Una vez, en uno de los tantos seminarios a los que he ido, escuché a
un arquitecto extranjero haciendo una afirmación que me dejó
atónita. Era un seminario de Ciudad y Patrimonio o algo así, y el
hombre dijo, así nomás, como si nada, que la protección
patrimonial de los edificios era contraproducente para la
preservación del patrimonio construido de los países. En ese
momento me pareció que aquello era un disparate. Realmente no lo
entendí, pero tampoco lo olvidé. No lo olvidé nunca, aunque
pasaron más de veinte años desde que lo escuché. La frase me quedó
dando vueltas en la cabeza y la fui procesando todo este tiempo.
Él argumentaba algo
muy convincente, y sin embargo, a mí me parecía que estaba
equivocado. Su argumento era que al proteger algunos edificios
patrimonialmente, lo que sucede es que el resto de los edificios, los
que no están bajo ese régimen, tienen cero protección. Me fui
confundida; aunque entendía sus razones, no me parecía que la
protección patrimonial tuviera la culpa. Y sigo sin estar segura.
Pero ahora, después de tantos años, después de haber visto
desaparecer muchas construcciones valiosas por no estar bajo esa
protección, creo que empiezo a entender mejor su razonamiento.
Las razones para
decidir cuáles edificios proteger y cuáles no, en gran medida están
determinadas por una mirada que es cultural, temporal, y, por tanto,
bastante sesgada. Me refiero a que lo que hoy se considera que debe
protegerse, ayer tal vez no se consideraba. Seguramente no. Por ejemplo, hoy vamos a Colonia del Sacramento y
nos maravillamos con las construcciones coloniales, y tal vez nos da
pena que en Montevideo no haya quedado nada más que la Puerta de la
Ciudadela y algún pedazo perdido de muralla. Pero si nos ubicamos en
aquel momento -el momento de la liberación de muchísimos años de
opresión colonial- seguro lo entenderíamos: ¿quién querría
mantener las construcciones que simbolizaban fuertemente aquella
opresión? Entonces, siguiendo este razonamiento, seguramente pase que lo que hoy no se considera digno de protección, mañana sí
puede considerarse, y por lo memos hoy deberíamos desconfiar del criterio de selección. También sucede que a veces se descubren grandes artistas
que pasaron desapercibidos en su época, artistas cuya obra no fue
valorada probablemente porque no se entendía, tal vez porque era un
poco extemporánea a los lenguajes y las formas que los ojos de su
momento podían ver, pero que con el paso del tiempo, reciben la
acogida que les corresponde.
Sin duda que la
protección patrimonial ha hecho posible que muchas construcciones y
muchos espacios públicos sigan en pie, y eso está muy bien. Pero no
podemos olvidar la otra cara de la moneda: todo aquello que no está
bajo el régimen de protección queda simplemente librado a su
suerte. Y esto se ve agravado por el hecho de que ya hace mucho que abandonamos uno de los
principales paradigmas de la Modernidad: que los avances tecnológicos
aseguren que cada producto sea mejor que el anterior. Hemos
abandonado ese paradigma en beneficio de la economía de consumo.
Ahora la tecnología debe asegurar que se produzcan objetos que duren
poco, obligando a los consumidores a comprar otro. Y eso incluye a
los edificios.
Ahora demolemos
edificios de muros de doble ladrillo, con aberturas de cedro
terminadas en arcos perfectos, indestructibles herrajes de bronce y
vidrios arenados con delicados biseles, coronadas por frisos únicos
de tierra de colores sobre unas relaciones entre muros y huecos
perfectamente proporcionadas; pisos de monolítico hecho in situ con
hermosos dibujos de colores bordeados por finos listones de bronce, o
de baldosas increíbles importadas de Europa que al colocarlas
generaban un paisaje onírico, o de tabla de pinotea o roble sobre
tirantes de madera que respetaban a esta ciudad húmeda, dejando un
metro de cámara de aire ventilada bajo nuestros pies; altos zócalos
de mármol rosado o blanco, traído quién sabe de dónde y escalones
también de mármol, entre la pesada puerta de calle y la hermosa y
fina puerta cancel. Demolemos eso para construir casas con pisos de
porcelanato mal colocados, iguales a todos los otros pisos, puertas
de compensado con herrajes de alguna aleación metálica desconocida
que se romperán en pocos años, ventanas de plástico y techos de
espumaplast entre dos capas de chapa ordinaria delgadas como un
papel.
Al ver una y otra
vez una sustitución tan poco inteligente, recuerdo las palabras de
aquel arquitecto extranjero que nos dio una gran charla que no
supimos entender, igual que los grandes artistas extemporáneos. Y me
pregunto, ¿sería tan difícil, antes de otorgar los permisos de
construcción, evaluar la calidad de la construcción que se propone
demoler y la calidad de lo que se propone construir? Creo que con un
formulario en forma de declaración jurada sería suficiente. Eso
creo. Porque no es que todo el Uruguay esté constituido por obras de
gran calidad. En ese caso, no tendríamos forma de evitarlo. Está
lleno de porquerías esperando que las tiren abajo, para sustituirlas
por construcciones que seguro mejorarían la calidad de vida de la
gente que viva allí, el entorno urbano y el patrimonio construido,
aunque no duren mucho.
Entiendo que hay
zonas donde se debe densificar, entiendo que algunas tipologías son
difíciles de reformar, entiendo que queramos la casa que vimos en
aquella revista de arquitectura. Pero no entiendo que no se pueda
trabajar un poquito en buscar un predio que esté ubicado más o
menos en la zona que queremos vivir, pero que no tenga encima una
casa valiosa construida con unos materiales y una mano de obra
irreproducibles, hecha por artesanos de los que ya no hay, para
tirarla abajo y ponerle una cosa hecha con materiales de mala calidad, producidos en
industrias de producción masiva, que dará una construcción igual a
muchas otras y que no durará más que unas décadas.
Entiendo que tengo
que trabajar el desapego. Pero no entiendo que hayan tirado abajo la
única casa valiosa de mi calle de la infancia: la casa de Boadas.