Le he dicho muchas veces a mucha gente una frase que alguien atribuyó a los chinos, y que yo acepté porque tenía sentido: “Ten cuidado con lo que pides”. Uno pide lo que quiere sin saber si eso realmente es lo que quiere. Es lo que quiere en ese momento, y ese querer es un querer sin nada de luz, un querer de un momento, guiado por quién sabe qué capricho. Un deseo desolado, construido sobre miedos de los que desconocemos su entidad y su dimensión; sobre rencores, tristezas y soledades de los que tampoco sabemos mucho. Sobre esa base, uno conscientemente no construiría nada ¿no?, sin embargo sobre eso yo construyo mis deseos, lo más potente que puede crear una persona.
Es que no sabemos, o no terminamos de aceptar, que la vida te da lo que le pedís. Siempre. Una vez que enviamos nuestro pedido, es como cuando llamamos porque demora el delivery, o porque queremos cancelarlo: el hombre al otro lado del teléfono te dirá: su pedido ya está en la calle, señora. Puede que todavía no hayan metido la pizza en el horno, pero igual te van a contestar eso; rara vez te dirán que lo podés cancelar. Del mismo modo funcionan los deseos que alojamos en lo profundo de nuestro corazón humano: una vez que construiste trabajosamente tu deseo, se cumple. Si, además, lo expresás en palabras, se afianzará de un modo que no será posible detener. El deseo está enviado junto con el mensaje de mandar a matar a tus potenciales bendiciones.
Si pasamos por todo este proceso sin entender absolutamente nada, tal vez pasen cosas y no podamos ver qué las originó ni qué consecuencias tuvieron. Supongo que muchas veces vivimos así, tal vez la mayoría del tiempo. Pero hay situaciones que nos dejan en evidencia que algo falló, que algún engranaje en el mecanismo que construye nuestra vida no encajó bien. Eso sentimos, pero los engranajes de la vida no fallan, seguramente encajan a la perfección; es más: son infalibles. Los que fallamos somos nosotros. El problema es el disparador del proceso: nuestro deseo. Tal vez debería empezar de una vez por todas la cruda tarea de disipar los objetos, intentando ir a un despojo de todo lo que inicia esos procesos creativo-destructivos. Ya sé de memoria que la vida sabe más que yo. Entonces ¿qué sentido tienen los deseos? ¿qué sentido tiene intentar controlar lo incontrolable?
Mejor sería intentar conocer y limpiar mis intenciones. Sería sin duda mucho más útil para mí, para mi vida, y ni que hablar para los que me acompañan. Si tan solo lograra desandar el camino del deseo y embellecer mis intenciones, tal vez llegaría a un lugar que no conozco pero que sí conozco. Un lugar que conoce una parte de mí que no es lo que yo creo que soy. Eso sí que me gustaría.
“Que te quede de mí la ternura como resolana debajo la piel”
Me quedo pensando en significado y sentido de "deseo" e "intención". "Desandar el camino del deseo y embellecer mis intenciones" me huele a algo que sé y es un saber profundo y hermoso pero difícil de expresar. Me encanta leerte.
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