La vieja casa de campo familiar guardaba dentro de cada uno de sus espacios algo de quienes habían habitado en ella. No sé explicarlo, pero uno entraba en algunos de aquellos lugares y parecía que había alguien allí. El poco tiempo que viví en ella, no lo registré. Sin embargo, cuando iba, ya más grande, y la casa estaba vacía, podía sentir claramente algunas presencias. Tal vez fuera la recreación de tantas historias escuchadas...
En el Cuarto de las motas me sentía en casa. Era un cuarto con tres puertas, algo que ya lo hacía único. Una puerta daba al pasillo, por donde se entraba al cuarto, otra daba al que había sido el cuarto de mis abuelos y la otra, la mágica, daba al jardín, justo al costado de un enorme plúmbago celeste: la flor con belcro natural con que nos adornábamos las solapas cuando éramos princesas, incluso reinas. Este cuarto debía su hermoso nombre a sus cortinas y colchas blancas con motas rojas, que hacían juego con las camas blancas, coronadas con pompones rojos en las esquinas de la cabeceras. Era lo máximo. Ése había sido mi cuarto, así que no tenía más que mi espíritu y el de mi hermana.
El cuarto de los varones, el de adelante, a pesar de tener unas camas sin identidad, tenía un enorme ropero con unos espejos gigantes, donde habitaban personas, situaciones, momentos especiales. Allí habían dormido mis tíos en varias épocas, y si te sentabas en el piso, delante de los grandes espejos, tu mente, sola, recreaba la vida de aquellos muchachos de épocas tan remotas, que habían vivido en un mundo tan diferente al mío. A veces abría las puertas del ropero -que eran como las puertas de un castillo- en busca de algo que me acercara un poco más a aquellas épocas, pero adentro no había nada. Eso siempre me llamó la atención, porque, desde afuera, aquel ropero parecía lleno de vida; abrirlo y encontrarlo vacío era desconcertante. Tal vez tuviera algunas cosas, pero no encajaban con lo que mostraban los espejos.
El cuarto de mis abuelos era algo más ambiguo, porque en ese cuarto, después que mi abuelo murió, durmieron muchos matrimonios, y creo que se robaron sus espíritus, porque no estaban allí. No era como los otros cuartos. Salvo por la antigua estufa a carbón; esa estufa era lo único que mantenía un nexo con el pasado. A través del cuarto de mis abuelos, se accedía a una pequeña habitación, donde habían dormido los muchos bebes de la familia. Ése sí era un lugar especial. Parece que los bebes no se sustituían unos a otros. Allí siempre parecía haber un niño durmiendo. Incluso permanecía el olor ácido que guardan los niños pequeños en el cuello, ese olor a leche cuajada y a sudor de lactante. No hay olor más rico en el mundo.
Estaba también el sitio donde se guardaba la comida: una habitación con una enorme heladera de roble, de cuatro puertas con grandes herrajes, y dos cajones de madera con tapa, que, por alguna razón algo inexplicable, llamaban chanchos. Esos cajones fueron la mayor fascinación de mi primera infancia. En ese lugar podía pasar horas, imaginando cómo sería aquel mundo en que era necesario tanto espacio para guardar comida. Cómo sería aquella casa tan grande, ahora vacía, cuando estaba llena de gente. Cómo serían sus rutinas, sus tiempos, sus trajines diarios. Ese era el lugar donde podía imaginar aquella vida que ya no existía.
Un día, ya más grande, entré en el cuarto de los empleados, que estaba entre la habitación de las heladeras y la cocina. Seguramente ya había entrado allí, sin embargo, ese día tuve la certeza de que se podía vivir ahí; solo en ese cuarto con un baño. Ahí perfectamente podía vivir una persona... o una pareja. No sé por qué tenía esa carga de sentido... Tal vez porque quienes dormían ahí también vivían ahí de alguna forma; puede ser que fuera eso. Fue el mayor descubrimiento de la casa. Creo que ese día empezó a pulsar dentro mío el deseo de irme de mi casa cuando fuera algo más que adolescente.
Afuera también había sitios increíbles. Había dos grandes porches en galería, uno adelante y otro atrás, donde pasábamos largas tardes de verano en un tiempo infinito. El de adelante tenía una hamaca de jardín y un juego de sillones de ratán blanco con una mesa donde desfilaban el té, la jarra del café, tal vez un plato con torta o medialunas Royal. Creo que era el lugar favorito de mi abuela, junto con la cocina, porque sólo la recuerdo allí. El otro porche, estaba a la salida del pasillo con el techo más alto que he visto en mi vida, al lado de la cocina; y tenía una larga mesa con bancos, donde comíamos en verano, y donde tomábamos la leche los niños a veces. Ese lugar tenía el objeto más encantador de toda la casa: una especie de campana de vidrio con un plato donde se ponía agua con azúcar para esperar que las moscas, incautas, fueran a ella y quedaran atrapadas volando dentro de la campana para siempre. Se suponía que, según su lógica, debía tener un enjambre de moscas dentro, pero nunca había más de tres o cuatro.
En el jardín había muchos rincones especiales, pero había uno que era mi favorito: la glorieta de hierro con rosales, a la que se accedía por cuatro entradas, dos de ellas techadas con arcos también de hierro y rosas, por donde entrábamos aquellos con espíritu romántico, a ese lugar encantado, lleno de posibilidades, reales y fantásticas. Era hermosa. Estaba bordeada de bancos pintados de blanco, recostados en los rosales, donde uno podía imaginar señoras de vestidos largos y sombrillas de encaje, y hombres con levita, riendo y fumando y tomando sus aperitivos, en busca de una buena chica con quien casarse y tener una vida tranquila. No es que eso hubiera pasado en aquella glorieta -no son cosas que puedan saberse en realidad-, pero esa no era la época en que se había colocado esa estrucutura en ese jardín. Sin embargo, es el tipo de imagen que te viene a la mente cuando entrás en un lugar así.
Todo el lugar era hermoso y provocador, pero de todos los lugares maravillosos que tenía aquella casa y de las infinitas vivencias que a veces incluían viajes espacio-temporales, mi lugar favorito era abajo de la mesa del comedor, con seis años, resguardada por el mantel de hule con dibujos de frutos marrones, ocres, naranjas, donde pasé largos ratos con mi amiga Corina, creyendo que la profesora de inglés no nos veía.
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ResponderEliminarGracias por leer y compartir :)