse, porque evidentemente están dispuestos a pagar el precio de abrazarse a esa ley.
Otros planifican hasta el último detalle, creyendo que pueden controlarlo todo,
que si la planificación es lo suficientemente buena, nada puede
salir mal. Yo fui una fiel exponente de este grupo hasta hace no
tanto, era de los que confían más en sí mismos que en la vida.
Este tipo de personas viven en la fantasía de que existe un modelo
perfecto de todo y que sólo es cuestión de esforzarse lo suficiente
para alcanzarlo, calcular hasta el último detalle y no dejar nada
librado al azar. Eso los obliga a ir por la vida siempre un par de
jugadas adelante, pero tampoco son idiotas, saben que la vida nunca se somete del
todo a sus planes.
También están, como contrapartida, los que no preparan nada, los que se quedan mirando por la ventana, acariciando al gato, dando vueltas por ahí hasta el momento en que tienen que actuar. No pensaron qué van a hacer, de qué forma van a enfrentar el asunto, qué herramientas van a usar, cómo van a llegar hasta el lugar al que deben ir, qué tienen que llevar... Dejan que llegue el momento y recién ahí empiezan a ver qué hacen. Éstos confían más en la vida que en ellos mismos, incluso confían más en los demás que en ellos mismos. Saben que de alguna forma las cosas se van a resolver, ya lo han comprobado infinitas veces y simplemente no estorban. Tal vez son más creyentes a fin de cuentas, tal vez saben algo que los demás no sabemos. O tal vez es sólo que no les importa tanto si las cosas salen mal. Habría que preguntarles.
Yo era un poco así de joven, pero sin el aplomo. Una impostora, digamos. Más de una vez me vi con la hoja del escrito sobre la mesa, con la firma del profesor en la esquina, sin haber estudiado absolutamente nada, sin haber abierto siquiera el cuaderno... O incluso antes, cuando ningún momento era bueno para hacer los deberes y, llegada la noche, tras la pregunta de mi madre, no quedaba otra que decirle que claro que los había hecho, que si quería se los mostraba... Tuve tantos de esos momentos con el agua al cuello, que aprendí a aprontarme un poco, y luego un poco más, y luego un poco más, hasta llegar a estar en el bando los que creen que pueden controlarlo todo.
Ahora, después de muchos años de vivir con uno de los que confían en la vida para que resuelva, creo que aprendí que no puedo controlar nada, aunque muchas veces aún me pesco tejiendo estrategias, y debo confesar que muchas incluso llego a ejecutarlas... No es tan fácil deshacerse de los mecanismos que ya internalizamos hasta el hueso.
Pero hay una característica que me hace pertenecer a otro grupo, un grupo cuya membresía viene impresa en el ADN. Está entre las tradiciones más antiguas de mi familia, y los que tuvimos el privilegio de crecer en este clan implacable estamos obligados a respetarla como un rasgo de pertenencia al grupo y de fidelidad a sus reglas más profundamente arraigadas: lograr comprar lo que necesitamos con cincuenta por ciento de descuento.