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Ensayos breves sobre el divagar_
textos publicados en 2020. Corrección: Mariana Mendizábal

CV arq Elina Olivera


Proyecto de carpeta, Las Piedras, 2011

Proyecto de carpeta, Las Piedras, 2011
afuera posterior. Render: 3dsc studio
Para el curso de Proyecto, tesis de grado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República, se diseñaron tres edificios para el Parque Artigas de la ciudad de Las Piedras, implantados en el proyecto urbano ganador del 2° Premio del Concurso de la Intendencia de Canelones para dicho parque.
Se desarrolló a nivel de proyecto ejecutivo uno de los tres edificios, llamado Unidad de Gestión (nombre retomado del equipo ganador del 2° premio del Concurso), implantado en el sitio donde está actualmente el mausoleo.
Es un edificio multiprogramático, pensado como parte de un proyecto de equipamiento urbano para la ciudad de Las Piedras y sus conurbanos lindantes.
Contiene una Sala de exposiciones y eventos junto a una cafetería en la planta baja y dos oficinas para la IMC y Administración.
En el Primer nivel, tiene una Biblioteca|Mediateca y cuatro oficinas para Organizaciones Sociales Locales.
En el Segundo nivel, tiene una Sala de conferencias para 110 personas y cuatro oficinas más para Organizaciones Sociales Locales.

Un gran espacio en planta baja con triple altura, que hace de atrio en los tres niveles, es coronado por un techo traslúcido de policarbonato, jerarquizándolo.
El edificio es una caja de vidrio, de planta libre atravesada verticalmente por un cuerpo sólido donde se alojan los servicios y circulaciones verticales.
La envolvente de vidrio es un curtain wall de doble piel, con una cámara ventilada transitable pensada para acondicionar termicamente el edificio de forma natural la mayor parte del tiempo posible, dejando el aire acondicionado para los días con condiciones climáticas extremas.

Proyecto conjunto con Martha Spinoglio


interior planta baja. Render: 3dsc studio

CASAS DE CAMPO

La percepción espacial en el territorio rural es completamente diferente a la del medio urbano. El diálogo adentro-afuera es muy intenso, las percepciones de los espacios interiores están en función de los paisajes que aprecen en las ventanas, como cuadros vivos.
La iluminación natural tiene un rol protagónico en los espacios interiores, que combinada con la espiritualidad de quienes habitan la casa, generan un ambiente muy especial cargado de significados.

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Piqueréz-Eguren. El Colorado. AMPLIACIÓN

Vivienda Piqueréz-Eguren. El Colorado. AMPLIACIÓN
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Tutté-Maldonado. Melilla. REFORMA

Vivienda Tutté-Maldonado. Melilla. REFORMA
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Sanguinetti. El Colorado. OBRA NUEVA

Vivienda Sanguinetti. El Colorado. OBRA NUEVA
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

CASAS URBANAS

Espacios a veces más introvertidos, a veces más abiertos. La ciudad muestra sus escenarios intramuros.

Diseño interior

Diseño interior
cocina montevideana. Vivienda Sanguinetti-Larriera. Foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda. Familia Duarte-Olivera. 2010

Reforma de una vivienda unifamiliar.
La casa se abre francamente hacia el fondo, percibiendo esta apertura desde la entrada. La luz natural que entra en la fachada posterior empuja al visitante hacia el alma de la casa: el estar-cocina-comedor, totalmente abierto hacia el espacio exterior posterior.
La calefacción es enteramente a leña y el agua caliente es generada por un calentador solar, ubicado en el techo de la vivienda.

Vivienda Duarte-Olivera

Vivienda Duarte-Olivera
desde el acceso

parte de fachada posterior

Isla de Flores. 2007

Intervenir sin intervenir

Se buscó una intervención mínima en un sitio muy particular, donde inundan las ganas de no tocar mucho nada. El contacto directo con la historia a través de las ruinas carcomidas por el tiempo es avasallador.
El lugar da y pide paz. Planteamos esta mínima intervención y una agenda de eventos posibles para las distintas épocas del año. Se trató de abordar la gestión, aunque fuera a nivel de intenciones.

Autoras: Elina Olivera y Catalina Colo

Primer premio Concurso de ideas Isla de Flores

Primer premio Concurso de ideas Isla de Flores
Taller Perdomo. Facultad de Arquitectura. UdelaR

viernes, 19 de marzo de 2021

Mis amigos de la radio

 

Desde que tengo uso de razón, hay una radio sonando de fondo en todos los paisajes sonoros que he habitado. De niña, en mi casa y en la casa de mi abuela sonaba todo el día la misma estación de radio, con un programa periodístico de mañana, un informativo a mediodía y música de otra época por las tardes. En mi casa era una enorme radio de madera “a lámparas” que se apoyaba pesadamente sobre dos parlantes, junto con un tocadiscos y un amplificador. En la casa de mi abuela, era una radio de baquelita, apoyada en una especie de repisita, donde también estaba el teléfono de linea y las guías de Antel. Hoy recuerdo aquel objeto cuadrado que uno tenía que evitar para no golpearse cada vez que se sentaba en la mesa de la cocina y me invade una extraña sensación de persona añosa, al recordar vívidamente una época en que se usaban cosas que ya no existen.

Mi prima dice que uno es de radio o es de tele. Yo, claramente, soy de radio. Me encanta que en mi casa la tele esté apagada casi todo el día, aunque no llegue al nivel de mi madre, que un día, cuando éramos chicos, puso la televisión arriba de su ropero y nos dijo que se había roto, para bajarla años después, declarando con absoluta convicción que la había arreglado. Cuando me levanto, me gusta que alguien me hable, me ponga al día, me cuente únicamente lo que quiero saber. Por eso soy muy cuidadosa con lo que escucho por la mañana y confío ciegamente en el criterio de la producción del programa elegido para que seleccione las noticias que debo saber y las que no. No es fácil encontrar el programa y sus conductores, exige confianza y empatía. De alguna forma, quiero que los conductores se parezcan a mí, que les importen las mismas cosas que me importan a mí, que les interesen las mismas cosas que me interesan a mí, incluso podría decir que quiero que sus pensamientos estén en sintonía con los míos, aunque se parezca mucho a lo que hacen los algoritmos.

Como soy perro en el horóscopo chino, soy muy fiel. Salvo en un par de ocasiones -merecidas por cierto-, he sido fiel a todas mis parejas, soy fiel a mi familia, a mis amigos, a mis ideales, y también a los programas de radio. Así que cuando encuentro uno que cumple con los requisitos, me quedo con él por años. Escuché el mismo programa de radio desde que terminó la dictadura hasta hace quince años, cuando empecé a escuchar otro, al que sigo a diario hasta hoy. Incluso escucho la repetición de los sábados de mañana, no porque quiera escuchar de nuevo lo que ya oí, sino porque no concibo una mañana en casa sin radio. Hay una emisora en particular que escucho casi todo el día, tiene dos o tres programas que sigo incansablemente y hacia ellos tengo un gran sentido de pertenencia: mando mensajes, participo en juegos, hasta tengo un alter ego, generado a fuerza de participaciones. Ésa es mi radio de cabecera, sin ella estaría perdida; sin embargo, hay momentos del día en que preciso escuchar algo de música tranquila, necesito que me dejen un poco en paz, para que mi mente pueda vagar por ahí o para sentarme a escribir.

Mi hijo me achaca que lo que no se dice en mi programa de radio, no pasó para mí, mi padrastro me pregunta si vivo en una caja de zapatos y mi madre me dice que soy una inconsciente porque no miro los informativos. Pero yo no quiero saber todo lo que pasa: no quiero saber cuántos robos hubo hoy, no quiero enterarme de cada noticia perversa o intrascendente de cada lugar recóndito del mundo, solo quiero saber lo que los programas de radio que yo elegí hace mucho tiempo quieren que sepa, me quiero reír con chistes inteligentes y sarcásticos, y quiero escuchar las opiniones de personas que ya seleccionaron para mí. Me gusta que ellos elijan por mí.

El único problema de todo esto es que, con el paso del tiempo, uno genera una afinidad muy fuerte con las voces que suenan en la radio. Uno sabe cuándo se casan, cuántos hijos tienen, cuántos años tienen, con quién viven, qué cosas les gustan, qué cosas no les gustan, y termina generando un vínculo que en realidad no existe, porque es unilateral y, por tanto, ligeramente esquizofrénico. Nosotros somos unos perfectos desconocidos para ellos, pero ellos para mí son personas muy cercanas: son mis amigos de la radio.

 

sábado, 13 de marzo de 2021

La casa de Boadas

 

Una vez, en uno de los tantos seminarios a los que he ido, escuché a un arquitecto extranjero haciendo una afirmación que me dejó atónita. Era un seminario de Ciudad y Patrimonio o algo así, y el hombre dijo, así nomás, como si nada, que la protección patrimonial de los edificios era contraproducente para la preservación del patrimonio construido de los países. En ese momento me pareció que aquello era un disparate. Realmente no lo entendí, pero tampoco lo olvidé. No lo olvidé nunca, aunque pasaron más de veinte años desde que lo escuché. La frase me quedó dando vueltas en la cabeza y la fui procesando todo este tiempo.

Él argumentaba algo muy convincente, y sin embargo, a mí me parecía que estaba equivocado. Su argumento era que al proteger algunos edificios patrimonialmente, lo que sucede es que el resto de los edificios, los que no están bajo ese régimen, tienen cero protección. Me fui confundida; aunque entendía sus razones, no me parecía que la protección patrimonial tuviera la culpa. Y sigo sin estar segura. Pero ahora, después de tantos años, después de haber visto desaparecer muchas construcciones valiosas por no estar bajo esa protección, creo que empiezo a entender mejor su razonamiento.

Las razones para decidir cuáles edificios proteger y cuáles no, en gran medida están determinadas por una mirada que es cultural, temporal, y, por tanto, bastante sesgada. Me refiero a que lo que hoy se considera que debe protegerse, ayer tal vez no se consideraba. Seguramente no. Por ejemplo, hoy vamos a Colonia del Sacramento y nos maravillamos con las construcciones coloniales, y tal vez nos da pena que en Montevideo no haya quedado nada más que la Puerta de la Ciudadela y algún pedazo perdido de muralla. Pero si nos ubicamos en aquel momento -el momento de la liberación de muchísimos años de opresión colonial- seguro lo entenderíamos: ¿quién querría mantener las construcciones que simbolizaban fuertemente aquella opresión? Entonces, siguiendo este razonamiento, seguramente pase que lo que hoy no se considera digno de protección, mañana sí puede considerarse, y por lo memos hoy deberíamos desconfiar del criterio de selección. También sucede que a veces se descubren grandes artistas que pasaron desapercibidos en su época, artistas cuya obra no fue valorada probablemente porque no se entendía, tal vez porque era un poco extemporánea a los lenguajes y las formas que los ojos de su momento podían ver, pero que con el paso del tiempo, reciben la acogida que les corresponde.

Sin duda que la protección patrimonial ha hecho posible que muchas construcciones y muchos espacios públicos sigan en pie, y eso está muy bien. Pero no podemos olvidar la otra cara de la moneda: todo aquello que no está bajo el régimen de protección queda simplemente librado a su suerte. Y esto se ve agravado por el hecho de que ya hace mucho que abandonamos uno de los principales paradigmas de la Modernidad: que los avances tecnológicos aseguren que cada producto sea mejor que el anterior. Hemos abandonado ese paradigma en beneficio de la economía de consumo. Ahora la tecnología debe asegurar que se produzcan objetos que duren poco, obligando a los consumidores a comprar otro. Y eso incluye a los edificios.

Ahora demolemos edificios de muros de doble ladrillo, con aberturas de cedro terminadas en arcos perfectos, indestructibles herrajes de bronce y vidrios arenados con delicados biseles, coronadas por frisos únicos de tierra de colores sobre unas relaciones entre muros y huecos perfectamente proporcionadas; pisos de monolítico hecho in situ con hermosos dibujos de colores bordeados por finos listones de bronce, o de baldosas increíbles importadas de Europa que al colocarlas generaban un paisaje onírico, o de tabla de pinotea o roble sobre tirantes de madera que respetaban a esta ciudad húmeda, dejando un metro de cámara de aire ventilada bajo nuestros pies; altos zócalos de mármol rosado o blanco, traído quién sabe de dónde y escalones también de mármol, entre la pesada puerta de calle y la hermosa y fina puerta cancel. Demolemos eso para construir casas con pisos de porcelanato mal colocados, iguales a todos los otros pisos, puertas de compensado con herrajes de alguna aleación metálica desconocida que se romperán en pocos años, ventanas de plástico y techos de espumaplast entre dos capas de chapa ordinaria delgadas como un papel.

Al ver una y otra vez una sustitución tan poco inteligente, recuerdo las palabras de aquel arquitecto extranjero que nos dio una gran charla que no supimos entender, igual que los grandes artistas extemporáneos. Y me pregunto, ¿sería tan difícil, antes de otorgar los permisos de construcción, evaluar la calidad de la construcción que se propone demoler y la calidad de lo que se propone construir? Creo que con un formulario en forma de declaración jurada sería suficiente. Eso creo. Porque no es que todo el Uruguay esté constituido por obras de gran calidad. En ese caso, no tendríamos forma de evitarlo. Está lleno de porquerías esperando que las tiren abajo, para sustituirlas por construcciones que seguro mejorarían la calidad de vida de la gente que viva allí, el entorno urbano y el patrimonio construido, aunque no duren mucho.

Entiendo que hay zonas donde se debe densificar, entiendo que algunas tipologías son difíciles de reformar, entiendo que queramos la casa que vimos en aquella revista de arquitectura. Pero no entiendo que no se pueda trabajar un poquito en buscar un predio que esté ubicado más o menos en la zona que queremos vivir, pero que no tenga encima una casa valiosa construida con unos materiales y una mano de obra irreproducibles, hecha por artesanos de los que ya no hay, para tirarla abajo y ponerle una cosa hecha con materiales de mala calidad, producidos en industrias de producción masiva, que dará una construcción igual a muchas otras y que no durará más que unas décadas.

Entiendo que tengo que trabajar el desapego. Pero no entiendo que hayan tirado abajo la única casa valiosa de mi calle de la infancia: la casa de Boadas.

 

sábado, 6 de marzo de 2021

¿Por qué otra vez?

 

Como están arreglando Avenida Italia, y el tema de la ansiedad no lo tengo tan resuelto como quisiera, me tengo que bajar antes del ómnibus. Ahora el recorrido que hago caminando desde que me bajo hasta mi casa es más largo. Primero tengo que atravesar aquella obra que es como un campo arado, esquivando los terrones, los hierros que quedaron en espera en los tramos de hormigón que ya llenaron, los cordones amontonados por aquí y por allá, las veredas a medio demoler, para llegar finalmente al parque. Al llegar al parque me invade una especie de alivio: el entorno verde y sombreado me acoge como una madre a un niño pequeño. A pesar de que se me meten piedritas en las sandalias, el camino se vuelve amable y ya noto que aminoro un poco la marcha. Mis pies cansados reciben la señal de que llegaron a algún lado, o que ya no tienen que apresurarse para llegar a la meta, aunque en realidad no haya llegado a mi destino.

El nuevo camino es notoriamente más largo, lo compruebo cuando miro el reloj de numeritos que me regaló mi madre y veo que ya pasaron quince minutos y aún no salí del parque. De todos modos, la caminata es agradable. Llego a la playa de maniobras donde los conductores novatos practican para sacar la libreta de manejar y lo atravieso pensando que algún día alguien me va a decir que no se puede pasar por ahí, para salir al camino de baldosones que hicieron entre las nuevas canchas de fútbol. Ese sendero me llevará hasta el último tramo del parque antes de regresar a la ciudad en obras, que tendré que volver a surcar camino arriba hasta llegar a la calle Rivera, la cuchilla que divide las aguas y que, una vez atravesada, hará que todo se vuelva más fácil.

Miro de nuevo el reloj y compruebo que el nuevo recorrido me lleva diez minutos más que el habitual, y me obligo a pensar que son diez minutos más de ejercicio aeróbico al fin y al cabo, repitiéndome a mí misma que vuelvo caminando para hacer ese ejercicio, y que los diez minutos más están bien para ese fin... Todo es más llevadero cuando empieza la bajada.

Al pasar por la puerta de la casa del Dardo, veo que pusieron un banco en la vereda. Me sorprende gratamente y me recuerda a uno muy parecido que había en la calle Luis de la Torre cuando tenía veintipocos años y salía por las noches a recorrer boliches con mi compinche. Es un banco hermoso y debajo de él, en el piso, disimuladamente, está pintado con stencil: banco civil. Me inundan las ganas de sentarme, tentada por el cansancio y la invitación de mi amigo y su mujer. Y recuerdo los muchos años de amistad, testimoniada en la alegría por la colocación de ese banco. Y recuerdo cuánto lo quiero.

Ya estoy en el camino que también hago cuando puedo hacer el recorrido habitual, así que ya no tengo que mirar el reloj todo el tiempo para hacer las comparaciones sobre el tiempo que llevo caminado. Mi cabeza se puede liberar de ese control que, aunque sé que es estéril, no puedo evitar hacer. Mis pies ya avanzan solos uno delante del otro, se conocen el camino de memoria, saben por dónde cruzar, conocen cada comercio que hay de paso hasta llegar al semáforo de Avenida Brasil donde, dependiendo del color de la luz, pasaré por un lado o por el otro, evitando la tentación de pasar por la librería de Leo. Sé que si entro, voy a demorar en salir, así que me esfuerzo por esperar la verde y cruzar a la vereda de enfrente, ya de mi lado de la nueva frontera-avenida.

Al llegar al fin a la calle Libertad doblo por la bajada y mis ojos ven algo que pensaba que ya no vería. Ven lo que escucho a veces por las noches, aunque también pensaba que ya no lo escucharía. (Uno se convence de lo que quiere una y otra vez). Ven lo que no quería ver, llenando todo mi ser de una sorpresa inversa a la del banco del Dardo; una sorpresa amarga provocada por lo que veo: un carro, un caballo, un hombre y un niño. Todos están parados al lado de un contenedor de basura. El hombre saca las cosas de adentro del contenedor tirándolas para embocarlas en las enormes bolsas de plastillera que cuelgan del carro, aunque los cartones se los da al niño para que los aplane antes de meterlos en las bolsas. El niño tiene un gorro, igual que el caballo. El hombre no. El niño tiene tapabocas. El hombre no. El niño tiene la expresión de quien espera estar haciendo aquello de forma transitoria. El hombre no. El caballo espera pacientemente, con su sombrero blanco encajado entre las orejas.

Estoy tan triste que me cuesta caminar, aunque ya estoy cerca de mi casa y es todo bajada. Me pregunto por qué. Por qué otra vez esto.

Al fin llego a casa. Estoy abatida.

 

sábado, 20 de febrero de 2021

El cordón de la vereda

 

Cuando salimos a caminar, a mi familia se le hace difícil seguirme el paso. Al ir caminando a alguna parte, siempre lo hago a paso firme, aunque no me lo proponga. Conozco mis marcas: sé que demoro dos minutos en caminar una cuadra, aunque si tengo que apurarme, puedo caminarla en un minuto. Gracias a eso, pocas veces perdí alguno de los escasísimos ómnibus que salían de la terminal y me llevaban a mi casa cuando salía de facultad. Y aún hoy me permite calcular el tiempo de manera precisa para llegar a donde sea que vaya a la hora prevista. Me gusta ser puntual.

En las muchas caminatas urbanas que he hecho, he pasado por varias formas de relacionarme con la calle. Las largas maratones ciudadanas que he corrido a lo largo de los años fueron mutando sus recorridos, hasta que me encontré dibujando en mi mente los caminos más cortos posibles entre un punto y otro, llegando a optimizar la polilinea dibujada en mi cabeza, concluyendo que tenía que cruzar en el medio de la cuadra de forma oblicua, abriendo lo más posible el ángulo para acortar el tramo de cada cuadra, y buscando obsesivamente hacer más obtusas sus esquinas. Eso encajaba perfectamente conmigo en mi etapa más ansiosa y transgresora. Ahora, en cambio, me esfuerzo por cruzar únicamente en las esquinas, de ser posible entre las líneas que hay dibujadas en la calle para que crucen los peatones, en una lucha incesante por respetar las reglas. Lucha que, para mí, es muy difícil.

En este universo de calles y veredas, el cordón me seduce de forma ineludible. A pesar de ser casi únicamente una línea, marca claramente el límite entre la calle y la vereda, y como bien recuerdo de mis épocas de desobediencia civil urbana, podría resultar muy fácil saltárselo: él emerge tímidamente hasta el nivel de la vereda, manteniendo la mayoría de su materia sumergida, como un iceberg de granito gris. Sin embargo, enseñamos a nuestros hijos a respetarlo como pocas cosas en esta vida; le tememos y a la vez le agradecemos su cuidado, sabiendo que ese pequeño escalón de quince centímetros y su gruesa linea tallada en piedra nos mantendrán a salvo de los peligros de la calle. Él sostiene a la calle y a la vereda, evitando que una invada el territorio de la otra, manteniendo el orden establecido en las jerarquías del espacio público.

Desde las ventanas de mi casa, veo cómo él separa mi mundo del mundo de la calle y de los vecinos de enfrente. Un mundo distinto del mío y de los vecinos de mi misma acera, fundamentalmente porque lo tengo enfrente y lo veo; un mundo cargado de imágenes que conozco mucho mejor que la imagen de mi propia casa. Podría decir con certeza qué molduras tienen las casas, dónde están los árboles, de qué color están pintadas y quién asoma en sus ventanas las tardes de verano. Conozco los ruidos de las motos que paran en la calle abriendo sus cajones con estrépito para entregar paquetes en alguna casa vecina, y sé si llueve porque reconozco el ruido de las cubiertas de los autos al pasar sobre el empedrado mojado. Sin embargo, de mi lado del cordón de la vereda, el que no veo, aparecen cada año las delicadas flores blancas de los ciruelos anunciando el final del invierno; de mi lado da el sol; mi vereda pudo sostener amorosamente al gato moribundo de la vecina cuando un auto lo atropelló y, además, estamos nosotros y nuestra casa, luminosa y acogedora.

De camino a la parada del ómnibus, cada mañana me dejo llevar por los movimientos sinuosos del cordón, que sube y baja en cada entrada de autos, mientras los granos de los distintos minerales que forman el granito se desdibujan para aparecer como cortas lineas que se mueven a mi paso, que sigue siendo apurado. Veo cómo gira armoniosamente al doblar la esquina para dejar mi calle y entrar en la calle que la atraviesa, obligándome a abandonar su resguardo para cruzar la calle presurosa antes de volver a subir en la manzana siguiente, donde puedo dejar que mi mente vuelva a vagar sin preocuparme por el peligro.

Quizás la cerradura de mi puerta me transmita algo de la tranquilidad que él me entrega. Quizás el abrazo de un ser amado. O quizás el útero de mi madre. Sin embargo, el cordón de la vereda lo hace de forma natural, distraídamente, como si no estuviera haciendo nada, como si su presencia casi ausente lo dotara de los superpoderes que tienen los superhéroes que salvan a los hombres de forma anónima.

 


domingo, 14 de febrero de 2021

La aplanadora

 

Cuando pasa la aplanadora queda todo roto. Todo lo que había ido montando: las casas que construí para refugiarme, los caminos donde parecía que transitaba segura, todo lo que había sembrado, incluso los castillos de naipes que levanté meticulosamente para engañarme; todo queda reducido a una capa de un espesor considerable en la que ahora hay que empezar a organizar, como cuando separamos la ropa para lavar, clasificando la ropa de trabajo por un lado, la ropa clara de la oscura, los distintos tipos de tejidos, para poder elegir el programa que vamos a usar; y una vez lavada, colgada y seca, hacer distintos montones, identificando cuidadosamente qué es de cada uno. Esa tarea taxonómica es imprescindible: sin ella no es posible reiniciar el sistema y ponerlo a funcionar otra vez.

Pero la aplanadora tiene algo bueno: es como una mudanza, una vez que está todo desarmado, a la vista, no podemos hacernos los disimulados y volver a guardar la bolsa de trapos viejos en el ropero... hay que deshacerse de algunas cosas, hay que ver entre la vida desarmada qué es lo que realmente sirve. Y así, uno puede reconstruir desde lo limpio, sin seguir acarreando cosas que hace años que ya no usa, y que además ni son útiles ni son realmente valiosas. Sólo estaban ahí por costumbre, por apego, porque en algún momento pensamos que podían servir o porque otro quiso que estuvieran ahí y en algún momento pensé que debía hacerme cargo.

¿Qué es real en todo aquello que sostenemos? Eso es lo más difícil de encontrar en la montaña de cuerpos y objetos aplastados. De niña siempre me preguntaba si las cosas que veía en el mundo eran realmente así, o si solo era que yo las veía así. O sea, si las cosas existen realmente o si son solo una representación de nuestra mente. Y en el caso de que sean una representación, si para todas las personas esas representaciones de las cosas son iguales o si cada uno las percibe de una forma diferente. También me preguntaba si todos veíamos los colores iguales, o si, al contrario, lo que yo veía blanco otro lo veía negro, lo que yo veía rojo otro lo veía azul... y así. Con el paso del tiempo, me fui inclinando hacia la opción de que las cosas no existen por sí mismas, sino sólo en tanto nosotros las podemos representar en nuestra mente, fantasear con ellas y así construir nuestro entorno como más nos guste.

Así, entonces, dentro de la no existencia material de las cosas, elegiré cuidadosamente qué voy a sacar de la masa informe de cosas rotas; y quiero que sean pocas, sólo las necesarias en extremo, como los ascetas budistas que andaban por el mundo únicamente con sus harapos sobre la piel. Ellos sabían (tenían la certeza) de que la vida les proveería de lo que verdaderamente necesitaban. No tenían casa, ni trabajo, ni comida, ni pertenencias de ningún tipo porque sabían que eso son solo construcciones que los hombres hemos creado para mantenernos distraídos, para no atender a lo verdaderamente importante.

Después de que pasa la aplanadora, nos damos cuenta de que lo que tenemos ahora no es exactamente lo mismo que teníamos antes, así que uno podría hacer de cuenta que ya no tiene nada, podría abandonar lo que antes parecía que tenía -sus costumbres, los objetos que sentía imprescindibles y la forma de vincularse con las personas que ama-, para empezar desde un ascetismo, aunque un tanto impostado, a buscar cómo se debe vincular con los otros: cuál es su montoncito y cuál es el montoncito del otro, y desde los despojos de lo que antes fue, buscar el borde donde ambos montoncitos se tocan para usarlo de canal a través del cual empiecen nuevamente a fluir las cañadas, que luego serán arroyos y luego ríos, y transitar juntos el camino hacia el mar, con la esperanza de no volver a terminar revolcados en una ola enorme e inmanejable.

 

viernes, 5 de febrero de 2021

Un fósforo encendido

 

(Ensayo sobre La Belleza)

Aquella casita alta de madera que se ve al fondo del paisaje, que emerge simulando una torre antigua de madera carcomida por la sal, el agua y el sol,... es hermosa. No sé si a la luz de la teoría de la arquitectura cumpliría con las cuestiones a atender en lo que es considerado buena arquitectura. No lo sé. Ni siquiera veo la casa entera desde acá. Seguramente no cumple con las relaciones formales, el diseño de los detalles, la proporción entre vanos y llenos, o la combinación de materiales que hace que una obra sea valorada por quienes tienen la tabla del buen medir de la arquitectura contemporánea. Sin embargo, detrás de los pastizales, la palmera, los postes de madera, surge como algo hermoso entre los árboles que la rodean.

El otro día escuché en la radio que las construcciones hechas con contenedores marítimos en desuso están suspendidas por decreto en algunos balnearios porque “no son lindas”. Me surge una pregunta... ¿en qué momento se degradó tanto el debate sobre la belleza? Un debate que, en la sociedad occidental, lleva por lo menos unos tres mil años (desde el período que decantó en la Grecia clásica). Un debate sobre el que, además, nunca se ha podido llegar a un acuerdo. Y supongo que nunca se va a llegar, porque el punto en el que el conjunto de personas que conforman una sociedad llega a algún tipo de acuerdo sobre los cánones de belleza es el punto exacto en el que esa misma sociedad pega la vuelta, iniciando una nueva corriente estética.

Porque llegar a un acuerdo de ese tipo no puede significar otra cosa que la decadencia del modelo hegemónico de la expresión artística. No debería haber acuerdo en ese asunto, más allá de un puñado de reglas -proporciones, relación aurea, teoría del color-, pero eso no es suficiente para definir la belleza. Me pregunto si la belleza es en realidad definible, si es cuantificable. Creo que no. Espero que siga siendo como ha sido hasta ahora: una representación momentánea en la relación entre las cosas y las personas; un punto efímero y banal en el que las formas sintonizan con el contenido. Pero dado que el contenido está en permanente movimiento, la forma también debería estarlo. Por eso, cuando una forma acordada llega a establecerse en una sociedad, encontrando las relaciones que conforman a todos, estamos en el punto exacto en que el contenido ya murió, dejando a la forma totalmente vacía, carente de todo sentido e instigadora de la rebeldía necesaria para dar paso a un nuevo período de creación del que surgirá un nuevo modelo estético, materializando el contenido latente que subyace a nuestros paisajes vitales en busca de algún hueco que le permita emerger.

Los pocos atrevidos que se animen a gritar que aquellas formas a las que estábamos acostumbrados ya no nos pertenecen serán quemados en la hoguera. Pero algunos serán capaces de rescatar de entre los escombros de los lenguajes anteriores una punta de la madeja de la que tirar para empezar la construcción colectiva de las nuevas formas. Unas formas que respondan a la vida contemporánea, a sus tecnologías y materiales, al tipo de pensamiento de hoy, un pensamiento al que muchos nos vamos a trepar como un peso muerto sobre la espalda de los atrevidos cuando ellos levanten vuelo.

Entonces, ¿cómo es posible que un material haga que una construcción no sea linda? Más aún: ¿Cómo es posible que más de cien años después de que ese tipo de discusión quedara definitivamente zanjada, luego que Le Corbusier, Mies Van de Rohe, o el propio Vilamajó -por nombrar sólo a unos pocos- inauguraran una nueva belleza, estemos escuchando de nuevo ese tipo de declaraciones? ¿Qué pasó todo este tiempo? ¿Acaso tuvimos algún tipo de amnesia comunitaria? ¿O será que nuevamente caímos en la decadencia necesaria para poder emprender un nuevo camino estético?

Yo quiero creer que estamos en esa decadencia. Ojalá hayamos acumulado suficiente aburrimiento para hartarnos, para llevarnos puesto todo lo establecido y tirar un fósforo encendido en el montón de papeles con decretos que prohíben un tipo de material porque no es lindo, para recuperar una vez más el debate sobre la belleza.

Sobre La Belleza.

 

sábado, 30 de enero de 2021

El mecanismo

 

Desde la puerta ventana se ve, a lo lejos, un paisaje agreste. Los pastizales, algunos verdes y otros secos, forman un telón de fondo que me resulta muy familiar. Las puntas de los caraguatá emergen entre la maleza como mostrando que les ganaron a todos los demás en ese pedazo de tierra, erigiendo orgullosos sus semillas pinchudas por encima del resto de las plantas, que aún pelean por un pedazo de sol.

Son las tierras de los insectos, los murciélagos, los apereá y el lagarto. Nosotros solo venimos de visita unas pocas semanas al año. Y eso es lo que se ve. Por detrás de lo que los pobladores hemos ido conquistando, aún se percibe que todo esto les pertenece a ellos. Yo sueño con que esa realidad perdure, aunque sé que no es posible. Uno se aferra porfiadamente a lo imposible, empezando a generar así un problema donde no lo hay. Me pregunto si todos los problemas se originan de esta manera...

La tarde está rara. El cielo no se decide del todo a nublarse y el mar que se ve al final del paisaje, bajo la línea del horizonte, tiene un extraño tinte negro. Los sonidos de las tardes apacibles son similares en muchos lugares: se mezclan el grito del gavilán con el llamado de algún hornero apurado por terminar el nido antes de que a su hembra le llegue el momento de desovar; el croar de una rana que insiste en vivir en el resumidero del baño y el ronronear del motor de la heladera; el murmullo de las hojas de los árboles del montecito con alguna moto lejana que pasa por la ruta.

Cada verano, cuando llegamos a este lugar, nos queremos quedar a vivir. Pero algo en el fondo nos dice que no sería buena idea en realidad, que lo mejor sería venir de noviembre a marzo. Y siempre terminamos concluyendo que es un gran plan para la jubilación. Mientras tanto habrá que conformarse con estas semanas al año y abrazarse a ellas como si fueran el último palo de un barco que se hunde. Sin embargo, también sabemos ser felices en la cotidianidad del invierno, sabiendo que al final del año nos espera este remanso de bichos y espinas.

Los días pasan sin transcurrir del todo, sin reconocer mucho la hora ni las actividades que le corresponden a cada parte del día, el orden de las comidas o de las siestas. La pérdida de la noción del tiempo entraña un sentimiento agradable. El hecho de que todos los días sean iguales, que no haya horarios ni rutinas fijas, le confieren al transcurrir de los días un cierto halo de eternidad. Pero desde que vi Highlander cuando era chica, el tema de la eternidad me provoca sentimientos encontrados: me gusta eso de perpetuar las cosas y las personas a las que les tengo apego, pero a la vez me genera una cierta angustia que las cosas no tengan el destino para el que nuestro ser está preparado: nacer, desarrollarse y morir.

Es extraño, porque cuanto más apego le tenemos a algo, mayor es la necesidad de que permanezca, pero, ¿qué pasa cuando el apego alcanza incluso a ese mecanismo que condena a todo y a todos a ese ciclo infalible? El apego, feroz, termina conteniendo en sí mismo la semilla que lo destruye y nos libera, permiténdonos aceptar las pérdidas y llegar incluso hasta al máximo sacrificio: dejar de lado lo que creemos que somos.