A veces me pregunto cómo es posible que las cosas se programen de una forma tan perfecta. Las tazas descansan ahora sobre el mantel a cuadros donde antes tomaron el té. A mí me desvela el té; también me desvela la coca cola, el café y el mate. De tarde sólo tomo té verde, a veces con una mezcla de jengibre, canela, cúrcuma y cardamomo.
La afinidad me maravilla. Es una especie de magia que conecta a las personas; pero también conecta personas y situaciones, lugares y tiempos. Es una fuerza invisible que define inevitablemente nuestras vidas, provocando algunos sufrimientos, pero muchas más alegrías. Cada una tiene una vida bien definida, diferente a la de las otras dos; sin embargo, cada encuentro es igual a todos los otros. No importa si dura varios días o sólo un par de horas; no importa lo que hagan cada día con sus vidas, las rutinas, los trabajos, las personas que las acompañen, o las circunstancias que enfrenten en el día a día. El hechizo de cuna permanece ahí, inmutable.
Algunas cosas parecen casualidad, y uno las tiene tan naturalizadas que le parecen normales. Sin embargo, si alguien que acabas de conocer te cuenta algo así, seguramente te resultaría sorprendente. En una familia de once hijos, en medio de la tanda de los grandes y la tanda de los chicos, nacen tres hermanas mujeres seguidas. Son muy parecidas físicamente y lo comparten todo en la infancia. Aunque las tres se casan con hombres completamente distintos, lo hacen en el correr de poco tiempo y tienen tres hijas el mismo año. Algo pasa ahí: las niñas generan un enlace iónico indestructible. Cada evento familiar estarán juntas: así será desde el día uno. No sé si a alguien le llama la atención, no sé si las madres identifican desde el inicio esa unión indestructible. Sólo sé que hay fotos de todas las épocas, fotos anteriores a los cuatro años, cuando uno se olvida de todo para empezar de nuevo, y ellas ya están juntas. Luego seguirán juntas. A partir de la adolescencia no perderán la oportunidad, en cada evento familiar, de llamar al que tenga una cámara de fotos colgada del cuello para que les saque una foto.
Con los años se percatan de que han sido un tanto crueles, porque resulta que aquel elemento que dio origen a este compuesto unificado sólo permite que se enlacen tres, no admite dos ni cuatro. Por lo tanto, en este sistema cerrado no entra ni sale nadie. Simplemente es así; todos lo saben. Aunque sus madres intenten -muy tarde ya- que incluyan a alguien más en la masa ya definitivamente indivisa, ellas simplemente no lo conciben. Y no es que no quieran, es que no es posible. Algunas veces, como conjunto, comparten con otros un espacio, un tiempo o un reír, pero será siempre sin romper los enlaces entre ellas. Es que realmente es imposible romperlos. No es que ellas no quieran, es que no pueden. Se lo explican a sus madres, pero no lo entienden.
Pensaron que cuando se casaran vivirían las tres juntas en la casa de sus abuelos, el lugar donde todo empezó. Pensaron que no era posible crecer y construir sus vidas por separado. Muchas veces imaginaron cómo sería, qué cuartos ocuparía cada una, cuántos hijos tendrían. Pensaron que repetirían aquellas ceremonias para siempre tal cual las vivieron ellas de niñas. Pensaron que sus familias serían también un sistema indiviso y que simplemente se agrandaría la masa y el volumen del sistema.
Ahora son grandes y cada una vive en su casa. Sus familias no son una extensión de ese compuesto inseparable, pero no importa. Tampoco lo necesitan en realidad. Sólo necesitan verse las caras, buscar sus miradas, decir tres letras, tal vez cuatro. Luego todo vuelve a suceder: el sistema entra en simbiosis una vez más, estrechando aún más los enlaces iónicos, acercando más aún -si acaso es posible- sus almas. Es un extraño proceso infinito.
Sus madres vivieron sus vidas y ahora, que ya son mayores, se juntan cada martes, tal vez repitiendo conversaciones eternas, tal vez recordando sus infancias, su casa natal, sus antiguas vidas. Con el tiempo, el pasado se nos vuelve a venir encima, como una manta suave y tibia que se posa sobre nuestros hombros.
Ellas miran a sus madres y las aman. Ellas se miran y también se aman.