En este país donde vivo se ha instalado la costumbre de cambiar el nombre de las cosas y esperar que, como consecuencia de eso, cambien las propias cosas. Así, en esa fantasía infantil, que a primera vista parece ingenua, pero a segunda vista parece más bien desidia, transitamos el conservadurismo con la esperanza de que sea revolución. En nuestra corta historia como nación hemos visto cambiar un puñado de cosas y muchísimos nombres. Y así también nosotros, vemos el transcurrir de nuestras vidas, manteniendo todo más o menos igual, mientras nos cambiamos de ropa y de peinado. Y entretanto, esperamos con un sentimiento que mezcla anhelo y venganza, que nuestros hijos, llegado el momento, sepan sostener aquellas cosas que vimos mantener a nuestros padres y también mantuvimos nosotros.
(Este año, igual que el año pasado, nos tuvimos que quedar en casa en semana santa.)
Resolver si escribo semana santa con mayúscula o con minúscula ya es un asunto: un asunto sobre el que tengo que tomar una postura que va mucho más allá de las letras “s”. Porque usar mayúsculas o minúsculas es una decisión muy importante en una palabra, tiene muchas implicancias. El hecho es que acá en Uruguay el estado -también con minúscula- decidió llamar a esta semana tan particular y con una gran carga simbólica Semana de Turismo -en este caso con mayúscula... pero por simple capricho-. Hubo Un Hecho: un día, hace ya más de cien años, un presidente resolvió separar el Estado de la iglesia. Y estuvo muy bien y fue bastante adelantado en su época; pero aquello trajo algunos inconvenientes, porque ya estaban instaladas en nuestras tradiciones todas las festividades del calendario cristiano. Ante esta situación difícil de resolver, o tal vez imposible -porque ya sabemos que la gente festeja lo que quiere y eso no tiene remedio-, no supimos como nación qué hacer con ellas, cómo transmutarlas. Y, tal vez iniciando una larga tradición, al no poder resolverlo, hicimos lo que haríamos siempre que algo no tuviera fácil solución: le cambiamos el nombre.
Y así, le pusimos día de la familia a la navidad y semana de turismo a la semana santa. Y así, la Navidad sigue siendo navidad -la conmemoración del día que nació Cristo-, Semana Santa sigue siendo semana santa -la conmemoración de la Pasión de Cristo, coronada en su muerte y resurrección-, manteniendo un feriado no laborable para navidad y una semana especial para semana santa, en la que la mayoría de los uruguayos nos tomamos vacaciones. Todo esto sumado a que, además, como para que no queden dudas de la realidad que intentamos evadir cambiando nombres, por estos lares, vivimos en el año 2021 Después de Cristo.
Entonces, me
pregunto ¿por qué le cambiaría yo el nombre a semana santa? Si
vamos a conmemorar las festividades cristianas no tiene mucho sentido
que las llamemos de otra forma. No importa si cada uno de nosotros es cristiano o no, o si tenemos la suerte de tener un Estado
laico. Lo que importa es lo que pasó ese día; o al menos eso
parece, si no no sería un día especial en el calendario. Por otro
lado, en semana santa pasan muchas cosas en Uruguay: se corre la
Vuelta ciclista -evento deportivo muy emotivo e importante-, se
celebra la semana de la cerveza en Paysandú, se acerca la tradición
del campo a Montevideo en un espectáculo por demás detestable para
mí: las domas de caballos; todo entreverado con las liturgias
católicas que continúa conmemorando esa comunidad. Y estas otras cosas también se meten en el nombre de la semana.
(Y este año nos tuvimos que quedar en casa en semana santa.)
En mi familia, originalmente católica, la semana santa atesora parte de nuestros mejores recuerdos, recuerdos en los que decenas de niños corren por un parque arbolado, en una de aquellas enormes comilonas, esperando el momento en que Mauricio nos sube a todos los críos a la zorra tirada por el viejo tractor y nos lleva a hacer el tradicional paseo por el campo, para luego soltarnos -recreando las imágenes de algún documental de animales que vuelven a la selva-, para correr entre los árboles buscando nuestros huevos de chocolate escondidos en los arbustos, en las horquetas de los árboles o en la corteza desprendida de los alcornoques. Los alérgicos tendrán sus huevos de gelatina, los chiquitos serán alzados por sus padres para alcanzar el huevo escondido, repitiendo cada año la ceremonia, mezcla de conmemoración cristiana y pagana.
Y en los períodos en que no hubo niños en la familia, celebramos la semana santa con otra de nuestras actividades tradicionales: hacer tareas de mantenimiento en la casa y el jardín. Y con eso, también viajamos a otros años y nos reencontramos sacando las hojas secas a las plantas de pajarito, o limpiando la glorieta de rosales que se desbocaron durante todo un año, o recogiendo las hojas secas de los enormes árboles del mágico parque donde antes habíamos buscado los huevos de pascua, o comimos guayabas sentados durante horas en el lecho de los pequeños árboles con un cuchillo y una cucharita.
Luego nosotros, aquellos niños del parque, tuvimos hijos. Y quisimos que vivieran también ellos nuestras vivencias infantiles. Y así, recreamos cada año la misma fiesta, ansiando secretamente que ellos también las recreen con sus familias cuando las tengan. No sabemos muy bien por qué, tal vez porque eso nos da un sentido de pertenencia que no soportaríamos que se perdiera. Tal vez solo porque queremos que valoren las mismas cosas que valoramos nosotros.
Entonces, al fin, mis pensamientos, mis posturas y yo, hemos tomado una decisión: como no queremos que cambien algunas cosas, tampoco le cambiaremos el nombre.