Cada sábado es un primer día de vacaciones. Es igual al día que llegamos a nuestra casa de veraneo y empezamos a sacar las cosas de sus bolsas, a limpiar los rincones que fueron conquistados por las arañas y ventilar lo que quedó encerrado durante meses.
Es el día para quedarse tomando mate durante horas en el sillón con la mirada perdida, mientras escucho el resumen de mi programa de radio, y no tener nada que hacer, más que las tareas de la casa que, en este estado, son un remanso. Es el día de refrescar la masa madre para hacer el pan para la semana al día siguiente. El día de subir a la azotea a colgar la ropa al sol, acompañada del perro, el gato o el conejo. Ellos aman la azotea.
Cada semana nos pasa que, al querer acordar, son las tres de la tarde y aún no comimos ni tenemos idea de qué comer. Ya sólo nos queda abrir la heladera y transformar lo que hay adentro en algo decente para sacar esa sensación en el estómago que no llega a ser hambre. Así va transcurriendo el día, entre la hamaca de jardín y el sillón del estar. Sólo alcanzo, con suerte, a última hora de la tarde, a hacer algo rico que nos de una dulce alegría.
El sábado es el mejor día de la semana. Es el día de vacío de obligaciones y tareas que tenemos que hacer aunque no nos gusten. Es el día en que no hay que estar atento a nada. Y esto es lo que lo hace maravilloso.
Mantenerme atenta durante un tiempo se me hace una tarea titánica. Por eso amo los sábados.
Debo defender este día por sobre todas las cosas. No puedo dejar entrar en él algo que me obligue, que me ate a una tarea. Incluso a una tarea que amo, pero que me hace abandonar el espíritu de mantenerme al margen, de dejar huecos para la reflexión y para compartir con los otros. No puedo perder los espacios vacíos; los necesito como el agua.
Debo defender los
sábados a capa y espada; ponerme la armadura del Quijote y luchar en
mi interior contra los guerreros que vienen a ocupar mi
territorio de tiempo libre, donde el reloj no existe. Es mi lucha inquebrantable.