Cuando era niña estudiaba piano con una de aquellas típicas profesoras solteronas. Una señora que vivía con sus padres, ya muy ancianos, en una casa vieja y oscura, helada, siempre con las persianas bajas, que olía a una mezcla de encierro y cera, y donde había unos pedazos de franela en el piso, al lado de la puerta de entrada, sobre los que tenías que deslizarte para no rayar los pisos de madera. La profesora no era una persona a la que le gustaran particularmente los niños, más bien todo lo contrario. Quién sabe por qué había terminado dándole clases a niños, seguramente por necesidad. Tal vez había querido ser concertista, tal vez había soñado con tocar en los grandes teatros del mundo, sentada en una banqueta forrada de terciopelo rojo, con un vestido negro, acompañada por una orquesta sinfónica y aclamada por el público y por el director de la orquesta, que también aplaudiría emocionado. En cambio, había terminado como profesora de piano para niños, algunos más virtuosos, otros más inquietos, enseñándoles las piezas de los libros de Michael Aaron. En ese contexto, yo, en mi clásico estilo de supervivencia -que por esas épocas me funcionaba bastante bien-, pasaba todo el año sin estudiar absolutamente nada. Nada. Esa era una de las cosas que sacaba de quicio a Amelia. Así se llamaba la profesora.
Ese estilo propio, que practicaba eficientemente con el piano, consistía en empezar a estudiar dos semanas antes del examen de fin de año. Durante esas dos semanas, al volver de la escuela, estudiaba asustada en la vieja pianola de mi casa mientras las lágrimas mojaban las teclas, con mi madre en una silla a mi lado, intentando ayudarme. El día del examen de piano, Amelia iba a la peluquería y se ponía su mejor vestido para integrar el tribunal junto al dueño del conservatorio, un hombre viejo, gordo y particularmente simpático, y algún otro personaje también entrado en años.
A pesar de los nervios, una vez en el examen, frente al tribunal, lograba tocar las piezas con soltura, e incluso con expresividad, y terminaba salvando el examen con sobresaliente. Todos los exámenes de piano los salvé con sobresaliente; muchos de ellos con sobresaliente por unanimidad, un fallo cuyo mérito no llegaba entender a mi corta edad. Lo que pasaba era que en realidad me gustaba mucho tocar el piano, lo que no me gustaba era estudiar. Por eso, una vez que me había aprendido las piezas del examen, me pasaba todo el verano tocándolas una y otra vez con alegría, mientras mi madre protestaba al pasar apurada por el pasillo, sin comprender por qué, si en realidad me gustaba tocar el piano, me exponía todos los años a la misma experiencia traumática previa al examen.
Ese mismo mecanismo lo usaba para todo: para la escuela, donde funcionaba bastante bien, y para el inglés, donde nunca perdí un examen, pero tampoco los salvaba con sobresaliente. Sin embargo, no me pasaba el verano repitiendo lo que había aprendido en la escuela ni hablando inglés; había algo especial con el piano. En el liceo también aplicaba la misma táctica, pero esa institución no parecía comprender mis métodos de aprendizaje basados en no estudiar nada y retener únicamente algún detalle perdido que me pudiera interesar, así que ya en segundo año empecé a irme a examen de las materias que no se bancaban mis dudosos métodos de estudio. Y ningún caso fue tan flagrante como Matemáticas, una materia que tuve que estudiar los veranos correspondientes a segundo, tercero, cuarto, quinto, sexto de liceo y primero de facultad. Yo me empeñaba en mantener mi metodología. Aunque las evidencias estaban a la vista, yo estaba convencida de que funcionaba. Lo había comprobado año tras año en el piano. Me llevó muchos años entender por qué funcionaba en el piano y en nada más. Claramente, no en Matemáticas.
Mucho más tarde me fui dando cuenta de que no funcionaba porque uno puede entender el método para hacer determinado tipo de ejercicio, pero no entender realmente qué es lo que está haciendo. Hasta que un día, ya en sexto de liceo, Mamel me dijo, ante mi total incredulidad, que las matemáticas tienen espíritu. Él conocía el espíritu de las integrales e intentaba enseñármelo. Pero yo no lo entendía. Mis circuitos mentales habían aprendido a estudiar matemáticas de una forma autómata y el espíritu no tenía cabida en ese esquema. Con el paso del tiempo, y a fuerza de perseverar, por fin entendí el espíritu de las integrales, y no sólo de las integrales, sino de todas las matemáticas. Entonces me dispuse a buscar el espíritu de todo lo que hiciera. Nunca más hice un anteproyecto de arquitectura sin espíritu -cosa muy pocas veces valorada por los docentes-, ni estudié nada más sin antes encontrar su espíritu.
Estos días me encuentran tratando de entender el espíritu de los límites. En matemáticas, los límites tienden a cero o tienden a infinito. Esa parte nunca la entendí del todo, tal vez porque todavía no he logrado deshacerme completamente de mis mecanismos mentales que consisten en hacer siempre lo mismo de manera más o menos automática. Pero a pesar de seguir atrapada en esa dinámica, cuando me paro a mirar la realidad que me toca vivir y sus condiciones, me esfuerzo por explorar mis límites, y en esa exploración puedo ver claramente que me gustaría que mi límite para aceptar lo que viene dado tendiera a infinito. Sin embargo, tiende a cero.