El otoño es romántico. Mucho más que la primavera. La luz amarillenta del final de la tarde; las hojas secas, retorcidas, en el piso del jardín; las luces y sombras que se forman en el árbol que se ve al fondo, detrás de la enredadera que lo quiere conquistar todo con una voluntad inquebrantable; los tintes rojizos que va tomando el liquidámbar antes de perder su follaje.
La parra ya se deshace en ramas que cuelgan con algunos racimos tardíos, y el aloe está más erguido que nunca, haciendo su máximo esfuerzo por sostener con elegancia los capullos de sus flores rojas. Todo se ve como un telón de fondo mientras suena la púa del tocadiscos arañando los nocturnos de Chopin, interpretados aun más romanticamente por Arthur Rubinstein en un disco de pasta de RCA Victor, un long (33 1/3) play made in USA. Es una edición deliciosa, un disco doble, con una ilustración a pluma en la tapa. Radio Corporation of America.
Martina dice que se siente una hipster porque está acostada sobre un almohadón al lado de la estufa leyendo un libro sobre Shakespeare mientras escucha los nocturnos de Chopin. Yo le pregunto si los hipsters no son unos hombres algo gordos, de barba, con lentes y camisa a cuadros. Ella asiente y agrega que se sientan en Starbucks a tomar un café con su mac. Yo le digo que no es una hipster porque no es un hombre algo gordo de barba y lentes, y que además tengo entendido que los hipsters generalmente son publicistas, y ahí reímos a la vez, al retornar de golpe en un cohete directo al planeta tierra, la información de que ella quiere estudiar comunicación. Y aceptamos que tal vez sea un poco hipster.
Cuando empezamos a prender la estufa, la gata del vecino, que se vino a vivir a casa hace muchos años, se apodera del mejor lugar de la casa: el piso calentito delante de la estufa, donde uno se quiere parar a calentarse el culo. La echo, ella se va al sillón negro, baja el almohadón con la mano y se acuesta arriba, mirándome con recelo, como hacen los gatos. Lo bueno de los días cortos es que generan estos espacios temporales de tardes domésticas, en las que convivimos haciendo distintas cosas, en silencio, unos leyendo, otros escribiendo, otros estudiando, otros por ahí. Son espacios ganados al día, porque en verano uno estaría saliendo a caminar o a darse un baño en La Estacada para aprovechar el resto de tarde que sobró después de terminar de trabajar.
(Este verano, sin embargo, el lugar más visitado fue El Infiernillo. De tarde, el sol da de frente en él, calentando el hormigón corroído por las décadas de abandono, pero firme: muelle y trampolín desde donde los valientes se tiran al río. Yo me tiro de abajo.El agua de Montevideo este verano fue la mejor del mundo. La mejor de este mundo.)
Hoy hice pan, así que cenaremos pan con algo. Podemos quedarnos acá, suspendidos en este tiempo cálido y amarillo. El tiempo de la tarde del viernes es el mejor de los tiempos posibles. El tiempo más prometedor, el que tiene todo por delante, toda la potencia del descanso, de algún paseo en bici, de largos ratos tomando mate en el sillón en la mañana sin importar la hora, del almuerzo a las tres de la tarde, tal vez de alguna torta de manzana, tal vez de panqueques con dulce de leche, o con dulce de manzana o de pera. Promete todo aún. Promete todo y nada: tener todo y hacer nada. Me encantan los viernes de tarde, son como el solsticio de invierno: engendran la esperanza de un tiempo mejor lleno de días más largos. Pero tienen ese dejo de lo que se sabe finito, de la certeza de que volverá el lunes y el solsticio de verano.
iQué ruido hace la púa! No pude encontrar el año de la edición del disco. RCA Victor Division. Camden, N. J., U.S.A. The world’s Greatest Artists. No sé muy bien si sería de mis abuelos paternos, o maternos, o de alguna de mis dos tías abuelas pianistas -las dos apodadas Beba-, o si alguien lo compró en la feria de Tristán Narvaja, pero yo se lo robé a mi madre. Espero que no se dé cuenta, porque no se lo voy a devolver. Está vivo ahora, destruyendo la pastilla del Technics. Está en su lugar ¿Dónde debería estar un disco si no en un tocadiscos? ¿Dónde debería estar yo un viernes de tarde de otoño sino en casa al lado de la estufa escuchando a Chopin?
Tengo que volver a buscar Remedio para melancólicos. No pregunté si lo tenían en Librerías Pocho el otro día. Imperdonable.