Las fiestas de fin de año son siempre un momento delicado en la vida de las personas, no son como otros festejos, como los cumpleaños ni como tantas otras fiestas, porque casi siempre suponen un cierto grado de tensión. Una tensión que por lo general surge por problemas familiares que nos vemos obligados a ignorar por una noche, o por tener que compartir la velada con gente con la que no tenemos demasiada empatía. En algunas familias, esa tensión empieza a revolotear en las cabezas de todos aquellos que no son niños desde unos cuantos días antes del evento.
Problemas entre hermanos, padres que no se llevan bien, parientes políticos que no terminan de encajar en la familia rondan los pensamientos de los adultos mientras preparan el pan dulce varios días antes de Navidad, o mientras hacen las compras o piensan la lista de participantes al evento para ver qué deben preparar. Ahí empiezan a asomar como en visión lateral los recuerdos de momentos incómodos de años anteriores. Todo eso está por ahí mientras algunos intentan mitigarlo con un arbolito navideño cubierto de luces o con una playlist bien para arriba: una puesta en escena que compense todo aquello.
Todos pasamos por distintas etapas en el relacionamiento con las fiestas a lo largo de la vida: en la infancia las fiestas son lo máximo, el momento más esperado del año en el que seres mágicos te traen regalos. Un momento en el que todo es conexión con la parte mística de la existencia, en el que uno expresa sus deseos y éstos se cumplen casi indefectiblemente. Son cosas que claramente no pasan en otros momentos del año, por eso los niños lo esperan tan ansiosamente. Pero no es solo por los regalos, es sobre todo porque esa conexión mágica que ellos saben que existe -mientras los adultos la han olvidado- se materializa, convirtiéndose en la mayor comprobación de la Fe que puede tener una persona. Y no volverá más, no con esa fuerza, no con esa convicción.
En la adolescencia, uno empieza a percibir algunas cosas, pero sin entenderlas del todo. Puede ver quién está borracho, puede ver las miradas oscuras entre algunos parientes y puede sentir la atmósfera cargada que se vive a veces. Entonces querrá con todas sus fuerzas estar en otro lado, con sus amigos, lejos de su casa y apartado de esa gente que ya lo tiene harto. El sentimiento de rechazo se agiganta porque uno está obligado a quedarse, mientras tiene que soportar que algún adulto haga chistes sobre su cara de orto. Como tantas otras cosas en esa etapa de la vida, las fiestas escenifican la reacción violenta que habita en nuestro interior, dejando de ser el mejor momento del año para convertirse en el peor.
Cuando llegamos a la edad adulta, algunos tenemos hijos: ahí reside todo el sentido que estas fiestas tienen en realidad, cuando de golpe comprendemos que lo que se festeja en Navidad es el nacimiento de un niño. Mientras nuestros hijos empiezan a vislumbrar el momento mágico que se acerca, con una ilusión que crece día a día de manera exponencial, nosotros nos olvidamos de las tensiones, de los parientes borrachos, de quién vendrá y quién no. Sólo habrá un pensamiento rondando nuestra mente, un pensamiento que surgirá un par de meses antes y se irá haciendo cada vez más recurrente a medida que pasan los días, un pensamiento al que le iremos dedicando cada vez más atención y que será el motivo de consulta por excelencia con los demás familiares que participarán de los festejos: qué vamos a comer.
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ResponderEliminarGracias por leer :)