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Ensayos breves sobre el divagar_
textos publicados en 2020. Corrección: Mariana Mendizábal

CV arq Elina Olivera


Proyecto de carpeta, Las Piedras, 2011

Proyecto de carpeta, Las Piedras, 2011
afuera posterior. Render: 3dsc studio
Para el curso de Proyecto, tesis de grado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República, se diseñaron tres edificios para el Parque Artigas de la ciudad de Las Piedras, implantados en el proyecto urbano ganador del 2° Premio del Concurso de la Intendencia de Canelones para dicho parque.
Se desarrolló a nivel de proyecto ejecutivo uno de los tres edificios, llamado Unidad de Gestión (nombre retomado del equipo ganador del 2° premio del Concurso), implantado en el sitio donde está actualmente el mausoleo.
Es un edificio multiprogramático, pensado como parte de un proyecto de equipamiento urbano para la ciudad de Las Piedras y sus conurbanos lindantes.
Contiene una Sala de exposiciones y eventos junto a una cafetería en la planta baja y dos oficinas para la IMC y Administración.
En el Primer nivel, tiene una Biblioteca|Mediateca y cuatro oficinas para Organizaciones Sociales Locales.
En el Segundo nivel, tiene una Sala de conferencias para 110 personas y cuatro oficinas más para Organizaciones Sociales Locales.

Un gran espacio en planta baja con triple altura, que hace de atrio en los tres niveles, es coronado por un techo traslúcido de policarbonato, jerarquizándolo.
El edificio es una caja de vidrio, de planta libre atravesada verticalmente por un cuerpo sólido donde se alojan los servicios y circulaciones verticales.
La envolvente de vidrio es un curtain wall de doble piel, con una cámara ventilada transitable pensada para acondicionar termicamente el edificio de forma natural la mayor parte del tiempo posible, dejando el aire acondicionado para los días con condiciones climáticas extremas.

Proyecto conjunto con Martha Spinoglio


interior planta baja. Render: 3dsc studio

CASAS DE CAMPO

La percepción espacial en el territorio rural es completamente diferente a la del medio urbano. El diálogo adentro-afuera es muy intenso, las percepciones de los espacios interiores están en función de los paisajes que aprecen en las ventanas, como cuadros vivos.
La iluminación natural tiene un rol protagónico en los espacios interiores, que combinada con la espiritualidad de quienes habitan la casa, generan un ambiente muy especial cargado de significados.

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Piqueréz-Eguren. El Colorado. AMPLIACIÓN

Vivienda Piqueréz-Eguren. El Colorado. AMPLIACIÓN
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Tutté-Maldonado. Melilla. REFORMA

Vivienda Tutté-Maldonado. Melilla. REFORMA
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Sanguinetti. El Colorado. OBRA NUEVA

Vivienda Sanguinetti. El Colorado. OBRA NUEVA
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

CASAS URBANAS

Espacios a veces más introvertidos, a veces más abiertos. La ciudad muestra sus escenarios intramuros.

Diseño interior

Diseño interior
cocina montevideana. Vivienda Sanguinetti-Larriera. Foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda. Familia Duarte-Olivera. 2010

Reforma de una vivienda unifamiliar.
La casa se abre francamente hacia el fondo, percibiendo esta apertura desde la entrada. La luz natural que entra en la fachada posterior empuja al visitante hacia el alma de la casa: el estar-cocina-comedor, totalmente abierto hacia el espacio exterior posterior.
La calefacción es enteramente a leña y el agua caliente es generada por un calentador solar, ubicado en el techo de la vivienda.

Vivienda Duarte-Olivera

Vivienda Duarte-Olivera
desde el acceso

parte de fachada posterior

Isla de Flores. 2007

Intervenir sin intervenir

Se buscó una intervención mínima en un sitio muy particular, donde inundan las ganas de no tocar mucho nada. El contacto directo con la historia a través de las ruinas carcomidas por el tiempo es avasallador.
El lugar da y pide paz. Planteamos esta mínima intervención y una agenda de eventos posibles para las distintas épocas del año. Se trató de abordar la gestión, aunque fuera a nivel de intenciones.

Autoras: Elina Olivera y Catalina Colo

Primer premio Concurso de ideas Isla de Flores

Primer premio Concurso de ideas Isla de Flores
Taller Perdomo. Facultad de Arquitectura. UdelaR

sábado, 10 de abril de 2021

El camino del medio

La palabra es poderosa y tiene un único sentido vectorial: una vez que salió de la boca, no vuelve hacia atrás, sigue su camino como una flecha. La dirección de la flecha será tan precisa como certero haya sido el lanzamiento, y la flecha terminará clavada en aquello que alcance, quedando ahí hasta que alguien la saque, si puede. Si se clava en una persona, esa misma persona u otra podrá cortarle el astil, como en tantas películas de guerreros que hemos visto en la tele o en el cine. Sin embargo, la flecha ya está clavada. No podemos volver atrás, una vez que salió del arquero, no tiene vuelta. Puede ser que el destinatario se proteja para evitar que se le clave en el cuerpo, pero el acto de disparar la flecha y su trayectoria ya no se pueden revertir. Del mismo modo, las palabras, una vez que salieron de una boca, no desaparecen.

Mi madre me confesó el otro día que mis ensayos la hacían sufrir, porque ella descifra de mis códigos escritos mis pesares, mis angustias, y como es mi madre, se hace cargo de parte de ese padecimiento. Supongo que también la alegran los textos en los que descifra mis emociones positivas, pero eso no me lo dijo, sólo me comentó que se entristecía con mis padecimientos. Ese no es un objetivo en mis escritos, por supuesto, pero no puedo evitar que suceda. Sucede porque la palabra ya fue emitida, y en realidad las palabras son mucho peores que las flechas, porque una flecha impacta en un solo punto, mientras una palabra impacta en cada persona que la reciba. En este caso, como es un ensayo, impactará en cada persona que lo lea, de una manera u otra. Así como la flecha rebota en la piedra, se clava solo superficialmente en un árbol añoso de tronco duro o se hunde dando muerte a un animal o a una persona, igual sucederá con ustedes cuando lean este texto.

Esta condición que tienen las palabras de ser implacables hace que uno no pueda deshacerse de sus efectos nunca. No sirve excusarse en que no lo quisiste decir, que sos un poco bruto, que estabas enojado… Ya está hecho, como dedicarle una mirada pícara acompañada de una sonrisita insinuante a tu marido, o al contrario, dedicarle una mirada fulminante, cargada de enojo. Después tendrás que hacerte cargo de lo que inevitablemente sigue a tu mirada. Será amor u odio. A lo mejor podrás tejer torpes estrategias para intentar desandar el camino recorrido, pero eso no va a anular el hecho de que lo hayamos recorrido en primer lugar. Habrá que hacerse cargo. No hay a quien culpar, no hay ningún lugar fuera de uno para depositar la responsabilidad sobre esa fuerza arrolladora.

En estos tiempos en los que nuestras ideas vagan cada vez más hacia las puntas filosas del entendimiento, y en los que nuestras palabras se amontonan con las de otros que piensan igual que nosotros, se está generando un enorme espacio vacío entre medio de esos extremos crispados. Un espacio donde ya no debaten las personas que piensan distinto: ateos con creyentes, personas de derecha con personas de izquierda, mediadores con extremistas, hinchas de peñarol con hinchas de nacional. Ese lugar está desierto, no tiene tierra fértil que lo sostenga ni seres vivos que lo habiten. Y tampoco tiene palabras que recorran su aire frío y sólido.

No hay nada en esa tierra yerma, apenas zombies caminando errantes en busca de un cerebro, sin saber adónde van ni quiénes son los otros con los que se cruzan en ese territorio desolado y estéril. Y por encima de los zombies, rompiendo el aire en mil pedazos, se ven pasar furiosas las flechas que se tiran los que están a un lado y a otro, millones de flechas que van en una sola dirección pero en sentidos opuestos. En ese ambiente desolador, lo que sucede es que las flechas se chocan entre sí, destrozándose y cayendo al piso donde van formando una capa espesa de pensamientos complementarios a los que nadie accede. Una capa que, con el paso del tiempo, siguiendo las leyes de la física y la geología, terminará enterrada, compactada y convertida en una roca sedimentaria bajo la superficie.

Tal vez un día, cuando los que podamos salir de las puntas afiladas de esta sociedad global logremos llegar hasta ahí y empecemos a buscar fósiles, encontraremos nuestras antiguas palabras, nuestros debates perdidos, nuestras búsquedas de entendimiento enterrados entre las capas de flechas rotas y el polvo. Tal vez ese día, si es que queremos, podremos volver a transitar por el camino del medio. No estaría nada mal.

 

sábado, 3 de abril de 2021

El nombre de las cosas

En este país donde vivo se ha instalado la costumbre de cambiar el nombre de las cosas y esperar que, como consecuencia de eso, cambien las propias cosas. Así, en esa fantasía infantil, que a primera vista parece ingenua, pero a segunda vista parece más bien desidia, transitamos el conservadurismo con la esperanza de que sea revolución. En nuestra corta historia como nación hemos visto cambiar un puñado de cosas y muchísimos nombres. Y así también nosotros, vemos el transcurrir de nuestras vidas, manteniendo todo más o menos igual, mientras nos cambiamos de ropa y de peinado. Y entretanto, esperamos con un sentimiento que mezcla anhelo y venganza, que nuestros hijos, llegado el momento, sepan sostener aquellas cosas que vimos mantener a nuestros padres y también mantuvimos nosotros.

(Este año, igual que el año pasado, nos tuvimos que quedar en casa en semana santa.)

Resolver si escribo semana santa con mayúscula o con minúscula ya es un asunto: un asunto sobre el que tengo que tomar una postura que va mucho más allá de las letras “s”. Porque usar mayúsculas o minúsculas es una decisión muy importante en una palabra, tiene muchas implicancias. El hecho es que acá en Uruguay el estado -también con minúscula- decidió llamar a esta semana tan particular y con una gran carga simbólica Semana de Turismo -en este caso con mayúscula... pero por simple capricho-. Hubo Un Hecho: un día, hace ya más de cien años, un presidente resolvió separar el Estado de la iglesia. Y estuvo muy bien y fue bastante adelantado en su época; pero aquello trajo algunos inconvenientes, porque ya estaban instaladas en nuestras tradiciones todas las festividades del calendario cristiano. Ante esta situación difícil de resolver, o tal vez imposible -porque ya sabemos que la gente festeja lo que quiere y eso no tiene remedio-, no supimos como nación qué hacer con ellas, cómo transmutarlas. Y, tal vez iniciando una larga tradición, al no poder resolverlo, hicimos lo que haríamos siempre que algo no tuviera fácil solución: le cambiamos el nombre.

Y así, le pusimos día de la familia a la navidad y semana de turismo a la semana santa. Y así, la Navidad sigue siendo navidad -la conmemoración del día que nació Cristo-, Semana Santa sigue siendo semana santa -la conmemoración de la Pasión de Cristo, coronada en su muerte y resurrección-, manteniendo un feriado no laborable para navidad y una semana especial para semana santa, en la que la mayoría de los uruguayos nos tomamos vacaciones. Todo esto sumado a que, además, como para que no queden dudas de la realidad que intentamos evadir cambiando nombres, por estos lares, vivimos en el año 2021 Después de Cristo.

Entonces, me pregunto ¿por qué le cambiaría yo el nombre a semana santa? Si vamos a conmemorar las festividades cristianas no tiene mucho sentido que las llamemos de otra forma. No importa si cada uno de nosotros es cristiano o no, o si tenemos la suerte de tener un Estado laico. Lo que importa es lo que pasó ese día; o al menos eso parece, si no no sería un día especial en el calendario. Por otro lado, en semana santa pasan muchas cosas en Uruguay: se corre la Vuelta ciclista -evento deportivo muy emotivo e importante-, se celebra la semana de la cerveza en Paysandú, se acerca la tradición del campo a Montevideo en un espectáculo por demás detestable para mí: las domas de caballos; todo entreverado con las liturgias católicas que continúa conmemorando esa comunidad. Y estas otras cosas también se meten en el nombre de la semana.

(Y este año nos tuvimos que quedar en casa en semana santa.)

En mi familia, originalmente católica, la semana santa atesora parte de nuestros mejores recuerdos, recuerdos en los que decenas de niños corren por un parque arbolado, en una de aquellas enormes comilonas, esperando el momento en que Mauricio nos sube a todos los críos a la zorra tirada por el viejo tractor y nos lleva a hacer el tradicional paseo por el campo, para luego soltarnos -recreando las imágenes de algún documental de animales que vuelven a la selva-, para correr entre los árboles buscando nuestros huevos de chocolate escondidos en los arbustos, en las horquetas de los árboles o en la corteza desprendida de los alcornoques. Los alérgicos tendrán sus huevos de gelatina, los chiquitos serán alzados por sus padres para alcanzar el huevo escondido, repitiendo cada año la ceremonia, mezcla de conmemoración cristiana y pagana.

Y en los períodos en que no hubo niños en la familia, celebramos la semana santa con otra de nuestras actividades tradicionales: hacer tareas de mantenimiento en la casa y el jardín. Y con eso, también viajamos a otros años y nos reencontramos sacando las hojas secas a las plantas de pajarito, o limpiando la glorieta de rosales que se desbocaron durante todo un año, o recogiendo las hojas secas de los enormes árboles del mágico parque donde antes habíamos buscado los huevos de pascua, o comimos guayabas sentados durante horas en el lecho de los pequeños árboles con un cuchillo y una cucharita.

Luego nosotros, aquellos niños del parque, tuvimos hijos. Y quisimos que vivieran también ellos nuestras vivencias infantiles. Y así, recreamos cada año la misma fiesta, ansiando secretamente que ellos también las recreen con sus familias cuando las tengan. No sabemos muy bien por qué, tal vez porque eso nos da un sentido de pertenencia que no soportaríamos que se perdiera. Tal vez solo porque queremos que valoren las mismas cosas que valoramos nosotros.

Entonces, al fin, mis pensamientos, mis posturas y yo, hemos tomado una decisión: como no queremos que cambien algunas cosas, tampoco le cambiaremos el nombre.

 

viernes, 26 de marzo de 2021

The question

Al final, la respuesta estuvo donde está siempre, y fue tan ambigua como lo es siempre. Sin embargo, me dio algunas pistas para indagar. Solo eso. Al fin y al cabo, uno llega siempre más o menos a la misma conclusión: es más amplia, más interesante y más importante la pregunta que la respuesta. De hecho, la respuesta podría no llegar nunca. Pero esta vez conseguí formular una buena pregunta, una pregunta inquisidora que alcanzó una cierta profundidad y que si llega a completar un proceso de investigación interior y capitalizar las experiencias de los días y las noches podría llegar algún día a tener respuesta.

Sucede que las respuestas son demasiado escasas y a menudo se nos escapan. A veces parece que al fin las tenemos porque asoman a la conciencia sutilmente y como de reojo, pero al intentar asirlas cabalmente vemos que no eran tan reales como imaginábamos, sino apenas un efímero instante de cierta lucidez. Es que al querer atrapar una respuesta en su totalidad, ella se disuelve, se esfuma, convirtiéndose en un nuevo puñado de dudas: una nueva pregunta, más amplia y compleja, más inabarcable. Así de ingratas son las respuestas.

Además, las respuestas están llenas de autoengaños. Están construidas sobre las arenas movedizas de nuestros pensamientos, nuestras creencias y nuestras ilusiones, y como si eso fuera poco, están totalmente teñidas del color del apego. Las construimos en un lugar que no es real, sino solo un espacio interesado y condicional que construimos a la medida de nuestra conveniencia. Es una especie de plasticina color ratón, que resultó de cuando, aún conociendo los riesgos, mezclamos todos los colores. Una masa informe e indescifrable en la que ya no logramos discernir la pureza de los colores originales, los que venían en el paquete que abrimos hace años.

Tal vez si no estuviera tan preocupada por las respuestas, o si les diera a las preguntas el lugar que se merecen, todo sería más fácil. Tal vez debería ser más fiel al “beneficio de la duda”, esa duda que defiendo tanto teóricamente, pero que me cuesta tanto sostener. Y hablo de la duda de mí, no del otro. La duda de mi punto de vista, ese que me tiene agarrada como te agarran los amores inevitables. Y es que, al final, uno es esclavo de sí mismo. 

De todos modos, no flaqueo. Me mantengo perseverante en mi esfuerzo por indagar en la pregunta. Porque las respuestas son como un corset, mientras las preguntas son como bañarme desnuda en un mar cálido: son fluidas, infinitas y liberadoras. Por eso deberíamos aprender a abrazarnos a ellas y atesorarlas como lo que son: una oportunidad para ser más libres.

 

viernes, 19 de marzo de 2021

Mis amigos de la radio

 

Desde que tengo uso de razón, hay una radio sonando de fondo en todos los paisajes sonoros que he habitado. De niña, en mi casa y en la casa de mi abuela sonaba todo el día la misma estación de radio, con un programa periodístico de mañana, un informativo a mediodía y música de otra época por las tardes. En mi casa era una enorme radio de madera “a lámparas” que se apoyaba pesadamente sobre dos parlantes, junto con un tocadiscos y un amplificador. En la casa de mi abuela, era una radio de baquelita, apoyada en una especie de repisita, donde también estaba el teléfono de linea y las guías de Antel. Hoy recuerdo aquel objeto cuadrado que uno tenía que evitar para no golpearse cada vez que se sentaba en la mesa de la cocina y me invade una extraña sensación de persona añosa, al recordar vívidamente una época en que se usaban cosas que ya no existen.

Mi prima dice que uno es de radio o es de tele. Yo, claramente, soy de radio. Me encanta que en mi casa la tele esté apagada casi todo el día, aunque no llegue al nivel de mi madre, que un día, cuando éramos chicos, puso la televisión arriba de su ropero y nos dijo que se había roto, para bajarla años después, declarando con absoluta convicción que la había arreglado. Cuando me levanto, me gusta que alguien me hable, me ponga al día, me cuente únicamente lo que quiero saber. Por eso soy muy cuidadosa con lo que escucho por la mañana y confío ciegamente en el criterio de la producción del programa elegido para que seleccione las noticias que debo saber y las que no. No es fácil encontrar el programa y sus conductores, exige confianza y empatía. De alguna forma, quiero que los conductores se parezcan a mí, que les importen las mismas cosas que me importan a mí, que les interesen las mismas cosas que me interesan a mí, incluso podría decir que quiero que sus pensamientos estén en sintonía con los míos, aunque se parezca mucho a lo que hacen los algoritmos.

Como soy perro en el horóscopo chino, soy muy fiel. Salvo en un par de ocasiones -merecidas por cierto-, he sido fiel a todas mis parejas, soy fiel a mi familia, a mis amigos, a mis ideales, y también a los programas de radio. Así que cuando encuentro uno que cumple con los requisitos, me quedo con él por años. Escuché el mismo programa de radio desde que terminó la dictadura hasta hace quince años, cuando empecé a escuchar otro, al que sigo a diario hasta hoy. Incluso escucho la repetición de los sábados de mañana, no porque quiera escuchar de nuevo lo que ya oí, sino porque no concibo una mañana en casa sin radio. Hay una emisora en particular que escucho casi todo el día, tiene dos o tres programas que sigo incansablemente y hacia ellos tengo un gran sentido de pertenencia: mando mensajes, participo en juegos, hasta tengo un alter ego, generado a fuerza de participaciones. Ésa es mi radio de cabecera, sin ella estaría perdida; sin embargo, hay momentos del día en que preciso escuchar algo de música tranquila, necesito que me dejen un poco en paz, para que mi mente pueda vagar por ahí o para sentarme a escribir.

Mi hijo me achaca que lo que no se dice en mi programa de radio, no pasó para mí, mi padrastro me pregunta si vivo en una caja de zapatos y mi madre me dice que soy una inconsciente porque no miro los informativos. Pero yo no quiero saber todo lo que pasa: no quiero saber cuántos robos hubo hoy, no quiero enterarme de cada noticia perversa o intrascendente de cada lugar recóndito del mundo, solo quiero saber lo que los programas de radio que yo elegí hace mucho tiempo quieren que sepa, me quiero reír con chistes inteligentes y sarcásticos, y quiero escuchar las opiniones de personas que ya seleccionaron para mí. Me gusta que ellos elijan por mí.

El único problema de todo esto es que, con el paso del tiempo, uno genera una afinidad muy fuerte con las voces que suenan en la radio. Uno sabe cuándo se casan, cuántos hijos tienen, cuántos años tienen, con quién viven, qué cosas les gustan, qué cosas no les gustan, y termina generando un vínculo que en realidad no existe, porque es unilateral y, por tanto, ligeramente esquizofrénico. Nosotros somos unos perfectos desconocidos para ellos, pero ellos para mí son personas muy cercanas: son mis amigos de la radio.

 

sábado, 13 de marzo de 2021

La casa de Boadas

 

Una vez, en uno de los tantos seminarios a los que he ido, escuché a un arquitecto extranjero haciendo una afirmación que me dejó atónita. Era un seminario de Ciudad y Patrimonio o algo así, y el hombre dijo, así nomás, como si nada, que la protección patrimonial de los edificios era contraproducente para la preservación del patrimonio construido de los países. En ese momento me pareció que aquello era un disparate. Realmente no lo entendí, pero tampoco lo olvidé. No lo olvidé nunca, aunque pasaron más de veinte años desde que lo escuché. La frase me quedó dando vueltas en la cabeza y la fui procesando todo este tiempo.

Él argumentaba algo muy convincente, y sin embargo, a mí me parecía que estaba equivocado. Su argumento era que al proteger algunos edificios patrimonialmente, lo que sucede es que el resto de los edificios, los que no están bajo ese régimen, tienen cero protección. Me fui confundida; aunque entendía sus razones, no me parecía que la protección patrimonial tuviera la culpa. Y sigo sin estar segura. Pero ahora, después de tantos años, después de haber visto desaparecer muchas construcciones valiosas por no estar bajo esa protección, creo que empiezo a entender mejor su razonamiento.

Las razones para decidir cuáles edificios proteger y cuáles no, en gran medida están determinadas por una mirada que es cultural, temporal, y, por tanto, bastante sesgada. Me refiero a que lo que hoy se considera que debe protegerse, ayer tal vez no se consideraba. Seguramente no. Por ejemplo, hoy vamos a Colonia del Sacramento y nos maravillamos con las construcciones coloniales, y tal vez nos da pena que en Montevideo no haya quedado nada más que la Puerta de la Ciudadela y algún pedazo perdido de muralla. Pero si nos ubicamos en aquel momento -el momento de la liberación de muchísimos años de opresión colonial- seguro lo entenderíamos: ¿quién querría mantener las construcciones que simbolizaban fuertemente aquella opresión? Entonces, siguiendo este razonamiento, seguramente pase que lo que hoy no se considera digno de protección, mañana sí puede considerarse, y por lo memos hoy deberíamos desconfiar del criterio de selección. También sucede que a veces se descubren grandes artistas que pasaron desapercibidos en su época, artistas cuya obra no fue valorada probablemente porque no se entendía, tal vez porque era un poco extemporánea a los lenguajes y las formas que los ojos de su momento podían ver, pero que con el paso del tiempo, reciben la acogida que les corresponde.

Sin duda que la protección patrimonial ha hecho posible que muchas construcciones y muchos espacios públicos sigan en pie, y eso está muy bien. Pero no podemos olvidar la otra cara de la moneda: todo aquello que no está bajo el régimen de protección queda simplemente librado a su suerte. Y esto se ve agravado por el hecho de que ya hace mucho que abandonamos uno de los principales paradigmas de la Modernidad: que los avances tecnológicos aseguren que cada producto sea mejor que el anterior. Hemos abandonado ese paradigma en beneficio de la economía de consumo. Ahora la tecnología debe asegurar que se produzcan objetos que duren poco, obligando a los consumidores a comprar otro. Y eso incluye a los edificios.

Ahora demolemos edificios de muros de doble ladrillo, con aberturas de cedro terminadas en arcos perfectos, indestructibles herrajes de bronce y vidrios arenados con delicados biseles, coronadas por frisos únicos de tierra de colores sobre unas relaciones entre muros y huecos perfectamente proporcionadas; pisos de monolítico hecho in situ con hermosos dibujos de colores bordeados por finos listones de bronce, o de baldosas increíbles importadas de Europa que al colocarlas generaban un paisaje onírico, o de tabla de pinotea o roble sobre tirantes de madera que respetaban a esta ciudad húmeda, dejando un metro de cámara de aire ventilada bajo nuestros pies; altos zócalos de mármol rosado o blanco, traído quién sabe de dónde y escalones también de mármol, entre la pesada puerta de calle y la hermosa y fina puerta cancel. Demolemos eso para construir casas con pisos de porcelanato mal colocados, iguales a todos los otros pisos, puertas de compensado con herrajes de alguna aleación metálica desconocida que se romperán en pocos años, ventanas de plástico y techos de espumaplast entre dos capas de chapa ordinaria delgadas como un papel.

Al ver una y otra vez una sustitución tan poco inteligente, recuerdo las palabras de aquel arquitecto extranjero que nos dio una gran charla que no supimos entender, igual que los grandes artistas extemporáneos. Y me pregunto, ¿sería tan difícil, antes de otorgar los permisos de construcción, evaluar la calidad de la construcción que se propone demoler y la calidad de lo que se propone construir? Creo que con un formulario en forma de declaración jurada sería suficiente. Eso creo. Porque no es que todo el Uruguay esté constituido por obras de gran calidad. En ese caso, no tendríamos forma de evitarlo. Está lleno de porquerías esperando que las tiren abajo, para sustituirlas por construcciones que seguro mejorarían la calidad de vida de la gente que viva allí, el entorno urbano y el patrimonio construido, aunque no duren mucho.

Entiendo que hay zonas donde se debe densificar, entiendo que algunas tipologías son difíciles de reformar, entiendo que queramos la casa que vimos en aquella revista de arquitectura. Pero no entiendo que no se pueda trabajar un poquito en buscar un predio que esté ubicado más o menos en la zona que queremos vivir, pero que no tenga encima una casa valiosa construida con unos materiales y una mano de obra irreproducibles, hecha por artesanos de los que ya no hay, para tirarla abajo y ponerle una cosa hecha con materiales de mala calidad, producidos en industrias de producción masiva, que dará una construcción igual a muchas otras y que no durará más que unas décadas.

Entiendo que tengo que trabajar el desapego. Pero no entiendo que hayan tirado abajo la única casa valiosa de mi calle de la infancia: la casa de Boadas.

 

sábado, 6 de marzo de 2021

¿Por qué otra vez?

 

Como están arreglando Avenida Italia, y el tema de la ansiedad no lo tengo tan resuelto como quisiera, me tengo que bajar antes del ómnibus. Ahora el recorrido que hago caminando desde que me bajo hasta mi casa es más largo. Primero tengo que atravesar aquella obra que es como un campo arado, esquivando los terrones, los hierros que quedaron en espera en los tramos de hormigón que ya llenaron, los cordones amontonados por aquí y por allá, las veredas a medio demoler, para llegar finalmente al parque. Al llegar al parque me invade una especie de alivio: el entorno verde y sombreado me acoge como una madre a un niño pequeño. A pesar de que se me meten piedritas en las sandalias, el camino se vuelve amable y ya noto que aminoro un poco la marcha. Mis pies cansados reciben la señal de que llegaron a algún lado, o que ya no tienen que apresurarse para llegar a la meta, aunque en realidad no haya llegado a mi destino.

El nuevo camino es notoriamente más largo, lo compruebo cuando miro el reloj de numeritos que me regaló mi madre y veo que ya pasaron quince minutos y aún no salí del parque. De todos modos, la caminata es agradable. Llego a la playa de maniobras donde los conductores novatos practican para sacar la libreta de manejar y lo atravieso pensando que algún día alguien me va a decir que no se puede pasar por ahí, para salir al camino de baldosones que hicieron entre las nuevas canchas de fútbol. Ese sendero me llevará hasta el último tramo del parque antes de regresar a la ciudad en obras, que tendré que volver a surcar camino arriba hasta llegar a la calle Rivera, la cuchilla que divide las aguas y que, una vez atravesada, hará que todo se vuelva más fácil.

Miro de nuevo el reloj y compruebo que el nuevo recorrido me lleva diez minutos más que el habitual, y me obligo a pensar que son diez minutos más de ejercicio aeróbico al fin y al cabo, repitiéndome a mí misma que vuelvo caminando para hacer ese ejercicio, y que los diez minutos más están bien para ese fin... Todo es más llevadero cuando empieza la bajada.

Al pasar por la puerta de la casa del Dardo, veo que pusieron un banco en la vereda. Me sorprende gratamente y me recuerda a uno muy parecido que había en la calle Luis de la Torre cuando tenía veintipocos años y salía por las noches a recorrer boliches con mi compinche. Es un banco hermoso y debajo de él, en el piso, disimuladamente, está pintado con stencil: banco civil. Me inundan las ganas de sentarme, tentada por el cansancio y la invitación de mi amigo y su mujer. Y recuerdo los muchos años de amistad, testimoniada en la alegría por la colocación de ese banco. Y recuerdo cuánto lo quiero.

Ya estoy en el camino que también hago cuando puedo hacer el recorrido habitual, así que ya no tengo que mirar el reloj todo el tiempo para hacer las comparaciones sobre el tiempo que llevo caminado. Mi cabeza se puede liberar de ese control que, aunque sé que es estéril, no puedo evitar hacer. Mis pies ya avanzan solos uno delante del otro, se conocen el camino de memoria, saben por dónde cruzar, conocen cada comercio que hay de paso hasta llegar al semáforo de Avenida Brasil donde, dependiendo del color de la luz, pasaré por un lado o por el otro, evitando la tentación de pasar por la librería de Leo. Sé que si entro, voy a demorar en salir, así que me esfuerzo por esperar la verde y cruzar a la vereda de enfrente, ya de mi lado de la nueva frontera-avenida.

Al llegar al fin a la calle Libertad doblo por la bajada y mis ojos ven algo que pensaba que ya no vería. Ven lo que escucho a veces por las noches, aunque también pensaba que ya no lo escucharía. (Uno se convence de lo que quiere una y otra vez). Ven lo que no quería ver, llenando todo mi ser de una sorpresa inversa a la del banco del Dardo; una sorpresa amarga provocada por lo que veo: un carro, un caballo, un hombre y un niño. Todos están parados al lado de un contenedor de basura. El hombre saca las cosas de adentro del contenedor tirándolas para embocarlas en las enormes bolsas de plastillera que cuelgan del carro, aunque los cartones se los da al niño para que los aplane antes de meterlos en las bolsas. El niño tiene un gorro, igual que el caballo. El hombre no. El niño tiene tapabocas. El hombre no. El niño tiene la expresión de quien espera estar haciendo aquello de forma transitoria. El hombre no. El caballo espera pacientemente, con su sombrero blanco encajado entre las orejas.

Estoy tan triste que me cuesta caminar, aunque ya estoy cerca de mi casa y es todo bajada. Me pregunto por qué. Por qué otra vez esto.

Al fin llego a casa. Estoy abatida.

 

sábado, 20 de febrero de 2021

El cordón de la vereda

 

Cuando salimos a caminar, a mi familia se le hace difícil seguirme el paso. Al ir caminando a alguna parte, siempre lo hago a paso firme, aunque no me lo proponga. Conozco mis marcas: sé que demoro dos minutos en caminar una cuadra, aunque si tengo que apurarme, puedo caminarla en un minuto. Gracias a eso, pocas veces perdí alguno de los escasísimos ómnibus que salían de la terminal y me llevaban a mi casa cuando salía de facultad. Y aún hoy me permite calcular el tiempo de manera precisa para llegar a donde sea que vaya a la hora prevista. Me gusta ser puntual.

En las muchas caminatas urbanas que he hecho, he pasado por varias formas de relacionarme con la calle. Las largas maratones ciudadanas que he corrido a lo largo de los años fueron mutando sus recorridos, hasta que me encontré dibujando en mi mente los caminos más cortos posibles entre un punto y otro, llegando a optimizar la polilinea dibujada en mi cabeza, concluyendo que tenía que cruzar en el medio de la cuadra de forma oblicua, abriendo lo más posible el ángulo para acortar el tramo de cada cuadra, y buscando obsesivamente hacer más obtusas sus esquinas. Eso encajaba perfectamente conmigo en mi etapa más ansiosa y transgresora. Ahora, en cambio, me esfuerzo por cruzar únicamente en las esquinas, de ser posible entre las líneas que hay dibujadas en la calle para que crucen los peatones, en una lucha incesante por respetar las reglas. Lucha que, para mí, es muy difícil.

En este universo de calles y veredas, el cordón me seduce de forma ineludible. A pesar de ser casi únicamente una línea, marca claramente el límite entre la calle y la vereda, y como bien recuerdo de mis épocas de desobediencia civil urbana, podría resultar muy fácil saltárselo: él emerge tímidamente hasta el nivel de la vereda, manteniendo la mayoría de su materia sumergida, como un iceberg de granito gris. Sin embargo, enseñamos a nuestros hijos a respetarlo como pocas cosas en esta vida; le tememos y a la vez le agradecemos su cuidado, sabiendo que ese pequeño escalón de quince centímetros y su gruesa linea tallada en piedra nos mantendrán a salvo de los peligros de la calle. Él sostiene a la calle y a la vereda, evitando que una invada el territorio de la otra, manteniendo el orden establecido en las jerarquías del espacio público.

Desde las ventanas de mi casa, veo cómo él separa mi mundo del mundo de la calle y de los vecinos de enfrente. Un mundo distinto del mío y de los vecinos de mi misma acera, fundamentalmente porque lo tengo enfrente y lo veo; un mundo cargado de imágenes que conozco mucho mejor que la imagen de mi propia casa. Podría decir con certeza qué molduras tienen las casas, dónde están los árboles, de qué color están pintadas y quién asoma en sus ventanas las tardes de verano. Conozco los ruidos de las motos que paran en la calle abriendo sus cajones con estrépito para entregar paquetes en alguna casa vecina, y sé si llueve porque reconozco el ruido de las cubiertas de los autos al pasar sobre el empedrado mojado. Sin embargo, de mi lado del cordón de la vereda, el que no veo, aparecen cada año las delicadas flores blancas de los ciruelos anunciando el final del invierno; de mi lado da el sol; mi vereda pudo sostener amorosamente al gato moribundo de la vecina cuando un auto lo atropelló y, además, estamos nosotros y nuestra casa, luminosa y acogedora.

De camino a la parada del ómnibus, cada mañana me dejo llevar por los movimientos sinuosos del cordón, que sube y baja en cada entrada de autos, mientras los granos de los distintos minerales que forman el granito se desdibujan para aparecer como cortas lineas que se mueven a mi paso, que sigue siendo apurado. Veo cómo gira armoniosamente al doblar la esquina para dejar mi calle y entrar en la calle que la atraviesa, obligándome a abandonar su resguardo para cruzar la calle presurosa antes de volver a subir en la manzana siguiente, donde puedo dejar que mi mente vuelva a vagar sin preocuparme por el peligro.

Quizás la cerradura de mi puerta me transmita algo de la tranquilidad que él me entrega. Quizás el abrazo de un ser amado. O quizás el útero de mi madre. Sin embargo, el cordón de la vereda lo hace de forma natural, distraídamente, como si no estuviera haciendo nada, como si su presencia casi ausente lo dotara de los superpoderes que tienen los superhéroes que salvan a los hombres de forma anónima.