Era un día como cualquier otro. Llegué a trabajar al viejo local de oficinas, que antes había sido de otro ente público, a media mañana. Era un edificio con un lenguaje totalmente ochentero: una marquesina en la vereda sobre una fachada de ladrillo a la vista, aberturas de aluminio. Adentro, un cielorraso de barras de aluminio pintado color cremita con tubos lux empotrados, instalados en cajones cromados algo oxidados, algunos con tapas de rejilla, otros ya no. En algunos sectores faltaban pedazos de cielorraso, dejando ver el espacio negro, infinito, detrás de los colgajos de nylon sucio. Un aparato de aire acondicionado enorme, con una caja simil madera, estaba instalado en la pared del fondo, a la altura de los escritorios, terminando de cerrar el paisaje y de definir ineludiblemente la época en que aquel local había recibido algo de mantenimiento por última vez.
Lo único bueno que tenía aquel local era el jardín al fondo. Era un jardín lindo, con pasto -siempre alto, selvático-, muros bajos de ladrillo por donde llegaba el sonido del reggaeton del gimnasio de la vuelta, y un parrillero. A menudo nos preguntábamos qué sentido tenía un parrillero en un local de oficinas del Estado. Cuando yo llegué a trabajar ahí, me contaron que alguna vez le habían dado sentido. Pero al parecer ya no estábamos en aquellas buenas épocas. Los cuentos de las buenas épocas guardaban una cuota importante de nostalgia. Había habido una camaradería, y se había perdido.
Cuando llegué por primera vez, al pasar los banners que separaban precariamente la oficina de adelante de la de atrás, lo primero que vi fue a una chica rubia con trajecito azul -¡Oh, Dios! Aquí usan trajecito, pensé-. No demoré mucho en hacerme amiga de la chica de trajecito y en enterarme de que no era un trajecito, sino sólo un vaquero azul y una chaqueta. Había una gran mesa hecha de escritorios de cármica simil madera puestos uno al lado del otro donde se sentaban seis personas, enfrentadas de a tres por lado. Yo llegué un día de otoño, un típico día de media estación. No hacía ni frío ni calor. La ciudad empezaba a recibir las hojas de los plátanos en sus veredas de baldosas grises, comunes.
Me explicaron a grandes rasgos cuál sería mi tarea en aquella oficina. Me gustaba. Mezclaba mi profesión con algo de trabajo social. Era una propuesta estimulante. Me hacía sentir útil. Otra arquitecta entró conmigo al llamado. Las dos estábamos en el mismo puesto de la lista que había resultado del concurso del año anterior. El puesto número siete. Ella llegó al día siguiente. Habíamos obtenido el mismo puntaje en el concurso, así que habíamos quedado en el mismo lugar de la lista y haríamos la misma tarea; las primeras semanas, en la misma computadora. Nos comportábamos como si fuéramos amigas desde hacía años. Todos pensaban que nos conocíamos de antes. No deja de sorprenderme la magia que es capaz de generar el número siete.
En aquella oficina, éramos cuatro arquitectas, una escribana, un arquitecto que era nuestro gerente, un agrimensor y cuatro o cinco funcionarios administrativos. Con una funcionaria en particular generé un vínculo hermoso. A ella le debo mucho. Es una persona especial: un espíritu despierto, una luchadora incansable. Es una de esas personas que generalmente saben lo que tienen que hacer en la vida y simplemente lo hacen. Unos meses después, entró una ayudante de arquitecto, era casi una adolescente. Tímida, apocada, algo infantil. El primer día se sentó a comer en la mesa de la cocina, una mesa triste, que quedaba encajada entre las puertas de los baños. Alguien la vio y le dijo que no comiera allí. Todos comíamos en una mesa grande, en un grupo que iba creciendo a medida que pasaba el tiempo. Demoró unos días en animarse a comer con nosotras, pero se quedó para siempre. Ahora es una mujer de campo.
Una noche estaba en casa, aprontándome. Me puse ropa para salir, me pinté, me perfumé. Pasó mi hijo distraído y se detuvo al llegar a mí. Me miró desconcertado, me inspeccionó de arriba a abajo, con la mirada cada vez más sorprendida. Se detuvo en mi mirada, con esos ojos hermosos que tiene. Y con la mandíbula medio caída, me preguntó adónde iba. Voy a salir con mis amigas del trabajo, le contesté. En ese instante terminó de caer su mandíbula y se abrieron aún más sus grandes ojos verdes. ¿Y vos desde cuándo tenés amigas en el trabajo?
Aquel día, algo cambió para siempre.