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Ensayos breves sobre el divagar_
textos publicados en 2020. Corrección: Mariana Mendizábal

CV arq Elina Olivera


Proyecto de carpeta, Las Piedras, 2011

Proyecto de carpeta, Las Piedras, 2011
afuera posterior. Render: 3dsc studio
Para el curso de Proyecto, tesis de grado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República, se diseñaron tres edificios para el Parque Artigas de la ciudad de Las Piedras, implantados en el proyecto urbano ganador del 2° Premio del Concurso de la Intendencia de Canelones para dicho parque.
Se desarrolló a nivel de proyecto ejecutivo uno de los tres edificios, llamado Unidad de Gestión (nombre retomado del equipo ganador del 2° premio del Concurso), implantado en el sitio donde está actualmente el mausoleo.
Es un edificio multiprogramático, pensado como parte de un proyecto de equipamiento urbano para la ciudad de Las Piedras y sus conurbanos lindantes.
Contiene una Sala de exposiciones y eventos junto a una cafetería en la planta baja y dos oficinas para la IMC y Administración.
En el Primer nivel, tiene una Biblioteca|Mediateca y cuatro oficinas para Organizaciones Sociales Locales.
En el Segundo nivel, tiene una Sala de conferencias para 110 personas y cuatro oficinas más para Organizaciones Sociales Locales.

Un gran espacio en planta baja con triple altura, que hace de atrio en los tres niveles, es coronado por un techo traslúcido de policarbonato, jerarquizándolo.
El edificio es una caja de vidrio, de planta libre atravesada verticalmente por un cuerpo sólido donde se alojan los servicios y circulaciones verticales.
La envolvente de vidrio es un curtain wall de doble piel, con una cámara ventilada transitable pensada para acondicionar termicamente el edificio de forma natural la mayor parte del tiempo posible, dejando el aire acondicionado para los días con condiciones climáticas extremas.

Proyecto conjunto con Martha Spinoglio


interior planta baja. Render: 3dsc studio

CASAS DE CAMPO

La percepción espacial en el territorio rural es completamente diferente a la del medio urbano. El diálogo adentro-afuera es muy intenso, las percepciones de los espacios interiores están en función de los paisajes que aprecen en las ventanas, como cuadros vivos.
La iluminación natural tiene un rol protagónico en los espacios interiores, que combinada con la espiritualidad de quienes habitan la casa, generan un ambiente muy especial cargado de significados.

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Piqueréz-Eguren. El Colorado. AMPLIACIÓN

Vivienda Piqueréz-Eguren. El Colorado. AMPLIACIÓN
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Tutté-Maldonado. Melilla. REFORMA

Vivienda Tutté-Maldonado. Melilla. REFORMA
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Sanguinetti. El Colorado. OBRA NUEVA

Vivienda Sanguinetti. El Colorado. OBRA NUEVA
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

CASAS URBANAS

Espacios a veces más introvertidos, a veces más abiertos. La ciudad muestra sus escenarios intramuros.

Diseño interior

Diseño interior
cocina montevideana. Vivienda Sanguinetti-Larriera. Foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda. Familia Duarte-Olivera. 2010

Reforma de una vivienda unifamiliar.
La casa se abre francamente hacia el fondo, percibiendo esta apertura desde la entrada. La luz natural que entra en la fachada posterior empuja al visitante hacia el alma de la casa: el estar-cocina-comedor, totalmente abierto hacia el espacio exterior posterior.
La calefacción es enteramente a leña y el agua caliente es generada por un calentador solar, ubicado en el techo de la vivienda.

Vivienda Duarte-Olivera

Vivienda Duarte-Olivera
desde el acceso

parte de fachada posterior

Isla de Flores. 2007

Intervenir sin intervenir

Se buscó una intervención mínima en un sitio muy particular, donde inundan las ganas de no tocar mucho nada. El contacto directo con la historia a través de las ruinas carcomidas por el tiempo es avasallador.
El lugar da y pide paz. Planteamos esta mínima intervención y una agenda de eventos posibles para las distintas épocas del año. Se trató de abordar la gestión, aunque fuera a nivel de intenciones.

Autoras: Elina Olivera y Catalina Colo

Primer premio Concurso de ideas Isla de Flores

Primer premio Concurso de ideas Isla de Flores
Taller Perdomo. Facultad de Arquitectura. UdelaR

viernes, 13 de agosto de 2021

Un día más

El despertador suena tres o cuatro veces. Cada vez, cambio de posición: me pongo de un costado, luego del otro, luego boca arriba, hasta que lo apago definitivamente. Igual sigo un ratito más en la cama. Hace muchos años, cuando tuve que empezar a madrugar, en quinto de escuela, muchos me decían que después de un tiempo me acostumbraría. Pero nunca pasó. Sigue siendo un sacrificio despertarme, decidir a despegarme de las sábanas y arrancar el día.

Todas las mañanas intento prender la estufa. Aunque muchas veces no lo logro, siempre lo intento, sentada en el banquito con una taza de té en la mano y mirando de reojo el fuego agónico, intentando no moverlo y apagarlo. Cuando más o menos estoy en condiciones de salir, me voy. Camino hasta la parada del primer ómnibus. No me gusta el hombre que cuida coches en la esquina del colegio porque tira la yerba a la vereda. Igual le digo buen día e intento no juzgarlo, pero no puedo. Espero en el rellano de la puerta de un edificio, resguardándome un poco del frío helado del inicio de la mañana. Hay una mujer de pelo canoso como el mío que hace años que viaja en el mismo 192 que yo y se baja en la misma parada. Trabaja en el Clínicas.

Otra vez me encuentro esperando el ómnibus, pero ya empezó el programa de radio que escucho. El segundo viaje es más amable, los asientos son reclinables y ahí puedo recuperar el tiempo que me habría quedado en mi casa, escuchando la radio antes de arrancar el día. Cada día se reinicia la fantasía de trabajar más cerca, mido el tiempo cuando paso, hago las cuentas de lo que me ahorraría de viaje. A qué hora entraría, a qué hora estaría volviendo a mi casa. Luego de revivir esos pensamientos, nuevamente recuerdo que todo tiene su precio y no conozco el precio de trabajar más cerca. También pienso que aún me quedan cosas por vivir allá lejos. Introduzco medio de pesado el pensamiento de que si no fuera así, no viajaría cuatro horas por día para ir a trabajar.

El ómnibus llega a la ciudad donde trabajo. Hace más de cinco años que trabajo ahí y aún no he podido encontrar el timing para ponerme la campera y agarrar mis cosas sin correr a la puerta a tocar el timbre. Es un misterio para mí. El guarda me mira porque me río sola parada en la puerta. Espero que se dé cuenta de que estoy escuchando la radio. Le doy las gracias y me bajo, metiendo rápidamente las manos en los bolsillos de la campera. Sólo me queda caminar dos cuadras.

Miro la hora en el reloj cuando marco. Miro mi huella digital y me sorprendo de que, sea cual sea la forma en la que ponga el dedo, el reloj reconoce la huella. Saludo a los inspectores que generalmente andan ahí en la vuelta. Al entrar por la puerta que está al revés, paso por el pasillo al lado de donde trabaja Laurita y le doy los buenos días. Tengo que ir al box de la recepción para que la portera me tome la temperatura. Hacemos bromas, peleamos, reímos, y subo la escalera para llegar al fin al mi oficina. Aprendí a decir buenos días a todos luego de quedar (en evidencia) como una mal educada en otra oficina donde trabajaba hace muchos años. Me impresiona todo lo que he aprendido sobre la vida en este trabajo. Todos me devuelven el saludo amablemente. Si me acuerdo de sacarme la mochila, iré más liviana a lavarme las manos. La pandemia trajo cosas que llegaron para quedarse.

Al fin logro poner el agua para el mate. Voy al último cajón del escritorio; nunca pensé que sería tan igual a La González. Tengo toda una despensa en ese cajón: yerba, malva, cedrón; semillas de lino, semillas de chía, granola; un pote con hojuelas de maíz que cuando lo abra seguro estará horrible; aceite de oliva, aceto balsámico, pasas de ciruela y chocolate con naranja. Los paquetes ocupan todo el cajón. Pero no tengo grisines.

Cuando me siento en el escritorio, ya tengo el mate pronto, la chía remojando y el lino que dejé con agua en la heladera desde el día anterior. Las dos tanjerinas siguen ahí. Me pongo los lentes, ingreso al sistema y empiezo a trabajar.

Ahora empieza lo más difícil: sortear las situaciones que van surgiendo sin hablar de más. Participar en una conversación sin imponer mi punto de vista. Dejar que mi amiga no me hable sin cobrárselo; sin rencor. No intervenir en las conversaciones de los demás sin que me lo pidan. No prestar atención a lo que hacen los otros. Salir de este enojo que me carcome el alma, me tensa los músculos de los hombros y ahonda las arrugas de mis labios. Son muchas tareas que tengo que hacer en el día, metidas disimuladamente entre el tejido de la tarea por la que me pagan cada mes. La tarea paga la hago bien, tal vez demasiado bien. La haré realmente bien cuando deje de pensar en lo bien que la hago. Mientras tanto, en realidad la estoy haciendo mal. El resto de las tareas, las difíciles, las sigo haciendo bastante mal. Los avances son lentos y tortuosos, como escalar un cerro por la ladera empinada, rocosa, que no tiene mucho de dónde agarrarse.

Cuando quiero acordar, otra vez no pude. Ya pasó el momento y volví a hacer lo mismo de siempre. Intento pensar que ahora, al menos, lo veo, pero sé que eso ya no es suficiente.

 

sábado, 7 de agosto de 2021

La ventana

Me ha costado mucho trabajo; he pagado el alto precio de ser percibida en mi familia como lo que soy en realidad: una controladora, pero he logrado que en mi casa la televisión esté casi siempre apagada, sobre todo durante el día. Y es un trabajo que cumple veintiseis años, la edad de mi hijo mayor. Cuando él era chico, vivíamos en el campo, al lado de la casa de sus primos, que tenían su misma edad, así que la regla era que mientras hubiera luz, había que estar afuera jugando. No se podía prender la tele hasta que se hiciera de noche. Luego nos mudamos a Montevideo, nació mi hija menor y hubo que buscar otras estrategias para hacer cumplir la regla. Pero para entonces ya era un poco más fácil: no teníamos cable y ya no había nada para que los niños vieran en la televisión abierta.

Sin embargo, esa regla tiene sus excepciones: los mundiales de fútbol y los juegos olímpicos. En esos períodos de dos semanas, soy yo -la que creó la regla- quien la rompe. Esos días la tele está prendida casi todo el día, sin volumen. Casi siempre sin volumen, porque de noche -cuando además de estar prendida, la miramos un poco- es indispensable escuchar a los relatores de la empresa que televisa el deporte en Uruguay, que nos comparte por el canal del Estado las partes más intrascendentes de los juegos; y así podemos deleitarnos con los comentarios de Adriana. Muchas veces, es la parte más divertida del día. Ayer, de pronto, nos dimos cuenta de que hacía media hora que estábamos mirando golf.

Hoy me levanté y después de tomar tres mates le dije a mi hija que teníamos que prender la tele. Mañanas de sábado. Puse un lavado rojo, tengo en espera uno oscuro y uno blanco. Refresco la masa madre para hacer pan. Tomo unos mates más. Abro la ventana del cuarto de Manuel, la única que quedaba cerrada. Empujo los postigos de celosía de madera y los pliego sobre la cara exterior de la pared. Nico descansa en el puff; sus horas en el puff aumentan con los años. Ya es un perro con canas en el hocico. Pongo el espatifilo al sol, para que sus flores se alegren. Retiro las sábanas de las camas para que se ventilen al aire limpio de la mañana. Entretanto, la tele muestra unos clavados maravillosos. Cuando vuelvo de poner la ropa a lavar, pasamos a un partido de fútbol: Brasil-España. Me gusta el fútbol, así que me siento en el sillón gris a mirarlo. Parte del asunto de la minimización de la televisión consiste en que el living está armado de forma que la tele queda como un objeto lateral. El sillón gris me obliga a girar al cabeza a la izquierda para mirar la tele.

Me alegro. Un partido de fútbol es mucho mejor que el golf, las marathones, las innumerables carreras de remo, la natación, el tiro al blanco o el lanzamiento de martillo. Me siento en el sillón gris, con el mate en la mesa. Sin embargo, a cada rato me encuentro mirando en la dirección opuesta al partido de fútbol. Porque a mi derecha, enfrentadas con la tele, están las ventanas que dan al fondo de mi casa. A la tercera o cuarta vez que me encuentro, distraídamente, mirando por la ventana, me doy cuenta de que nunca me siento en el sillón negro porque le da la espalda a las ventanas. Todas las mañanas, cuando me levanto, lo primero que hago es levantar las cortinas para dejar que el mundo exterior entre en la casa. Es una necesidad física, biológica, que no sé explicar.

Cuando era adolescente, tenía el escritorio debajo de la ventana del cuarto. Ahí me sentaba a estudiar. Quizás eso explique lo poco que estudiaba. Todo el tiempo me encontraba con el cuaderno abierto, la lapicera en la mano y la mente perdida en el paisaje infinito que me mostraba la ventana. Un enorme eucaliptus al lado del bebedero de revoque gris empezaba el paisaje, que se escurría ladera abajo en el diseño riguroso de los cuadros de viña, cruzaba la ruta y dejaba asomar apenas la casa de la Beba, con su palmera, para finalmente internarse en un espacio infinito de praderas con monte nativo en cuyo horizonte se dibujaba el largo camino de eucaliptus y la hermosa casona de la Estancia San Pedrito. Aquella ventana era un cuadro gigante que ocupaba toda mi visión.

Los paisajes rurales del invierno son mis favoritos. Me encantan los colores de las chircas quemadas por la helada, los troncos negros de los árboles sin hojas, las ramas amarillas y rojas de los mimbres y, a veces, como esta semana, todo eso es magnificado por las nieblas matinales, que hacen que aquel sea un paisaje aún más pictórico. Desde el sillón de mi casa urbana no veo nada tan maravilloso, hoy solo veo una pared blanca al sol sobre la que se asoman apenas las plantas del jardín, atrás del esqueleto de la parra sin hojas. También se cuelan por la izquierda unas hojas de la palma kentia, adelante de la madreselva que al fin logré tener en mi casa. Pero aunque sea solo eso, me hipnotiza de la misma manera que aquella ventana del hermoso paisaje rural. Cuando miro por la ventana, mis sentidos se aquietan, mi cerebro se expande y mis pensamientos fluyen de una forma a la que jamás logré ni acercarme al hacer Savasana, para Iyengar y para mí, la postura más difícil de la práctica de yoga. Tal vez debería pedirle a Miguel que me deje mirar por su maravillosa ventana cuando la haga.

 

sábado, 31 de julio de 2021

Mi primer equipo adidas

Bajé del ómnibus en la parada de Agraciada y Gil pasado el mediodía. Tenía puesto el nuevo equipo adidas que mi madre me había traído del Chuy. Recuerdo muy bien la primera vez que me lo probé, parada frente al espejo de la vieja ropería, y descubrí que el pantalón tenía cintura y cadera, marcadas por sus tres rayas blancas a los costados que bajaban en rectas perfectas hacia los pies, para terminar en unas cintas elásticas que se pasaban por debajo de las plantas de los pies, y quedaban metidas dentro de los championes. Cuando me lo puse por primera vez, lo amé. Sin embargo, pasadas unas pocas semanas, ya no logré disociarlo del todo del día en que un hombre me siguió por la calle por primera vez.

Era viernes, volvía de la escuela. El camino desde la parada a la casa de mi abuela era por una calle ancha, de doble vía, con un gran cantero con palmeras al medio. Sólo tenía que caminar tres cuadras, pero antes de llegar a la segunda esquina, me pareció que un hombre me seguía. Primero pensé que era impresión mía. Crucé la calle para comprobar que era mi imaginación, pero él cruzó atrás de mí. Apuré el paso para volver a comprobar que era mi imaginación, pero él también apuró el paso. Así que al llegar a la parte de los pastos altos y los arbustos, empecé a correr. Ya no volví a mirar para atrás. No era necesario.

Corrí rápido. No sabía que podía correr tan rápido. Estaba segura de que el hombre corría atrás de mí. Era apremiante que corriera más rápido que nunca. Mi mayor terror era que cuando al fin llegara a la casa de mi abuela, no hubiera nadie. No pensaba en otra cosa. Corría como una posesa y rezaba para que hubiera alguien. No recuerdo quién estaba cuando finalmente llegué a la casa de mi abuela. No recuerdo si le conté lo que me había pasado a la persona que estaba en la casa. No recuerdo si lloré. No recuerdo nada de lo que pasó cuando la tensión cesó.

Miles de veces soñé con la casa de mi abuela. Muchas veces estoy con una llave intentando abrir la puerta del frente. Cuando fui más grande, me dieron la llave de la puerta del garaje; sin embargo, en los sueños siempre entro por la otra puerta. No sé por qué, pero sé que esos sueños están asociados con ese día. La sensación de no saber si la llave va a abrir la puerta se parece mucho a lo que sentí aquel día mientras corría. Por eso lo sé.

Hace un par de días volví a soñar con aquella casa. Una casa grande, de dos pisos, con un gran living con estufa a leña, un piano de cola; un comedor grande; y lo mejor, una biblioteca con dos escritorios, una máquina de escribir y una enciclopedia Espasa-Calpe, que contenía todo lo que existía en aquel mundo. Un mundo acotado, finito, que entraba entero en una biblioteca. En mi último sueño, alguien se había llevado las arañas del living y del comedor, y en su lugar había colgado unas lámparas vulgares, comunes, como las que yo tengo en mi casa. Me desperté con un sentimiento de pérdida.

A pesar de la asociación ineludible entre aquel episodio y mi pantalón adidas, lo seguí usando durante mucho tiempo, aunque seguramente en algún momento lo empecé a acompañar de buzos grandes, de punto inglés, que taparan el cuerpo adolescente que su entallado dejaba en evidencia. Mi intuición aún infantil de una época en que las cosas eran como eran, hacía asomar desde el fondo de mis pensamientos la idea de que el responsable de lo que pasó aquel día era el pantalón; o sea, yo. Un día lo vi en el fondo del cajón del ropero del cuarto de mi abuela, el cajón que nos había dejado para que guardáramos nuestra ropa. Le gustaba que tuviéramos ropa en su casa.

Hoy es el cumpleaños de mi abuela, que murió cuando yo tenía sólo dieciséis años y mi madre sólo cuarenta y cuatro. Hace más de treinta años de eso, pero aún la extraño mucho. Tal vez por eso volví a soñar con su casa.

 

sábado, 24 de julio de 2021

A mis amigas del trabajo

Era un día como cualquier otro. Llegué a trabajar al viejo local de oficinas, que antes había sido de otro ente público, a media mañana. Era un edificio con un lenguaje totalmente ochentero: una marquesina en la vereda sobre una fachada de ladrillo a la vista, aberturas de aluminio. Adentro, un cielorraso de barras de aluminio pintado color cremita con tubos lux empotrados, instalados en cajones cromados algo oxidados, algunos con tapas de rejilla, otros ya no. En algunos sectores faltaban pedazos de cielorraso, dejando ver el espacio negro, infinito, detrás de los colgajos de nylon sucio. Un aparato de aire acondicionado enorme, con una caja simil madera, estaba instalado en la pared del fondo, a la altura de los escritorios, terminando de cerrar el paisaje y de definir ineludiblemente la época en que aquel local había recibido algo de mantenimiento por última vez.

Lo único bueno que tenía aquel local era el jardín al fondo. Era un jardín lindo, con pasto -siempre alto, selvático-, muros bajos de ladrillo por donde llegaba el sonido del reggaeton del gimnasio de la vuelta, y un parrillero. A menudo nos preguntábamos qué sentido tenía un parrillero en un local de oficinas del Estado. Cuando yo llegué a trabajar ahí, me contaron que alguna vez le habían dado sentido. Pero al parecer ya no estábamos en aquellas buenas épocas. Los cuentos de las buenas épocas guardaban una cuota importante de nostalgia. Había habido una camaradería, y se había perdido.

Cuando llegué por primera vez, al pasar los banners que separaban precariamente la oficina de adelante de la de atrás, lo primero que vi fue a una chica rubia con trajecito azul -¡Oh, Dios! Aquí usan trajecito, pensé-. No demoré mucho en hacerme amiga de la chica de trajecito y en enterarme de que no era un trajecito, sino sólo un vaquero azul y una chaqueta. Había una gran mesa hecha de escritorios de cármica simil madera puestos uno al lado del otro donde se sentaban seis personas, enfrentadas de a tres por lado. Yo llegué un día de otoño, un típico día de media estación. No hacía ni frío ni calor. La ciudad empezaba a recibir las hojas de los plátanos en sus veredas de baldosas grises, comunes.

Me explicaron a grandes rasgos cuál sería mi tarea en aquella oficina. Me gustaba. Mezclaba mi profesión con algo de trabajo social. Era una propuesta estimulante. Me hacía sentir útil. Otra arquitecta entró conmigo al llamado. Las dos estábamos en el mismo puesto de la lista que había resultado del concurso del año anterior. El puesto número siete. Ella llegó al día siguiente. Habíamos obtenido el mismo puntaje en el concurso, así que habíamos quedado en el mismo lugar de la lista y haríamos la misma tarea; las primeras semanas, en la misma computadora. Nos comportábamos como si fuéramos amigas desde hacía años. Todos pensaban que nos conocíamos de antes. No deja de sorprenderme la magia que es capaz de generar el número siete.

En aquella oficina, éramos cuatro arquitectas, una escribana, un arquitecto que era nuestro gerente, un agrimensor y cuatro o cinco funcionarios administrativos. Con una funcionaria en particular generé un vínculo hermoso. A ella le debo mucho. Es una persona especial: un espíritu despierto, una luchadora incansable. Es una de esas personas que generalmente saben lo que tienen que hacer en la vida y simplemente lo hacen. Unos meses después, entró una ayudante de arquitecto, era casi una adolescente. Tímida, apocada, algo infantil. El primer día se sentó a comer en la mesa de la cocina, una mesa triste, que quedaba encajada entre las puertas de los baños. Alguien la vio y le dijo que no comiera allí. Todos comíamos en una mesa grande, en un grupo que iba creciendo a medida que pasaba el tiempo. Demoró unos días en animarse a comer con nosotras, pero se quedó para siempre. Ahora es una mujer de campo.

Una noche estaba en casa, aprontándome. Me puse ropa para salir, me pinté, me perfumé. Pasó mi hijo distraído y se detuvo al llegar a mí. Me miró desconcertado, me inspeccionó de arriba a abajo, con la mirada cada vez más sorprendida. Se detuvo en mi mirada, con esos ojos hermosos que tiene. Y con la mandíbula medio caída, me preguntó adónde iba. Voy a salir con mis amigas del trabajo, le contesté. En ese instante terminó de caer su mandíbula y se abrieron aún más sus grandes ojos verdes. ¿Y vos desde cuándo tenés amigas en el trabajo?

Aquel día, algo cambió para siempre.

 

domingo, 18 de julio de 2021

Ten cuidado con lo que pides

Le he dicho muchas veces a mucha gente una frase que alguien atribuyó a los chinos, y que yo acepté porque tenía sentido: “Ten cuidado con lo que pides”. Uno pide lo que quiere sin saber si eso realmente es lo que quiere. Es lo que quiere en ese momento, y ese querer es un querer sin nada de luz, un querer de un momento, guiado por quién sabe qué capricho. Un deseo desolado, construido sobre miedos de los que desconocemos su entidad y su dimensión; sobre rencores, tristezas y soledades de los que tampoco sabemos mucho. Sobre esa base, uno conscientemente no construiría nada ¿no?, sin embargo sobre eso yo construyo mis deseos, lo más potente que puede crear una persona.

Es que no sabemos, o no terminamos de aceptar, que la vida te da lo que le pedís. Siempre. Una vez que enviamos nuestro pedido, es como cuando llamamos porque demora el delivery, o porque queremos cancelarlo: el hombre al otro lado del teléfono te dirá: su pedido ya está en la calle, señora. Puede que todavía no hayan metido la pizza en el horno, pero igual te van a contestar eso; rara vez te dirán que lo podés cancelar. Del mismo modo funcionan los deseos que alojamos en lo profundo de nuestro corazón humano: una vez que construiste trabajosamente tu deseo, se cumple. Si, además, lo expresás en palabras, se afianzará de un modo que no será posible detener. El deseo está enviado junto con el mensaje de mandar a matar a tus potenciales bendiciones.

Si pasamos por todo este proceso sin entender absolutamente nada, tal vez pasen cosas y no podamos ver qué las originó ni qué consecuencias tuvieron. Supongo que muchas veces vivimos así, tal vez la mayoría del tiempo. Pero hay situaciones que nos dejan en evidencia que algo falló, que algún engranaje en el mecanismo que construye nuestra vida no encajó bien. Eso sentimos, pero los engranajes de la vida no fallan, seguramente encajan a la perfección; es más: son infalibles. Los que fallamos somos nosotros. El problema es el disparador del proceso: nuestro deseo. Tal vez debería empezar de una vez por todas la cruda tarea de disipar los objetos, intentando ir a un despojo de todo lo que inicia esos procesos creativo-destructivos. Ya sé de memoria que la vida sabe más que yo. Entonces ¿qué sentido tienen los deseos? ¿qué sentido tiene intentar controlar lo incontrolable?

Mejor sería intentar conocer y limpiar mis intenciones. Sería sin duda mucho más útil para mí, para mi vida, y ni que hablar para los que me acompañan. Si tan solo lograra desandar el camino del deseo y embellecer mis intenciones, tal vez llegaría a un lugar que no conozco pero que sí conozco. Un lugar que conoce una parte de mí que no es lo que yo creo que soy. Eso sí que me gustaría.

Que te quede de mí la ternura como resolana debajo la piel”

 

viernes, 9 de julio de 2021

Los días del insomnio

La gata me despertó a las tres de la mañana. No se estaba lavando, como hace siempre cuando quiere que me levante, esta vez maullaba desde el recibidor, sentada al lado del piano. Me levanté y caminé dando tumbos hasta que llegué a la ventana. La abrí y caminé hasta ella para pararme atrás, animándola a salir, pero ella no salió; en vez de salir, entró corriendo al cuarto de Martina. No sabía lo que quería, pero de todas formas la agarré y la dejé en la ventana, cerrándola nuevamente cuando saltó al jardín, sabiendo que en un rato volvería, pidiendo para entrar.

Volví a la cama. Intenté volver a dormir, pero no sucedió.

No me gusta desvelarme, claro, como a todo el mundo. Sin embargo, hay recortes en el tiempo en los que no estoy ni dormida ni despierta, en los que mi mente alcanza una lucidez algo mayor a la que tengo en vigilia. En esos estados, vienen a mí pensamientos bien hilvanados, ideas bastante claras y un lenguaje preciso. Al menos eso es lo que parece en el momento. Estiro la mano hacia la mesa de luz, me pongo los lentes y agarro el teléfono. Escribo en el block de notas pequeños pasajes de futuros relatos, frases que podrían ser disparadores de algo, pedazos de poesías. Algunas de las cosas que escribo han salido de esos instantes semi conscientes. A veces eso me sirve para algo y a veces no tengo idea de qué quise poner, por dónde andaba mi mente, qué hilo conecta esos pensamientos que anoté que parecían revelaciones, casi epifanías.

Por alguna razón indescifrable, anoche anoté algunas cosas sobre un libro que leí hace muchos años. A menudo me encuentro frente a la biblioteca mirando qué leer. Es una situación que vivo bastante periódicamente desde la niñez. Lo hice en mi casa, en la casa de mi padre, incluso en la casa de mis tíos, de donde me llevé prestado un libro que nunca devolví. En uno de esos momentos voyerista de bibliotecas, una tarde de fin de semana, me encontré en mi casa con un libro con un nombre que lo hacía ineludible: Creatividad, Sensibilidad y Fantasía. Esas tres cosas, tan poco valiosas en esta tierra, eran las tres características más presentes en mí. Agarré el libro, lo saqué casi con miedo del estante, convencida de que sería otra piedra que el pueblo arrojaría sobre mí. Pero resulta que, lejos de eso, el libro -una edición preciosa, de tapas duras color rojo lacre, con esa terminación de un papel que se asemeja al cuero- me mostró por primera vez que mi mundo interior no era un deshecho absoluto.

Según este manifiesto rescatista, todo aquel trabajo de tantos y tantos años en los que forjé dentro de mí una fantasía interminable, que mutaba conmigo a medida que crecía, era indispensable para la construcción de una vida real. Una mezcla de un poco de alegría con mucho alivio se metió en mi corazón para siempre. Hasta ese momento, había creído que mi actividad, fundamentalmente interior, era un desperdicio absoluto. Creía que había estado perdiendo el tiempo toda mi infancia y toda mi adolescencia. Me abracé a ese libro más que a nada ni a nadie. Fue como cuando el Hada le dio vida a Pinocho. Al fin, todo aquello podía servir para algo. Claro que no estaba segura de que realmente sirviera, pero me aferré a la posibilidad, aunque no conociera ni mínimamente la probabilidad que tenía; por mínima que fuera, era una probabilidad al fin y al cabo. Y eso, en el mundo de acciones no ejecutadas en que yo me desenvolvía, era muchísimo.

La gata arañó la persiana pidiendo para entrar. Le abrí la misma ventana por la que había salido. Apareció con su andar cansino y entró.

Mi memoria no funciona, claro, es una herramienta de un mundo al que no pertenezco. Y nunca más leí el libro en las décadas que siguieron. Sin embargo, no olvidé jamás lo que dice. No olvidé su nombre, ni sus tapas, ni la forma del título, en letras en imprenta doradas sobre un fondo negro enmarcado en líneas también doradas sobre el rojo de las tapas. Tampoco me desprendí más de él. En todas las casas en las que viví, estuvo en mi biblioteca.

Este libro me dio vida por segunda vez, luego de que mi madre me trajera a este mundo una noche de invierno, el mismo día que mi hermano, después de festejar su cumpleaños de dos años y de dejar todo limpio. Mi abuelo le decía que se apurara, pero así es ella. Primero hay que hacer lo que hay que hacer.

Desperté con los maullidos de la gata y me volví a dormir con el canto de los pájaros cuando empezó a clarear este cielo urbano.

Así termina mi día, sobreviviendo a las largas horas de insomnio que me dejó la noche.

Así termina mi día: sin saber -una vez más- qué milagros hacen que uno nazca tantas veces.

 

domingo, 4 de julio de 2021

El mantel de hule

La vieja casa de campo familiar guardaba dentro de cada uno de sus espacios algo de quienes habían habitado en ella. No sé explicarlo, pero uno entraba en algunos de aquellos lugares y parecía que había alguien allí. El poco tiempo que viví en ella, no lo registré. Sin embargo, cuando iba, ya más grande, y la casa estaba vacía, podía sentir claramente algunas presencias. Tal vez fuera la recreación de tantas historias escuchadas...

En el Cuarto de las motas me sentía en casa. Era un cuarto con tres puertas, algo que ya lo hacía único. Una puerta daba al pasillo, por donde se entraba al cuarto, otra daba al que había sido el cuarto de mis abuelos y la otra, la mágica, daba al jardín, justo al costado de un enorme plúmbago celeste: la flor con belcro natural con que nos adornábamos las solapas cuando éramos princesas, incluso reinas. Este cuarto debía su hermoso nombre a sus cortinas y colchas blancas con motas rojas, que hacían juego con las camas blancas, coronadas con pompones rojos en las esquinas de la cabeceras. Era lo máximo. Ése había sido mi cuarto, así que no tenía más que mi espíritu y el de mi hermana.

El cuarto de los varones, el de adelante, a pesar de tener unas camas sin identidad, tenía un enorme ropero con unos espejos gigantes, donde habitaban personas, situaciones, momentos especiales. Allí habían dormido mis tíos en varias épocas, y si te sentabas en el piso, delante de los grandes espejos, tu mente, sola, recreaba la vida de aquellos muchachos de épocas tan remotas, que habían vivido en un mundo tan diferente al mío. A veces abría las puertas del ropero -que eran como las puertas de un castillo- en busca de algo que me acercara un poco más a aquellas épocas, pero adentro no había nada. Eso siempre me llamó la atención, porque, desde afuera, aquel ropero parecía lleno de vida; abrirlo y encontrarlo vacío era desconcertante. Tal vez tuviera algunas cosas, pero no encajaban con lo que mostraban los espejos.

El cuarto de mis abuelos era algo más ambiguo, porque en ese cuarto, después que mi abuelo murió, durmieron muchos matrimonios, y creo que se robaron sus espíritus, porque no estaban allí. No era como los otros cuartos. Salvo por la antigua estufa a carbón; esa estufa era lo único que mantenía un nexo con el pasado. A través del cuarto de mis abuelos, se accedía a una pequeña habitación, donde habían dormido los muchos bebes de la familia. Ése sí era un lugar especial. Parece que los bebes no se sustituían unos a otros. Allí siempre parecía haber un niño durmiendo. Incluso permanecía el olor ácido que guardan los niños pequeños en el cuello, ese olor a leche cuajada y a sudor de lactante. No hay olor más rico en el mundo.

Estaba también el sitio donde se guardaba la comida: una habitación con una enorme heladera de roble, de cuatro puertas con grandes herrajes, y dos cajones de madera con tapa, que, por alguna razón algo inexplicable, llamaban chanchos. Esos cajones fueron la mayor fascinación de mi primera infancia. En ese lugar podía pasar horas, imaginando cómo sería aquel mundo en que era necesario tanto espacio para guardar comida. Cómo sería aquella casa tan grande, ahora vacía, cuando estaba llena de gente. Cómo serían sus rutinas, sus tiempos, sus trajines diarios. Ese era el lugar donde podía imaginar aquella vida que ya no existía.

Un día, ya más grande, entré en el cuarto de los empleados, que estaba entre la habitación de las heladeras y la cocina. Seguramente ya había entrado allí, sin embargo, ese día tuve la certeza de que se podía vivir ahí; solo en ese cuarto con un baño. Ahí perfectamente podía vivir una persona... o una pareja. No sé por qué tenía esa carga de sentido... Tal vez porque quienes dormían ahí también vivían ahí de alguna forma; puede ser que fuera eso. Fue el mayor descubrimiento de la casa. Creo que ese día empezó a pulsar dentro mío el deseo de irme de mi casa cuando fuera algo más que adolescente.

Afuera también había sitios increíbles. Había dos grandes porches en galería, uno adelante y otro atrás, donde pasábamos largas tardes de verano en un tiempo infinito. El de adelante tenía una hamaca de jardín y un juego de sillones de ratán blanco con una mesa donde desfilaban el té, la jarra del café, tal vez un plato con torta o medialunas Royal. Creo que era el lugar favorito de mi abuela, junto con la cocina, porque sólo la recuerdo allí. El otro porche, estaba a la salida del pasillo con el techo más alto que he visto en mi vida, al lado de la cocina; y tenía una larga mesa con bancos, donde comíamos en verano, y donde tomábamos la leche los niños a veces. Ese lugar tenía el objeto más encantador de toda la casa: una especie de campana de vidrio con un plato donde se ponía agua con azúcar para esperar que las moscas, incautas, fueran a ella y quedaran atrapadas volando dentro de la campana para siempre. Se suponía que, según su lógica, debía tener un enjambre de moscas dentro, pero nunca había más de tres o cuatro.

En el jardín había muchos rincones especiales, pero había uno que era mi favorito: la glorieta de hierro con rosales, a la que se accedía por cuatro entradas, dos de ellas techadas con arcos también de hierro y rosas, por donde entrábamos aquellos con espíritu romántico, a ese lugar encantado, lleno de posibilidades, reales y fantásticas. Era hermosa. Estaba bordeada de bancos pintados de blanco, recostados en los rosales, donde uno podía imaginar señoras de vestidos largos y sombrillas de encaje, y hombres con levita, riendo y fumando y tomando sus aperitivos, en busca de una buena chica con quien casarse y tener una vida tranquila. No es que eso hubiera pasado en aquella glorieta -no son cosas que puedan saberse en realidad-, pero esa no era la época en que se había colocado esa estrucutura en ese jardín. Sin embargo, es el tipo de imagen que te viene a la mente cuando entrás en un lugar así.

Todo el lugar era hermoso y provocador, pero de todos los lugares maravillosos que tenía aquella casa y de las infinitas vivencias que a veces incluían viajes espacio-temporales, mi lugar favorito era abajo de la mesa del comedor, con seis años, resguardada por el mantel de hule con dibujos de frutos marrones, ocres, naranjas, donde pasé largos ratos con mi amiga Corina, creyendo que la profesora de inglés no nos veía.