Como están arreglando Avenida Italia, y el tema de la ansiedad no lo tengo tan resuelto como quisiera, me tengo que bajar antes del ómnibus. Ahora el recorrido que hago caminando desde que me bajo hasta mi casa es más largo. Primero tengo que atravesar aquella obra que es como un campo arado, esquivando los terrones, los hierros que quedaron en espera en los tramos de hormigón que ya llenaron, los cordones amontonados por aquí y por allá, las veredas a medio demoler, para llegar finalmente al parque. Al llegar al parque me invade una especie de alivio: el entorno verde y sombreado me acoge como una madre a un niño pequeño. A pesar de que se me meten piedritas en las sandalias, el camino se vuelve amable y ya noto que aminoro un poco la marcha. Mis pies cansados reciben la señal de que llegaron a algún lado, o que ya no tienen que apresurarse para llegar a la meta, aunque en realidad no haya llegado a mi destino.
El nuevo camino es notoriamente más largo, lo compruebo cuando miro el reloj de numeritos que me regaló mi madre y veo que ya pasaron quince minutos y aún no salí del parque. De todos modos, la caminata es agradable. Llego a la playa de maniobras donde los conductores novatos practican para sacar la libreta de manejar y lo atravieso pensando que algún día alguien me va a decir que no se puede pasar por ahí, para salir al camino de baldosones que hicieron entre las nuevas canchas de fútbol. Ese sendero me llevará hasta el último tramo del parque antes de regresar a la ciudad en obras, que tendré que volver a surcar camino arriba hasta llegar a la calle Rivera, la cuchilla que divide las aguas y que, una vez atravesada, hará que todo se vuelva más fácil.
Miro de nuevo el reloj y compruebo que el nuevo recorrido me lleva diez minutos más que el habitual, y me obligo a pensar que son diez minutos más de ejercicio aeróbico al fin y al cabo, repitiéndome a mí misma que vuelvo caminando para hacer ese ejercicio, y que los diez minutos más están bien para ese fin... Todo es más llevadero cuando empieza la bajada.
Al pasar por la puerta de la casa del Dardo, veo que pusieron un banco en la vereda. Me sorprende gratamente y me recuerda a uno muy parecido que había en la calle Luis de la Torre cuando tenía veintipocos años y salía por las noches a recorrer boliches con mi compinche. Es un banco hermoso y debajo de él, en el piso, disimuladamente, está pintado con stencil: banco civil. Me inundan las ganas de sentarme, tentada por el cansancio y la invitación de mi amigo y su mujer. Y recuerdo los muchos años de amistad, testimoniada en la alegría por la colocación de ese banco. Y recuerdo cuánto lo quiero.
Ya estoy en el camino que también hago cuando puedo hacer el recorrido habitual, así que ya no tengo que mirar el reloj todo el tiempo para hacer las comparaciones sobre el tiempo que llevo caminado. Mi cabeza se puede liberar de ese control que, aunque sé que es estéril, no puedo evitar hacer. Mis pies ya avanzan solos uno delante del otro, se conocen el camino de memoria, saben por dónde cruzar, conocen cada comercio que hay de paso hasta llegar al semáforo de Avenida Brasil donde, dependiendo del color de la luz, pasaré por un lado o por el otro, evitando la tentación de pasar por la librería de Leo. Sé que si entro, voy a demorar en salir, así que me esfuerzo por esperar la verde y cruzar a la vereda de enfrente, ya de mi lado de la nueva frontera-avenida.
Al llegar al fin a la calle Libertad doblo por la bajada y mis ojos ven algo que pensaba que ya no vería. Ven lo que escucho a veces por las noches, aunque también pensaba que ya no lo escucharía. (Uno se convence de lo que quiere una y otra vez). Ven lo que no quería ver, llenando todo mi ser de una sorpresa inversa a la del banco del Dardo; una sorpresa amarga provocada por lo que veo: un carro, un caballo, un hombre y un niño. Todos están parados al lado de un contenedor de basura. El hombre saca las cosas de adentro del contenedor tirándolas para embocarlas en las enormes bolsas de plastillera que cuelgan del carro, aunque los cartones se los da al niño para que los aplane antes de meterlos en las bolsas. El niño tiene un gorro, igual que el caballo. El hombre no. El niño tiene tapabocas. El hombre no. El niño tiene la expresión de quien espera estar haciendo aquello de forma transitoria. El hombre no. El caballo espera pacientemente, con su sombrero blanco encajado entre las orejas.
Estoy tan triste que me cuesta caminar, aunque ya estoy cerca de mi casa y es todo bajada. Me pregunto por qué. Por qué otra vez esto.
Al fin llego a casa. Estoy abatida.
Ay Gu... qué tristeza y qué maravilla tus decires para transmitirlo.
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