Salimos de casa un poco antes de mediodía. Era un día caluroso pero sin sol, de esos en los que el calor húmedo hace que uno sienta que el cielo se apoya todo encima tuyo, obligándote a ir por ahí llevando a rastras la inmensidad de su peso. El cielo gris plomizo empezaba a volverse algo más claro. Y así, en medio de ese día denso, emprendimos el viaje al supermercado. El camino al supermercado es hermoso. Los árboles y las palmeras flanquean la ruta en algunos tramos, mientras en otros, uno transita un paisaje abierto que parece cubierto por una moquette verde infinita sobre la que camina, lento, algún que otro caballo... dos o tres ovejas viejas... una vaca flaca que busca algo para comer en las pasturas ralas. Si tenemos suerte, tal vez en el pantano que hay a la derecha de la ruta 10 podremos ver alguna garza. Si tenemos mucha suerte, tal vez veamos una cigüeña.
El supermercado está en un lugar urbano, pero abierto, espacioso. En el frente hay un sitio reservado para estacionar, pero no hay lugar. Mi marido se baja a hacer las compras y yo me quedo esperando en el auto, mal estacionada. Prendo la radio. Ese supermercado es el más barato, ya sé que la espera será larga. Las emisoras de radio no me proponen nada interesante, así que empujo un cassette que hay puesto, no sé qué es. Empieza a sonar una canción de Chico Buarque por la mitad. Me acomodo en el asiento del conductor, llevando el pubis un poco hacia adelante y recostando la cabeza en el respaldo del asiento. Los apoya cabezas siempre me quedan altos.
En medio de aquel cielo gris, de golpe se abrió un espacio, como pasa a veces en los veranos de Rocha. Cuando parecía imposible, en medio de ese agujero azul, salió el sol. La luminosidad del reflejo de la calle y las veredas de adoquines de hormigón se vuelve insoportable a pesar de los lentes de sol. Cierro los ojos. Ahora ya no sé dónde estoy, la música embriagante de aquel ángel hechizado empieza a ganar los espacios dentro de mí. Ya no estoy en un auto, en una calle semidesierta al calor de un mediodía de verano, escuchando la radio. Ahora estoy en el lugar donde sólo hay música. Ese lugar lo conozco más que ningún otro. Es un lugar-no lugar, un estado donde el cuerpo se desdibuja y los límites que genera la piel se derriten, fluyendo con los dedos que chirrían al desplazarse sobre las cuerdas, entre los trastes de la guitarra que acompaña virtuosamente a Chico mientras canta.
La voz de Chico Buarque es como el terciopelo de los burdeles: roja, intensa, con derecho y revés, con sesgo y biés, para un lado es suave y tersa; para el otro, áspera, incómoda; y también guarda secretos. Sin embargo, uno siempre quiere seguir escuchando, es como una droga. Pasaron las canciones entre los pensamientos entreverados con recuerdos, sensaciones, tardes de fin de semana escudriñando en los cajones de discos hasta haberlos escuchado todos; los de todas sus épocas: desde el Chico joven con camisa de cuello grande y bigotes, mirando tímido desde las tapas con forro de nylon, hasta los discos de los años noventa, cuando todo terminó. De golpe, sentí una enorme presión en medio del pecho y supe que las lágrimas caían por mis mejillas como corren los arroyos en una inundación: imposibles de detener. De todos modos, no quería que pararan, porque en ese momento hice contacto directo. Mi padre había muerto hacía ya varios años, sin embargo, en ese instante estaba ahí conmigo, arropándome con música, como sabía hacer.
Volvió mi marido con las bolsas del supermercado. Se había bajado del auto un día de calor tórrido y había vuelto a un auto inundado, con una mujer intentando no ahogarse en las aguas revueltas de un arroyo crecido. Tuvo miedo. Me pidió que apagara la radio, pero yo no quería, ahora que al fin lo había encontrado. Esperamos un rato que bajara el agua y empezamos a volver a casa, en silencio. En medio del viaje de vuelta, se terminó el cassette. Nadie lo dio vuelta.
A los pocos días, ya en Montevideo, otro día de calor sofocante, estaba haciendo mandados en el centro y quedé atrapada en medio de un embotellamiento de esos que se forman a las cinco de la tarde. Vi venir un ñeri subiendo contra los autos por la calle Río Branco, pidiendo una moneda mientras relojeaba descaradamente el interior de los autos trancados, muchos con la ventana abierta. Al llegar a mí, repitió como en automático el discurso que venía haciendo en los autos de adelante, pero se paró en seco en medio de la frase. Sus ojos se abrieron de golpe, levantando las cejas sobre la frente, y con una cara de asombro como he visto pocas en la vida, me dijo: ¡Paaah! ¡Radio con cassetteeera!¿Te querés matar, no?
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ResponderEliminarGracias por leer y compartir :)
Melancolía y sentido del humor, me encanta esa combinación
ResponderEliminarBuenísimo Gu....exactamente lo que la música la atmosfera y los olores hacen con nuestras emociones dormidas
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