Me gustan los pájaros. A los veinte años fui a Buenos Aires en un viaje de estudios con el grupo de taller de Facultad a ver obras importantes de la provincia de Buenos Aires. En un momento, un amigo me pidió que lo acompañara a comprar un libro al centro. Fuimos a una de aquellas librerías maravillosas que aún existían en los ‘90 a buscar un libro que sus padres le habían encargado. En el lapso de tiempo entre que se lo entregaron y le hacían la factura y pagaba, me lo dio para que lo viera. Era un libro increíble, con dibujos en color de miles de pájaros de Argentina y Uruguay, desde los más pequeños hasta los más grandes, los migratorios y los residentes, los de monte, los de bañado, los de costas. Estaban todos los pájaros que yo había visto en la vida y muchísimos más que no había visto nunca. Era la “Guia Narosky”. De inmediato supe que la quería y pregunté cuánto salía. Como no me alcanzaba la plata, compré la edición en blanco y negro, y se la traje a mi madre y mi padrastro de regalo.
En esa época yo vivía en el campo (mi madre sigue viviendo allí), en una zona de quintas, sobre todo de frutales, así que hay mucha comida para los pájaros. Pero eso en realidad era una trampa mortal, los productos para las “plagas” que se aplicaban en ese momento mataban todo: hongos, bacterias, insectos, y pájaros. En esa red que forma la vida en este planeta, al envenenar a los insectos, se envenenan los pájaros que comen esos insectos, y luego los pájaros que comen pájaros. Los pájaros fruteros también morían envenenados.
En un momento, pensamos que sólo sobrevivirían las especies más numerosas. Pero recuerdo cuando empezamos a ver otros pájaros. Empezaron a venir naranjeros, juan chiviros, siete colores, cardenales. Oíamos cantos que no habíamos oído antes. Nos parecía ver colores entre el follaje de los árboles que antes no veíamos. Y también vino un ave de rapiña que durante años, hasta que traje la Narosky, llamábamos “el águila”. Con el nuevo libro, nos enteramos de que era un gavilán.
Ahora vivo en Montevideo, y mi marido es amante y estudioso de los pájaros. Tenemos muchos libros, y desde hace unos cuantos años tenemos la Narosky en color. Ahora vemos muchas aves. Acá, en Montevideo, en el campo donde vive mi madre, y en Rocha, donde tenemos una cabaña en un lugar aún bastante agreste. No sé si vemos más porque estamos más atentos, o porque los venenos que se usan para producir comida no son tan tóxicos, o porque se han corrido hacia el sur por perder sus hábitats con la tala de monte nativo para producción a gran escala. No lo sé. En realidad, no sé si estamos recuperando especies o aumentando la pérdida, pero sé que yo veo más.
Muchas veces me despierta al amanecer el grito del pichón de gavilán que vive en el árbol de la casona frente a mi casa. Grita desde que sus padres salen a buscar comida hasta que vuelven con algo. Las aves de rapiña son especiales para mí. Si uno las ve en su rol en la red trófica con la mirada con la que vemos una película o una historia cualquiera en que hay buenos y malos, ellas serían los fuertes, los malos. Los matones que se aprovechan de los más débiles, matan a los pájaros pequeños, les roban sus crías, sus huevos, para alimentar a sus propias crías. A veces, mientras cuelgo la ropa en la azotea, veo como los pájaros pequeños hacen brigadas para espantarlas. Igual que las brigadas de vecinos contra los ladrones.
Sin embargo, en el complejo entramado de la vida de los pájaros, las aves de rapiña son las más vulnerables. Si ponemos veneno para las ratas, morirán las ratas, pero también morirán las aves carroñeras, del mismo modo que mueren cuando ponemos veneno en la fruta. El veneno se va a acumulando en los tejidos de los que lo van comiendo y también se va magnificando en los que van comiéndose entre sí, al subir en los niveles de las redes tróficas. Así, aquellos que vemos como los malos, los matones, son en realidad los más vulnerables.
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ResponderEliminarGracias por leer y compartir :)