Ocho son los huesos
del cráneo, del oído, de la muñeca y de la mano. Ocho es el número
atómico del Oxígeno, está presente en la estrella de Salomón, es
el número de Leyland, ocho bits forman un byte. Son los vértices de
un cubo, los electrones de valencia que buscan tener los átomos, el
lugar de la escala musical occidental donde todo vuelve a iniciar.
Sin embargo, esos
números no tienen sentido. No tienen valor en sí mismos, son sólo
el múltiplo de otro número. Carecen de toda singularidad: podrían
obviarse perfectamente de la escala numérica y nadie los extrañaría.
En vez, el cero es
el mejor número. Es la síntesis de la nada, hacia donde debemos ir.
De la vacuidad de todo, de la ausencia de deseos y sus
correspondientes dolores. Es la redondez y el infinito.
El uno... es fácil
congraciarse con el uno. La unidad es la génesis de todas las cosas,
los seres y el universo. Es la unión del yin y el yang, el sentido
de la existencia para Confucio y la abstracción de la perfección.
La vida que todos desearíamos tener, aunque no lo sepamos
exactamente.
El dos tiene
engendrado el sentido de la vida. Porque el uno solo adquiere sentido
en tanto exista “un otro”, como dicen los psicólogos. Uno
necesita un entorno, un par, un amante, un hijo, una madre, un amigo,
una casa: un sistema de dos que nos permita dejar en evidencia
nuestras miserias y también lo poco que logramos hacer de forma
virtuosa. El dos es el número más importante.
El seis, en la
lógica anterior, pareciera que tampoco tiene sentido, pero para mí
es muy importante.
El nueve... El nueve
no sé. Tengo mis dudas.
El tres es un
hermoso número. Dicen que resuelve todos los misterios del cosmos y
que está relacionado con lo Divino. La Divina Trinidad de padre,
hijo y espíritu santo. Los lados del triángulo que sostiene el
Teorema de Pitágoras, las tres leyes del movimiento de Newton y las
pirámides de Giza. Además es el primer número impar que incluye a
los demás.
Tres hermanos somos,
tres chicas del 70 con sus tres madres hermanas consecutivas en una
familia de once hijos. Es hermoso.
Al número cinco no
le encuentro mucho sentido. Y pierde la magia de los números impares
porque es la mitad de diez, un número exasperante, a donde se dirige
todo redondeo, toda inexactitud. Pero este ensayo solo abarca los
diez dígitos que dan origen a todos los números. Incluso al cero. A
todos, menos al infinito. Sin embargo, aunque me da un poco de
tirria, al cinco lo amo. Porque es el número favorito de mi madre.
Y claro, sé que no
es original, porque es “un número mágico” y está gastado, como
esas canciones que estás harto de escuchar y que suenan en todos los
cumpleaños y los programas de televisión de verano. Que están las
siete maravillas, los siete pecados capitales, los siete días de la
semana, las siete vidas de los gatos, los siete chacras y hasta
Blancanieves y los siete enanitos. Aún así, con todas estas
características que generalmente hacen que yo odie algo, el siete es
mi número favorito.
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