Cada sábado me prometía a mí misma que no volvería. Sentada en una mesa, miraba a Gonzalo y le preguntaba: “¿Por qué vine? Si ya sé que no me gusta...” Y él me contestaba siempre lo mismo: “No sé. Yo tampoco sé por qué vengo”. Las parejas daban vueltas en una especie de movimiento hipnótico, como una calesita, una masa informe de camisas por dentro de los vaqueros con cinturón de cuero y blusas de colores coronadas por peinados con broches brillantes y jopos enormes.
El disc jockey tenía muchos discos, de rock argentino, de Madonna, de Michael Jackson, de Bruce Springsteen, que nunca los ponía; siempre sonaba lo mismo, lo mismo que tocarían las orquestas que llegaban con sus trajes celestes y sus guitarras con pianito. A pesar de que le pedíamos que los pusiera, no los ponía. Sólo quedaba resignarse, sentarse en la mesa y alimentar el malhumor.
El ómnibus para volver a casa no pasaba hasta las seis de la mañana, me quedaba toda la noche sentada en aquella silla, contestando siempre lo mismo a algún valiente que se arrimaba: “No”. Los demás bailaban, se divertían, tomaban algo, conversaban con sus amigos, se besaban con algún novio. Gonzalo y yo seguíamos sentados en la mesa donde se apoyaba algún vaso sin dueño.
Seguro que el chico que me gustaba no había ido, o bailaba con otra chica, o tenía novia. Sólo había ido para verlo a él y él había ido a ver a alguna otra, que tal vez también había ido a ver a otro. No era fácil ser joven en los ‘80 en el interior. Pasabas noches enteras esperando que aquel muchacho te sacara a bailar, y si eso no pasaba, como casi siempre, la noche era un castigo agónico, una tortura al son de Grupo 70, mirando el reloj cada quince minutos, con la única ilusión de pasar por la panadería y reventar las últimas monedas en una bolsa de bizcochos para devorar en la parada.
Lo increíble es que la expectativa previa siempre lograba engañarme. Conversando con mis hermanos o mis amigos, a veces ya desde el viernes iba surgiendo algún tipo de entusiasmo basado en la fantasía de que aquel chico fuera al baile, que no tuviera más novia y que me sacara a bailar a mí. Pero al llegar, lo único que había era una nueva comprobación de que las fantasías no existen más que en la imaginación y en el corazón dulce y melancólico de las adolescentes soñadoras; fantasías que eran sistemáticamente destruidas al son de la plena, con los ojos doloridos de ver pasar la masa girante. Ojos y oídos embutidos en la cabeza pesada, desplomada sobre la muñeca, cuya fuerza se transmitía hacia el codo anclado en la mesa de madera barata, que a su vez se distribuía en las patas de la mesa, para terminar de descargar la soledad al piso de baldosas amarillas y negras gastadas por los tacos y mocasines girantes de cada sábado.
Así, sin entender por qué volvía, fue que un día no volví más. Nunca más vi la masa girante ni sus cabezas de jopos y peinados con raya al costado, ni los dos pasos a un lado y uno al otro, ni los trajes celestes, ni las guitarras con pianito. Tampoco volvieron las fantasías de amor imposible, ni las bolsas de bizcochos al amanecer, ni el control incesante del reloj que no avanza.
En aquel momento no entendía por qué volvía una y otra vez en busca de la materialización de mis fantasías. No lo entendía en aquel momento y tampoco lo entiendo ahora. No es que crea que no es posible materializar las fantasías, todo lo contrario. De hecho, casi podría decir que construí mi vida sobre esas fantasías. Lo que no termino de entender es por qué, sabiendo lo que quiero, lo busco donde sé que no está. No lo entendía en aquel momento y tampoco lo entiendo ahora.
Buenazo Gusi !!
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