Cuando tenés un hijo, todo el mundo te dice que lo disfrutes, que crecen tan rápido... Y una está en medio del puerperio, con puntos y heridas en lugares terribles, con dolor e inflamación en cada centímetro de tu cuerpo, al servicio de la criatura 24-7, sin un momento para bañarte, con los pelos desgreñados, todavía usando las mismas calzas descoloridas que llevaste durante todo el embarazo y sin dormir desde un mes antes del parto. La palabra disfrutar no entra en esa realidad ni con un calzador de los largos, de esos que usan las personas que no se alcanzan los pies.
En medio de esa realidad unimodal, conformada por cuatro o cinco actividades que se repiten como las palabras de los locos en círculos concéntricos haciendo eje en el bebé, aparece de repente una sonrisa increíblemente hermosa, una mano prensil que se agarra de tu dedo meñique con una fuerza que resulta desproporcionada respecto a su tamaño. Y esos pequeños instantes desencadenan una enorme felicidad desconocida hasta ese momento, una felicidad que se sobrepone al sueño, a los puntos, al dificilísimo estado emocional. Es una felicidad que llegó para quedarse en esta vida, volverá con cada avance, con cada pequeño paso hacia la autonomía, con los amigos que eligen, con cada comprobación de que son buenas personas.
En un momento, ellos empezarán a asomarse a la adultez y nosotros empezaremos a pegar la vuelta. Las fiestas ya no nos valdrán la resaca del día siguiente, ni el bajón de presión, ni casi ningún sacrificio. Y tus hijos se reirán de vos, igual que vos te reías de tu madre, y te acusarán de vieja careta, y reiremos juntos. Es como si la juventud no pudiese seguirnos el tranco y quedara rezagada frente a nuestra testarudez de querer seguir haciendo las mismas cosas, usando la misma ropa y mirando al mundo con la misma mirada entusiasta. Es así, nos resistimos a que el tiempo penetre en nuestro interior; ya bastante que lo dejamos manifestarse en el pelo, la cara, ... y en casi todo lo que se ve.
Nuestros hijos, a su vez, nos van a mostrar que de algún modo siguen siendo los mismos, solo que más grandes y más libres. Se van a enojar con los partidos de fútbol exactamente igual que cuando eran niños: seguirán vociferando como desquiciados contra los jugadores, los jueces, incluso los relatores. O se emocionarán con las mismas películas, con las ceremonias que a nosotros también nos conmueven, sabiendo que estaremos orgullosos de ver que se nos parececen. Aprenderán a discernir cuáles vivencias familiares les gustan, o les son útiles, o les divierten. Y nosotros tendremos que empezar a soltarlos y confiar en ellos, porque ya nos demostraron infinitas veces que podemos confiar, y ahí tendremos que seguir con nuestras vidas, y, una vez levadas las anclas y sin el cable a tierra de las infinitas tareas, retomar nuestro viaje.
Una vez más, igual que cuando nos sacaron del camellón, estaremos solos en la vida.