En Uruguay hay unas cuantas confiterías, muchas de ellas muy buenas. Seguramente haya algún trabajo publicado sobre el origen o las razones de nuestra larga tradición de buenas confiterías. He oído historias de mi madre y mis tías, otras las he escuchado en la radio, pero seguro que hay buenas investigaciones sobre el tema.
En nuestro barrio hay algunas confiterías muy buenas, de esas que despiden un delicioso e inconfundible aroma a manteca cocinándose con azúcar y harina en un horno. Es un olor inconfundible: olor a cosas ricas. Olor a aquello que se cocina con insumos de buena calidad, de los que acá tomamos como naturales, aunque no lo sean tanto en otros lados. Ese olor, junto con otros que a veces invaden las veredas, nos hace sentir como en casa. Es olor a hogar, a meriendas prometedoras, a domingos en lo de mi madre, a veranos en lo de mi abuela...
Mi marido trabaja los domingos. Sale de casa temprano en la mañana y vuelve a eso de las cuatro de la tarde, y de camino a casa pasa por una de esas confiterías, una que está un tanto detenida en el tiempo, pero de donde salen esos aromas que hacen que en tu mente se dibuje la imagen del Oso Yogui levitando detrás del pastel enfriándose en una ventana. Hoy me contó algo que le pasa los domingos desde hace tiempo. Al volver caminando a casa, cansado, con la mochila más pesada que nunca en los hombros, ve a una señora de unos sesenta años almorzando en la confitería. Esa señora lo intriga muchísimo. Se pregunta por qué una mujer de esa edad está todos los domingos almorzando sola a las cuatro de la tarde en una confitería medio venida a menos. Tal vez está sola y triste, pensamos, tal vez está harta de su familia, tal vez es una veterana reventada que se emborracha todas las noches y amanece tarde, y los domingos se da el lujo de almorzar en la confitería en la que se siente cómoda...
Sin embargo, la imagen de la mujer se mezcla con los sentimientos habituales de los domingos de tarde, sentimientos de melancolía, de cierta angustia, instigados por el punzón del lunes de mañana que se empieza a colar en el final del fin de semana, inevitablemente. Creo que el domingo de tarde es difícil para todo el mundo. A mí me costó muchísimo deshacerme del desasosiego que me traía, del sentimiento de desamparo al que lo tuve asociado durante toda mi infancia y adolescencia. Hoy por hoy, si bien la tarde del domingo me genera una cierta molestia por augurar la proximidad de una nueva semana de horarios y tareas, la llevo bien.
A pesar de que para mi marido los domingos de tarde no son la previa del reinicio de la semana, él tampoco los lleva bien. Tal vez, su percepción de la mujer está teñida de su propia tristeza de domingo, porque cada semana la mira con más atención y ella no se ve triste en absoluto. No sabe si está ahí porque le gusta, o porque no tiene a nadie con quién compartir su tarde de domingo. Creo que esta última hipótesis es la que más lo entristece.
Uno tiende a imaginar las vidas de los desconocidos, ve un par de cosas al pasar y proyecta una vida entera. Ve una señora sola en la confitería y proyecta que no tiene familia, ve al hombre que sube al ómnibus con un niño y proyecta que está separado y vuelve con el niño a casa de su madre, ve un hombre exitoso en una revista cool y proyecta una vida perfecta. Sabemos que su vida no tiene que ser necesariamente como la proyecta nuestra mente, pero no podemos evitar hacerlo. Y a cada una de esas vidas imaginarias la comparamos con la nuestra. Sentimos alivio de tener una casa a donde llegar, en la que tal vez hasta haya olor a manteca y azúcar cocinándose en el horno. Sentimos envidia de no aparecer en la revista cool. Sentimos cierta empatía con aquellos que se nos parecen de lejos.
Ya está hecho: nuestra familia, nuestras maestras, nuestros amigos... incluso nosotros mismos hemos alimentado desde antes de tener entendimiento un corazón de comparación, y es muy difícil desandar ese camino, es demasiado largo.
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ResponderEliminarGracias x leer y se puede compartir ;)
Hermoso jefa! Sis una genia!
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