Si me hubiera dado cuenta a tiempo de que hacía tanto calor, me habría cambiado de ropa. El sol pegaba de lleno en el parabrisas del auto, haciéndome detestar el vaquero. Había que pasar por lo de mis tías, pero esta vez no sería para tomar el te, ni comer cosas ricas, ni ver a mis primas como en otras tantas ocasiones. Mi madre nos esperaba en su casa. Había que llegar a tiempo para estar un rato con ella y pasar a la vuelta por lo de Esther para saludar a los muchachos.
Parar en lo de Beittone a comprar una cocucha efervescente se presentaba como un consuelo para paliar la desazón. Redactar el obituario fue todo un desafío: no era fácil encontrar la manera de poner a los que ya no están, intentando conciliar las complejidades de una familia tan atípica. Y así fue pasando la tarde, tomando el té y comiendo los alfajores de maicena destinados a la comida navideña, mientras intentábamos evocar las reuniones de los martes, buscando sin éxito que fuera como un martes cualquiera.
Ellas recordarán otros martes, cuando estaban todas. Yo intentaré estar ahí sin intervenir (siempre me cuesta mucho no intervenir, no opinar, sólo participar amorosamente). A la vuelta pasamos por las mismas calles por donde andaba en bicicleta cuando era chica, por las avenidas por donde iba a la casa de mi padre, reconociendo algunos paisajes y sorprendiéndome por la transformación de otros. Las casas quintas, antes grises y abandonadas, ahora están hermosas, pintadas, pero algunas de las viejas tiendas de barrio siguen iguales, con las marcas del paso del tiempo en sus carteles descoloridos.
Al día siguiente tendría que volver a hacer el viaje hasta la casa de mi madre, atravesar la ciudad, tomar la ruta, y luego el viejo camino de las quintas y los árboles frutales. Cuando florecen los durazneros es como si uno se adentrara en un paisaje onírico, como si se abriera una falla geológica justo en medio del color rosado. Espero todo el año a que llegue ese momento. Al pasar hoy por el camino reímos al ver un cartel que rezaba: “HOY El Beto te desea Feliz Navidad”. ¿Por qué solo hoy nos desea feliz navidad El Beto? En todo caso, qué suerte que pasamos justo hoy. Al llegar a la portera, la veremos venir cruzando campo, como le gusta a ella, casi corriendo. Va a colgar la cartera del medio de la portera y va a pasar por encima como cuando éramos chicos, aunque tenga setenta y ocho años. Ella es así.
A mediodía estaré volviendo hacia Montevideo. Después de ir y volver tantas veces en menos de 24 horas, me doy cuenta de que, por primera vez, lo hago sola. Suena una melodía apacible en la radio del auto. Ahora que estoy sola, ya puedo prender el aire acondicionado. Miro el camino nuevamente, pienso que al fin y al cabo, debo agradecer por poder hacer lo que tengo que hacer. Me gana un sentimiento de satisfacción y una alegría sencilla, modesta. De pronto, una suave brisa provoca una llovizna de flores amarillas sobre el camino inmediatamente antes de que yo pase, como si fuera uno de esos efectos navideños de los shoppings, pero de verdad.
Llegando al lomo de burro, tengo que aminorar la marcha. Algo me llama la atención a la izquierda. Moviendo ambos brazos vehementemente, veo a un hombre detrás de una mesa con mantel y cosas que parecen aderezos en varios recipientes. Detrás: un fuego controlado con los chorizos sobre la parrilla. Al principio no entiendo a quién saluda, miro para los costados, pero no hay nadie; sólo estamos él y yo. Él con una enorme sonrisa y sus dos brazos en alto moviéndose de lado a lado. Yo, en el auto. Entonces me doy cuenta: me está saludando a mí. Claro. Al bajar un poco la vista veo de nuevo el cartel ¡Es Beto! Un desconocido. Y me está deseando una Feliz Navidad. Le devuelvo el saludo con tanto asombro como alegría.
El auto retoma su marcha mientras veo por el espejo a Beto que se aleja y las flores sobre el camino, dejando para el próximo que pase una hermosa alfombra amarilla.
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ResponderEliminarGracias por leer :)