Mi mente vaga por espacios indefinidos, líquidos, carentes de límites, informes. Busco explicaciones para preguntas que a veces me parecen ancestrales, como si hubieran venido conmigo al nacer, agarradas a alguna parte de mí a la que no accedo. Busco en internet refranes sobre el trabajo y encuentro miles. Es un tema recurrente, no solo para mí. Algunos de los aspectos que se destacan en los refranes son: la obligatoriedad del trabajo, la dignificación de la persona mediante el trabajo, los frutos del trabajo, la carencia de cierta cosa que debería abundar...
No puedo creer que sea solo cuestión de suerte, tiene que haber algo más, pero realmente no lo entiendo. No entiendo por qué unas personas tienen buenos trabajos y otros, igual de esforzados y dedicados, no los tienen. No creo que sea un tema de méritos, porque he conocido muchas personas con pocos méritos y menos vocación de esfuerzo que tienen grandes trabajos, mientras que otras, muy meritorias y casi derrochadoras de esfuerzo, nunca llegan a lograr grandes éxitos laborales. A veces pienso que depende de dónde uno pone realmente la energía, pero tampoco me cierra.
Claro que la suerte juega, la pelota toca la red y cae de un lado o del otro. Es obvio que si nos esforzamos más vamos a tener mejores resultados que si no lo hacemos. Ese no es el punto. El punto en el que me empantano es: ante igual dedicación, empeño y amor, ¿por qué a algunos les va mejor y a otros les va peor? Recuerdo estar sentada en el pasto en el jardín de mi casa de niña, entrando en la adolescencia, rodeada de personas que no sé quiénes eran, pero creo que hablaban de este tema. Debatían. Yo escuchaba y al final llegué a una conclusión. En aquel momento me pareció que todos los trabajos deberían tener un pago equivalente. Porque al fin y al cabo, si alguien tiene la suerte de poder estudiar y otro tiene que empezar a trabajar a los catorce años, la vida no debería ser tan cruel como para perpetuar y ahondar esa diferencia.
Sin embargo, con los años empecé a sospechar que el asunto iba más allá de ese pensamiento romántico adolescente, que habían algunos patrones que definían quiénes ganaban más y quiénes ganaban menos. Y más allá del tema monetario, hay también otros patrones que determinan la mirada de la mayoría de las personas sobre el trabajo de los otros; unos patrones que se arrastran desde no sé dónde y no sé cuándo. Por ejemplo, para algunas personas el trabajo físico es más valioso que el trabajo intelectual, mientras para otros es al revés; lo mismo puede decirse del empleo y el trabajo independiente. Pero no pasa lo mismo en otros casos: el trabajo afuera de la casa es más valorado que el trabajo doméstico; el trabajo a cambio de dinero es más valorado que el trabajo a cambio de otro trabajo; y ya en lo específicamente salarial: el trabajo de los hombres es más valorado que el trabajo de las mujeres. El único patrón que se mantiene en casi todos los casos es que a todos nos parece que nuestro trabajo es más sacrificado y por lo tanto más valioso que el de los demás.
Cierto que esta reflexión aplica solamente a la sociedad donde yo vivo, que ni siquiera llega a asomarse a las diferencias étnicas, las diferencias de la economía globalizada, las diferencias de desarrollo entre los países, ni a los distintos tipos de sometimiento (esclavitud, explotación sexual, trabajo infantil...). Sólo pensando en este país pequeño, incluso sólo pensando en la gente que conozco, no encuentro un factor común que pueda esclarecer un poco el asunto y encontrar una punta por donde empezar a entender el sufrimiento que la falta de valoración laboral provoca en algunas personas.
Sigo a la deriva en mis pensamientos líquidos, sin vislumbrar siquiera un atisbo de entendimiento.