Hace unos días descubrí en el Diccionario filosófico de Voltaire que Babel es el nombre bíblico de Babilonia. Lo descubrí después de embarcarme en una meticulosa investigación que empezó en La trilogía de Nueva York, siguió con consultas a algunos parientes, y una búsqueda en el Viejo Testamento, para finalmente desembarcar en Google, una vez más, donde encontré ese diccionario. Dediqué casi toda la tarde a esa tarea, con una atención adrenalínica. Estaba en mi casa esos días, así que tenía tiempo, y lo invertí con enorme alegría en esa búsqueda casi inútil. Una búsqueda que solo iba a ser redituable en términos de curiosidad, aunque muchas de las cosas que aprendí las voy a olvidar muy rápido, si es que ya no las olvidé, como casi todo.
Sin embargo, dedicar toda esa energía a la búsqueda de ese tipo de conocimiento siempre ha sido una especie de droga para mí. Desde niña me han fascinado ese tipo de tareas. Mi memoria vino defectuosa, hasta el punto de ver una película una noche y a la mañana siguiente no recordar de qué se trataba y mucho menos cómo se llamaba; exceptuando esas pocas películas que me dieron vuelta la cabeza, que me transformaron. Jamás logré recordar fechas, enumeraciones, tipologías. ¿Para qué querría saber ese tipo de cosas?
Mis mejores anécdotas, con las que más he divertido a mi familia, relatan enormes humillaciones parada debajo del pizarrón, intentando repetir nombres de huesos, ríos de América, tablas, o fechas y hechos históricos sin sentido para mí, mientras la clase entera, el maestro o profesor incluido, me acribillaban con la mirada. Y yo ahí, parada, fortaleciendo mi resistencia interior. No solo no lo había memorizado, ni siquiera lo había estudiado. No me interesaba. Claro que el recuerdo de esos momentos quedó grabado a fuego en mi memoria, pero la profunda convicción de que esa información era completamente inútil me ayudaba a mantener la entereza.
Mi mente funciona bien cuando puede meterse en un espacio disparado por un interés que aparece casualmente y entra por un túnel hecho de cuestiones ligadas a ese interés original. Cosas irrelevantes pero que se atan al interés disparador de una forma robusta, siendo más importante esa atadura que los eventos que ata. Es más interesante el hilo conductor que los hechos que conecta. Los hechos seguro que voy a olvidarlos rápidamente, pero el hilo conductor que hilvana todos esos pensamientos va a quedar grabado en mi cerebro, tal vez para siempre, llegando a veces a ser el disparador de un nuevo proceso inquieto.
Mis hijos me preguntaron muchas veces para qué tenían que estudiar determinadas cosas que, según ellos, no les servían para nada. Y debo confesar que les contesté con las respuestas que algún adulto me había dado a mí cuando hice esas mismas preguntas, cayendo en uno de los peores pecados: responder lo mismo que nuestros padres a preguntas para las que no tenemos respuesta. Tal vez por miedo a dejar en evidencia que no tengo todas las respuestas... tal vez por miedo a que me desafiaran... tal vez solo por miedo.. Ahora creo que podría contestar al menos algunas de sus preguntas: hay que estudiar matemáticas porque es hermosa, y también porque ayuda a desarrollar algunas partes del cerebro y del pensamiento abstracto, y no conozco otras herramientas más eficientes para eso. Hay que estudiar Idioma Español porque ver la estructura invisible que sostiene la lengua nos adentra en una dimensión fascinante. No hay que memorizar nada. Hay que seguir cada inquietud como un sabueso e intentar a toda costa encontrar el espíritu que hay detrás de cada búsqueda de conocimiento. Todo lo demás, no importa.
Para ver otros textos ir a Página principal.
ResponderEliminarGracias x leer :)
Sabés poner en palabras certezas imposibles de describir. Admirable!
ResponderEliminarExcelente reflexión, siempre me quedo con ganas de mas
ResponderEliminarBuenísimo, me sentí muy identificada con algunas reflexiones!
ResponderEliminar