Montevideo era una ciudad tranquila en los años setenta.
Tenebrosamente tranquila. Los días transcurrían entre la puerta de
calle y la ventanita que daba al patio del club de al lado.
La escuela, la
panadería, las casas de los amigos, el garaje donde guardábamos el
auto y la casa de mis abuelos paternos formaban un amplio y complejo
mundo donde habitábamos nosotros y casi todo lo que conocíamos.
Al lado de casa
vivían Lida y José María con su tía abuela. La madre era azafata.
Vivían tan cerca que José María venía a casa caminando por la
moldura que coronaba el zócalo de su casa. Arriba vivía otro niño,
pero no lo dejaban jugar con nosotros.
La nuestra era lo
que en arquitectura se conoce como “Casa Standard”, esa tipología
que tiene una puerta alta y una ventana con balcón al frente. Tenía
varias habitaciones que se comunicaban entre sí y cuyas puertas
daban a un pasillo que terminaba en un patio de claraboya, al que a
su vez daba el baño, la diminuta cocina y la escalera para el
altillo ¿Por el capricho de quién la ciudad de Montevideo fue
definida en base a esta tipología de vivienda? Una tipología que,
por cierto, no sirve para este clima.
El frío que hacía
en aquella casa calaba los huesos. Un día mi tía María nos trajo
de regalo de cumpleaños a mi hermano y a mí una bolsa de agua
caliente, que yo rápidamente llené de agua y puse a calentar arriba
de la estufa Pod. Las rayas quemadas en mi bolsa amarilla me
recordaron el error durante años. El patio con claraboya era donde
pasábamos casi todo el día, era ahí donde estaba la mesa del
comedor, donde Walter nos mostraba cómo tocaba el arpa con los
tendones del cuello y donde hacía su arenga de agradecimiento a la
comida.
Pasaba casi todos mi
tiempo libre sentada en el escalón de la puerta de calle, salvo
cuando iba a la casa de mi amiga de la vuelta que tenía televisión.
No me acuerdo cómo se llamaba, pero me acuerdo muy bien de ella.
Venía muy temprano de mañana, tocaba el timbre y cuando mi madre
abría la puerta, preguntaba con su voz aguda “¿está Marialina?”
En casa no le tenían mucha estima porque era muy madrugadora, pero
yo amaba escuchar esa pregunta, porque abría la posibilidad de mirar
televisión, las dos sentadas en la alfombra, siempre que no se
trancara el vertical y la imagen quedara pasando hacia arriba
infinitamente. Solo se detenía si nosotras le hacíamos un gesto con
nuestros dedos índices coordinados. Debía ser una coordinación muy
fina, exacta; si no no funcionaba.
Yo sólo tenía esa
amiga. Mis dos hermanos eran más sociables y tenían muchos más.
Ellos hacían reuniones y jugaban al pique cordón. A mí me
alcanzaba con sentarme en el escalón y mirarlos jugar a ellos. Sólo
participaba cuando veía venir el 427. Eran tiempos de mucho miedo, y
yo, a mis cuatro o cinco años, ya sabía que la policía no permitía
reuniones en la calle, y eso incluía los juegos de pelota. Todo
podía ser un acto subversivo. Por eso, con esa sabiduría temprana
de los niños, cuando veía aparecer el ómnibus desde lo alto de
Boulevard Artigas, salía corriendo de mi escalón a sacarles la
pelota y meterla adentro de casa antes de cerrar fuerte la puerta. Ya
sabía que después vendrían los insultos, pero alguna vez había
visto a un policía mirando cómo mis hermanos jugaban a la pelota
desde arriba del ómnibus y me daba mucho miedo.
Mi otro enemigo era
una máquina barrendera de calles que pasaba con unos enormes
rodillos. Cuando la veía venir, era yo la que salía corriendo
pasillo adentro cerrando la puerta detrás de mí. El resto de las
personas y las cosas de mi mundo eran amigables, incluso muy
amigables. Como Boadas, un señor ya mayor que vivía a una cuadra de
nuestra casa, en la vereda de enfrente, en una casa muy linda con una
habitación al frente y un pequeño jardín. Allí vivía con su
madre. A pesar de que para mí era muy viejo, tenía madre.
Boadas era el adulto
más querido por los niños del barrio. Siempre estaba bien vestido,
con camisa y pantalón de vestir, limpio y sonriente, en esa
habitación que daba a la calle, con las paredes forradas de
bibliotecas repletas de libros, sentado en un sillón. Lo recuerdo
siempre ahí, con un libro en la mano, o tal vez escribiendo algo. La
visita a Boadas era obligatoria. Tocábamos el timbre, su madre nos
abría la puerta y entrábamos todos corriendo a su biblioteca a
buscar caramelos. No recuerdo un solo día que hayamos ido y no
tuviera caramelos.
Mi tío Juaneira
también vivía cerca en aquellos años, así que venía seguido.
Eran los tiempos en que todos los niños vivíamos bajo la protección
de San Surumba: Patrono de los tíos surumbáticos y sus sobrinas
cuscuses. San Surumba se manifestaba en dibujos a lápiz en un papel
cualquiera, acompañado de frases alegóricas, o en gigantografías
en la orilla de la playa Carrasco. Tan fugaces eran sus apariciones
en la orilla del agua, donde lo veíamos desaparecer al retirarse la
ola, como en el papel, que también pereció en alguna mudanza. Pero
su espíritu vive intacto hasta hoy.
Mis abuelos vivían
a una cuadra, en la misma calle, así que a veces íbamos a
visitarlos. Ahí aprendí todo sobre la fuerza centrífuga. Mi abuela
me llevaba con ella a colgar la ropa a la azotea y llevábamos los
palillos en un canastito de plástico con asas, y mientras ella
colgaba la ropa yo giraba el canasto rápidamente, como ella me había
enseñado, haciendo eje en el hombro, y entendiendo que dependía de
la velocidad del giro que los palillos se cayeran o no. Mi abuelo era
un gran dibujante, fue su profesión en épocas en que las cosas se
hacían a mano. Era muy talentoso. Un día nos hizo cigarros para los
tres con papel arrollado, con el filtro, la braza y la ceniza. Todo
dibujado. Eran idénticos a los cigarros de verdad. Los niños
jugábamos a fumar. Como los grandes.
También conocimos
el paraíso y el infierno al pasar de estar al cuidado de María al
cuidado de Nubia. María era un ángel, nos atendía con cariño y
nos contaba cuentos fantásticos de plantas gigantes que crecían al
pie de una ventana. María estaba de novia con un policía que tenía
una moto Guzzi. Recuerdo la confusión que creaba en mí aquella
persona tan dulce y la profesión de su novio, que la venía a buscar
en una moto que se llamaba igual que yo.
Así transcurrían
los días, entre la vereda, la ventanita para mirar el patio del club
de al lado, la comida, los amigos que no vimos más, la Tintorería
Nan King y Boadas. Así transcurrieron también los años hasta que
nos fuimos a vivir al campo, cuando empezaron a transcurrir otros
días, otros años y otras personas. Pero nuestra casa nunca dejó de
ser La Sede, el lugar donde todos sabían que podían ir, quedarse a
dormir. Incluso quedarse a vivir. Ahora, de grande, mi casa sigue
siendo La Sede. Y me gusta.