El despertador suena tres o cuatro veces. Cada vez, cambio de posición: me pongo de un costado, luego del otro, luego boca arriba, hasta que lo apago definitivamente. Igual sigo un ratito más en la cama. Hace muchos años, cuando tuve que empezar a madrugar, en quinto de escuela, muchos me decían que después de un tiempo me acostumbraría. Pero nunca pasó. Sigue siendo un sacrificio despertarme, decidir a despegarme de las sábanas y arrancar el día.
Todas las mañanas intento prender la estufa. Aunque muchas veces no lo logro, siempre lo intento, sentada en el banquito con una taza de té en la mano y mirando de reojo el fuego agónico, intentando no moverlo y apagarlo. Cuando más o menos estoy en condiciones de salir, me voy. Camino hasta la parada del primer ómnibus. No me gusta el hombre que cuida coches en la esquina del colegio porque tira la yerba a la vereda. Igual le digo buen día e intento no juzgarlo, pero no puedo. Espero en el rellano de la puerta de un edificio, resguardándome un poco del frío helado del inicio de la mañana. Hay una mujer de pelo canoso como el mío que hace años que viaja en el mismo 192 que yo y se baja en la misma parada. Trabaja en el Clínicas.
Otra vez me encuentro esperando el ómnibus, pero ya empezó el programa de radio que escucho. El segundo viaje es más amable, los asientos son reclinables y ahí puedo recuperar el tiempo que me habría quedado en mi casa, escuchando la radio antes de arrancar el día. Cada día se reinicia la fantasía de trabajar más cerca, mido el tiempo cuando paso, hago las cuentas de lo que me ahorraría de viaje. A qué hora entraría, a qué hora estaría volviendo a mi casa. Luego de revivir esos pensamientos, nuevamente recuerdo que todo tiene su precio y no conozco el precio de trabajar más cerca. También pienso que aún me quedan cosas por vivir allá lejos. Introduzco medio de pesado el pensamiento de que si no fuera así, no viajaría cuatro horas por día para ir a trabajar.
El ómnibus llega a la ciudad donde trabajo. Hace más de cinco años que trabajo ahí y aún no he podido encontrar el timing para ponerme la campera y agarrar mis cosas sin correr a la puerta a tocar el timbre. Es un misterio para mí. El guarda me mira porque me río sola parada en la puerta. Espero que se dé cuenta de que estoy escuchando la radio. Le doy las gracias y me bajo, metiendo rápidamente las manos en los bolsillos de la campera. Sólo me queda caminar dos cuadras.
Miro la hora en el reloj cuando marco. Miro mi huella digital y me sorprendo de que, sea cual sea la forma en la que ponga el dedo, el reloj reconoce la huella. Saludo a los inspectores que generalmente andan ahí en la vuelta. Al entrar por la puerta que está al revés, paso por el pasillo al lado de donde trabaja Laurita y le doy los buenos días. Tengo que ir al box de la recepción para que la portera me tome la temperatura. Hacemos bromas, peleamos, reímos, y subo la escalera para llegar al fin al mi oficina. Aprendí a decir buenos días a todos luego de quedar (en evidencia) como una mal educada en otra oficina donde trabajaba hace muchos años. Me impresiona todo lo que he aprendido sobre la vida en este trabajo. Todos me devuelven el saludo amablemente. Si me acuerdo de sacarme la mochila, iré más liviana a lavarme las manos. La pandemia trajo cosas que llegaron para quedarse.
Al fin logro poner el agua para el mate. Voy al último cajón del escritorio; nunca pensé que sería tan igual a La González. Tengo toda una despensa en ese cajón: yerba, malva, cedrón; semillas de lino, semillas de chía, granola; un pote con hojuelas de maíz que cuando lo abra seguro estará horrible; aceite de oliva, aceto balsámico, pasas de ciruela y chocolate con naranja. Los paquetes ocupan todo el cajón. Pero no tengo grisines.
Cuando me siento en el escritorio, ya tengo el mate pronto, la chía remojando y el lino que dejé con agua en la heladera desde el día anterior. Las dos tanjerinas siguen ahí. Me pongo los lentes, ingreso al sistema y empiezo a trabajar.
Ahora empieza lo más difícil: sortear las situaciones que van surgiendo sin hablar de más. Participar en una conversación sin imponer mi punto de vista. Dejar que mi amiga no me hable sin cobrárselo; sin rencor. No intervenir en las conversaciones de los demás sin que me lo pidan. No prestar atención a lo que hacen los otros. Salir de este enojo que me carcome el alma, me tensa los músculos de los hombros y ahonda las arrugas de mis labios. Son muchas tareas que tengo que hacer en el día, metidas disimuladamente entre el tejido de la tarea por la que me pagan cada mes. La tarea paga la hago bien, tal vez demasiado bien. La haré realmente bien cuando deje de pensar en lo bien que la hago. Mientras tanto, en realidad la estoy haciendo mal. El resto de las tareas, las difíciles, las sigo haciendo bastante mal. Los avances son lentos y tortuosos, como escalar un cerro por la ladera empinada, rocosa, que no tiene mucho de dónde agarrarse.
Cuando quiero acordar, otra vez no pude. Ya pasó el momento y volví a hacer lo mismo de siempre. Intento pensar que ahora, al menos, lo veo, pero sé que eso ya no es suficiente.
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ResponderEliminarGracias por leer y compartir :)
Que genia la Gu!! Tan querida mía 😍
ResponderEliminarTan tú, tan yo, tan todas y cada una...
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