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Ensayos breves sobre el divagar_
textos publicados en 2020. Corrección: Mariana Mendizábal

CV arq Elina Olivera


Proyecto de carpeta, Las Piedras, 2011

Proyecto de carpeta, Las Piedras, 2011
afuera posterior. Render: 3dsc studio
Para el curso de Proyecto, tesis de grado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República, se diseñaron tres edificios para el Parque Artigas de la ciudad de Las Piedras, implantados en el proyecto urbano ganador del 2° Premio del Concurso de la Intendencia de Canelones para dicho parque.
Se desarrolló a nivel de proyecto ejecutivo uno de los tres edificios, llamado Unidad de Gestión (nombre retomado del equipo ganador del 2° premio del Concurso), implantado en el sitio donde está actualmente el mausoleo.
Es un edificio multiprogramático, pensado como parte de un proyecto de equipamiento urbano para la ciudad de Las Piedras y sus conurbanos lindantes.
Contiene una Sala de exposiciones y eventos junto a una cafetería en la planta baja y dos oficinas para la IMC y Administración.
En el Primer nivel, tiene una Biblioteca|Mediateca y cuatro oficinas para Organizaciones Sociales Locales.
En el Segundo nivel, tiene una Sala de conferencias para 110 personas y cuatro oficinas más para Organizaciones Sociales Locales.

Un gran espacio en planta baja con triple altura, que hace de atrio en los tres niveles, es coronado por un techo traslúcido de policarbonato, jerarquizándolo.
El edificio es una caja de vidrio, de planta libre atravesada verticalmente por un cuerpo sólido donde se alojan los servicios y circulaciones verticales.
La envolvente de vidrio es un curtain wall de doble piel, con una cámara ventilada transitable pensada para acondicionar termicamente el edificio de forma natural la mayor parte del tiempo posible, dejando el aire acondicionado para los días con condiciones climáticas extremas.

Proyecto conjunto con Martha Spinoglio


interior planta baja. Render: 3dsc studio

CASAS DE CAMPO

La percepción espacial en el territorio rural es completamente diferente a la del medio urbano. El diálogo adentro-afuera es muy intenso, las percepciones de los espacios interiores están en función de los paisajes que aprecen en las ventanas, como cuadros vivos.
La iluminación natural tiene un rol protagónico en los espacios interiores, que combinada con la espiritualidad de quienes habitan la casa, generan un ambiente muy especial cargado de significados.

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Piqueréz-Eguren. El Colorado. AMPLIACIÓN

Vivienda Piqueréz-Eguren. El Colorado. AMPLIACIÓN
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Tutté-Maldonado. Melilla. REFORMA

Vivienda Tutté-Maldonado. Melilla. REFORMA
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Sanguinetti. El Colorado. OBRA NUEVA

Vivienda Sanguinetti. El Colorado. OBRA NUEVA
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

CASAS URBANAS

Espacios a veces más introvertidos, a veces más abiertos. La ciudad muestra sus escenarios intramuros.

Diseño interior

Diseño interior
cocina montevideana. Vivienda Sanguinetti-Larriera. Foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda. Familia Duarte-Olivera. 2010

Reforma de una vivienda unifamiliar.
La casa se abre francamente hacia el fondo, percibiendo esta apertura desde la entrada. La luz natural que entra en la fachada posterior empuja al visitante hacia el alma de la casa: el estar-cocina-comedor, totalmente abierto hacia el espacio exterior posterior.
La calefacción es enteramente a leña y el agua caliente es generada por un calentador solar, ubicado en el techo de la vivienda.

Vivienda Duarte-Olivera

Vivienda Duarte-Olivera
desde el acceso

parte de fachada posterior

Isla de Flores. 2007

Intervenir sin intervenir

Se buscó una intervención mínima en un sitio muy particular, donde inundan las ganas de no tocar mucho nada. El contacto directo con la historia a través de las ruinas carcomidas por el tiempo es avasallador.
El lugar da y pide paz. Planteamos esta mínima intervención y una agenda de eventos posibles para las distintas épocas del año. Se trató de abordar la gestión, aunque fuera a nivel de intenciones.

Autoras: Elina Olivera y Catalina Colo

Primer premio Concurso de ideas Isla de Flores

Primer premio Concurso de ideas Isla de Flores
Taller Perdomo. Facultad de Arquitectura. UdelaR

sábado, 25 de septiembre de 2021

Un lugar en el mundo

A veces parece que las cosas pasaran por azar, como si algunos hechos casuales se fueran encadenando en el momento y el lugar precisos hasta llegar a un destino fortuito. Otras veces, al pasar el tiempo y las circunstancias, y mirar hacia atrás, veo como las situaciones se dieron demasiado bien entrelazadas y tuvieron consecuencias demasiado determinantes como para ser únicamente producto de las casualidades. Entonces, una certeza se instala en mi pensamiento.

Había un plan. La salida de una larga dictadura auguraba tiempos mejores, por eso había un plan. Iríamos de vacaciones en familia por primera vez. Yo nunca había oído hablar de aquel lugar lejano y desconocido. Habían conseguido dos carpas, una para los padres y otra para los hijos. Tampoco había acampado antes. Todo era nuevo, como una aventura.

Esa tarde nos fuimos a la casa de mi abuela a esperar la hora de tomar el tren, y al llegar el momento, mi tío nos llevó en su camioneta Peugeot hasta la estación Yatay. Estaba ya entrada la noche cuando salimos hacia la estación, que también era desconocida para mí. Recuerdo la sorpresa que me causó el edificio: era hermoso, de ladrillos a la vista, oscurecidos y carcomidos por los años, con algunos parches de musgo y un techo de chapa herrumbrado. Mi tío se quedó con nosotros hasta que finalmente se asomó el tren, detrás del sonido de la campana y el silbato del maquinista y la luz mortecina de la locomotora. Tuve una sensación rara, creo que prefería quedarme.

Cargamos todo nuestro equipaje y el tren volvió a ponerse en marcha, lentamente, chirriando en las vías como si agonizara. No había subido nadie más en la oscuridad de la noche. Todo era un tanto desolador. Volví a sentir que prefería quedarme.

Los cuatro hermanos nos sentamos en uno de aquellos asientos enfrentados con una mesa en el medio, mientras mi madre y su marido se acomodaban en otro, con el equipaje de mano y la comida para el viaje sobre su mesa. Pasamos por paisajes de a rato urbanos, de a rato rurales; el tren hacía sus sonidos habituales al acercarse a cada estación, parando en algunas, siguiendo de largo en la mayoría. Recién habíamos salido y el aburrimiento ya era feroz. Ya habíamos jugado a las cartas, al veo veo, incluso ya habíamos peleado, y aún no habíamos salido de Montevideo. Rápidamente supe que el viaje iba a ser muy largo.

De a ratos comíamos algo, tomábamos agua, mientras mirábamos pasar los postes por la ventana, lentos, cansinos, delante de los pastizales y las matas que se asomaban entre las enredaderas de campanitas violetas que se encaramaban sobre los tejidos, venciéndolos por completo. Los parches de ciudad que antes eran más frecuentes, empezaron a espaciarse. Los tejidos fueron sustituidos por alambrados desvencijados, también vencidos por la enredadera de campanitas violetas. Entendí que ella lo alcanzaba todo, aplastándolo ineludiblemente, como una maldición. El baño era como de una película: un espacio donde apenas abría la puerta con un lugar donde apoyar los pies y un agujero en el piso donde veías pasar los durmientes. Por alguna extraña razón, viendo pasar los durmientes por el agujero, parecía que el tren iba rápido. Pero al volver al asiento, todo volvía a su letanía habitual.

Un rato después de salir, me di cuenta de que cada vez que le preguntaba a mi madre si faltaba mucho, respondía que sí, así que dejé de preguntar. Mi hermana mayor leía, mi hermana menor esperaba con unas expectativas algo desmedidas que pasara algo; mi hermano planificaba con mi madre dónde acamparíamos, qué habíamos llevado, se cercioraba de que no hubiera fallado ningún detalle. Volvía a aparecer la pascualina. Ya nadie tenía hambre; parecía que hacía una vida que estábamos en aquel vagón. El malhumor empezaba a merodear, agazapado, buscando un adolescente para poseer, como el diablo mismo. Alguien volvía a preguntar si faltaba mucho. Sí.

Tras una vida entera arriba del tren, finalmente llegamos a Rocha. Los adultos lo remarcaron, como si fuera algo importante, y yo me encaramé en el asiento, del cual me escurría como una masa viscosa desde hacía rato. Parecía una buena noticia. Parecía que llegábamos a algún lado. Todos erguimos la espalda, estiramos el cuello y miramos atentos por las ventanas polvorientas. Pero en seguida me di cuenta de que no tenía sentido tanta emoción, mi madre seguía con su mirada serena, sentada en la misma posición, cebando un mate cada tanto. No entendí por qué habían dicho que llegamos a Rocha como si fuera algo importante, si todo iba a seguir igual que antes. El tren retomó su marcha lenta, exasperante, por los mismos lugares que parecía que habíamos pasado infinitas veces.

Al fin, cuando ya me había hecho a la idea de quedarme a vivir en el tren, de que no era tan malo a fin de cuentas, de que con un poco de acondicionamiento podía ser una casa hermosa, vi que mi madre guardaba el mate, metía la asadera de la pascualina en una bolsa de nylon, vaciaba los restos de agua de los vasos desparramados por las mesas de los asientos vacíos del tren, juntaba las cartas que habían ido cayendo al piso de tablas construido hacía tantos años, y al fin nos dijo que juntáramos nuestras cosas y ordenáramos el equipaje. Estábamos llegando al destino del tren: La Paloma.

Bajamos en la pequeña estación de La Paloma. Pensé que habíamos terminado el viaje. Recordé que mi prima estaba allí, me alegré. No sabía que vendríamos al mismo lugar donde estaba ella... ¿Cómo era posible que no me lo hubieran dicho? Mi interior empezó a rememorar los momentos vividos con ella, a fantasear con planes en conjunto, pero al bajar en la estación, empezaron a hablar del horario del ómnibus. Era de mañana, el sol ya estaba alto. No nos quedábamos en La Paloma. Adiós planes con mi prima. Había que caminar hasta la ruta y esperar el ómnibus que nos llevaría a nuestro destino final. Acarreamos nuestros bártulos hasta la ruta, no muy lejos de la estación, y esperamos lo que a mí me pareció otra eternidad hasta que al fin llegó el ómnibus. Yo no entendía mucho, pero de todos modos subí al ómnibus. Vuelta a acomodarnos nosotros y nuestro abundante equipaje.

Cuando llegáramos, teníamos que ir a hablar con la señora de Arrospide, de parte de alguien, para que nos dejara acampar en unos terrenos de su familia. Anduvimos una media hora en el ómnibus hasta que al fin dejó la ruta para entrar por una calle polvorienta y detenerse en un caserío, anunciando su destino. Caminamos unos metros y llegamos a una casa simple con una ventana a la vereda, donde mi madre y su marido entraron a hablar con la señora. Ya teníamos el sitio donde íbamos a montar el campamento, pero antes teníamos que conocer algo. Caminamos dos cuadras por la calle sobre la que parecía que estuviera todo lo que existía en aquel lugar, pero al final del camino, se abrió ante nosotros una imagen de otro mundo. Jamás olvidé el instante en que mis ojos miraron por primera vez aquel paisaje que no conocía. Me pregunté de dónde diablos había salido aquello, cómo era posible que en el país donde yo vivía existiera aquel lugar y no estuviera en las revistas y en la tele. Pensé que era un sueño. Caí sentada en un banco detrás de la baranda de madera con postes blancos y sentí que no era posible. Seguramente era un sueño, seguramente aún estaba en el tren, porque lo que estaba viendo no encajaba en ninguna imagen que mi joven memoria hubiera visto antes.

Un enorme acantilado de roca bajaba vertical, como un abismo, para enterrarse en la arena blanca que se extendía un poco hasta encontrarse con las rocas que emergían imponentes, en las que golpeaban violentamente las olas de un mar verde grisáceo e infinito. Desde mi banco, miraba para los dos lados y me perdía en dos playas abiertas que se extendían hasta donde mi vista alcanzaba a ver. En ese banco, en ese momento, sentí por primera vez que pertenecía a algún lado. Tuve la certeza de que volvería, de que un hilo invisible pero increíblemente fuerte me ataba a ese sitio. El lazo era tan fuerte que supe de inmediato que no podía hacer nada para disolverlo. No dependía de mí. Sentí cómo aquel hilo salía de mis ojos y se anclaba en el fondo del mar; se extendía desde la punta de los diez dedos de mis manos y se agarraba al banco; fluía desde las plantas de mis pies para arraigarse para siempre en aquella tierra.

Había encontrado un lugar en el mundo.


domingo, 5 de septiembre de 2021

Ella ahora dice que se llama Elina

Nací una fría noche de julio, mientras mi padre le pedía a mi madre que se apurara para que naciera el mismo día que mi hermano y así ahorrarse un cumpleaños. Será por eso que me gusta el invierno.

Mis padres me pusieron un nombre con una larga tradición en la familia, pero ya en el hospital, cuando mi abuela me fue a conocer, dijo que parecía un gusanito, así fue como me empezaron a decir Gusi. Crecí repitiendo hasta el hartazgo cómo me llamaba.

- ¿Lucy?

- No. Gusi

- ¿Susy?

- ¡No! Gusi

- ¿Cómo?

- ¡Gusi! - ya con algo de rabia

Gusi era una niña algo dispersa que se desplazaba por el mundo casi sin tocar el piso, con la cabeza puesta en lugares que sólo ella conocía. No los compartía con nadie, no era necesario. A veces, cada tanto, sus pequeños pies tocaban la tierra para ver más de cerca algo que le llamaba la atención, una flor de cartucho o las semillas voladoras del diente de león, o para perseguir cascarudos hasta formar una gran montaña. Una vez que la montaña era suficientemente alta, ya podía emprender el vuelo nuevamente. Las cosas mundanas no tenían ninguna relevancia para Gusi, no tenían magia ni hacían ninguna diferencia en el devenir de los días -comer, vestirse con algo nuevo, jugar con otros niños-, eran cosas de otros mundos, de unos mundos que ella no habitaba. Sólo se adentraba en ellos por demandas ajenas, porque su madre la obligaba a comer, porque sus hermanos le imponían la salida a la escuela, o para hacer contacto con sus primas.

Crecí así, en otras dimensiones, unas dimensiones que pude visualizar en una noche de locura. Planos paralelos e infinitos donde todo podía suceder. Mientras vivía ahí adentro, estaba bien, pero cuando lo vi de afuera, me asusté. De a poco empecé a dejar los cascarudos, los dientes de león y el fantástico mundo de las hormigas. Así empecé a ver mi diferencia con los demás y supe que era un tema que debía resolver. Empecé a hacer contacto con los otros niños, a compararme; empecé a hacer lo que los adultos esperaban que hiciera una niña. Empecé a tocar el piano, a dibujar casas y barcos, y a escribir. Mi pasaje por la escuela fue fácil en parte porque me gustaba escribir. En el liceo, los profesores no me mandaban a examen porque tenía esa herramienta mágica que me terminaba salvando el pellejo. Y cuando entré a Facultad de Arquitectura, me gustaba mucho taller, pero también me gustaban las materias teóricas porque me daban la chance de enfrentarme a la hoja en blanco y organizar todo lo que había estudiado y flotaba en mi cabeza en una especie de nube desordenada de conceptos.

En algún momento, en ese proceso con poca reflexión y mucha intuición, supongo que avanzada la adolescencia, vi que mi ser de la infancia era vulnerable, introvertido, hipersensible, y que esas características me dificultaban el contacto con los otros. Así que, sin pensarlo, pegué la vuelta y, parándome arriba de la que me había acompañado hasta ahí, empecé a construir otra persona. Una persona más segura, que, valiéndose de algunas herramientas que había obtenido antes, miraba el mundo con una mirada aguda. Alguien que, por conocer las profundidades de las cosas, podía describir sus formas críticamente, con un lenguaje preciso y cínico, y también con humor. Ese nuevo ser pisoteó al anterior, lo negó. Había que construir algo firme sobre lo que pararse para salir a un mundo hostil. Despejé las dudas, le bajé el volumen a algunas voces interiores que no servían para el nuevo plan y generé una nueva yo que salía disparada alejándose de su yo anterior. Así fue que supe que, para la nueva construcción, debía empezar por resolver el tema del nombre.

Y empecé a probar. Me dí cuenta que si me preguntaban mi nombre sólo debía decir mi nombre, no mi apodo, y así desandaría el camino a la asociación al gusano. Me preguntaban mi nombre y decía mi nombre. Dejar de asociarme con ese bicho era parte fundamental de mi nueva construcción interior-exterior y se presentaba como una solución fácil. Quienes ya me conocían de antes, me seguirían diciendo Gusi, pero no importaba, ya conocían el origen. Pero aquellos que me conocían ahora, podían ir aprendiendo, junto conmigo, mi nombre.

Un día mi madre estaba hablando con mi tío Juan, y -yo sentí que algo ofendida- le dijo: “ella ahora dice que se llama Elina”. Yo le reproché: “¿Cómo que ahora digo que me llamo Elina...? ¡Me llamo Elina! ¿No me pusieron ese nombre al nacer? ¿No es el nombre que dicen mis documentos?”. Ese comentario de mi madre le dio combustible a mi rebeldía respecto al nomenclator generado y fortaleció mi lucha por tener un nombre, con la certeza de que ya no tendría que decir que parecía un gusanito. Y así, en Facultad, en el instituto nuevo donde estudiaba música, en los trabajos que tuve sin conocidos, me empecé a presentar por mi nombre. En algunos lugares funcionaba, aunque había otros lugares en los que había gente que conocía mi anterior identidad, o donde había algunos infiltrados. Pero no importaba, seguiría construyéndome sin respiro, sin concesiones. Eran los tiempos en que, siguiendo los consejos del I-Ching, empezaba a trabajar la perseverancia.

- ¿Cómo es tu nombre?

- Elina

- ¿Celina?

- No. Elina

- ¿Melina?

- No. Eeelina

- ¿Y cómo se escribe?

- Así nomás, como suena: E-L-I-N-A

- Ah. Qué raro nombre...

- Es un nombre familiar

- Ah... Y si te llamás Elina... ¿por qué te dicen Gusi?

 


sábado, 21 de agosto de 2021

Pájaros

Me gustan los pájaros. A los veinte años fui a Buenos Aires en un viaje de estudios con el grupo de taller de Facultad a ver obras importantes de la provincia de Buenos Aires. En un momento, un amigo me pidió que lo acompañara a comprar un libro al centro. Fuimos a una de aquellas librerías maravillosas que aún existían en los ‘90 a buscar un libro que sus padres le habían encargado. En el lapso de tiempo entre que se lo entregaron y le hacían la factura y pagaba, me lo dio para que lo viera. Era un libro increíble, con dibujos en color de miles de pájaros de Argentina y Uruguay, desde los más pequeños hasta los más grandes, los migratorios y los residentes, los de monte, los de bañado, los de costas. Estaban todos los pájaros que yo había visto en la vida y muchísimos más que no había visto nunca. Era la “Guia Narosky”. De inmediato supe que la quería y pregunté cuánto salía. Como no me alcanzaba la plata, compré la edición en blanco y negro, y se la traje a mi madre y mi padrastro de regalo.

En esa época yo vivía en el campo (mi madre sigue viviendo allí), en una zona de quintas, sobre todo de frutales, así que hay mucha comida para los pájaros. Pero eso en realidad era una trampa mortal, los productos para las “plagas” que se aplicaban en ese momento mataban todo: hongos, bacterias, insectos, y pájaros. En esa red que forma la vida en este planeta, al envenenar a los insectos, se envenenan los pájaros que comen esos insectos, y luego los pájaros que comen pájaros. Los pájaros fruteros también morían envenenados.

En un momento, pensamos que sólo sobrevivirían las especies más numerosas. Pero recuerdo cuando empezamos a ver otros pájaros. Empezaron a venir naranjeros, juan chiviros, siete colores, cardenales. Oíamos cantos que no habíamos oído antes. Nos parecía ver colores entre el follaje de los árboles que antes no veíamos. Y también vino un ave de rapiña que durante años, hasta que traje la Narosky, llamábamos “el águila”. Con el nuevo libro, nos enteramos de que era un gavilán.

Ahora vivo en Montevideo, y mi marido es amante y estudioso de los pájaros. Tenemos muchos libros, y desde hace unos cuantos años tenemos la Narosky en color. Ahora vemos muchas aves. Acá, en Montevideo, en el campo donde vive mi madre, y en Rocha, donde tenemos una cabaña en un lugar aún bastante agreste. No sé si vemos más porque estamos más atentos, o porque los venenos que se usan para producir comida no son tan tóxicos, o porque se han corrido hacia el sur por perder sus hábitats con la tala de monte nativo para producción a gran escala. No lo sé. En realidad, no sé si estamos recuperando especies o aumentando la pérdida, pero sé que yo veo más.

Muchas veces me despierta al amanecer el grito del pichón de gavilán que vive en el árbol de la casona frente a mi casa. Grita desde que sus padres salen a buscar comida hasta que vuelven con algo. Las aves de rapiña son especiales para mí. Si uno las ve en su rol en la red trófica con la mirada con la que vemos una película o una historia cualquiera en que hay buenos y malos, ellas serían los fuertes, los malos. Los matones que se aprovechan de los más débiles, matan a los pájaros pequeños, les roban sus crías, sus huevos, para alimentar a sus propias crías. A veces, mientras cuelgo la ropa en la azotea, veo como los pájaros pequeños hacen brigadas para espantarlas. Igual que las brigadas de vecinos contra los ladrones.

Sin embargo, en el complejo entramado de la vida de los pájaros, las aves de rapiña son las más vulnerables. Si ponemos veneno para las ratas, morirán las ratas, pero también morirán las aves carroñeras, del mismo modo que mueren cuando ponemos veneno en la fruta. El veneno se va a acumulando en los tejidos de los que lo van comiendo y también se va magnificando en los que van comiéndose entre sí, al subir en los niveles de las redes tróficas. Así, aquellos que vemos como los malos, los matones, son en realidad los más vulnerables.


viernes, 13 de agosto de 2021

Un día más

El despertador suena tres o cuatro veces. Cada vez, cambio de posición: me pongo de un costado, luego del otro, luego boca arriba, hasta que lo apago definitivamente. Igual sigo un ratito más en la cama. Hace muchos años, cuando tuve que empezar a madrugar, en quinto de escuela, muchos me decían que después de un tiempo me acostumbraría. Pero nunca pasó. Sigue siendo un sacrificio despertarme, decidir a despegarme de las sábanas y arrancar el día.

Todas las mañanas intento prender la estufa. Aunque muchas veces no lo logro, siempre lo intento, sentada en el banquito con una taza de té en la mano y mirando de reojo el fuego agónico, intentando no moverlo y apagarlo. Cuando más o menos estoy en condiciones de salir, me voy. Camino hasta la parada del primer ómnibus. No me gusta el hombre que cuida coches en la esquina del colegio porque tira la yerba a la vereda. Igual le digo buen día e intento no juzgarlo, pero no puedo. Espero en el rellano de la puerta de un edificio, resguardándome un poco del frío helado del inicio de la mañana. Hay una mujer de pelo canoso como el mío que hace años que viaja en el mismo 192 que yo y se baja en la misma parada. Trabaja en el Clínicas.

Otra vez me encuentro esperando el ómnibus, pero ya empezó el programa de radio que escucho. El segundo viaje es más amable, los asientos son reclinables y ahí puedo recuperar el tiempo que me habría quedado en mi casa, escuchando la radio antes de arrancar el día. Cada día se reinicia la fantasía de trabajar más cerca, mido el tiempo cuando paso, hago las cuentas de lo que me ahorraría de viaje. A qué hora entraría, a qué hora estaría volviendo a mi casa. Luego de revivir esos pensamientos, nuevamente recuerdo que todo tiene su precio y no conozco el precio de trabajar más cerca. También pienso que aún me quedan cosas por vivir allá lejos. Introduzco medio de pesado el pensamiento de que si no fuera así, no viajaría cuatro horas por día para ir a trabajar.

El ómnibus llega a la ciudad donde trabajo. Hace más de cinco años que trabajo ahí y aún no he podido encontrar el timing para ponerme la campera y agarrar mis cosas sin correr a la puerta a tocar el timbre. Es un misterio para mí. El guarda me mira porque me río sola parada en la puerta. Espero que se dé cuenta de que estoy escuchando la radio. Le doy las gracias y me bajo, metiendo rápidamente las manos en los bolsillos de la campera. Sólo me queda caminar dos cuadras.

Miro la hora en el reloj cuando marco. Miro mi huella digital y me sorprendo de que, sea cual sea la forma en la que ponga el dedo, el reloj reconoce la huella. Saludo a los inspectores que generalmente andan ahí en la vuelta. Al entrar por la puerta que está al revés, paso por el pasillo al lado de donde trabaja Laurita y le doy los buenos días. Tengo que ir al box de la recepción para que la portera me tome la temperatura. Hacemos bromas, peleamos, reímos, y subo la escalera para llegar al fin al mi oficina. Aprendí a decir buenos días a todos luego de quedar (en evidencia) como una mal educada en otra oficina donde trabajaba hace muchos años. Me impresiona todo lo que he aprendido sobre la vida en este trabajo. Todos me devuelven el saludo amablemente. Si me acuerdo de sacarme la mochila, iré más liviana a lavarme las manos. La pandemia trajo cosas que llegaron para quedarse.

Al fin logro poner el agua para el mate. Voy al último cajón del escritorio; nunca pensé que sería tan igual a La González. Tengo toda una despensa en ese cajón: yerba, malva, cedrón; semillas de lino, semillas de chía, granola; un pote con hojuelas de maíz que cuando lo abra seguro estará horrible; aceite de oliva, aceto balsámico, pasas de ciruela y chocolate con naranja. Los paquetes ocupan todo el cajón. Pero no tengo grisines.

Cuando me siento en el escritorio, ya tengo el mate pronto, la chía remojando y el lino que dejé con agua en la heladera desde el día anterior. Las dos tanjerinas siguen ahí. Me pongo los lentes, ingreso al sistema y empiezo a trabajar.

Ahora empieza lo más difícil: sortear las situaciones que van surgiendo sin hablar de más. Participar en una conversación sin imponer mi punto de vista. Dejar que mi amiga no me hable sin cobrárselo; sin rencor. No intervenir en las conversaciones de los demás sin que me lo pidan. No prestar atención a lo que hacen los otros. Salir de este enojo que me carcome el alma, me tensa los músculos de los hombros y ahonda las arrugas de mis labios. Son muchas tareas que tengo que hacer en el día, metidas disimuladamente entre el tejido de la tarea por la que me pagan cada mes. La tarea paga la hago bien, tal vez demasiado bien. La haré realmente bien cuando deje de pensar en lo bien que la hago. Mientras tanto, en realidad la estoy haciendo mal. El resto de las tareas, las difíciles, las sigo haciendo bastante mal. Los avances son lentos y tortuosos, como escalar un cerro por la ladera empinada, rocosa, que no tiene mucho de dónde agarrarse.

Cuando quiero acordar, otra vez no pude. Ya pasó el momento y volví a hacer lo mismo de siempre. Intento pensar que ahora, al menos, lo veo, pero sé que eso ya no es suficiente.

 

sábado, 7 de agosto de 2021

La ventana

Me ha costado mucho trabajo; he pagado el alto precio de ser percibida en mi familia como lo que soy en realidad: una controladora, pero he logrado que en mi casa la televisión esté casi siempre apagada, sobre todo durante el día. Y es un trabajo que cumple veintiseis años, la edad de mi hijo mayor. Cuando él era chico, vivíamos en el campo, al lado de la casa de sus primos, que tenían su misma edad, así que la regla era que mientras hubiera luz, había que estar afuera jugando. No se podía prender la tele hasta que se hiciera de noche. Luego nos mudamos a Montevideo, nació mi hija menor y hubo que buscar otras estrategias para hacer cumplir la regla. Pero para entonces ya era un poco más fácil: no teníamos cable y ya no había nada para que los niños vieran en la televisión abierta.

Sin embargo, esa regla tiene sus excepciones: los mundiales de fútbol y los juegos olímpicos. En esos períodos de dos semanas, soy yo -la que creó la regla- quien la rompe. Esos días la tele está prendida casi todo el día, sin volumen. Casi siempre sin volumen, porque de noche -cuando además de estar prendida, la miramos un poco- es indispensable escuchar a los relatores de la empresa que televisa el deporte en Uruguay, que nos comparte por el canal del Estado las partes más intrascendentes de los juegos; y así podemos deleitarnos con los comentarios de Adriana. Muchas veces, es la parte más divertida del día. Ayer, de pronto, nos dimos cuenta de que hacía media hora que estábamos mirando golf.

Hoy me levanté y después de tomar tres mates le dije a mi hija que teníamos que prender la tele. Mañanas de sábado. Puse un lavado rojo, tengo en espera uno oscuro y uno blanco. Refresco la masa madre para hacer pan. Tomo unos mates más. Abro la ventana del cuarto de Manuel, la única que quedaba cerrada. Empujo los postigos de celosía de madera y los pliego sobre la cara exterior de la pared. Nico descansa en el puff; sus horas en el puff aumentan con los años. Ya es un perro con canas en el hocico. Pongo el espatifilo al sol, para que sus flores se alegren. Retiro las sábanas de las camas para que se ventilen al aire limpio de la mañana. Entretanto, la tele muestra unos clavados maravillosos. Cuando vuelvo de poner la ropa a lavar, pasamos a un partido de fútbol: Brasil-España. Me gusta el fútbol, así que me siento en el sillón gris a mirarlo. Parte del asunto de la minimización de la televisión consiste en que el living está armado de forma que la tele queda como un objeto lateral. El sillón gris me obliga a girar al cabeza a la izquierda para mirar la tele.

Me alegro. Un partido de fútbol es mucho mejor que el golf, las marathones, las innumerables carreras de remo, la natación, el tiro al blanco o el lanzamiento de martillo. Me siento en el sillón gris, con el mate en la mesa. Sin embargo, a cada rato me encuentro mirando en la dirección opuesta al partido de fútbol. Porque a mi derecha, enfrentadas con la tele, están las ventanas que dan al fondo de mi casa. A la tercera o cuarta vez que me encuentro, distraídamente, mirando por la ventana, me doy cuenta de que nunca me siento en el sillón negro porque le da la espalda a las ventanas. Todas las mañanas, cuando me levanto, lo primero que hago es levantar las cortinas para dejar que el mundo exterior entre en la casa. Es una necesidad física, biológica, que no sé explicar.

Cuando era adolescente, tenía el escritorio debajo de la ventana del cuarto. Ahí me sentaba a estudiar. Quizás eso explique lo poco que estudiaba. Todo el tiempo me encontraba con el cuaderno abierto, la lapicera en la mano y la mente perdida en el paisaje infinito que me mostraba la ventana. Un enorme eucaliptus al lado del bebedero de revoque gris empezaba el paisaje, que se escurría ladera abajo en el diseño riguroso de los cuadros de viña, cruzaba la ruta y dejaba asomar apenas la casa de la Beba, con su palmera, para finalmente internarse en un espacio infinito de praderas con monte nativo en cuyo horizonte se dibujaba el largo camino de eucaliptus y la hermosa casona de la Estancia San Pedrito. Aquella ventana era un cuadro gigante que ocupaba toda mi visión.

Los paisajes rurales del invierno son mis favoritos. Me encantan los colores de las chircas quemadas por la helada, los troncos negros de los árboles sin hojas, las ramas amarillas y rojas de los mimbres y, a veces, como esta semana, todo eso es magnificado por las nieblas matinales, que hacen que aquel sea un paisaje aún más pictórico. Desde el sillón de mi casa urbana no veo nada tan maravilloso, hoy solo veo una pared blanca al sol sobre la que se asoman apenas las plantas del jardín, atrás del esqueleto de la parra sin hojas. También se cuelan por la izquierda unas hojas de la palma kentia, adelante de la madreselva que al fin logré tener en mi casa. Pero aunque sea solo eso, me hipnotiza de la misma manera que aquella ventana del hermoso paisaje rural. Cuando miro por la ventana, mis sentidos se aquietan, mi cerebro se expande y mis pensamientos fluyen de una forma a la que jamás logré ni acercarme al hacer Savasana, para Iyengar y para mí, la postura más difícil de la práctica de yoga. Tal vez debería pedirle a Miguel que me deje mirar por su maravillosa ventana cuando la haga.

 

sábado, 31 de julio de 2021

Mi primer equipo adidas

Bajé del ómnibus en la parada de Agraciada y Gil pasado el mediodía. Tenía puesto el nuevo equipo adidas que mi madre me había traído del Chuy. Recuerdo muy bien la primera vez que me lo probé, parada frente al espejo de la vieja ropería, y descubrí que el pantalón tenía cintura y cadera, marcadas por sus tres rayas blancas a los costados que bajaban en rectas perfectas hacia los pies, para terminar en unas cintas elásticas que se pasaban por debajo de las plantas de los pies, y quedaban metidas dentro de los championes. Cuando me lo puse por primera vez, lo amé. Sin embargo, pasadas unas pocas semanas, ya no logré disociarlo del todo del día en que un hombre me siguió por la calle por primera vez.

Era viernes, volvía de la escuela. El camino desde la parada a la casa de mi abuela era por una calle ancha, de doble vía, con un gran cantero con palmeras al medio. Sólo tenía que caminar tres cuadras, pero antes de llegar a la segunda esquina, me pareció que un hombre me seguía. Primero pensé que era impresión mía. Crucé la calle para comprobar que era mi imaginación, pero él cruzó atrás de mí. Apuré el paso para volver a comprobar que era mi imaginación, pero él también apuró el paso. Así que al llegar a la parte de los pastos altos y los arbustos, empecé a correr. Ya no volví a mirar para atrás. No era necesario.

Corrí rápido. No sabía que podía correr tan rápido. Estaba segura de que el hombre corría atrás de mí. Era apremiante que corriera más rápido que nunca. Mi mayor terror era que cuando al fin llegara a la casa de mi abuela, no hubiera nadie. No pensaba en otra cosa. Corría como una posesa y rezaba para que hubiera alguien. No recuerdo quién estaba cuando finalmente llegué a la casa de mi abuela. No recuerdo si le conté lo que me había pasado a la persona que estaba en la casa. No recuerdo si lloré. No recuerdo nada de lo que pasó cuando la tensión cesó.

Miles de veces soñé con la casa de mi abuela. Muchas veces estoy con una llave intentando abrir la puerta del frente. Cuando fui más grande, me dieron la llave de la puerta del garaje; sin embargo, en los sueños siempre entro por la otra puerta. No sé por qué, pero sé que esos sueños están asociados con ese día. La sensación de no saber si la llave va a abrir la puerta se parece mucho a lo que sentí aquel día mientras corría. Por eso lo sé.

Hace un par de días volví a soñar con aquella casa. Una casa grande, de dos pisos, con un gran living con estufa a leña, un piano de cola; un comedor grande; y lo mejor, una biblioteca con dos escritorios, una máquina de escribir y una enciclopedia Espasa-Calpe, que contenía todo lo que existía en aquel mundo. Un mundo acotado, finito, que entraba entero en una biblioteca. En mi último sueño, alguien se había llevado las arañas del living y del comedor, y en su lugar había colgado unas lámparas vulgares, comunes, como las que yo tengo en mi casa. Me desperté con un sentimiento de pérdida.

A pesar de la asociación ineludible entre aquel episodio y mi pantalón adidas, lo seguí usando durante mucho tiempo, aunque seguramente en algún momento lo empecé a acompañar de buzos grandes, de punto inglés, que taparan el cuerpo adolescente que su entallado dejaba en evidencia. Mi intuición aún infantil de una época en que las cosas eran como eran, hacía asomar desde el fondo de mis pensamientos la idea de que el responsable de lo que pasó aquel día era el pantalón; o sea, yo. Un día lo vi en el fondo del cajón del ropero del cuarto de mi abuela, el cajón que nos había dejado para que guardáramos nuestra ropa. Le gustaba que tuviéramos ropa en su casa.

Hoy es el cumpleaños de mi abuela, que murió cuando yo tenía sólo dieciséis años y mi madre sólo cuarenta y cuatro. Hace más de treinta años de eso, pero aún la extraño mucho. Tal vez por eso volví a soñar con su casa.

 

sábado, 24 de julio de 2021

A mis amigas del trabajo

Era un día como cualquier otro. Llegué a trabajar al viejo local de oficinas, que antes había sido de otro ente público, a media mañana. Era un edificio con un lenguaje totalmente ochentero: una marquesina en la vereda sobre una fachada de ladrillo a la vista, aberturas de aluminio. Adentro, un cielorraso de barras de aluminio pintado color cremita con tubos lux empotrados, instalados en cajones cromados algo oxidados, algunos con tapas de rejilla, otros ya no. En algunos sectores faltaban pedazos de cielorraso, dejando ver el espacio negro, infinito, detrás de los colgajos de nylon sucio. Un aparato de aire acondicionado enorme, con una caja simil madera, estaba instalado en la pared del fondo, a la altura de los escritorios, terminando de cerrar el paisaje y de definir ineludiblemente la época en que aquel local había recibido algo de mantenimiento por última vez.

Lo único bueno que tenía aquel local era el jardín al fondo. Era un jardín lindo, con pasto -siempre alto, selvático-, muros bajos de ladrillo por donde llegaba el sonido del reggaeton del gimnasio de la vuelta, y un parrillero. A menudo nos preguntábamos qué sentido tenía un parrillero en un local de oficinas del Estado. Cuando yo llegué a trabajar ahí, me contaron que alguna vez le habían dado sentido. Pero al parecer ya no estábamos en aquellas buenas épocas. Los cuentos de las buenas épocas guardaban una cuota importante de nostalgia. Había habido una camaradería, y se había perdido.

Cuando llegué por primera vez, al pasar los banners que separaban precariamente la oficina de adelante de la de atrás, lo primero que vi fue a una chica rubia con trajecito azul -¡Oh, Dios! Aquí usan trajecito, pensé-. No demoré mucho en hacerme amiga de la chica de trajecito y en enterarme de que no era un trajecito, sino sólo un vaquero azul y una chaqueta. Había una gran mesa hecha de escritorios de cármica simil madera puestos uno al lado del otro donde se sentaban seis personas, enfrentadas de a tres por lado. Yo llegué un día de otoño, un típico día de media estación. No hacía ni frío ni calor. La ciudad empezaba a recibir las hojas de los plátanos en sus veredas de baldosas grises, comunes.

Me explicaron a grandes rasgos cuál sería mi tarea en aquella oficina. Me gustaba. Mezclaba mi profesión con algo de trabajo social. Era una propuesta estimulante. Me hacía sentir útil. Otra arquitecta entró conmigo al llamado. Las dos estábamos en el mismo puesto de la lista que había resultado del concurso del año anterior. El puesto número siete. Ella llegó al día siguiente. Habíamos obtenido el mismo puntaje en el concurso, así que habíamos quedado en el mismo lugar de la lista y haríamos la misma tarea; las primeras semanas, en la misma computadora. Nos comportábamos como si fuéramos amigas desde hacía años. Todos pensaban que nos conocíamos de antes. No deja de sorprenderme la magia que es capaz de generar el número siete.

En aquella oficina, éramos cuatro arquitectas, una escribana, un arquitecto que era nuestro gerente, un agrimensor y cuatro o cinco funcionarios administrativos. Con una funcionaria en particular generé un vínculo hermoso. A ella le debo mucho. Es una persona especial: un espíritu despierto, una luchadora incansable. Es una de esas personas que generalmente saben lo que tienen que hacer en la vida y simplemente lo hacen. Unos meses después, entró una ayudante de arquitecto, era casi una adolescente. Tímida, apocada, algo infantil. El primer día se sentó a comer en la mesa de la cocina, una mesa triste, que quedaba encajada entre las puertas de los baños. Alguien la vio y le dijo que no comiera allí. Todos comíamos en una mesa grande, en un grupo que iba creciendo a medida que pasaba el tiempo. Demoró unos días en animarse a comer con nosotras, pero se quedó para siempre. Ahora es una mujer de campo.

Una noche estaba en casa, aprontándome. Me puse ropa para salir, me pinté, me perfumé. Pasó mi hijo distraído y se detuvo al llegar a mí. Me miró desconcertado, me inspeccionó de arriba a abajo, con la mirada cada vez más sorprendida. Se detuvo en mi mirada, con esos ojos hermosos que tiene. Y con la mandíbula medio caída, me preguntó adónde iba. Voy a salir con mis amigas del trabajo, le contesté. En ese instante terminó de caer su mandíbula y se abrieron aún más sus grandes ojos verdes. ¿Y vos desde cuándo tenés amigas en el trabajo?

Aquel día, algo cambió para siempre.