El problema de la basura
En mi casa hay un cuartito donde tenemos el lavarropa, el canasto de la ropa sucia, un cajón con el pedido del supermercado que hacemos mensualmente en un súper más barato, la caja de las herramientas y bollones vacíos para cuando envaso algún dulce. El resto del lugar está lleno de juguetes, ropa y zapatos para distribuir cuidadosamente en una cadena que va desde la hermana menor de mi hijo mayor, pasando por la persona que me ayuda con las interminables tareas de la casa, mi tía, que tiene una tienda de ropa usada, y una mujer que hace doce años que viene algunos sábados a buscar ropa con sus hijos, a los que orgullosamente manda a la escuela. Los vi crecer, desde el mayor que ahora sale con ella los sábados hasta el chiquito que tenía dos o tres años cuando empezó a venir a casa.
Todos esos objetos ocupan un lugar impresionante, porque además recibimos ropa de amigos y parientes para incorporar a la cadena.
A esta altura, más de uno se estará preguntando dónde reside el interés de mis intimidades domésticas. Pues bien, hace un rato fui al contenedor a tirar la basura, pero cuando levanté la tapa, lo que vi fue una enorme cantidad de ropa en muy buenas condiciones y un bañito para bebé.
Estoy un poco aburrida de ver indignados en las redes sociales por el tema de la basura, pero no me voy a detener en la gestión pública de los residuos, eso sería tema para abordar seriamente, no en un escrito simple y doméstico como éste. Sin embargo, justamente es la parte doméstica del problema lo que me interesa.
En alguno de los muchos artículos de ecología que han pasado por mis manos leí que los residuos no son más que un recurso en el lugar equivocado, y me abracé a esa idea y he vivido con ella todo lo más que he podido. Y es mucho. Uno puede mucho. Mucho más de lo que parece.
El Estado Benefactor de Batlle y Ordóñez, que tantas cosas buenas nos enseñó, también nos educó para ser pasivos frente a todo lo colectivo. Estamos sentados en casa esperando que el Estado se ocupe de esto y aquello. Claro que el Estado tiene que ocuparse de muchísimas cosas, pero nosotros, los ciudadanos, podemos ocuparnos de muchísimas más.
Ahora en un rato voy a salir a hacer algún mandado con el perro y mi hija en bicicleta, y seguramente va a haber un montón de cosas desparramadas alrededor del contenedor. Basura y cosas. Y ahí voy a escuchar a mis vecinos protestando porque la Intendencia no limpia, porque los que pasan en los carritos son unos mugrientos, porque...qué sé yo.
Golpearon la puerta. Tengo que arreglar el timbre de una vez. Es una chica con un niño pidiendo ropa. A veces se rompe la cadena.
Pero...¿cómo resolver el problema de la basura?
En ecología hay un paradigma que dice que es mucho más fácil revertir los conflictos ambientales en la generación de los mismos que en las consecuencias. Es una premisa que nos queda muy cómoda: es el Estado el que tiene que intervenir en la generación de los conflictos, que son creados por empresas que no se hacen cargo de sus residuos, del tipo de sean.
Lo que pasa con los residuos domiciliarios es que no hay posibilidad de sentarnos en el sillón a indignarnos, porque los que estamos generando el problema somos nosotros. La gente revuelve el contenedor de la basura porque ahí hay cosas que no son basura. Botellas de plástico, latas, recipientes descartables, vidrio, comida, ropa, bañitos de bebé. ¿Y quién es el responsable de eso? ¿La Intendencia? ¿La gente que trata de ganarse la vida en los contenedores?
Si tiramos al contenedor únicamente basura, reducimos muchísimo el volumen, minimizando los desbordes de cada lunes. Y ahí sí estamos en condiciones de exigirle al Estado que nos facilite las condiciones necesarias para poder reciclar como corresponde.
Como sociedad tenemos que salir del sillón vencido que nos succiona como un agujero negro.Y los que estamos en mejores condiciones tenemos la obligación de dar todo de nosotros. Todo. Lo que nos queda cómodo y lo que no.
Arq. Elina Olivera
Arq. Elina Olivera