Hay días fáciles y días difíciles; hay momentos felices y de los otros, espacios de diversión y espacios de rabia, de tristeza, de melancolía. A primera vista, parece que hubiera gente que siempre es feliz, como las parejas de rubios lindos vestidos de blanco y celeste de las propagandas de la tele; mientras que hay otros que parece que siempre fueran desgraciados. Sin embargo, si nos acercamos un poco, rápidamente vemos que esas imágenes estáticas son solo idealizaciones, cosas que la mente fija para tener algo de donde agarrarse, para que no sea todo tan inestable.
De lejos, la vida de mi amiga parecía perfecta y al final era un desastre total. En vez, la mía, que en aquel momento parecía una porquería que nunca iba a acomodarse, terminó siendo hermosa. Yo sentía que nunca jamás mi vida se parecería ni un poco a las novelas de la Globo, o a las biografías de mujeres importantes -suficientemente importantes como para tener una biografía-; ni siquiera se arrimaba a la de alguna prima con una vida un poco más prometedora que la mía. Pero con el paso de los muchos años, uno va viendo que las cosas nunca son como parecen.
El muchacho que viene a barrer el frente de mi casa los viernes, tiene una vida bastante vulnerable, pero sin embargo es feliz. Claro que tiene muchos más problemas y urgencias que yo; claro que sí. Pero aun en esa inestabilidad, es feliz. Cuando se ríe, sus ojos lanzan destellos brillantes y su rostro se ilumina cuando me habla de algo lindo que le pasó.
Es difícil desprenderse de esos conceptos por oposición que uno se creó cuando era niño. Es difícil ver la complejidad de las cosas, los matices, las distintas facetas y los puntos de vista desde donde nos acercamos a ellas. Aunque sabemos que las cosas no son blancas o negras, inevitablemente nuestra primera impresión es una foto quemada en blanco y negro. Y a mí me cuesta mucho desprenderme de las primeras impresiones, incluso me cuesta desprenderme de un juicio que hice en algún momento, por mucho tiempo que haya pasado. Cuando emito un juicio de una persona o un asunto, luego no puedo deshacerme de él tan fácilmente, se queda ahí contaminando todo mi vínculo con esa persona o ese asunto. Tengo que hacer enormes esfuerzos para tratar de apagar esa primera impresión, y ni siquiera así consigo que la original desaparezca del todo. Por debajo del nuevo vínculo que a veces logro establecer a partir de mi nueva impresión, aún sigue aquel primer juicio, latente, casi deseando que pase algo que vuelva a confirmar mi primera impresión, mi prejuicio.
Así voy por la vida, comparando el aspecto, la ideología, las conductas, incluso los comentarios intrascendentes que hacen los demás, con los míos. Los que me parecen mejores, los incorporo, los copio; como una impostora. Los otros, los refuto, los pongo en la tela de mi juicio, pero ahí, (afortunadamente), es donde aparece la contradicción: ¿cómo confío tanto en mi juicio? ¿de dónde salió ese repentino exceso de confianza? No tiene ningún sentido. Es como si, en algún momento, alguien hubiera cambiado los cables que entran y salen de mi entendimiento sin que yo me diera cuenta. Tal vez fue mientras dormía. O tal vez, alguien más astuto que yo lo hizo mientras yo lo juzgaba con mis burdos y patéticos artilugios.
Seguramente haya otras personas que hacen eso mismo conmigo. Seguramente. Sin embargo, tengo la certeza de que hay algunos que me tienen una paciencia infinita, un amor más puro. Me miran equivocarme y no me dicen nada, solo esperan que me dé cuenta sola, porque tienen mucha más confianza en mí de la que me tengo yo. No es que la tengan conmigo particularmente; ellos tienen Fe en la humanidad. Y yo que me creía tan crack.
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ResponderEliminarGracias x leer y compartir :)
Para ayudarnos a pensar! Gracias Gusi! 😘
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