Hoy tengo que escribir este ensayo en otra computadora; una que no es la mía. Y en esta computadora hay otro programa para texto, un programa en el que aparece una página totalmente en blanco. No tiene las reglas en los bordes de la hoja, ni las herramientas conocidas, ni las ventanas en cascada a la derecha. Tampoco está el fondo de pantalla que conozco bordeando el programa, porque éste ocupa la pantalla entera. Este paisaje desolador empatiza con mi falta de inspiración. SI antes de sentarme en esta silla, frente a esta computadora desconocida, me sentía un tanto perdida, ahora, frente a la hoja en blanco, me siento sin otra salida que la propia falta de inspiración. Como tantas canciones y poemas que se han escrito.
Al fin saqué la pantalla completa y veo la gran ola turquesa y la playa de arenas blancas en los bordes de la hoja. He creado vida en los alrededores de este ensayo. Si quiero, puedo crear la vasta vida de los océanos sólo en este ensayo: el fondo en permanente expansión, los organismos diminutos pero de una importancia gigantesca para la vida en el planeta, y los organismos gigantescos que se alimentan de aquellos organismos diminutos; el color del agua, los bordes pasivos de la plataforma continental donde se generan estas olas que los intrépidos surfean… Todo está ahora en los bordes de mi hoja en blanco. Todo lo que yo quiera imaginarme en esa ola oceánica.
Si quisiera, también podría mirar a mi derecha y ver el cielo color añil que se recorta en las siluetas negras de los techos de los edificios. El cielo real. Del mundo real. Aquél que percibimos con los sentidos. Tan real como logre captarlo nuestra percepción. No tan real como el mundo verdadero. El mundo verdadero no tengo idea de cómo será ¿Acaso alguien podría saberlo?
Los días se suceden unos sobre otros y a veces no logro descifrar si lo dije o lo pensé; si lo viví o sólo lo escuché tantas veces; si existe la realidad o son sólo pensamientos que rebotan entre sí, hasta llegar a ser convencimiento.
No parece que salga de la hoja en blanco. Mi mente estuvo demasiado ocupada en resolver situaciones esta semana, como para poder encontrar un asunto seductor del cual colgarme hasta llegar a algún descubrimiento interesante sobre la vida o sobre la naturaleza de las cosas: algo que me sorprenda. Y tal vez, sin sorpresa no se dispara el proceso de profundización sobre algún asunto; tal vez no logre adentrarme en las profundidades de las cosas buscando su magia. Tal vez por eso no salga del despojo de esta hoja sin bordes, donde se asienta este relato sin espíritu.
No es fácil encontrar el espíritu de las cosas y, en este caso, peor aún, el concepto de la hoja en blanco es algo que no me agrada. No me gustan las corrientes filosóficas que sostienen que nacemos como una hoja en blanco, no me gusta la sensación de estar intentando crear algo desde una hoja en blanco, ni la propia hoja blanca. Creo que no me gusta porque no creo mucho en un origen definitivo de las cosas. No creo que el acto creativo salga de la nada, de la ausencia total de un precedente. Por eso no creo en la Teoría del Big Bang, porque no me gusta la absoluta falta de existencia que la precede.
Tal vez sea por eso. Sólo por eso.