(Ensayo sobre la profundidad)
¿Hasta dónde puede uno profundizar en un concepto, una inquietud, una visión?
No lo sé. Nunca he logrado atravesar más de dos o tres capas.
Los que crecimos en el campo podemos entender algunas cosas que pueden parecer obvias, pero que al salir al mundo nos damos cuenta de que no son tan obvias.
Una planta puede crecer en un camellón, donde se siembran al boleo diminutas semillas que luego van a germinar y convertirse en una pequeña planta, una “muda”. Siempre tuve la sensación de que se llaman mudas porque son plantas bebés, que usan pañales y hay que cambiarles la muda. Cuando crecen un poco, las condenamos a su primer destierro, sacándolas del útero compartido con sus pequeñas hermanas para plantarlas solas en un cantero, lo suficientemente lejos unas de otras como para que no se toquen.
En la soledad del cantero, ya no les queda otra que crecer. Como puedan. Lo primero que hacen para mantenerse erguidas es crear una cáscara, y arriba de esa cáscara, otra, y otra, y otra, hasta tener una superposición de infinitas capas que conforman el tallo, y luego el tronco de lo que será una planta adulta; un árbol. Así vamos creciendo también nosotros: con capas superpuestas de supervivencia cada vez más endurecidas y resistentes que nos permiten mantenernos en pie.
Algunas plantas, para dar un fruto rico, dulce, generoso, deben someterse a un injerto mediante un corte profundo en el tallo donde se insertará otro, fuertemente atado a él de modo que no se separen. Como los hijos.
Así, con esfuerzo, incluso con dolor, a través de incontables hendiduras, algunas veces he logrado acceder a la capa de abajo, descubriendo, siempre con asombro, que debajo de esa segunda capa hay otra, y otra, y otra... todas las que fui creando en el proceso de crecimiento e incluso las que traje con la magia de la creación, cuando fui uno de aquellos brotecitos en el camellón, pegaditos unos a otros, antes de ser sacada cuidadosamente con una cucharita, sin romper las raíces, para dejarme sola en la vida.
La tarea implica llegar al origen de mis ideas y mis hábitos. Para eso tengo que ir profundizando en las infinitas capas, y así, de a poco, ir afinando la sinceridad y la mirada para poder ver, al menos de reojo, lo que llevo dentro.