Siempre es difícil salir de Montevideo, pero si es viernes de tarde, es todavía más difícil. Terminamos de trabajar a media tarde y mantenemos la ilusión de salir temprano, aun sabiendo que no vamos a salir de casa a la hora pensada. Terminamos saliendo cinco y veinte en lugar de a las cuatro, lo que tampoco está tan mal, sobre todo porque cuando nos proponemos salir temprano por la mañana, digamos a las 8, difícilmente salimos antes de las 12. Dejamos para último momento ir a revisar la rueda que pierde aire, poner nafta, revisar el agua y aceite, comprarle comida a la gata, ir a hacer las compras para llevar, llevarle las llaves de casa a Manuel que se las dejó olvidadas...
Al fin salimos, los lentes de sol con aumento no durarán mucho sobre mi nariz y tendré que cambiarlos por los multifocales, que no me gustan para manejar. Cada vez que tengo que manejar de noche me reprocho no haber ido a hacerme lentes para ver de lejos. No sé si lo haré algún día... Salimos con el mate recién hecho, pero mi gastritis ya había decidido de antemano que ese día no habría mate para mí. Como siempre, pararemos en la estación de servicio de Parque del Plata, porque ahí venden cosas de Baipa. También podré ir al baño. Mientras suena Me darás mil hijos en la radio del auto -el único lugar que nos queda para escuchar CD-, mi mente repasa la lista de todo lo que tenía que traer, un tanto atemorizada de haber olvidado algo importante. Intento dejar de pensar en eso para no preocuparme por algo que ya no tiene arreglo, pero no lo consigo, hasta que al fin recuerdo que me olvidé de la camiseta de dormir, que estaba entre el montón de ropa para doblar que quedó arriba del sillón.
El tráfico está fatal. Odio manejar en ruta cuando hay muchos autos. Pasamos La Floresta y al fin hay espacio entre los autos. Siento aflojar un poco la tensión en los hombros, pero la calma dura poco: pasando Pan de Azúcar empieza a bajar una niebla que se te tira encima como los fantasmas en las malas películas de terror. Ya es de noche y no me gusta manejar en ruta de noche. Los bancos de niebla aparecen y desparecen acompañando los cambios de altura de las sierras, y con ellos, la tensión. Cuando quiero acordar estoy de nuevo encaramada sobre el volante. Las chicas preguntan cuánto falta desde el asiento de atrás. Falta mucho contesto yo. Ahora suena otra cosa en la radio. La gastritis se queja del largo día que le hice pasar, de lo difícil de manejar de noche, en ruta y con niebla.
Llegamos a Rocha. La ciudad luz es una ciudad sombra blanquecina con olor a humo y zorrillo. Al entrar en la ruta 15, la niebla se pone más espesa. Los bajos de los arroyos bordeados de palmeras se hacen eternos. La fila de autos que vienen detrás no se mueve de ahí, no sé si será porque confían en mi sabiduría canaria para manejar en ruta con niebla o porque prefieren que alguien, quien sea, les abra paso en aquel paisaje macabro. No pasamos de 80 kilómetros por hora. Aunque me ronda el arrepentimiento de no haber aplazado la salida hasta la mañana siguiente, consigo neutralizarlo ante la certeza de que no hubiéramos salido antes de las 12. Vengo con expectativas adicionales porque creo que en La Pagoda está ese libro de Lucía Berlín que leí, del que no me acuerdo el nombre, ni de qué se trataba, ni nada. Sólo recuerdo su foto en la contratapa, una mujer hermosa con unos ojos únicos y un cigarro entre los dedos. Mi memoria es tan caprichosa que no lo puedo creer.
Tengo que ir despacio y tranquila, y aprovechar las partes de claridad, cada vez más escasas, para aflojar un poco el estómago crispado, y los hombros y la mandíbula alertas. Amanecer el sábado en La Pagoda vale el sacrificio. Se instala ese pensamiento. Dejo que se instale. Al entrar en la ruta 10, la niebla se poner aun peor. Ahora vamos a 60. Conozco este tipo de rutas, suele haber gente en los bordes, en moto o en bicicleta o caminando. Cada vez se ve menos. Acá vamos a tener que ir más despacio porque es un peligro, pienso. A la altura de Arachania nos cruzamos con dos ambulancias; luego el policía detiene el tránsito. El accidente es grande. La puta madre. La vida es una mierda, como dice el Flaco.