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Ensayos breves sobre el divagar_
textos publicados en 2020. Corrección: Mariana Mendizábal

CV arq Elina Olivera


Proyecto de carpeta, Las Piedras, 2011

Proyecto de carpeta, Las Piedras, 2011
afuera posterior. Render: 3dsc studio
Para el curso de Proyecto, tesis de grado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República, se diseñaron tres edificios para el Parque Artigas de la ciudad de Las Piedras, implantados en el proyecto urbano ganador del 2° Premio del Concurso de la Intendencia de Canelones para dicho parque.
Se desarrolló a nivel de proyecto ejecutivo uno de los tres edificios, llamado Unidad de Gestión (nombre retomado del equipo ganador del 2° premio del Concurso), implantado en el sitio donde está actualmente el mausoleo.
Es un edificio multiprogramático, pensado como parte de un proyecto de equipamiento urbano para la ciudad de Las Piedras y sus conurbanos lindantes.
Contiene una Sala de exposiciones y eventos junto a una cafetería en la planta baja y dos oficinas para la IMC y Administración.
En el Primer nivel, tiene una Biblioteca|Mediateca y cuatro oficinas para Organizaciones Sociales Locales.
En el Segundo nivel, tiene una Sala de conferencias para 110 personas y cuatro oficinas más para Organizaciones Sociales Locales.

Un gran espacio en planta baja con triple altura, que hace de atrio en los tres niveles, es coronado por un techo traslúcido de policarbonato, jerarquizándolo.
El edificio es una caja de vidrio, de planta libre atravesada verticalmente por un cuerpo sólido donde se alojan los servicios y circulaciones verticales.
La envolvente de vidrio es un curtain wall de doble piel, con una cámara ventilada transitable pensada para acondicionar termicamente el edificio de forma natural la mayor parte del tiempo posible, dejando el aire acondicionado para los días con condiciones climáticas extremas.

Proyecto conjunto con Martha Spinoglio


interior planta baja. Render: 3dsc studio

CASAS DE CAMPO

La percepción espacial en el territorio rural es completamente diferente a la del medio urbano. El diálogo adentro-afuera es muy intenso, las percepciones de los espacios interiores están en función de los paisajes que aprecen en las ventanas, como cuadros vivos.
La iluminación natural tiene un rol protagónico en los espacios interiores, que combinada con la espiritualidad de quienes habitan la casa, generan un ambiente muy especial cargado de significados.

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Piqueréz-Eguren. El Colorado. AMPLIACIÓN

Vivienda Piqueréz-Eguren. El Colorado. AMPLIACIÓN
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Tutté-Maldonado. Melilla. REFORMA

Vivienda Tutté-Maldonado. Melilla. REFORMA
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Sanguinetti. El Colorado. OBRA NUEVA

Vivienda Sanguinetti. El Colorado. OBRA NUEVA
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

CASAS URBANAS

Espacios a veces más introvertidos, a veces más abiertos. La ciudad muestra sus escenarios intramuros.

Diseño interior

Diseño interior
cocina montevideana. Vivienda Sanguinetti-Larriera. Foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda. Familia Duarte-Olivera. 2010

Reforma de una vivienda unifamiliar.
La casa se abre francamente hacia el fondo, percibiendo esta apertura desde la entrada. La luz natural que entra en la fachada posterior empuja al visitante hacia el alma de la casa: el estar-cocina-comedor, totalmente abierto hacia el espacio exterior posterior.
La calefacción es enteramente a leña y el agua caliente es generada por un calentador solar, ubicado en el techo de la vivienda.

Vivienda Duarte-Olivera

Vivienda Duarte-Olivera
desde el acceso

parte de fachada posterior

Isla de Flores. 2007

Intervenir sin intervenir

Se buscó una intervención mínima en un sitio muy particular, donde inundan las ganas de no tocar mucho nada. El contacto directo con la historia a través de las ruinas carcomidas por el tiempo es avasallador.
El lugar da y pide paz. Planteamos esta mínima intervención y una agenda de eventos posibles para las distintas épocas del año. Se trató de abordar la gestión, aunque fuera a nivel de intenciones.

Autoras: Elina Olivera y Catalina Colo

Primer premio Concurso de ideas Isla de Flores

Primer premio Concurso de ideas Isla de Flores
Taller Perdomo. Facultad de Arquitectura. UdelaR

jueves, 24 de diciembre de 2020

HOY El Beto te desea Feliz Navidad

 

Si me hubiera dado cuenta a tiempo de que hacía tanto calor, me habría cambiado de ropa. El sol pegaba de lleno en el parabrisas del auto, haciéndome detestar el vaquero. Había que pasar por lo de mis tías, pero esta vez no sería para tomar el te, ni comer cosas ricas, ni ver a mis primas como en otras tantas ocasiones. Mi madre nos esperaba en su casa. Había que llegar a tiempo para estar un rato con ella y pasar a la vuelta por lo de Esther para saludar a los muchachos.

Parar en lo de Beittone a comprar una cocucha efervescente se presentaba como un consuelo para paliar la desazón. Redactar el obituario fue todo un desafío: no era fácil encontrar la manera de poner a los que ya no están, intentando conciliar las complejidades de una familia tan atípica. Y así fue pasando la tarde, tomando el té y comiendo los alfajores de maicena destinados a la comida navideña, mientras intentábamos evocar las reuniones de los martes, buscando sin éxito que fuera como un martes cualquiera.

Ellas recordarán otros martes, cuando estaban todas. Yo intentaré estar ahí sin intervenir (siempre me cuesta mucho no intervenir, no opinar, sólo participar amorosamente). A la vuelta pasamos por las mismas calles por donde andaba en bicicleta cuando era chica, por las avenidas por donde iba a la casa de mi padre, reconociendo algunos paisajes y sorprendiéndome por la transformación de otros. Las casas quintas, antes grises y abandonadas, ahora están hermosas, pintadas, pero algunas de las viejas tiendas de barrio siguen iguales, con las marcas del paso del tiempo en sus carteles descoloridos.

Al día siguiente tendría que volver a hacer el viaje hasta la casa de mi madre, atravesar la ciudad, tomar la ruta, y luego el viejo camino de las quintas y los árboles frutales. Cuando florecen los durazneros es como si uno se adentrara en un paisaje onírico, como si se abriera una falla geológica justo en medio del color rosado. Espero todo el año a que llegue ese momento. Al pasar hoy por el camino reímos al ver un cartel que rezaba: “HOY El Beto te desea Feliz Navidad”. ¿Por qué solo hoy nos desea feliz navidad El Beto? En todo caso, qué suerte que pasamos justo hoy. Al llegar a la portera, la veremos venir cruzando campo, como le gusta a ella, casi corriendo. Va a colgar la cartera del medio de la portera y va a pasar por encima como cuando éramos chicos, aunque tenga setenta y ocho años. Ella es así.

A mediodía estaré volviendo hacia Montevideo. Después de ir y volver tantas veces en menos de 24 horas, me doy cuenta de que, por primera vez, lo hago sola. Suena una melodía apacible en la radio del auto. Ahora que estoy sola, ya puedo prender el aire acondicionado. Miro el camino nuevamente, pienso que al fin y al cabo, debo agradecer por poder hacer lo que tengo que hacer. Me gana un sentimiento de satisfacción y una alegría sencilla, modesta. De pronto, una suave brisa provoca una llovizna de flores amarillas sobre el camino inmediatamente antes de que yo pase, como si fuera uno de esos efectos navideños de los shoppings, pero de verdad.

Llegando al lomo de burro, tengo que aminorar la marcha. Algo me llama la atención a la izquierda. Moviendo ambos brazos vehementemente, veo a un hombre detrás de una mesa con mantel y cosas que parecen aderezos en varios recipientes. Detrás: un fuego controlado con los chorizos sobre la parrilla. Al principio no entiendo a quién saluda, miro para los costados, pero no hay nadie; sólo estamos él y yo. Él con una enorme sonrisa y sus dos brazos en alto moviéndose de lado a lado. Yo, en el auto. Entonces me doy cuenta: me está saludando a mí. Claro. Al bajar un poco la vista veo de nuevo el cartel ¡Es Beto! Un desconocido. Y me está deseando una Feliz Navidad. Le devuelvo el saludo con tanto asombro como alegría.

El auto retoma su marcha mientras veo por el espejo a Beto que se aleja y las flores sobre el camino, dejando para el próximo que pase una hermosa alfombra amarilla.

sábado, 19 de diciembre de 2020

Horarios y costumbres

 

Cuando tenés un hijo, todo el mundo te dice que lo disfrutes, que crecen tan rápido... Y una está en medio del puerperio, con puntos y heridas en lugares terribles, con dolor e inflamación en cada centímetro de tu cuerpo, al servicio de la criatura 24-7, sin un momento para bañarte, con los pelos desgreñados, todavía usando las mismas calzas descoloridas que llevaste durante todo el embarazo y sin dormir desde un mes antes del parto. La palabra disfrutar no entra en esa realidad ni con un calzador de los largos, de esos que usan las personas que no se alcanzan los pies.

En medio de esa realidad unimodal, conformada por cuatro o cinco actividades que se repiten como las palabras de los locos en círculos concéntricos haciendo eje en el bebé, aparece de repente una sonrisa increíblemente hermosa, una mano prensil que se agarra de tu dedo meñique con una fuerza que resulta desproporcionada respecto a su tamaño. Y esos pequeños instantes desencadenan una enorme felicidad desconocida hasta ese momento, una felicidad que se sobrepone al sueño, a los puntos, al dificilísimo estado emocional. Es una felicidad que llegó para quedarse en esta vida, volverá con cada avance, con cada pequeño paso hacia la autonomía, con los amigos que eligen, con cada comprobación de que son buenas personas.

En un momento, ellos empezarán a asomarse a la adultez y nosotros empezaremos a pegar la vuelta. Las fiestas ya no nos valdrán la resaca del día siguiente, ni el bajón de presión, ni casi ningún sacrificio. Y tus hijos se reirán de vos, igual que vos te reías de tu madre, y te acusarán de vieja careta, y reiremos juntos. Es como si la juventud no pudiese seguirnos el tranco y quedara rezagada frente a nuestra testarudez de querer seguir haciendo las mismas cosas, usando la misma ropa y mirando al mundo con la misma mirada entusiasta. Es así, nos resistimos a que el tiempo penetre en nuestro interior; ya bastante que lo dejamos manifestarse en el pelo, la cara, ... y en casi todo lo que se ve.

Nuestros hijos, a su vez, nos van a mostrar que de algún modo siguen siendo los mismos, solo que más grandes y más libres. Se van a enojar con los partidos de fútbol exactamente igual que cuando eran niños: seguirán vociferando como desquiciados contra los jugadores, los jueces, incluso los relatores. O se emocionarán con las mismas películas, con las ceremonias que a nosotros también nos conmueven, sabiendo que estaremos orgullosos de ver que se nos parececen. Aprenderán a discernir cuáles vivencias familiares les gustan, o les son útiles, o les divierten. Y nosotros tendremos que empezar a soltarlos y confiar en ellos, porque ya nos demostraron infinitas veces que podemos confiar, y ahí tendremos que seguir con nuestras vidas, y, una vez levadas las anclas y sin el cable a tierra de las infinitas tareas, retomar nuestro viaje.

Una vez más, igual que cuando nos sacaron del camellón, estaremos solos en la vida.

 

sábado, 12 de diciembre de 2020

Siete_ 1

 

El amanecer de cada día es lento y tortuoso. No sé por qué, pero cuando suena el despertador, el cuerpo pesa veinte o treinta kilos más que en el resto del día. El contacto con el colchón es intenso, siento como sostiene cada centímetro de mi cuerpo apoyado en él. La almohada es como un pecho masculino en un abrazo cálido, de esos de los que una mujer no quiere salir nunca más. Tal vez todo sea porque sé que, una vez en pie, hay que correr. Tal vez porque la vida en los sueños no exige que tomemos decisiones, que nos hagamos cargo de nuestras elecciones, de nuestras palabras y nuestros actos.

Una vez que la lucha de quince minutos es ganada por el sistema productivo en el que estoy inserta, mi cuerpo se aliviana lo suficiente como para levantarme de la cama, calentar la taza de té y sentarme en el sillón. Sin embargo, es un logro bastante relativo, ya que me voy a sentar en el sillón en un angulo tan horizontal como sea posible. Lograr que mi cuello sostenga la cabeza ya será otro asunto, también arduo y dificultoso: mi última conquista de cada mañana.

Debo confesar que siempre he tenido pereza. Desde que tengo memoria, el mundo exterior, el mundo de los esfuerzos físicos, no me interesa. En vez, el mundo interior, el imaginario, donde las cosas son exactamente como yo quiero, se me hace mucho más interesante, más satisfactorio y más cómodo: es un mundo perfecto, donde todo sale siempre como yo quiero. Todo lo contrario del mundo real, que está lleno de trabajo, de cosas que resolver, de errores, de respuestas incorrectas; de decisiones que hay que tomar y de consecuencias que hay que asumir.

¡Cuánto trabajo! Viéndolo así, es comprensible que no me quiera levantar. En el momento de abandonar el sueño, en algún lugar de mi mente se prende una lucecita roja, diminuta, casi imperceptible en la conciencia, que advierte a mi inconsciente de lo que me espera, de que claramente no es conveniente para mí despertarme. Que mi cuerpo y mi cerebro tendrán que iniciar otra vez el movimiento de los engranajes, con el gasto energético que implica el arranque, el paso de la quietud al movimiento. Una vez que ya arrancó, bueno... se sigue casi de forma autómata, casi por inercia, con el consumo de energía propia de la velocidad crucero. Y a ese funcionamiento automático, se acoplan las respuestas y acciones también automáticas, que salen así como vienen, como han venido siempre.

Mis días transcurren de esa forma, en función de mis saberes adquiridos, muchísimos equivocados, incorrectos, basados casi exclusivamente en la repetición; aprendidos a fuerza de seguir el consejo del colchón, de la almohada y del sillón, y consuetudinariamente repetidos, aun conociendo sus impurezas, sus aristas hirientes, su potencial destructivo. Para cambiar esas respuestas automáticas por otras mejores, tendría que lidiar más a fondo con mi pereza, detenerme a soñar despierta con una mejor versión de mí y trabajar duro para encarnarla.

Puede que todo esto explique por qué me gusta escribir divagues, diseñar espacios, cantar canciones compuestas por otros. Todo eso se gesta en mi cabeza y no me exige mayor esfuerzo físico, es cuestión de sentarse y plasmar lo imaginado cargado de emotividad. Pero tal vez, es justamente en el esfuerzo cotidiano de entrar al canal de expresión por donde se traslada todo acto creativo para encontrar al otro e intentar conmoverlo donde reside mi salvación.

 

sábado, 5 de diciembre de 2020

De qué hablamos?

 

Hace unos días descubrí en el Diccionario filosófico de Voltaire que Babel es el nombre bíblico de Babilonia. Lo descubrí después de embarcarme en una meticulosa investigación que empezó en La trilogía de Nueva York, siguió con consultas a algunos parientes, y una búsqueda en el Viejo Testamento, para finalmente desembarcar en Google, una vez más, donde encontré ese diccionario. Dediqué casi toda la tarde a esa tarea, con una atención adrenalínica. Estaba en mi casa esos días, así que tenía tiempo, y lo invertí con enorme alegría en esa búsqueda casi inútil. Una búsqueda que solo iba a ser redituable en términos de curiosidad, aunque muchas de las cosas que aprendí las voy a olvidar muy rápido, si es que ya no las olvidé, como casi todo.

Sin embargo, dedicar toda esa energía a la búsqueda de ese tipo de conocimiento siempre ha sido una especie de droga para mí. Desde niña me han fascinado ese tipo de tareas. Mi memoria vino defectuosa, hasta el punto de ver una película una noche y a la mañana siguiente no recordar de qué se trataba y mucho menos cómo se llamaba; exceptuando esas pocas películas que me dieron vuelta la cabeza, que me transformaron. Jamás logré recordar fechas, enumeraciones, tipologías. ¿Para qué querría saber ese tipo de cosas?

Mis mejores anécdotas, con las que más he divertido a mi familia, relatan enormes humillaciones parada debajo del pizarrón, intentando repetir nombres de huesos, ríos de América, tablas, o fechas y hechos históricos sin sentido para mí, mientras la clase entera, el maestro o profesor incluido, me acribillaban con la mirada. Y yo ahí, parada, fortaleciendo mi resistencia interior. No solo no lo había memorizado, ni siquiera lo había estudiado. No me interesaba. Claro que el recuerdo de esos momentos quedó grabado a fuego en mi memoria, pero la profunda convicción de que esa información era completamente inútil me ayudaba a mantener la entereza.

Mi mente funciona bien cuando puede meterse en un espacio disparado por un interés que aparece casualmente y entra por un túnel hecho de cuestiones ligadas a ese interés original. Cosas irrelevantes pero que se atan al interés disparador de una forma robusta, siendo más importante esa atadura que los eventos que ata. Es más interesante el hilo conductor que los hechos que conecta. Los hechos seguro que voy a olvidarlos rápidamente, pero el hilo conductor que hilvana todos esos pensamientos va a quedar grabado en mi cerebro, tal vez para siempre, llegando a veces a ser el disparador de un nuevo proceso inquieto.

Mis hijos me preguntaron muchas veces para qué tenían que estudiar determinadas cosas que, según ellos, no les servían para nada. Y debo confesar que les contesté con las respuestas que algún adulto me había dado a mí cuando hice esas mismas preguntas, cayendo en uno de los peores pecados: responder lo mismo que nuestros padres a preguntas para las que no tenemos respuesta. Tal vez por miedo a dejar en evidencia que no tengo todas las respuestas... tal vez por miedo a que me desafiaran... tal vez solo por miedo.. Ahora creo que podría contestar al menos algunas de sus preguntas: hay que estudiar matemáticas porque es hermosa, y también porque ayuda a desarrollar algunas partes del cerebro y del pensamiento abstracto, y no conozco otras herramientas más eficientes para eso. Hay que estudiar Idioma Español porque ver la estructura invisible que sostiene la lengua nos adentra en una dimensión fascinante. No hay que memorizar nada. Hay que seguir cada inquietud como un sabueso e intentar a toda costa encontrar el espíritu que hay detrás de cada búsqueda de conocimiento. Todo lo demás, no importa.

sábado, 28 de noviembre de 2020

Covicho 13 - Gusi 0

 

Murió Diego Maradona pero la discusión inlaudable de quién es el mejor jugador de la historia está más viva que nunca. En su versión más clásica, tiene a Pelé y Maradona como protagonistas. Pero la discusión también puede girar en torno a Messi y Maradona. O puede enfrentar al astro argentino con Cristiano Ronaldo, o Ronaldo, o Ronaldinho. Sea quién sea el contrincante, no es posible hacer una afirmación de esa naturaleza. No es posible definir las variables para hacer estadísticas, ni su incidencia en lo que estamos midiendo o en los resultados que obtuvieron, porque el momento histórico es diferente para cada uno; porque las condiciones -el entorno, la liga, los compañeros de cuadro- son diferentes; porque la personalidad de cada uno es diferente y también lo es su capacidad de enfrentar las victorias y las derrotas.

Yo, que también tengo mis contradicciones, y aun entendiendo la imposibilidad de medir de manera más o menos objetiva la carrera de uno y otro, me encuentro hinchando por tal o cual, dependiendo del humor y del día. Pero todo esto nada tiene que ver con el fútbol en realidad, son cuestiones de la vida... opciones... posturas filosóficas.

Hoy estamos en medio de una situación global muy extraña, con un planeta semi paralizado por una enfermedad que apareció como antes habían aparecido otras, pero que, por alguna razón un tanto misteriosa, detuvo al mundo. Y en medio de esta confusión generalizada, también tenemos la necesidad de defender una posición; y así, yo, una vez más he tomado partido. He tomado partido de la misma manera subjetiva que discuto quién es el mejor jugador del mundo, con las mismas variables y condiciones indefinidas; con mi natural desconfianza en los poderes establecidos; con empatía con los que protestan contra un sistema perverso, que ahora se dedica a encontrar culpables.

No importan mucho las personas, qué cosas viven, con qué tienen que lidiar. No está bien abrazar a tu madre, no está bien juntarte a almorzar un domingo con tu padre, no está bien ir a acompañar a tu tía que está internada sola y bastante mal. Lo importante es encontrar un culpable y quemarlo en la plaza pública de hoy.

Sin embargo, a medida que pasan los días, me voy dando cuenta de que el enojo no me está sirviendo de nada y tengo que dejar de tomar partido. No tiene sentido defender la teoría de la conspiración, ni pedir a gritos que, si van a medir enfermedades, que las midan todas, ni otro montón de reivindicaciones que le estoy haciendo a nadie y a todos desde marzo. Nada de eso importa en realidad. Lo único que importa es la situación en la que estamos y lo que cada uno de nosotros puede aportar individualmente. No importa si es justo, si hay intereses creados, si estoy de acuerdo o no con las decisiones que se están tomando. Lo único que puedo hacer ahora es ponerme el tapabocas, aceptar las condiciones que me son dadas y no puedo cambiar, y callarme la boca.

domingo, 22 de noviembre de 2020

El Padrino IV

Cuando leí a Mario Puzo mi mente viajó por lugares que no me eran del todo desconocidos, tal vez reproduciendo las imágenes que se gestaron en la cabeza de Coppola antes de que las materializara en sus películas. Imágenes de familias numerosas con niños correteando en el jardín, en actividades que quizá lindaban con lo delictivo, bajo la batuta de alguno de los primos mayores, de esos que siempre tienen ideas incorrectas pero terriblemente tentadoras y divertidas; ideas que pueden terminar en reprimendas, pero que, bajo el amparo de lo colectivo, suelen quedar impunes.

En el centro de la imagen están los adultos sentados alrededor de una mesa llena de comida, hablando todos a la vez, gritando para tratar de que alguien los escuche. La comida es lo esencial: cada tía tiene una especialidad salada y una dulce, y todos saben de antemano el repertorio que se van a encontrar sobre la mesa, cumpliendo las expectativas y las tradiciones que se fueron imponiendo a fuerza de pura repetición.

Los niños no están muy interesados en la comida, pero cada tanto se dan una vuelta por la mesa y pican algo a las apuradas. Ellos no tienen un lugar en la mesa, tampoco les hace falta. Solo necesitan que los adultos no intervengan en sus juegos, que se olviden de ellos por un rato, que no se preocupen si hace frío o si están en un lugar peligroso. A la hora del postre van a venir todos sin falta, eso seguro. Mientras tanto, seguirán al líder de turno o estarán por ahí, alimentando la camaradería que vivirá por siempre entre ellos, aún cuando las elecciones de la vida los vayan diferenciado inexorablemente. Esa es la naturaleza del lazo en las familias italianas arquetípicas.

Cuando la manada de niños deja de entusiasmarlos, los adolescentes empiezan a revolotear en la mesa de los grandes. Es más divertido comer y escuchar las conversaciones de los grandes, para luego apartarse y burlarse a sus anchas de lo que hablan, sin vislumbrar, ni por asomo, que no muchos años después serán ellos los que estén alrededor de la mesa, hablando más o menos de las mismas cosas. Así es la juventud: una etapa que uno piensa que va a durar para siempre, tal vez porque el tiempo es todavía un poco como en la infancia: eterno, gigante, infinito.

Pasan las décadas y las reuniones siguen siendo más o menos iguales. Tal vez cambie algún plato, porque aún en estructuras un tanto rígidas, la vida es movimiento. También cambiarán algunas de las personas que están alrededor la mesa y los niños que corren en el jardín. Hoy en día, los niños ya no son tan independientes como éramos en los ‘70, ya no están tan al margen del mundo de los adultos. Ya no pueden desaparecer durante horas sin que sus padres salgan a buscarlos y los obliguen a quedarse donde puedan verlos. Es una pena. De todos modos, ellos siguen forjando su independencia y su pertenencia al clan: nadie les dice qué tienen que hacer ni cómo tienen que jugar.

También es habitual que alguno de los adultos se divierta con los niños, los arengue a hacer cosas, los lleve de a seis o siete en moto por el jardín, o en enormes carros sin barandas tirados por un tractor, todos juntos, niños grandes y niños chicos. Los más grandes cuidarán de los chicos, no hay de qué preocuparse, así ha funcionado siempre. Será también a veces el autor intelectual de las travesuras que hagan los niños, para luego mirar de reojo, desde la mesa de los adultos, cómo su plan es ejecutado a la perfección, riendo con una mueca disimulada mientras admira orgulloso su obra por el rabillo del ojo.

Así transcurren las décadas, sin grandes cambios en las reuniones familiares. Lo que va cambiando es el motivo de celebración. Así pasamos del cumpleaños de la abuela en la gran casa familiar a otros eventos que fueron surgiendo con el paso de los años, porque en la familia nunca faltan motivos para celebrar.

Por ejemplo, bajo esa impronta de reunirse y comer, la familia empezó a celebrar el aniversario de la muerte de algunos de sus integrantes. Todo empezó con una reunión multitudinaria para conmemorar el aniversario de la muerte de los abuelos, con una misa y la tradicional comilona, a la que debían ir obligatoriamente la segunda, la tercera y la cuarta generación, en una reunión de doscientas personas, exactamente igual a aquellas de la infancia de los que ahora son adultos, pero más numerosa. Cuando quisieron acordar, esas conmemoraciones se habían convertido en una nueva tradición familiar con la que los integrantes de la familia se sienten perfectamente cómodos, pero que a la hora de contárselo a otra persona -a un cónyuge, por ejemplo, o a un amigo-, y registrando el asombro de éstos, uno sospecha que quizá no es así como se hacen las cosas en otras familias.

Ayer la familia celebró la vida y la muerte de uno de sus integrantes. Uno de aquellos que se divertían con los niños y que siempre perteneció a todos los grupos. Aquel de los paseos en moto; el autor intelectual en asociación para delinquir con los niños. Aquel que, al ver que el grupo de desprolijos de la familia se sacaba una foto en un evento, venía corriendo al grito de “¡Un momento! ¡Yo tengo que estar en esa foto!” Un integrante que solía incumplir las normas de etiqueta; que no hacía caso a los consejos de los mayores, que nos enseñó muchas cosas buenas, mostrándonos que podíamos ser libres y seguir perteneciendo al clan. Tal vez fue de los primeros en tirar de la cuerda y comprobar que la familia nunca te va a dejar afuera; no importa lo que hagas. El gurú de la diversión y lo políticamente incorrecto: “El primer talibán”.

sábado, 14 de noviembre de 2020

Defensor - Deportivo Maldonado

 

La luz del día se va apagando. La gata duerme sobre la ropa que entramos de la cuerda. Le encanta hacer eso, dormir sobre la ropa que entramos de la cuerda, enroscada de una forma que parece imposible. Se oye de fondo el relato de un partido de fútbol y, cada tanto, el comentario impaciente de los varones.

En casa nos gusta mucho el fútbol. A todos nos gusta. Tal vez para mí empezó como una forma de empatizar con mi padre, o de diferenciarme de mis compañeras de escuela, por esa permanente necesidad de diferenciarme de las fans de Menudo o de Los Parchís. A mí no me gustaban ninguno de los dos, y me enorgullecía de quedarme todo el recreo jugando a la tapadita con mi amiga Adriana sobre un banco de hormigón que había en el patio, justo frente a la puerta de la clase. Así fue que me empezó a gustar el fútbol; solo porque no era para niñas.

Siempre tuve un extraño orgullo de ser diferente. Supongo que lo forjé por obligación, por ser diferente. Porque mi familia no se parecía a la de nadie, mi casa era en otro lado, mis padres eran raros. Enorgullecerse se presentaba como una solución.

Por algún tipo de ceremonia extraña, cada año, en algún momento, entraba un cura a la clase con un cuaderno y un lápiz y preguntaba: “¿quién tiene los padres divorciados?” Y ahí, yo, sola con mi alma, tenía que levantar la mano y dejar en evidencia mis diferencias ante toda la clase. Año tras año. Quería pensar que había algún tipo de encuesta eclesiástica que tenían que llenar periódicamente, pero en el fondo sospechaba que era solo para molestar, para que ningún niño desprevenido fuera a liberarse de la culpa por su destino, por las decisiones que tomaran otros, o por lo que fuera.

Además de tener los padres divorciados, vivíamos en el campo, me vestía diferente y no usaba broches con moñitas. Yo le pedía a mi madre que al menos me dejara usar sandalias con medias, aunque no tuviera medias con volados... creo que ni siquiera tenía medias blancas. Pero no; tenía que ir con sandalias de cuero marrón sin medias, unos broches que se llamaban cucarachas y túnica prendida adelante, heredada de mi hermano mayor. Tampoco podía tener el pelo largo, porque no me dejaba peinar.

Mi madre era fundamentalista contra los “Días de...”: el día de la madre, el día del padre, el día del niño, eran todos inventos de los comerciantes para vender más, nos decía. Nada de eso estaba convalidado en mi casa, así que para el día del niño no nos regalaban nada y yo me veía obligada a inventar cuando mis amigas conversaban sobre los regalos recibidos. Y también era fundamentalista contra la televisión, así que tampoco podía participar de las conversaciones de los programas de tele para niños de los años '70.

Ya más grande, cuando la tele al fin entró en nuestra casa, disfrutaba mirando los goles los domingos de tardecita. También miraba los partidos de básquetbol en el canal 5, vibrando con cada partido de Bohemios en las épocas del Tato López y sus grandes glorias. Incluso escuchaba “La vuelta ciclista” con el inconfundible relato radial maravilloso e incomprensible. Cuando por fin llegaba el día en que pasaba por la portera, ahí estábamos todos, apostados al borde de la ruta alentando al pelotón, liderados implacablemente por mi madre, en una tradición familiar que yo intenté perpetuar con mis hijos sin éxito.

Y así, como una pelota que rebota en el piso dejando en el golpe toda su fuerza para volver únicamente con el impulso que le devuelve la tierra, fue que empecé a forjar mi identidad: una identidad sólida, bien definida, consistente hasta las últimas consecuencias. Una identidad que me permitiera abrirme paso en el mundo y que no se resquebrajara ante todo sufrimiento. Dejé atrás todo lo que pude, todo lo que amenazara mi supervivencia; pero esta nueva persona que surgía, seguía siendo diferente.

 

sábado, 7 de noviembre de 2020

Antídoto y veneno

 

Cada sábado me prometía a mí misma que no volvería. Sentada en una mesa, miraba a Gonzalo y le preguntaba: “¿Por qué vine? Si ya sé que no me gusta...” Y él me contestaba siempre lo mismo: “No sé. Yo tampoco sé por qué vengo”. Las parejas daban vueltas en una especie de movimiento hipnótico, como una calesita, una masa informe de camisas por dentro de los vaqueros con cinturón de cuero y blusas de colores coronadas por peinados con broches brillantes y jopos enormes.

El disc jockey tenía muchos discos, de rock argentino, de Madonna, de Michael Jackson, de Bruce Springsteen, que nunca los ponía; siempre sonaba lo mismo, lo mismo que tocarían las orquestas que llegaban con sus trajes celestes y sus guitarras con pianito. A pesar de que le pedíamos que los pusiera, no los ponía. Sólo quedaba resignarse, sentarse en la mesa y alimentar el malhumor.

El ómnibus para volver a casa no pasaba hasta las seis de la mañana, me quedaba toda la noche sentada en aquella silla, contestando siempre lo mismo a algún valiente que se arrimaba: “No”. Los demás bailaban, se divertían, tomaban algo, conversaban con sus amigos, se besaban con algún novio. Gonzalo y yo seguíamos sentados en la mesa donde se apoyaba algún vaso sin dueño.

Seguro que el chico que me gustaba no había ido, o bailaba con otra chica, o tenía novia. Sólo había ido para verlo a él y él había ido a ver a alguna otra, que tal vez también había ido a ver a otro. No era fácil ser joven en los ‘80 en el interior. Pasabas noches enteras esperando que aquel muchacho te sacara a bailar, y si eso no pasaba, como casi siempre, la noche era un castigo agónico, una tortura al son de Grupo 70, mirando el reloj cada quince minutos, con la única ilusión de pasar por la panadería y reventar las últimas monedas en una bolsa de bizcochos para devorar en la parada.

Lo increíble es que la expectativa previa siempre lograba engañarme. Conversando con mis hermanos o mis amigos, a veces ya desde el viernes iba surgiendo algún tipo de entusiasmo basado en la fantasía de que aquel chico fuera al baile, que no tuviera más novia y que me sacara a bailar a mí. Pero al llegar, lo único que había era una nueva comprobación de que las fantasías no existen más que en la imaginación y en el corazón dulce y melancólico de las adolescentes soñadoras; fantasías que eran sistemáticamente destruidas al son de la plena, con los ojos doloridos de ver pasar la masa girante. Ojos y oídos embutidos en la cabeza pesada, desplomada sobre la muñeca, cuya fuerza se transmitía hacia el codo anclado en la mesa de madera barata, que a su vez se distribuía en las patas de la mesa, para terminar de descargar la soledad al piso de baldosas amarillas y negras gastadas por los tacos y mocasines girantes de cada sábado.

Así, sin entender por qué volvía, fue que un día no volví más. Nunca más vi la masa girante ni sus cabezas de jopos y peinados con raya al costado, ni los dos pasos a un lado y uno al otro, ni los trajes celestes, ni las guitarras con pianito. Tampoco volvieron las fantasías de amor imposible, ni las bolsas de bizcochos al amanecer, ni el control incesante del reloj que no avanza.

En aquel momento no entendía por qué volvía una y otra vez en busca de la materialización de mis fantasías. No lo entendía en aquel momento y tampoco lo entiendo ahora. No es que crea que no es posible materializar las fantasías, todo lo contrario. De hecho, casi podría decir que construí mi vida sobre esas fantasías. Lo que no termino de entender es por qué, sabiendo lo que quiero, lo busco donde sé que no está. No lo entendía en aquel momento y tampoco lo entiendo ahora.

sábado, 31 de octubre de 2020

50% Off

Algunas personas encauzan sus vidas guiadas por el análisis cauteloso de la conveniencia,  por sus gustos, por la posibilidad de obtener el mayor beneficio, por una lucha, por la ambición o por las condiciones que les impone el entorno.

Algunos eligen lo que les queda más cómodo y así van por el mundo, conscientes de las ventajas y desventajas que implica la ley del mínimo esfuerzo, sin sufrir ante la posibilidad de perderse algo por no esforzarse, porque evidentemente están dispuestos a pagar el precio de abrazarse a esa ley.

Otros planifican hasta el último detalle, creyendo que pueden controlarlo todo, que si la planificación es lo suficientemente buena, nada puede salir mal. Yo fui una fiel exponente de este grupo hasta hace no tanto, era de los que confían más en sí mismos que en la vida. Este tipo de personas viven en la fantasía de que existe un modelo perfecto de todo y que sólo es cuestión de esforzarse lo suficiente para alcanzarlo, calcular hasta el último detalle y no dejar nada librado al azar. Eso los obliga a ir por la vida siempre un par de jugadas adelante, pero tampoco son idiotas, saben que la vida nunca se somete del todo a sus planes.

También están, como contrapartida, los que no preparan nada, los que se quedan mirando por la ventana, acariciando al gato, dando vueltas por ahí hasta el momento en que tienen que actuar. No pensaron qué van a hacer, de qué forma van a enfrentar el asunto, qué herramientas van a usar, cómo van a llegar hasta el lugar al que deben ir, qué tienen que llevar... Dejan que llegue el momento y recién ahí empiezan a ver qué hacen. Éstos confían más en la vida que en ellos mismos, incluso confían más en los demás que en ellos mismos. Saben que de alguna forma las cosas se van a resolver, ya lo han comprobado infinitas veces y simplemente no estorban. Tal vez son más creyentes a fin de cuentas, tal vez saben algo que los demás no sabemos. O tal vez es sólo que no les importa tanto si las cosas salen mal. Habría que preguntarles.

Yo era un poco así de joven, pero sin el aplomo. Una impostora, digamos. Más de una vez me vi con la hoja del escrito sobre la mesa, con la firma del profesor en la esquina, sin haber estudiado absolutamente nada, sin haber abierto siquiera el cuaderno... O incluso antes, cuando ningún momento era bueno para hacer los deberes y, llegada la noche, tras la pregunta de mi madre, no quedaba otra que decirle que claro que los había hecho, que si quería se los mostraba... Tuve tantos de esos momentos con el agua al cuello, que aprendí a aprontarme un poco, y luego un poco más, y luego un poco más, hasta llegar a estar en el bando los que creen que pueden controlarlo todo.

Ahora, después de muchos años de vivir con uno de los que confían en la vida para que resuelva, creo que aprendí que no puedo controlar nada, aunque muchas veces aún me pesco tejiendo estrategias, y debo confesar que muchas incluso llego a ejecutarlas... No es tan fácil deshacerse de los mecanismos que ya internalizamos hasta el hueso.

Pero hay una característica que me hace pertenecer a otro grupo, un grupo cuya membresía viene impresa en el ADN. Está entre las tradiciones más antiguas de mi familia, y los que tuvimos el privilegio de crecer en este clan implacable estamos obligados a respetarla como un rasgo de pertenencia al grupo y de fidelidad a sus reglas más profundamente arraigadas: lograr comprar lo que necesitamos con cincuenta por ciento de descuento.

jueves, 22 de octubre de 2020

Marte en retrógrado

 

Venía caminando de facultad y me desbordaban las ganas de verte. Las posibilidades eran ínfimas, ni vos ni yo teníamos teléfono, no eran épocas de teléfonos. La calle con el gran cantero en el medio me provocaba una enorme nostalgia, era donde te había visto por primera vez. La ansiedad y el calor aumentaban a medida que pasaban las cuadras. Sólo había una chance: encontrarte en alguna parte. Una parte de mi cuerpo sabía que era posible, pero mi cerebro lo negaba. “Es estadísticamente imposible” -mi cerebro-, “El amor no es asunto de estadísticas” - mi cuerpo-. Y así estaba.

¿Existe algún plan maestro que pauta nuestras vivencias? ¿Hay algo que entrelaza los momentos y las personas que encontramos a nuestro paso? No es posible saberlo con certeza. Imaginamos que lo entendemos cuando hay una causa aparentemente lógica que cierra bien la hipótesis, una especie de factor común entre los hechos, o cuando lo sucedido se parece a lo imaginado de antemano. Pero eso es sólo una construcción nuestra, no podemos asegurar que sea la causa verdadera de las cosas. Hay otros factores que intervienen, factores que no dependen de nosotros o que incluso desconocemos completamente.

No sé por qué se produjo aquel accidente que pudo ser fatal pero no lo fue. Mi hijo lloraba como un niño en el teléfono y yo me desesperaba porque no podía ir en su auxilio. La imagen del cuchillo clavado a centímetros de su cabeza se instaló en mi mente. Nadie entendía lo que había pasado, la conciencia parecía haberse retirado antes de la cuenta y sólo había quedado la posibilidad de entregarse, de hacer lo menos posible y confiar en que simplemente no era el momento. La policía técnica seguro que hubiera tenido buenas pistas para explicarlo, pero las pistas son sólo eso, pistas, apenas hilos conductores entre los hechos, y no pueden explicar la causa del accidente que pudo ser fatal pero no lo fue.

Tampoco sé por qué aquel día te encontré sentado en la puerta del bar con la cortina baja -verificando la hipótesis de mi cuerpo-. Habías empezado a mirarme desde lejos, como sabiendo que iba a aparecer por la calle empedrada, lidiando con la subida, al calor del mediodía y del comienzo del amor. ¿Por qué el amor resiste aunque hagamos todo lo posible por destruirlo, o no resiste aunque hagamos todos los esfuerzos por sostenerlo? A simple vista parece que es el calor, o la alegría, o la empatía, o tantas otras cosas, pero todo eso parece accesorio frente al milagro del encuentro en la puerta del bar y al tamaño del corazón que late dentro del pecho en un espacio que excede la dimensión del latido, y lo obliga a subir hacia la garganta en busca del exterior, en busca de un lugar donde pueda expandirse a sus anchas.

No sé si será el destino, lo inevitable, lo que dicen que tenemos que aprender. No sé si será la vida que nos tocó, lo que elegimos en algún momento y ya no recordamos; no sé si será el karma. No sé si es posible encontrar las causas para explicar las cosas que nos pasan. No sé si el suceder del tiempo y sus acontecimientos tienen realmente una explicación, o si será Marte en retrógrado.

jueves, 15 de octubre de 2020

¿Pájaro o mariposa?

 

Mi marido dormía a mi lado, como cada noche, gracias a Dios. Iría por la décima página del Retrato de un hombre invisible -o la vigésima, no sé-, cuando mis dos manos cerraron el libro de golpe. Mi mano izquierda lo dejó sobre mi regazo mientras mi mano derecha me sacaba los lentes. Mis ojos quedaron fijos en el paisaje en penumbras del cuarto, mirando sin mirar el ropero de roble que sigue sin la puerta del medio; se desplazaron lentamente hacia la derecha, pasando de largo la puerta y la lámpara desnuda que cuelga del techo, hasta llegar a la cómoda donde penden los collares y se apoyan las fotos de mis hijos bebés y la familia en la playa, y allí se quedaron.

El corazón se me aceleró y sentí que el sudor me mojaba un poco las axilas. La respiración se agitó, o se entrecortó, o tal vez se detuvo un instante; no recuerdo. Lo que recuerdo perfectamente es el pensamiento que se instaló en mi mente en ese momento: si este tipo escribe esto, yo puedo escribir lo que quiera. Abrí de nuevo el libro y seguí leyendo hasta que mis ojos no resistieron más. El pensamiento quedó dando vueltas en mi cabeza después de apagar la luz, primero en la vigilia y, un rato más tarde, en ese estado en el que uno está entre despierto y dormido. Fue entonces cuando alguna parte de mi cerebro que no sé identificar empezó a escribir alguno de estos relatos, o ninguno en particular. Un relato.

Aquel pensamiento quedó merodeando mis días y mis noches durante semanas, hasta que un día vino Sergio y hablamos de libros, como casi siempre. Le conté que el Flaco me había prestado ese libro y él me contó que lo había leído, y claro, tenía una anécdota para contarme, de cómo Paul Auster se había enterado de que su padre había muerto. Una de esas historias que yo jamás podría recordar, pero él sí. Ese día se lo dije por primera vez a alguien, ese día me animé a poner en palabras mi deseo de escribir. Ese día me di cuenta de que para ser escritor, alcanza con escribir.

Pasó un tiempo más, hasta que un viernes de noche me junté con Juan y el Dardo, y les conté lo que me estaba pasando. Ellos me dieron el envión que me faltaba, una vez más me dieron ánimo, creyeron en mí como tantas otras veces en estos treinta años de compañía a veces interrumpida, pero siempre amorosa.

Entonces supe que algo había dado un vuelco en mi interior, que algo había cambiado su rumbo radicalmente, que había sufrido una metamorfosis. O más bien, que había vuelto sobre mis pasos hacia un estado anterior a las ciencias y el pensamiento abstracto en el que me había embarcado en algún momento, para retornar a mis orígenes. Ya sin miedo, ya sin mucho que perder, porque lo que quería ya lo tenía, lo que había proyectado ya lo había concretado, y también porque ahora ya no hay tiempo para proyectar. Ese tiempo pasó. Ahora es el tiempo de hacer.

Este fin de semana, cuando mi hija y mi amiga Celsa revisaban un cuaderno que sobrevivió a la demolición de la vieja Pagoda como sobreviven las cosas que tienen el destino de sobrevivir: solas, sin ayuda, encontraron un cuestionario que habían hecho cuando mi hija tenía siete años; un cuestionario larguísimo en el que una de las preguntas era increíblemente hermosa, mágica, profunda: ¿pájaro o mariposa?

Mariposa.

 

viernes, 9 de octubre de 2020

Té para la angustia y el cansancio

 

Estábamos en la casa de mis tíos la primera vez que tuve esa sensación, que volvería tantas veces a partir de ese día. Empezó con un malestar de estómago. Mis tíos eran médicos los dos, así que rápidamente me dieron un remedio para los vómitos que solucionó el problema, pero yo escuché que comentaban con mi padre que en realidad lo que me pasaba era que mi abuelo se estaba muriendo. Yo no entendía cómo se relacionaba eso con mi estómago, pero parecía que ellos sí.

Pasaron los días y finalmente pasó lo ineludible, lo que todos sabían que iba a pasar, aunque aquella adolescente de 15 años mantuviera un hilo de duda; o de esperanza. Sería la primera muerte cercana que vivía de forma más o menos consciente. Luego se sucedieron las otras dos, mucho más rápido de lo que estaba preparada para sobrellevar.

Fueron días raros. Para una chica de esa edad, que sobrevive como puede sin entender nada, sin comprender por qué su cuerpo era dominado a veces por una fuerza sobrenatural incontrolable, por qué una horda de demonios la poseían en cada ovulación o en los días previos a la menstruación, aquellos días eran aún más raros.

El malestar digestivo no mejoraba mucho, y se había sumado una enorme dificultad para llenar sus pulmones de aire, diferente a la bronquitis ya conocida. No era que se le cerraran los bronquios, era que el aire entraba hasta un punto, y luego ya no entraba más, aunque hubiera espacio. Así que habló con su madre y le explicó como pudo lo que le pasaba. Era algo totalmente físico, pensó una vez más. Sus tíos y su padre estaban equivocados.

Al día siguiente, su madre la llevó a un local de la calle Arenal Grande al que ella ya la había acompañado alguna vez. Era un lugar maravilloso, con altísimas paredes de madera forradas de cajones con tapas de vidrio, que le recordaba las fotos que aparecían en las revistas viejas que sobrevivían en su casa, como si alguien se hubiera olvidado de tirarlas.

El lugar tenía una mezcla de olor a madera y yuyos; de cosecha secándose en un granero y local de Manzanares. Era un sitio encantador, con un larguísimo mostrador que daba la vuelta acompañando las paredes, detrás del cual caminaban apuradas varias mujeres y un señor mayor con una túnica gris, creo. Uno llegaba y esperaba su turno durante largo rato, hasta que te atendía una de las mujeres. Cuando mi madre le explicó a la señora lo que me pasaba, ella dijo señalando al hombre de túnica: “Ah, eso es con él, va a tener que esperar”. Así que la espera continuó hasta que el señor terminó de atender al que estaba antes.

Yo había ido al médico muchas veces, y al dentista, pero nunca había visto que alguien le prestara tanta atención a la explicación de un síntoma. Después de escuchar atentamente, el señor se fue detrás de las altas paredes de madera para volver al cabo de un buen rato con un papel escrito a mano y una bolsa de pastos secos, pinchudos y con un olor extraño, dándole detalladamente a mi madre las indicaciones de cómo debía tomar aquel brebaje.

Al llegar a casa, mi madre hizo la preparación tal cual se lo había explicado el boticario y me dio a tomar un líquido color ámbar oscuro con un gusto totalmente desconocido. A la mañana siguiente, mis enfermedades habían desaparecido. Evidentemente aquello era mucho más eficaz que los remedios de mis tíos, así que fui directo a buscar el papel que estaba dentro de la bolsa, y leí, de su puño y letra: “Té para la angustia y el cansancio”

Guardé aquel papel durante décadas, y cada vez que los movimientos de la vida hacían volver aquella enfermedad digestivo-respiratoria, iba con él a la botica a repetir la receta.

Un día el señor de túnica no estaba más, pero las mujeres seguían estando y me entregaban la misma bolsita, devolviéndome cada vez la valiosísima nota del Caruncho con una mirada entre sorprendida y emocionada, como si reconocieran ellas también el enorme valor de aquel papelito celeste.

viernes, 2 de octubre de 2020

¿Dónde termina esto?

 (Ensayo sobre la profundidad)

 

¿Hasta dónde puede uno profundizar en un concepto, una inquietud, una visión?

No lo sé. Nunca he logrado atravesar más de dos o tres capas.

Los que crecimos en el campo podemos entender algunas cosas que pueden parecer obvias, pero que al salir al mundo nos damos cuenta de que no son tan obvias.

Una planta puede crecer en un camellón, donde se siembran al boleo diminutas semillas que luego van a germinar y convertirse en una pequeña planta, una “muda”. Siempre tuve la sensación de que se llaman mudas porque son plantas bebés, que usan pañales y hay que cambiarles la muda. Cuando crecen un poco, las condenamos a su primer destierro, sacándolas del útero compartido con sus pequeñas hermanas para plantarlas solas en un cantero, lo suficientemente lejos unas de otras como para que no se toquen.

En la soledad del cantero, ya no les queda otra que crecer. Como puedan. Lo primero que hacen para mantenerse erguidas es crear una cáscara, y arriba de esa cáscara, otra, y otra, y otra, hasta tener una superposición de infinitas capas que conforman el tallo, y luego el tronco de lo que será una planta adulta; un árbol. Así vamos creciendo también nosotros: con capas superpuestas de supervivencia cada vez más endurecidas y resistentes que nos permiten mantenernos en pie.

Algunas plantas, para dar un fruto rico, dulce, generoso, deben someterse a un injerto mediante un corte profundo en el tallo donde se insertará otro, fuertemente atado a él de modo que no se separen. Como los hijos.

Así, con esfuerzo, incluso con dolor, a través de incontables hendiduras, algunas veces he logrado acceder a la capa de abajo, descubriendo, siempre con asombro, que debajo de esa segunda capa hay otra, y otra, y otra... todas las que fui creando en el proceso de crecimiento e incluso las que traje con la magia de la creación, cuando fui uno de aquellos brotecitos en el camellón, pegaditos unos a otros, antes de ser sacada cuidadosamente con una cucharita, sin romper las raíces, para dejarme sola en la vida.

La tarea implica llegar al origen de mis ideas y mis hábitos. Para eso tengo que ir profundizando en las infinitas capas, y así, de a poco, ir afinando la sinceridad y la mirada para poder ver, al menos de reojo, lo que llevo dentro.


jueves, 24 de septiembre de 2020

Si mi mente fuera un bote inflable

  (Ensayo sobre la superficie)


Si mi mente fuera un bote inflable, podría ir a la deriva sobre la superficie de las cosas. Podría dejar que la sabiduría del agua me lleve a los lugares adonde debo ir, en lugar de luchar con todas mis fuerzas para ir adonde yo quiero. Podría rozar tangencialmente los bordes sinuosos de los ríos que me toque navegar sin empantanarme en cada deposición de arena. Podría ir sobre la superficie como los mosquitos, sin mojarme, sin adentrarme en las profundidades, sin ahogarme.

Me sorprende cada vez que pienso lo poderosa que es la superficie del agua, la fuerza que tiene. Potencialmente puede sostener cualquier cosa, por enorme que sea. Lo único importante es que no abandone la superficie. Yo entiendo el Principio de Arquímedes, entiendo la tensión superficial, entiendo las densidades diferenciales, entiendo el Número de Reynolds. Pero de todos modos, me sorprende.

Si yo pongo cuidadosamente una cortina de baño sobre el agua en la desembocadura del Arroyo Solís Chico, la cortina va a permanecer allí para siempre, mientras no intente adentrarse, mientras no ceda a la tentación de husmear lo que hay abajo, rompiendo con una punta curiosa, aunque sea mínimamente, la superficie que la sostiene. O mientras no pase por ahí cerca una persona o un pato que salpiquen el nylon y provoquen el colapso.

Pero uno tiene sus agujeros por donde entra el agua y, a veces, el achique no es suficiente. Y también tenemos nuestras miserias. Ahí es cuando la puntita de la cortina se hunde en el agua para desafiar al destino o simplemente para ver qué hay ahí abajo y la fuerza empieza a ceder lentamente. En los días más oscuros, incluso forzamos hasta hundir la quilla doliente, a sabiendas, para romper e intentar controlarlo todo.

Y al principio, estar adentro del agua se parece a la superficie, se ve lo que hay afuera, se ven tus manos, tu torso, se siente el agua entibiada por el sol y el leve movimiento que provoca la brisa en la primera capa de agua. Sin embargo, mantenerse ahí arriba no es una opción sostenible por mucho tiempo. Una vez que se atraviesa la superficie sólo queda bajar, y las profundidades son oscuras y frías. Y si bien somos lo suficientemente densos para movernos por nuestros propios medios dentro del agua, nuestro devenir ya no es guiado por la sabiduría del agua, sino que depende de nuestras decisiones, de nuestro punto de vista, de nuestros gustos.

Así que mi lucha es una no lucha. Quisiera trabajar mucho para no trabajar de más, hasta llegar a ser el mosquito cuyas pisadas apenas perturban el piso de agua, y poder ir adonde me lleve la vida, agradeciendo cada puerto. Soltar el control de mi devenir y de las situaciones y las cosas, confiando en la deriva y agarrada con todas mis fuerzas a mi bote inflable.

sábado, 19 de septiembre de 2020

El mundo de tres manzanas

 

Montevideo era una ciudad tranquila en los años setenta. Tenebrosamente tranquila. Los días transcurrían entre la puerta de calle y la ventanita que daba al patio del club de al lado.

La escuela, la panadería, las casas de los amigos, el garaje donde guardábamos el auto y la casa de mis abuelos paternos formaban un amplio y complejo mundo donde habitábamos nosotros y casi todo lo que conocíamos.

Al lado de casa vivían Lida y José María con su tía abuela. La madre era azafata. Vivían tan cerca que José María venía a casa caminando por la moldura que coronaba el zócalo de su casa. Arriba vivía otro niño, pero no lo dejaban jugar con nosotros.

La nuestra era lo que en arquitectura se conoce como “Casa Standard”, esa tipología que tiene una puerta alta y una ventana con balcón al frente. Tenía varias habitaciones que se comunicaban entre sí y cuyas puertas daban a un pasillo que terminaba en un patio de claraboya, al que a su vez daba el baño, la diminuta cocina y la escalera para el altillo ¿Por el capricho de quién la ciudad de Montevideo fue definida en base a esta tipología de vivienda? Una tipología que, por cierto, no sirve para este clima.

El frío que hacía en aquella casa calaba los huesos. Un día mi tía María nos trajo de regalo de cumpleaños a mi hermano y a mí una bolsa de agua caliente, que yo rápidamente llené de agua y puse a calentar arriba de la estufa Pod. Las rayas quemadas en mi bolsa amarilla me recordaron el error durante años. El patio con claraboya era donde pasábamos casi todo el día, era ahí donde estaba la mesa del comedor, donde Walter nos mostraba cómo tocaba el arpa con los tendones del cuello y donde hacía su arenga de agradecimiento a la comida.

Pasaba casi todos mi tiempo libre sentada en el escalón de la puerta de calle, salvo cuando iba a la casa de mi amiga de la vuelta que tenía televisión. No me acuerdo cómo se llamaba, pero me acuerdo muy bien de ella. Venía muy temprano de mañana, tocaba el timbre y cuando mi madre abría la puerta, preguntaba con su voz aguda “¿está Marialina?” En casa no le tenían mucha estima porque era muy madrugadora, pero yo amaba escuchar esa pregunta, porque abría la posibilidad de mirar televisión, las dos sentadas en la alfombra, siempre que no se trancara el vertical y la imagen quedara pasando hacia arriba infinitamente. Solo se detenía si nosotras le hacíamos un gesto con nuestros dedos índices coordinados. Debía ser una coordinación muy fina, exacta; si no no funcionaba.

Yo sólo tenía esa amiga. Mis dos hermanos eran más sociables y tenían muchos más. Ellos hacían reuniones y jugaban al pique cordón. A mí me alcanzaba con sentarme en el escalón y mirarlos jugar a ellos. Sólo participaba cuando veía venir el 427. Eran tiempos de mucho miedo, y yo, a mis cuatro o cinco años, ya sabía que la policía no permitía reuniones en la calle, y eso incluía los juegos de pelota. Todo podía ser un acto subversivo. Por eso, con esa sabiduría temprana de los niños, cuando veía aparecer el ómnibus desde lo alto de Boulevard Artigas, salía corriendo de mi escalón a sacarles la pelota y meterla adentro de casa antes de cerrar fuerte la puerta. Ya sabía que después vendrían los insultos, pero alguna vez había visto a un policía mirando cómo mis hermanos jugaban a la pelota desde arriba del ómnibus y me daba mucho miedo.

Mi otro enemigo era una máquina barrendera de calles que pasaba con unos enormes rodillos. Cuando la veía venir, era yo la que salía corriendo pasillo adentro cerrando la puerta detrás de mí. El resto de las personas y las cosas de mi mundo eran amigables, incluso muy amigables. Como Boadas, un señor ya mayor que vivía a una cuadra de nuestra casa, en la vereda de enfrente, en una casa muy linda con una habitación al frente y un pequeño jardín. Allí vivía con su madre. A pesar de que para mí era muy viejo, tenía madre.

Boadas era el adulto más querido por los niños del barrio. Siempre estaba bien vestido, con camisa y pantalón de vestir, limpio y sonriente, en esa habitación que daba a la calle, con las paredes forradas de bibliotecas repletas de libros, sentado en un sillón. Lo recuerdo siempre ahí, con un libro en la mano, o tal vez escribiendo algo. La visita a Boadas era obligatoria. Tocábamos el timbre, su madre nos abría la puerta y entrábamos todos corriendo a su biblioteca a buscar caramelos. No recuerdo un solo día que hayamos ido y no tuviera caramelos.

Mi tío Juaneira también vivía cerca en aquellos años, así que venía seguido. Eran los tiempos en que todos los niños vivíamos bajo la protección de San Surumba: Patrono de los tíos surumbáticos y sus sobrinas cuscuses. San Surumba se manifestaba en dibujos a lápiz en un papel cualquiera, acompañado de frases alegóricas, o en gigantografías en la orilla de la playa Carrasco. Tan fugaces eran sus apariciones en la orilla del agua, donde lo veíamos desaparecer al retirarse la ola, como en el papel, que también pereció en alguna mudanza. Pero su espíritu vive intacto hasta hoy.

Mis abuelos vivían a una cuadra, en la misma calle, así que a veces íbamos a visitarlos. Ahí aprendí todo sobre la fuerza centrífuga. Mi abuela me llevaba con ella a colgar la ropa a la azotea y llevábamos los palillos en un canastito de plástico con asas, y mientras ella colgaba la ropa yo giraba el canasto rápidamente, como ella me había enseñado, haciendo eje en el hombro, y entendiendo que dependía de la velocidad del giro que los palillos se cayeran o no. Mi abuelo era un gran dibujante, fue su profesión en épocas en que las cosas se hacían a mano. Era muy talentoso. Un día nos hizo cigarros para los tres con papel arrollado, con el filtro, la braza y la ceniza. Todo dibujado. Eran idénticos a los cigarros de verdad. Los niños jugábamos a fumar. Como los grandes.

También conocimos el paraíso y el infierno al pasar de estar al cuidado de María al cuidado de Nubia. María era un ángel, nos atendía con cariño y nos contaba cuentos fantásticos de plantas gigantes que crecían al pie de una ventana. María estaba de novia con un policía que tenía una moto Guzzi. Recuerdo la confusión que creaba en mí aquella persona tan dulce y la profesión de su novio, que la venía a buscar en una moto que se llamaba igual que yo.

Así transcurrían los días, entre la vereda, la ventanita para mirar el patio del club de al lado, la comida, los amigos que no vimos más, la Tintorería Nan King y Boadas. Así transcurrieron también los años hasta que nos fuimos a vivir al campo, cuando empezaron a transcurrir otros días, otros años y otras personas. Pero nuestra casa nunca dejó de ser La Sede, el lugar donde todos sabían que podían ir, quedarse a dormir. Incluso quedarse a vivir. Ahora, de grande, mi casa sigue siendo La Sede. Y me gusta.

sábado, 12 de septiembre de 2020

Los sábados

 

Cada sábado es un primer día de vacaciones. Es igual al día que llegamos a nuestra casa de veraneo y empezamos a sacar las cosas de sus bolsas, a limpiar los rincones que fueron conquistados por las arañas y ventilar lo que quedó encerrado durante meses.

Es el día para quedarse tomando mate durante horas en el sillón con la mirada perdida, mientras escucho el resumen de mi programa de radio, y no tener nada que hacer, más que las tareas de la casa que, en este estado, son un remanso. Es el día de refrescar la masa madre para hacer el pan para la semana al día siguiente. El día de subir a la azotea a colgar la ropa al sol, acompañada del perro, el gato o el conejo. Ellos aman la azotea.

Cada semana nos pasa que, al querer acordar, son las tres de la tarde y aún no comimos ni tenemos idea de qué comer. Ya sólo nos queda abrir la heladera y transformar lo que hay adentro en algo decente para sacar esa sensación en el estómago que no llega a ser hambre. Así va transcurriendo el día, entre la hamaca de jardín y el sillón del estar. Sólo alcanzo, con suerte, a última hora de la tarde, a hacer algo rico que nos de una dulce alegría.

El sábado es el mejor día de la semana. Es el día de vacío de obligaciones y tareas que tenemos que hacer aunque no nos gusten. Es el día en que no hay que estar atento a nada. Y esto es lo que lo hace maravilloso.

Mantenerme atenta durante un tiempo se me hace una tarea titánica. Por eso amo los sábados.

Debo defender este día por sobre todas las cosas. No puedo dejar entrar en él algo que me obligue, que me ate a una tarea. Incluso a una tarea que amo, pero que me hace abandonar el espíritu de mantenerme al margen, de dejar huecos para la reflexión y para compartir con los otros. No puedo perder los espacios vacíos; los necesito como el agua.

Debo defender los sábados a capa y espada; ponerme la armadura del Quijote y luchar en mi interior contra los guerreros que vienen a ocupar mi territorio de tiempo libre, donde el reloj no existe. Es mi lucha inquebrantable.

lunes, 7 de septiembre de 2020

La fiesta inolvidable

Una vez hicimos una gran fiesta en el galpón de nuestra antigua casa. Un galpón enorme de chapa galvanizada medio oxidada y una imponente estructura de pinotea con herrajes negros. En ese galpón tuvimos un tambo, un criadero de gallinas, un taller de estampado. Fue depósito de fardos de alfalfa, granero de maíz, y el lugar donde amontonamos todo tipo de porquerías durante décadas. Pero también fue la sede de una de las fiestas más recordadas por la gente de nuestro semi destruido entorno, familiares y amigos, todos típicos representantes de la fauna montevideana de los 90.
Fue una fiesta increíble. Compramos cerveza a consignación y unas barras enormes de hielo en un frigorífico de Las Piedras. La fiesta duró hasta que salió el sol, hasta la hora en que pasaba el primer ómnibus a Montevideo. Fue memorable. La Espinaca tocó en la caja sin barandas del camión del padre de unos amigos del barrio. Eran épocas de rock and roll, de excesos y diversión.
Al pasar de los días nos dimos cuenta de que sólo Lola había sacado un rollo de fotos, y cuando quisimos juntarnos con la única prueba palpable de aquella demencia cuyo éxito nos había sorprendido a todos, nos enteramos de que se había perdido. Aquella fiesta solo iba a existir para siempre en las vivencias de todos los que estuvimos ahí y en el único lugar donde todo pervive: el mito.
Hoy descubrí, de una forma grotesca, que la soledad puede tener muchas formas. Hoy caí en la cuenta de que, al igual que las fotos de la fiesta, los negativos de las fotos que mi padre sacó durante toda nuestra infancia: de los bichicomes del barrio, de los niños de mirada desolada, de los desfiles militares de la dictadura, de la rueda mágica, de la quinta de Santa Lucía, de las navidades familiares y las largas madrugadas en la calle Paraná con una pandilla de bandidos encantadores, tampoco existen más.
Cuando quise acordar estaba dentro del Retrato de un hombre invisible en el momento que Paul Auster descubre las fotos de la juventud de su padre, que le permiten reafirmar la presencia física de su padre en el mundo.
Así, igual pero por omisión, sufro la ausencia de esas fotos que testimonian todos aquellos paseos de fin de semana al Mercado del puerto, al Parque Rodó, al hipódromo de Maroñas, a ver a Defensor en el ‘76; los días felices con él y con el Rapa y las noches de música y ajedrez. Todo aquello, sin las fotos, pareciera que nunca hubiera existido.
Sólo esas fotos conseguirían revivirlo, a él y a todos los días maravillosos de cariño y atención, de existencia cómplice entre nosotros tres y nuestro padre.
Pero una vez más, sólo quedó lo que vivimos. Fotografías, diapositivas, negativos... son sólo banalidades efímeras. La procesión va por dentro. 
Yo lo sé. Pero igual duele.

viernes, 28 de agosto de 2020

Favoritos

Mi hija ama el cine, y la música, y la literatura, y la parte curiosa de la vida. A menudo me pregunta: ¿Cuál es tu escritor favorito? ¿Y tu actor favorito? ¿Y tu cantante favorito? ¿Y tu color favorito?
Por alguna razón tengo una incapacidad casi absoluta para elegir un favorito. Tengo la sensación de que si elijo uno, no lo voy a poder sostener en el tiempo. Que hoy elegiría a Paul Auster, pero antes podría haber elegido a Hening Mankel, o antes a Raymond Carver, o antes a Sandor Marai, o mucho antes a Castaneda, o quién sabe a quién. De adolescente se suponía que me gustaba Cortázar. Un poco antes me gustaba Ray Bradbury. Si yo eligiera uno como favorito, tendría que guardarle una fidelidad que no tengo disponible para un escritor. Tampoco para un actor, un director de cine, un color...
Es un compromiso que no estoy dispuesta a asumir. Siempre he sido muy respetuosa con mis compromisos, no puedo andar regalándolos por ahí a cualquiera. Me tengo que comprometer con mis hijos, con mi marido, con mi madre, con mis hermanos, ¡con Dios!
Con eso tengo más que suficiente.
Sin embargo, algo en mí parece identificarse mucho con algunas cosas o con algunas personas. Se identifica con el número siete de manera ineludible, como si lo hubiera traído tatuado al nacer. Pero yo no lo elijo a él. Él me eligió a mí.
Se identifica con el lado izquierdo. Me siento casi atada al lado izquierdo. El lado izquierdo de la vida, el lado izquierdo de mi cara, mi ojo izquierdo, las ondas que forma mi pelo del lado izquierdo, el doble agujero de mi oreja izquierda. La mano izquierda en el piano, la de la Barcarola en Fa sostenido mayor.
El lado izquierdo es original, es diferente, está siempre guardando distancia del lado derecho, tan común, tan obvio, tan institucional y navideño.
Pero esto engendra una contradicción, porque dicen que el lado derecho del cerebro es el que comanda el lado izquierdo de tu cuerpo. No sé cómo voy a resolver eso... No quisiera tener que elegir entre el lado izquierdo de mi cuerpo y el lado derecho de mi cerebro. Sería como elegir entre mis pensamientos y mis movimientos; entre el timón y las hélices; entre el sitio de vivencia de las peores tormentas y los más dulces remansos, y la posibilidad de ir y venir, de encontrar un lugar de pertenencia y permanecer en él.
Y soy incapaz de hacer eso.
No puedo elegir un favorito.

Los puntos del shopping


Me gusta sentarme del lado del sol. Sentir el calor en la cara a través de mis lentes oscuros con aumento y, si el ómnibus tiene calefacción, poner los pies contra el radiador y dejar que el frío me vaya abandonando. Me gusta sacarme la campera y taparme con ella, reclinar el asiento y ansiar que no toque contra las rodillas del que viene sentado atrás.
Ente Atlántida y Pinamar sube la chica que vende los alfajores de La familia de Parque del Plata, el señor que cree que es Ian Anderson, el muchacho que desafina y el caramelero que tiene una de aquellas tablas con bolsas de caramelos. Ahora hace tiempo que no lo veo. Espero que esté bien.
Cuando sube el vendedor de caramelos, uno puede elegir si quiere comprarle o no, pero con Ian Anderson no es tan fácil. La primera vez que subió me prometí que siempre le iba a pagar por cantar en el ómnibus. ¡Es Ian Anderson! Pero finalmente me pasó lo mismo que a los 20 años... me aburrió. Ahora tengo que decidir qué hago ¡Oh, Dios!
En alguna parte del viaje cierro los ojos. Me doy cuenta cuando siento la curva para entrar en Gianattasio, y a partir de ahí mi mente empieza a entrar en “la melaza”, como dice el Dardo. Es el único estado en el que realmente soy creativa. Surgen ideas que parecen brillantes, comienzos de relatos, palabras que no me acordaba que conocía. Y entre el calor y la ensoñación... soy feliz.
El viaje ya no es parte del paso del tiempo, sólo el sol; algunas voces; el calorcito; las conversaciones de los que vienen atrás, que aunque quiera dejar de escuchar, se cuelan en mis ensoñaciones. Ya no distingo si el ómnibus para en las paradas o no, si va muy rápido, si va despacio, si se sentó alguien al lado mío, si dejaron de hablar los de atrás. Sólo está la melaza y la luz en los ojos.
De pronto, la luz en los ojos se transforma en millones de pelotitas celestes sostenidas por cordones y entrelazadas entre sí en una red infinita sobre un fondo gris oscuro formando fractales. Son hermosas. Luminosas y celestes como la camiseta de Uruguay, sostenidas en el aire como pequeños globos de helio. Cuando mi mente intenta mirar una aparecen otras miles a su alrededor, cada una más celeste y brillante que la anterior.
Quiero que ese momento perdure, como todo lo placentero. Quiero que dure mucho; igual que los cinco minutos entre las 4 veces que suena el despertador de mañana hasta que por fin consigo despegarme de la cama. Quiero que dure como los abrazos de la gente que amo. Quiero que dure como la vida y la juventud que se me escurre entre los dedos.
Pero no dura. Igual que el resto de las cosas. Es efímero. Solo dura lo que demora en subir y bajar la gente en la parada del Shopping Costa Urbana.

domingo, 16 de agosto de 2020

¿No sabés que a tu madre no se le puede hablar de números?

Están los cuatro fantásticos, los cuatro de Liverpool, los cuatro Evangelistas, las cuatro patas de la mesa, las cuatro ruedas del auto, los cuatro planetas gigantes y los cuatro planetas terrestres del sistema solar, El signo de los cuatro, los cuatro viajes de Colón, las cuatro operaciones básicas matemáticas, el Tetris, los cuatro grupos sanguíneos.
Ocho son los huesos del cráneo, del oído, de la muñeca y de la mano. Ocho es el número atómico del Oxígeno, está presente en la estrella de Salomón, es el número de Leyland, ocho bits forman un byte. Son los vértices de un cubo, los electrones de valencia que buscan tener los átomos, el lugar de la escala musical occidental donde todo vuelve a iniciar.
Sin embargo, esos números no tienen sentido. No tienen valor en sí mismos, son sólo el múltiplo de otro número. Carecen de toda singularidad: podrían obviarse perfectamente de la escala numérica y nadie los extrañaría.
En vez, el cero es el mejor número. Es la síntesis de la nada, hacia donde debemos ir. De la vacuidad de todo, de la ausencia de deseos y sus correspondientes dolores. Es la redondez y el infinito.
El uno... es fácil congraciarse con el uno. La unidad es la génesis de todas las cosas, los seres y el universo. Es la unión del yin y el yang, el sentido de la existencia para Confucio y la abstracción de la perfección. La vida que todos desearíamos tener, aunque no lo sepamos exactamente.
El dos tiene engendrado el sentido de la vida. Porque el uno solo adquiere sentido en tanto exista “un otro”, como dicen los psicólogos. Uno necesita un entorno, un par, un amante, un hijo, una madre, un amigo, una casa: un sistema de dos que nos permita dejar en evidencia nuestras miserias y también lo poco que logramos hacer de forma virtuosa. El dos es el número más importante.
El seis, en la lógica anterior, pareciera que tampoco tiene sentido, pero para mí es muy importante.
El nueve... El nueve no sé. Tengo mis dudas.
El tres es un hermoso número. Dicen que resuelve todos los misterios del cosmos y que está relacionado con lo Divino. La Divina Trinidad de padre, hijo y espíritu santo. Los lados del triángulo que sostiene el Teorema de Pitágoras, las tres leyes del movimiento de Newton y las pirámides de Giza. Además es el primer número impar que incluye a los demás.
Tres hermanos somos, tres chicas del 70 con sus tres madres hermanas consecutivas en una familia de once hijos. Es hermoso.
Al número cinco no le encuentro mucho sentido. Y pierde la magia de los números impares porque es la mitad de diez, un número exasperante, a donde se dirige todo redondeo, toda inexactitud. Pero este ensayo solo abarca los diez dígitos que dan origen a todos los números. Incluso al cero. A todos, menos al infinito. Sin embargo, aunque me da un poco de tirria, al cinco lo amo. Porque es el número favorito de mi madre.
Y claro, sé que no es original, porque es “un número mágico” y está gastado, como esas canciones que estás harto de escuchar y que suenan en todos los cumpleaños y los programas de televisión de verano. Que están las siete maravillas, los siete pecados capitales, los siete días de la semana, las siete vidas de los gatos, los siete chacras y hasta Blancanieves y los siete enanitos. Aún así, con todas estas características que generalmente hacen que yo odie algo, el siete es mi número favorito.