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Ensayos breves sobre el divagar_
textos publicados en 2020. Corrección: Mariana Mendizábal

CV arq Elina Olivera


Proyecto de carpeta, Las Piedras, 2011

Proyecto de carpeta, Las Piedras, 2011
afuera posterior. Render: 3dsc studio
Para el curso de Proyecto, tesis de grado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República, se diseñaron tres edificios para el Parque Artigas de la ciudad de Las Piedras, implantados en el proyecto urbano ganador del 2° Premio del Concurso de la Intendencia de Canelones para dicho parque.
Se desarrolló a nivel de proyecto ejecutivo uno de los tres edificios, llamado Unidad de Gestión (nombre retomado del equipo ganador del 2° premio del Concurso), implantado en el sitio donde está actualmente el mausoleo.
Es un edificio multiprogramático, pensado como parte de un proyecto de equipamiento urbano para la ciudad de Las Piedras y sus conurbanos lindantes.
Contiene una Sala de exposiciones y eventos junto a una cafetería en la planta baja y dos oficinas para la IMC y Administración.
En el Primer nivel, tiene una Biblioteca|Mediateca y cuatro oficinas para Organizaciones Sociales Locales.
En el Segundo nivel, tiene una Sala de conferencias para 110 personas y cuatro oficinas más para Organizaciones Sociales Locales.

Un gran espacio en planta baja con triple altura, que hace de atrio en los tres niveles, es coronado por un techo traslúcido de policarbonato, jerarquizándolo.
El edificio es una caja de vidrio, de planta libre atravesada verticalmente por un cuerpo sólido donde se alojan los servicios y circulaciones verticales.
La envolvente de vidrio es un curtain wall de doble piel, con una cámara ventilada transitable pensada para acondicionar termicamente el edificio de forma natural la mayor parte del tiempo posible, dejando el aire acondicionado para los días con condiciones climáticas extremas.

Proyecto conjunto con Martha Spinoglio


interior planta baja. Render: 3dsc studio

CASAS DE CAMPO

La percepción espacial en el territorio rural es completamente diferente a la del medio urbano. El diálogo adentro-afuera es muy intenso, las percepciones de los espacios interiores están en función de los paisajes que aprecen en las ventanas, como cuadros vivos.
La iluminación natural tiene un rol protagónico en los espacios interiores, que combinada con la espiritualidad de quienes habitan la casa, generan un ambiente muy especial cargado de significados.

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Piqueréz-Eguren. El Colorado. AMPLIACIÓN

Vivienda Piqueréz-Eguren. El Colorado. AMPLIACIÓN
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Tutté-Maldonado. Melilla. REFORMA

Vivienda Tutté-Maldonado. Melilla. REFORMA
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Sanguinetti. El Colorado. OBRA NUEVA

Vivienda Sanguinetti. El Colorado. OBRA NUEVA
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

CASAS URBANAS

Espacios a veces más introvertidos, a veces más abiertos. La ciudad muestra sus escenarios intramuros.

Diseño interior

Diseño interior
cocina montevideana. Vivienda Sanguinetti-Larriera. Foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda. Familia Duarte-Olivera. 2010

Reforma de una vivienda unifamiliar.
La casa se abre francamente hacia el fondo, percibiendo esta apertura desde la entrada. La luz natural que entra en la fachada posterior empuja al visitante hacia el alma de la casa: el estar-cocina-comedor, totalmente abierto hacia el espacio exterior posterior.
La calefacción es enteramente a leña y el agua caliente es generada por un calentador solar, ubicado en el techo de la vivienda.

Vivienda Duarte-Olivera

Vivienda Duarte-Olivera
desde el acceso

parte de fachada posterior

Isla de Flores. 2007

Intervenir sin intervenir

Se buscó una intervención mínima en un sitio muy particular, donde inundan las ganas de no tocar mucho nada. El contacto directo con la historia a través de las ruinas carcomidas por el tiempo es avasallador.
El lugar da y pide paz. Planteamos esta mínima intervención y una agenda de eventos posibles para las distintas épocas del año. Se trató de abordar la gestión, aunque fuera a nivel de intenciones.

Autoras: Elina Olivera y Catalina Colo

Primer premio Concurso de ideas Isla de Flores

Primer premio Concurso de ideas Isla de Flores
Taller Perdomo. Facultad de Arquitectura. UdelaR

sábado, 29 de mayo de 2021

La vara del buen medir

Hay días fáciles y días difíciles; hay momentos felices y de los otros, espacios de diversión y espacios de rabia, de tristeza, de melancolía. A primera vista, parece que hubiera gente que siempre es feliz, como las parejas de rubios lindos vestidos de blanco y celeste de las propagandas de la tele; mientras que hay otros que parece que siempre fueran desgraciados. Sin embargo, si nos acercamos un poco, rápidamente vemos que esas imágenes estáticas son solo idealizaciones, cosas que la mente fija para tener algo de donde agarrarse, para que no sea todo tan inestable.

De lejos, la vida de mi amiga parecía perfecta y al final era un desastre total. En vez, la mía, que en aquel momento parecía una porquería que nunca iba a acomodarse, terminó siendo hermosa. Yo sentía que nunca jamás mi vida se parecería ni un poco a las novelas de la Globo, o a las biografías de mujeres importantes -suficientemente importantes como para tener una biografía-; ni siquiera se arrimaba a la de alguna prima con una vida un poco más prometedora que la mía. Pero con el paso de los muchos años, uno va viendo que las cosas nunca son como parecen.

El muchacho que viene a barrer el frente de mi casa los viernes, tiene una vida bastante vulnerable, pero sin embargo es feliz. Claro que tiene muchos más problemas y urgencias que yo; claro que sí. Pero aun en esa inestabilidad, es feliz. Cuando se ríe, sus ojos lanzan destellos brillantes y su rostro se ilumina cuando me habla de algo lindo que le pasó.

Es difícil desprenderse de esos conceptos por oposición que uno se creó cuando era niño. Es difícil ver la complejidad de las cosas, los matices, las distintas facetas y los puntos de vista desde donde nos acercamos a ellas. Aunque sabemos que las cosas no son blancas o negras, inevitablemente nuestra primera impresión es una foto quemada en blanco y negro. Y a mí me cuesta mucho desprenderme de las primeras impresiones, incluso me cuesta desprenderme de un juicio que hice en algún momento, por mucho tiempo que haya pasado. Cuando emito un juicio de una persona o un asunto, luego no puedo deshacerme de él tan fácilmente, se queda ahí contaminando todo mi vínculo con esa persona o ese asunto. Tengo que hacer enormes esfuerzos para tratar de apagar esa primera impresión, y ni siquiera así consigo que la original desaparezca del todo. Por debajo del nuevo vínculo que a veces logro establecer a partir de mi nueva impresión, aún sigue aquel primer juicio, latente, casi deseando que pase algo que vuelva a confirmar mi primera impresión, mi prejuicio.

Así voy por la vida, comparando el aspecto, la ideología, las conductas, incluso los comentarios intrascendentes que hacen los demás, con los míos. Los que me parecen mejores, los incorporo, los copio; como una impostora. Los otros, los refuto, los pongo en la tela de mi juicio, pero ahí, (afortunadamente), es donde aparece la contradicción: ¿cómo confío tanto en mi juicio? ¿de dónde salió ese repentino exceso de confianza? No tiene ningún sentido. Es como si, en algún momento, alguien hubiera cambiado los cables que entran y salen de mi entendimiento sin que yo me diera cuenta. Tal vez fue mientras dormía. O tal vez, alguien más astuto que yo lo hizo mientras yo lo juzgaba con mis burdos y patéticos artilugios.

Seguramente haya otras personas que hacen eso mismo conmigo. Seguramente. Sin embargo, tengo la certeza de que hay algunos que me tienen una paciencia infinita, un amor más puro. Me miran equivocarme y no me dicen nada, solo esperan que me dé cuenta sola, porque tienen mucha más confianza en mí de la que me tengo yo. No es que la tengan conmigo particularmente; ellos tienen Fe en la humanidad. Y yo que me creía tan crack.

 

sábado, 22 de mayo de 2021

"El tiempo está después"

Hasta hace poco pensaba que era yo la que estaba confundida, que era sólo yo la que, por alguna circunstancia que no lograba identificar, no podía entender del todo en qué tiempo vivo. A menudo me quedo mirando la inmensidad, con la mente entre inquieta y detenida, buscando en mi memoria defectuosa en qué año estoy. Me ha pasado ya varias veces en el correr de este año, esto de quedarme pensando sin saber si es este año, o el año pasado o el año que viene. Por momentos, tampoco sé cuántos años tengo yo, mis hijos, mi marido, mis hermanos, mi madre. No diría que me preocupa, pero me inquieta un poco.

Hace unas pocas semanas, mi hermana me dijo que le pasaba lo mismo, y hoy de mañana me lo dijo mi hija, generándome sentimientos encontrados: un cierto alivio, pero también una preocupación mayor, porque entonces es un asunto más global, más colectivo. No sé muy bien si será por alguna cuestión astral -el lunes me dijo Kari que ahora Mercurio está en Piscis- o si será parte del proceso evolutivo de la humanidad, o si será lo que me temo: que seguimos tratando de salir de este paréntesis en el que estamos desde hace más de un año, un paréntesis temporal que supuestamente tiene que terminar para que podamos volver a nuestras antiguas vidas.

Porque teníamos unas vidas, todavía lo recordamos bien. Teníamos rutinas, nuestros hijos iban a estudiar, salían con sus amigos, nosotros salíamos con nuestros amigos, nos juntábamos, íbamos a yoga, había cumpleaños, nosotros también cumplíamos años y la gente venía a nuestra casa. Festejábamos la navidad con nuestros familiares, y la vida era un crisol de cosas diferentes que pasaban, algunas de largo, otras no. En vez de eso, hace más de un año que estamos en un mundo unimodal, contando cada día los casos de una sola enfermedad, viendo una curva que sube y no baja, comparándonos con otros países únicamente en eso.

Sin embargo, nuestra vida sigue transcurriendo, no se detuvo en el único tema de hoy. Dentro de nosotros hay procesos de una intensidad enorme, y dentro de nuestro círculo de confianza los procesos también son intensos, dejando todo a la vista. Todo lo que antes quedaba camuflado entre una gran variedad de actividades, ahora queda confinado en un mundo de cuatro paredes, con cuatro personas y un solo tema. Y como éste no es nuestro estado normal, seguimos esperando que termine, igual que el año pasado, que el año que viene, y nos invade una sensación de detención temporal eterna, una atemporalidad. Los fines de semana ya no son tan diferentes de los días de semana, las tardes se parecen a las mañanas, los lunes se parecen a los jueves, y este año se parece al año pasado.

Entonces ¿cómo podría yo diferenciarlo? Mi vida es así, toda igual, toda así. Finalmente, la Teoría de la Relatividad se hace comprensible, inevitablemente, mucho más comprensible de lo que me gustaría; de hecho, me gustaba más cuando no la entendía tanto. Cuando uno comprende cabalmente algo, ya no puede hacerse el distraído, ya no puede volver al estado anterior, al amparo de la no comprensión, a ese estado en el que uno tiene menos responsabilidades. Una vez que comprendemos, tenemos que actuar.

Ahora ya sé que en realidad no hay diferencia entre 2020, 2021 o 2022. Es sólo una convención que generamos para sentir que el continuo es fragmentable, que termina un año y empieza otro, y que con los ciclos de cada año, podemos ponernos metas y comprobar, al final del año, si las cumplimos o no; que podemos acompasarnos con ese ciclo de otoño, invierno, primavera y verano, y montar sobre él nuestra vida, nuestros ciclos interiores y nuestras proyecciones al exterior. Y si bien en este tiempo actual tan raro, los ciclos de la naturaleza se siguen sucediendo, no llegan a manifestarse en los rituales que marcan finales y comienzos, y por lo tanto parece que no existieran.

Estamos en un paréntesis del que supuestamente tenemos que salir para volver a nuestras antiguas vidas. Pero me pregunto si realmente quiero volver a mi antigua vida, si realmente quiero salir de este no-tiempo siendo la misma persona de antes. Puede que sea una ilusión, pero quisiera salir de esto como una versión mejorada de mí misma, más sintonizada con los ciclos naturales de inicio, desarrollo, concentración y conclusión de cada año, en vez de necesitar liturgias paganas para entender cuándo empieza y termina algo.

 

sábado, 15 de mayo de 2021

¿Quién leyó a Lucía Berlín?

Siempre es difícil salir de Montevideo, pero si es viernes de tarde, es todavía más difícil. Terminamos de trabajar a media tarde y mantenemos la ilusión de salir temprano, aun sabiendo que no vamos a salir de casa a la hora pensada. Terminamos saliendo cinco y veinte en lugar de a las cuatro, lo que tampoco está tan mal, sobre todo porque cuando nos proponemos salir temprano por la mañana, digamos a las 8, difícilmente salimos antes de las 12. Dejamos para último momento ir a revisar la rueda que pierde aire, poner nafta, revisar el agua y aceite, comprarle comida a la gata, ir a hacer las compras para llevar, llevarle las llaves de casa a Manuel que se las dejó olvidadas...

Al fin salimos, los lentes de sol con aumento no durarán mucho sobre mi nariz y tendré que cambiarlos por los multifocales, que no me gustan para manejar. Cada vez que tengo que manejar de noche me reprocho no haber ido a hacerme lentes para ver de lejos. No sé si lo haré algún día... Salimos con el mate recién hecho, pero mi gastritis ya había decidido de antemano que ese día no habría mate para mí. Como siempre, pararemos en la estación de servicio de Parque del Plata, porque ahí venden cosas de Baipa. También podré ir al baño. Mientras suena Me darás mil hijos en la radio del auto -el único lugar que nos queda para escuchar CD-, mi mente repasa la lista de todo lo que tenía que traer, un tanto atemorizada de haber olvidado algo importante. Intento dejar de pensar en eso para no preocuparme por algo que ya no tiene arreglo, pero no lo consigo, hasta que al fin recuerdo que me olvidé de la camiseta de dormir, que estaba entre el montón de ropa para doblar que quedó arriba del sillón.

El tráfico está fatal. Odio manejar en ruta cuando hay muchos autos. Pasamos La Floresta y al fin hay espacio entre los autos. Siento aflojar un poco la tensión en los hombros, pero la calma dura poco: pasando Pan de Azúcar empieza a bajar una niebla que se te tira encima como los fantasmas en las malas películas de terror. Ya es de noche y no me gusta manejar en ruta de noche. Los bancos de niebla aparecen y desparecen acompañando los cambios de altura de las sierras, y con ellos, la tensión. Cuando quiero acordar estoy de nuevo encaramada sobre el volante. Las chicas preguntan cuánto falta desde el asiento de atrás. Falta mucho contesto yo. Ahora suena otra cosa en la radio. La gastritis se queja del largo día que le hice pasar, de lo difícil de manejar de noche, en ruta y con niebla.

Llegamos a Rocha. La ciudad luz es una ciudad sombra blanquecina con olor a humo y zorrillo. Al entrar en la ruta 15, la niebla se pone más espesa. Los bajos de los arroyos bordeados de palmeras se hacen eternos. La fila de autos que vienen detrás no se mueve de ahí, no sé si será porque confían en mi sabiduría canaria para manejar en ruta con niebla o porque prefieren que alguien, quien sea, les abra paso en aquel paisaje macabro. No pasamos de 80 kilómetros por hora. Aunque me ronda el arrepentimiento de no haber aplazado la salida hasta la mañana siguiente, consigo neutralizarlo ante la certeza de que no hubiéramos salido antes de las 12. Vengo con expectativas adicionales porque creo que en La Pagoda está ese libro de Lucía Berlín que leí, del que no me acuerdo el nombre, ni de qué se trataba, ni nada. Sólo recuerdo su foto en la contratapa, una mujer hermosa con unos ojos únicos y un cigarro entre los dedos. Mi memoria es tan caprichosa que no lo puedo creer.

Tengo que ir despacio y tranquila, y aprovechar las partes de claridad, cada vez más escasas, para aflojar un poco el estómago crispado, y los hombros y la mandíbula alertas. Amanecer el sábado en La Pagoda vale el sacrificio. Se instala ese pensamiento. Dejo que se instale. Al entrar en la ruta 10, la niebla se poner aun peor. Ahora vamos a 60. Conozco este tipo de rutas, suele haber gente en los bordes, en moto o en bicicleta o caminando. Cada vez se ve menos. Acá vamos a tener que ir más despacio porque es un peligro, pienso. A la altura de Arachania nos cruzamos con dos ambulancias; luego el policía detiene el tránsito. El accidente es grande. La puta madre. La vida es una mierda, como dice el Flaco.

 

sábado, 8 de mayo de 2021

Solsticio de invierno

El otoño es romántico. Mucho más que la primavera. La luz amarillenta del final de la tarde; las hojas secas, retorcidas, en el piso del jardín; las luces y sombras que se forman en el árbol que se ve al fondo, detrás de la enredadera que lo quiere conquistar todo con una voluntad inquebrantable; los tintes rojizos que va tomando el liquidámbar antes de perder su follaje.

La parra ya se deshace en ramas que cuelgan con algunos racimos tardíos, y el aloe está más erguido que nunca, haciendo su máximo esfuerzo por sostener con elegancia los capullos de sus flores rojas. Todo se ve como un telón de fondo mientras suena la púa del tocadiscos arañando los nocturnos de Chopin, interpretados aun más romanticamente por Arthur Rubinstein en un disco de pasta de RCA Victor, un long (33 1/3) play made in USA. Es una edición deliciosa, un disco doble, con una ilustración a pluma en la tapa. Radio Corporation of America.

Martina dice que se siente una hipster porque está acostada sobre un almohadón al lado de la estufa leyendo un libro sobre Shakespeare mientras escucha los nocturnos de Chopin. Yo le pregunto si los hipsters no son unos hombres algo gordos, de barba, con lentes y camisa a cuadros. Ella asiente y agrega que se sientan en Starbucks a tomar un café con su mac. Yo le digo que no es una hipster porque no es un hombre algo gordo de barba y lentes, y que además tengo entendido que los hipsters generalmente son publicistas, y ahí reímos a la vez, al retornar de golpe en un cohete directo al planeta tierra, la información de que ella quiere estudiar comunicación. Y aceptamos que tal vez sea un poco hipster.

Cuando empezamos a prender la estufa, la gata del vecino, que se vino a vivir a casa hace muchos años, se apodera del mejor lugar de la casa: el piso calentito delante de la estufa, donde uno se quiere parar a calentarse el culo. La echo, ella se va al sillón negro, baja el almohadón con la mano y se acuesta arriba, mirándome con recelo, como hacen los gatos. Lo bueno de los días cortos es que generan estos espacios temporales de tardes domésticas, en las que convivimos haciendo distintas cosas, en silencio, unos leyendo, otros escribiendo, otros estudiando, otros por ahí. Son espacios ganados al día, porque en verano uno estaría saliendo a caminar o a darse un baño en La Estacada para aprovechar el resto de tarde que sobró después de terminar de trabajar.

(Este verano, sin embargo, el lugar más visitado fue El Infiernillo. De tarde, el sol da de frente en él, calentando el hormigón corroído por las décadas de abandono, pero firme: muelle y trampolín desde donde los valientes se tiran al río. Yo me tiro de abajo.El agua de Montevideo este verano fue la mejor del mundo. La mejor de este mundo.)

Hoy hice pan, así que cenaremos pan con algo. Podemos quedarnos acá, suspendidos en este tiempo cálido y amarillo. El tiempo de la tarde del viernes es el mejor de los tiempos posibles. El tiempo más prometedor, el que tiene todo por delante, toda la potencia del descanso, de algún paseo en bici, de largos ratos tomando mate en el sillón en la mañana sin importar la hora, del almuerzo a las tres de la tarde, tal vez de alguna torta de manzana, tal vez de panqueques con dulce de leche, o con dulce de manzana o de pera. Promete todo aún. Promete todo y nada: tener todo y hacer nada. Me encantan los viernes de tarde, son como el solsticio de invierno: engendran la esperanza de un tiempo mejor lleno de días más largos. Pero tienen ese dejo de lo que se sabe finito, de la certeza de que volverá el lunes y el solsticio de verano.

iQué ruido hace la púa! No pude encontrar el año de la edición del disco. RCA Victor Division. Camden, N. J., U.S.A. The world’s Greatest Artists. No sé muy bien si sería de mis abuelos paternos, o maternos, o de alguna de mis dos tías abuelas pianistas -las dos apodadas Beba-, o si alguien lo compró en la feria de Tristán Narvaja, pero yo se lo robé a mi madre. Espero que no se dé cuenta, porque no se lo voy a devolver. Está vivo ahora, destruyendo la pastilla del Technics. Está en su lugar ¿Dónde debería estar un disco si no en un tocadiscos? ¿Dónde debería estar yo un viernes de tarde de otoño sino en casa al lado de la estufa escuchando a Chopin?

Tengo que volver a buscar Remedio para melancólicos. No pregunté si lo tenían en Librerías Pocho el otro día. Imperdonable.

 

sábado, 1 de mayo de 2021

La fiesta de los días

Hace un par de días, una amiga hizo una reflexión muy sensata sobre el festejo del primero de mayo. Muy enojada, ella decía que, tanto el primero de mayo como el día de las mujer o el día de los inocentes son días en los que murió gente, eso es justamente lo que se conmemora, y por lo tanto no hay nada que festejar. Me dejó pensando porque tiene su punto. Y si bien a mí no me enoja que la gente se junte y festeje el primero de mayo, entiendo lo que a ella le molesta, y en parte lo comparto. Sólo en parte, porque lucha dentro de mí con otra postura que tengo desde que mi hijo mayor era niño: que toda excusa para festejar es buena.

Para mí el primero de mayo es más que nada una conmemoración. La historia, a grandes rasgos, cuenta que ese día del año 1886 se inició una huelga organizada por los sindicatos anarquistas de Chicago, para ese entonces la segunda ciudad más importante de Estados Unidos. La huelga era una más entre muchas medidas para exigir la jornada de ocho horas, ya que en ese momento la jornada laboral era de dieciocho horas, “salvo en caso de necesidad”, en los que podía ser más extensa. Cuando llegó al cuarto día, la huelga tuvo un punto de inflexión en la masacre de Haymarket Square. En medio de la manifestación que tuvo lugar en esa plaza de Chicago, alguien tiró una bomba a la policía que intentaba disolverla. Años más tarde, se supo que había sido una provocación de alguien interesado en los disturbios, una excusa para detener a algunos manifestantes. Entre los detenidos había ocho trabajadores, seis de los cuales fueron condenados a muerte en un juicio que mucho después fue declarado ilegítimo. Cinco de ellos fueron ejecutados; el sexto se suicidó antes. Estos hombres pasaron a la historia como los Mártires de Chicago.

Viendo así, muy sucintamente, la historia, me siento bastante identificada con mi amiga. No parece ser un día feliz, como si fuera un cumpleaños o Navidad, cuando festejamos un año más de vida o el nacimiento de alguien que vino a esta tierra a enseñarnos cómo debíamos vivir. En días como el primero de mayo, la palabra feliz no encaja tan claramente. Más que festejar, más bien conmemoramos la lucha de unas personas que, como tantos otros, dieron su vida para que nosotros ahora tengamos algunos derechos fundamentales.

Entonces, si bien no podemos festejar el día de los trabajadores por lo que pasó ese día en particular, sí podemos celebrar el derecho a trabajar un máximo de ocho horas diarias en lugar de dieciocho, y también podemos celebrar el hecho de no haber tenido que entregar nuestras vidas para que otros tuvieran derechos laborales. Es cierto que, seguramente, muchos de nosotros festejamos el primero de mayo sin saber qué estamos festejando, sin saber qué sucedió ese día en realidad. Pero es innegable que es un día de reunión y que está cargado de un espíritu de comunión que los feriados que conmemoran la gesta independentista, por ejemplo, no tienen. También es el día en el que se vende más asado en Uruguay, porque acá un asado es una ocasión para reunirse y eso siempre es motivo para celebrar. Y esto, de alguna manera, le hace justicia al origen del día.

A mí no me gusta mucho que me digan “feliz día de los trabajadores”, ni “feliz día de la mujer”, igual que a mi amiga. Pero hasta que ella lo dijo, yo creía que no me gustaba del mismo modo que no me gusta que me digan “feliz halloween” o “felices pascuas”. No recuerdo que hace unas décadas se dijera felices pascuas, salvo que uno fuera católico practicante. Sin embargo, ahora se dice con la misma banalidad que se dice “feliz San Valentín” o “feliz St Patrick”. Todo es un día de la madre, un día para vender asado, o flores o cerveza. Sin embargo, y a pesar de todo, el primero de mayo se mantiene como un día especial para mucha gente. A pesar de la superficialidad del mundo de hoy, de la sobrerrepresentación de todo al punto de ya no ser nada, este día mantiene un espíritu de reunión para algunos y de lucha para otros. Y mal o bien, casi todos hemos oído hablar de los mártires de Chicago. Porque lo que está destinado a sobrevivir, sobrevive.