A los tres años Manuel era Batman. Se despertaba bastante temprano, se sentaba en el borde de su pequeña cama, se sacaba el pijama y se ponía la ropa y la capa violeta, que antes había sido un saco de mi madre. Ya investido, se sentaba en la mesa de la cocina a desayunar apuradamente, para luego salir corriendo hacia el lugar generado abajo del eucaliptus. Era el lugar elegido como baticueva, allí hacía el orden del día para luego salir a luchar contra los villanos que ese día acechaban Ciudad Gótica. Un día mi padre vino a visitarnos y, con cara de circunstancia, me dijo que quería hablar conmigo. Yo me inquieté, no sabía que podría haber pasado, él no era de proponer conversaciones. Nos sentamos los dos solos en la mesa de la cocina donde Batman desayunaba, y me dijo que estaba preocupado. Ante mi pregunta -que formulé con el resto de aire que me quedaba- sobre la causa de su preocupación, me dijo que estaba preocupado porque Manuel creía que era Batman. Solté una risa estruendosa, pero al volver a mirarlo vi que él no reía. Dejé de reír y me repitió que estaba preocupado. Yo le dije que Manuel tenía tres años. Pero a él le preocupaba una cosa: que Manuel realmente creía que era Batman. Yo volví a reír y le contesté que sí, que claro que realmente creía que era Batman. Tenía tres años.
A veces me pesco siendo otra. A veces, frente a una persona que quiero que tenga una impresión particular sobre mí, me pesco siendo Batman. En realidad, cuando me doy cuenta ya fui Batman frente a él o a ella, o simplemente frente a una situación que parece que me exige ser otra. Y ahí, como ya no lo puedo deshacer, porque sólo me logro dar cuenta cuando ya lo hice, intento volver a ser yo, pero ya estoy demediada, y, volver de golpe a ser yo misma me resulta muy difícil sin mostrar mi desdoblamiento; así que debo permanecer en Batman. Creo que mi padre conocía esa situación, por eso le preocupaba Batman. Y ahora, más de veinte años después, entiendo en parte su preocupación, pero no por el Manuel-Batman de tres años. Entiendo qué le preocupaba. Entiendo que, tal vez a partir de la adolescencia, cuando empezamos a construirnos a nuestra medida -ya no a medida de nuestros padres y nuestro entorno-, empezamos a generar para nosotros personajes que nos gusta cómo se desenvuelven, cómo responden ante situaciones que descolocan, cómo se vinculan con los otros, hasta que en un momento perdemos el hilo de quiénes somos nosotros y quiénes los personajes. Peor aún, el personaje se va perfeccionando con otros personajes que se superponen al que dio inicio a la metamorfosis formal que estamos creando. Y así, nos vamos generando mamushkas de personajes, que a veces, tienen tantas muñecas que tal vez ya no sabemos si podemos acceder a la más chiquita que quedó adentro de todo: “nos comió el personaje”.
En este momento estoy en un punto extraño en el vínculo con mis personajes. Hace tiempo que los empecé a reconocer: está la superada que tiene todas las respuestas, la niña desprotegida, la seductora de mirada penetrante y segura, la modesta pedante... Esos los tengo más o menos calados, y no los banco. Son insoportables todos. Cuando me veo en alguno de ellos siento rabia por mí misma, por haberlo dejado salir otra vez aún sabiendo que no los banco. Y luego debo volver a ser lo más parecido a mí misma y sé que siempre es una situación incómoda, que me deja en evidencia. Porque esos personajes, del mismo modo que los conozco yo, los conoce todo el mundo. Es más, todos los demás, salvo que sea la primera vez que me ven, los conocen incluso mejor que yo, porque los conocen desde que surgieron, mientras que yo solo los conozco desde que los identifiqué más conscientemente. Hasta acá venimos bastante bien, sin embargo, ahora estoy empezando a identificar a muchos otros personajes que no son tan obvios. Son aquellos para los que me pongo la capa apenas despierto, aquellos que creo que soy yo. Mis bátmanes. Las mamushkas de más adentro; las que tengo tan incorporadas que no las quiero soltar. No las quiero soltar porque no encuentro la frontera entre ellas y yo. Tampoco sé dónde está la unión de las dos partes de la muñeca, el lugar donde se puede hacer una hendidura para poder ver a la de abajo. No tengo idea de qué personajes son, qué rol cumplen. Solamente sé que existen, los veo asomar sutilmente en mi cotidianidad. No son como los otros: burdos, obvios, patéticos. Éstos están mucho mejor desarrollados, son mucho más sofisticados, y están tan arraigados a mí que ni siquiera identifico sus caraterísticas y ante qué situaciones se activan.
Pero sé una cosa.
Una cosa bastante importante y que quisiera que ustedes también
sepan: no soy yo. Ya veremos si llegamos a saber quién soy yo
realmente. Mientras tanto, sigo siendo Batman.
Excelente !!
ResponderEliminarA toda edad tenemos algo de Batman!!