Me gusta sentarme del lado del sol. Sentir el calor en la cara a
través de mis lentes oscuros con aumento y, si el ómnibus tiene
calefacción, poner los pies contra el radiador y dejar que el frío
me vaya abandonando. Me gusta sacarme la campera y taparme con ella,
reclinar el asiento y ansiar que no toque contra las rodillas del que
viene sentado atrás.
Ente Atlántida y
Pinamar sube la chica que vende los alfajores de La familia de Parque
del Plata, el señor que cree que es Ian Anderson, el muchacho que
desafina y el caramelero que tiene una de aquellas tablas con bolsas
de caramelos. Ahora hace tiempo que no lo veo. Espero que esté bien.
Cuando sube el
vendedor de caramelos, uno puede elegir si quiere comprarle o no,
pero con Ian Anderson no es tan fácil. La primera vez que subió me
prometí que siempre le iba a pagar por cantar en el ómnibus. ¡Es
Ian Anderson! Pero finalmente me pasó lo mismo que a los 20 años...
me aburrió. Ahora tengo que decidir qué hago ¡Oh,
Dios!
En alguna parte del
viaje cierro los ojos. Me doy cuenta cuando siento la curva para
entrar en Gianattasio, y a partir de ahí mi mente empieza a entrar
en “la melaza”, como dice el Dardo. Es el único estado en el que
realmente soy creativa. Surgen ideas que parecen brillantes,
comienzos de relatos, palabras que no me acordaba que conocía. Y
entre el calor y la ensoñación... soy feliz.
El viaje ya no es
parte del paso del tiempo, sólo el sol; algunas voces; el calorcito;
las conversaciones de los que vienen atrás, que aunque quiera dejar
de escuchar, se cuelan en mis ensoñaciones. Ya no distingo si el
ómnibus para en las paradas o no, si va muy rápido, si va despacio,
si se sentó alguien al lado mío, si dejaron de hablar los de atrás.
Sólo está la melaza y la luz en los ojos.
De pronto, la luz en
los ojos se transforma en millones de pelotitas celestes sostenidas
por cordones y entrelazadas entre sí en una red infinita sobre un
fondo gris oscuro formando fractales. Son hermosas. Luminosas y
celestes como la camiseta de Uruguay, sostenidas en el aire como
pequeños globos de helio. Cuando mi mente intenta mirar una aparecen
otras miles a su alrededor, cada una más celeste y brillante que la
anterior.
Quiero que ese
momento perdure, como todo lo placentero. Quiero que dure mucho;
igual que los cinco minutos entre las 4 veces que suena el
despertador de mañana hasta que por fin consigo despegarme de la
cama. Quiero que dure como los abrazos de la gente que amo. Quiero
que dure como la vida y la juventud que se me escurre entre los
dedos.
Pero no dura. Igual
que el resto de las cosas. Es efímero. Solo dura lo que demora en
subir y bajar la gente en la parada del Shopping Costa Urbana.
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